El conflicto entre camioneros y el gobierno nacional muestra la llegada de otro momento político. Se viven las consecuencias de la aplastante victoria electoral de octubre.
El refuerzo de Cristina Kirchner con la obtención del 54% de los votos posibilitó a la Casa Rosada intentar un reacomodamiento de ciertas alianzas que hasta 2010 resultaban imprescindibles. El conflicto con el sindicato de Hugo Moyano, más allá de su justificación gremial, aparece como un síntoma de nuevos tiempos políticos. No nos referimos a la relación del gobierno con los trabajadores, sino a su vínculo con la cúpula sindical. Lo que está en juego es la posición del moyanismo en el escenario político general y al interior de la CGT.
A comienzos de 2003, Néstor Kirchner se comunicaba con Víctor De Gennaro, por entonces líder de la CTA, con el propósito de lograr el acompañamiento de esta nueva central, para llevar a cabo un proyecto político por fuera de los canales tradicionales del PJ. Las rápidas diferencias que surgieron entre ambos, hicieron que el entonces presidente se viera en la necesidad de recurrir a la vertiente más confrontativa de la CGT. Nos referimos a la corriente liderada por Moyano, quien había encabezado el MTA durante los ’90. El resultado fue, efectivamente, el acompañamiento del sector moyanista y su victoria al interior de la CGT. Pero todo apoyo tiene su costo. A partir de entonces, el gremio de camioneros comenzó con una serie de demandas gremiales y políticas, que generalmente se encontraban por sobre la media de las realizadas por sus organizaciones pares. Desde el punto de vista gremial: importantes aumentos salariales, mejoras significativas en las condiciones de trabajo, aumentos del mínimo no imponible para Ganancias y continuidad de las asignaciones familiares. A nivel político: posicionamiento de hombres cercanos al moyanismo y a la CGT en puestos claves del gobierno y dentro mismo del Congreso Nacional. De ese modo, esa alianza promovió un aumento de poder del gremio y de su figura central, el que se vio aun más fortalecido en los momentos difíciles que le tocó vivir al país en 2008. Nos referimos a la disputa en torno a la Resolución 125, cuando desde la Casa Rosada se solicitaba apoyo al movimiento sindical, con el objetivo de garantizar el modelo nacional y popular.
Conocemos lo que vino después del conflicto con el campo. Una rápida y poderosa contraofensiva oficial, desplegada a partir de una serie de significativas medidas económicas, sociales y políticas, dejó desubicados tanto a los partidos políticos opositores como a las fracciones del capital presuntamente perjudicadas. A mediados de 2011, ya podía avizorarse una nueva victoria de Cristina Kirchner. En ese contexto, el moyanismo, a diferencia de la actitud que había tenido en los meses previos a las elecciones nacionales, se ubicó junto al gobierno nacional. Pero la obtención del 54% de los votos posicionó al gobierno en una situación óptima para reevaluar sus alianzas políticas e intentar una distancia con relación al líder de la CGT. Así, su propósito fue alivianarse de peso, luego de tener que aceptar durante años las demandas de esta cúpula sindical.