Sangre y palabra
“Ya tenemos una máquina del tiempo
La que nos transporta al pasado se llama memoria
Y la que nos lleva al futuro: imaginación.”
Ray Bradbury
La que nos transporta al pasado se llama memoria
Y la que nos lleva al futuro: imaginación.”
Ray Bradbury
Andrea se la pasaba escribe que te escribe todo el tiempo por que soñaba que podía escribir, cuando en realidad, escribía soñando. Pero ella nunca aflojaba en esto de perseguir su sueño, al menos no desde que se mudó a ese edificio de mono-ambientes hasta que, finalmente, logró darle vida a su personaje: un guardia del palacio de Buckingham llamado John.
Pero resulta que a este guardia, no le gustaba leer; él odia los libros.
Y a ella no le agradaba esta característica de su personaje pero compulsiva como siempre siguió meta escribe que te escribe haciendo que John, se levante temprano y bien acicalado, vistiendo su pomposo uniforme de guardia oficial del palacio, se tome un taxi para no llegar tarde al trabajo ya que su coche estaba averiado y ese día, la reina en persona pasaría por su puerta, el lo sabía. John llega a tiempo y ni bien se apuesta en la entrada, Andrea, dejó de escribir porque también ella tenía que ir a trabajar. John queda entonces estático a la espera… ¿de la reina? Y así, quedando como una estatua pasa las ocho horas en las que Andrea (inmigrante argentina), trabajó en su oficina del centro; ciudad de Londres.
De camino a su casa Andrea vio un grafiti en una pared que decía:
Las Malvinas son argentinas
Y abajo:
Malvinas are from the people who lives there
Tan enfrascada estaba Andrea con su primera novela que ni se indigno al leerlo con tal de llegar lo más rápido posible a su casa, aunque al recordar que no tenía nada de comer en la nevera, pasó primero por el supermercado a comprar fruta y verdura como le gustaba a ella. John, hace una hora extra y mientras tanto, parado como una estatua logra ver a Andrea que salía ya del súper enfrente al palacio y se sentó a escribir en papelitos suelto mientras esperaba el transporte público para volver a casa, y John, lleva en ese momento su mano a la frente, se le dilatan las pupilas, le galopa el corazón y hasta comienzan a temblarle las piernas.
Andrea en un momento alzó la vista ya cansada de la hoja y pudo verlo: petrificado y hermoso, alto, fornido y con vestimenta extraña cuando el autobús se aproxima a la parada y Andrea, ni bien lo abordó, continuó escribiendo mientras que el guardia, es relevado de su puesto y marcha a su apartamento con el recuerdo de la mujer más hermosa, que jamás había visto en los últimos qué… ¿quince o veinte años?
Andrea al llegar a casa siguió escribiendo, compulsiva como siempre dale escribe que te escribe mientras que John, tiene una vida solitaria en su apartamento mono-ambiente, acompañado de su gato: “Félix, ven a comer Félix… ven”, por toda compañía al cual alimenta y cuida muy bien hasta que se mete en la cama y no puede dormir; no pega un ojo. Porque claro, en el piso de arriba estaba Andrea, meta escribe que te escribe hasta altas horas de la noche y John, John ya no aguanta más esta locura de parálisis e insomnio que lo tiene a mal traer y decide subir por las escalera para hablar con ella que está meta escribe que te escribe y con el maldito ruido del teclado, ya no hay quien pueda dormir.
toc-toc, toc-toc, TOC TOC TOC TOC TOC ¡Ya va!, quién es, soy John tu vecino de abajo, ¿y que querés a estas horas?; le dijo abriendo la puerta y lo vio, ambos se reconocieron de inmediato y de nuevo, Andrea estaba sus pupilas; y John en las suyas. Nada se dijeron por un minuto, querés pasar a tomar un mate… perdón un té. John accedió y mientras ella lo preparaba, este encendió la radio. Militar como es no se le ocurrió nada mejor que poner un informativo:
“De último momento, la presidenta argentina a iniciado trámites a nivel de las cortes internacionales en un intento por que fallen a su favor sobre el caso de las Malvinas. Nuestra reina por su parte, insiste en que es la población del lugar la que…” Sacá eso, le dijo ella como increpándolo pero al mismo tiempo, ofreciéndole el té, le acercó suavemente el pocillo con sus manos hasta tocar las de él y este al recibirlo, pudo sentir el calor de las manos de Andrea… y le dio un beso fugaz; ella quedó sorprendida pero no le desagrado; diría que al contario. ¿Tú crees que al final las Malvinas serán nuestras?, No te preocupes por eso, al final, las Malvinas no serán suyas ni nuestras: serán de nuestros descendientes, ya lo verás.
Cuentista: DCF
http://literaturateatroaudiovisual.blogspot.com
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