InicioTurismoEl misterio de la vida en Machu Picchu
Los bosques de neblina del Santuario Histórico de Machu Picchu albergan, dentro de su espectacularidad, a un conjunto de increíbles criaturas que a menudo pasan desapercibidas para el viajero. Machu Pichu es arqueología y naturaleza. Era un cañón profundo, de más de 100 metros de altura, que caía vertical hacia el río. Entre el musgo y las orquídeas, miles de plantas epífitas con sus hojas de color amarillo translúcido se aferraban a la piedra; mientras las aguas, blancas por la espuma, golpeaban con fuerza las rocas. Un ruido ensordecedor opacaba el canto de las aves. Encaramados sobre una breve saliente observábamos el río deslizarse entre los acantilados pulidos por siglos de continua erosión. De pronto, y como salidas de la nada, un par de veloces figuras avanzan contra la corriente casi sin esfuerzo. De cuando en cuando se detienen en alguna de las enormes rocas pulidas, para luego lanzarse a las violentas corrientes, como desafiando al poderoso Vilcanota. Es una pareja de patos de los torrentes (Merganetta armata), una de las más increíbles criaturas que habitan los ríos de montaña. Comunes en casi cualquier curso de agua montañoso a más de 1.000 m.s.n.m., pero necesariamente limpio y sin indicios de contaminación; la naturaleza ha dotado a estas aves de un asombrosa habilidad para surcar y navegar los rápidos más violentos, su hábitat indiscutible. Los aparentes riesgos de vivir en un medio de este tipo se ven recompensados por el acceso a un alimento abundante y sin competidores: las larvas de miles de insectos que encuentran en las rocas, sumergidas en aguas con abundante oxigenación. Otra especie, aunque de menor tamaño, comparte las turbulentas aguas en busca de insectos y larvas más pequeñas. Se trata del mirlo acuático (Cinclus leucocephalus), un minúsculo pajarillo de color blanquinegro y poco mayor que un gorrión, que ha aprendido a -literalmente- nadar bajo las aguas en busca de alimento. Con la misma rapidez con que llegaron, los patos se alejan casi corriendo sobre las aguas, río arriba. Nosotros, por nuestra parte, decidimos continuar por la ribera para fotografiar la gran variedad de flores silvestres. Una fucsia, de color púrpura, ofrece su abundante néctar al siempre hambriento colibrí. Este, sin proponérselo, va polinizando cada flor con el polen que lleva adherido a las plumas de la frente. En otro capullo, un par de escarabajos color esmeralda parecen luchar torpemente por el acceso al interior del colorido envoltorio floral. Aquí, un fruto en descomposición se convierte en una atracción irresistible para legiones de coloridas mariposas, y un leve movimiento en la hojarasca denota la presencia de orugas cuya apariencia parece haber sido sacada de un libro de ciencia ficción. Este bosque es, además, el hogar de dos criaturas tan hermosas como elusivas: el oso andino (Tremarctos ornatus) y el pudú o sachacabra (Pudu mephistopheles). El primero, el único úrsido del continente sudamericano, suele vivir una existencia vegetariana oculto en lo más profundo del bosque nuboso; el segundo, un venado de tan sólo 30 centímetros de alzada, espera el crepúsculo para vagabundear en busca de brotes y frutos caídos, al amparo de una vegetación que lo convierte en una criatura invisible para los depredadores. Gallitos bailarines A medida que nos alejamos del río y caminamos por la vía del tren, los cantos de cientos de aves van dominando el ambiente. El aire húmedo y pesado del bosque es el vehículo ideal para transportar sus trinos y gorgeos... y las aves lo saben. Por ello, pregonan con inusitada potencia la posesión de sus territorios o su calidad de consortes a los individuos del sexo opuesto. Los alrededores del Machu Picchu Pueblo Hotel ostentan la increíble cantidad de 116 especies de aves, que se incrementa continuamente con los registros de los visitantes. Desde los grandes cóndores que, sin aletear ni una sola vez, dejan sus fríos dominios para echar un vistazo a la exuberancia tropical, hasta las diminutas tangaras cuyos colores harían palidecer de envidia a los bailarines de las fiestas andinas. De colores Los picaflores son aquí un caso especial. La abundancia de flores en esta región permite la existencia de hasta 14 especies diferentes, cada una de ellas con picos diseñados para el consumo del néctar de ciertas variedades de plantas. Los hay tan pequeños como un insecto, adaptados para acceder al néctar de las pequeñísimas flores del capulí, o tan grandes que superan en tamaño a la propia ave, convirtiéndola en el único animal capaz de libar la dulce recompensa que ocultan las campanillas y daturas. La flora no se queda atrás. Los árboles de pisonay (Erythrina falcata) y q'euña de altura (Polylepis racemosa) con sus copas repletas de rojas flores, parecer hervir de vida. Para un botánico, cada uno de estos árboles es un muestrario natural de asombrosas proporciones: lianas y bromelias se disputan cada centímetro de las ramas, mientras orquídeas, musgos y líquenes se agrupan confiriéndole a las ramas la apariencia de estar forradas de un abrigo verde y húmedo. Nos encontramos en el corazón de los bosques de neblina del Santuario Histórico de Machu Picchu. Tan sólo a unos minutos del famoso y concurrido sitio arqueológico. Mientras cae la noche, las estrellas parecen brillar con más fuerza que en ningún otro lugar. Solo el crujir de la leña de eucalipto distrae por momentos nuestra vista puesta en el río, iluminado por la Luna. Mañana debemos salir muy temprano para intentar observar a uno de los más bellos habitantes de estos parajes... un verdadero símbolo de los bosques de nubes andinos. El nuevo día trae sorpresas Hemos llegado al lugar adecuado. La vegetación es densa y se nos hace difícil creer que estamos a sólo dos kilómetros de la habitación del hotel. Nos sentamos en la hierba a esperar. De pronto, observamos una figura desaparecer entre las ramas. Una especie de bola de fuego que deja boquiabiertos a quienes la ven por vez primera. Luego aparecen dos más. Finalmente, tres figuras de color carmín parecen opacar a cuanto les rodea, saltando de rama en rama en curiosa danza y emitiendo un ruido extraño, empleado para atraer a las hembras. El gallito de las rocas (Rupicola peruviana), nuestra ave nacional, es el misterioso habitante de los bosques que ahora nos deleita con su exhibición. Nos encontramos en un lek, término sueco empleado por los científicos para describir los lugares de cortejo de ciertas aves; una especie de 'pista de baile' a la que acuden diariamente a competir los galanes en busca de la aceptación de alguna hembra presente en las cercanías. Pocas especies han desarrollado métodos tan complejos de exhibición. Saltando y volando entre ramas previamente escogidas, los gallitos describen círculos verticales y horizontales. Se detienen, cantan y abren las alas. Vuelven a volar y muestran las plumas plateadas de su espalda. Un espectáculo natural incomparable en el que sólo uno será ganador. Finalmente, la hembra aceptará a uno de los machos y este, complacido, bailará con más empeño aún, para su impasible espectadora. Esta escena es una de las muchas que el entorno nos ofrece en los bosques del Santuario. Machu Picchu es mucho más que impresionantes restos arqueológicos, es también un refugio natural para cientos de especies y un libro abierto sobre la dinámica de la naturaleza para quienes quieran adentrarse en su contemplación. Revista Rumbos
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