De la invención de la famosa maquina de afeitar en el capitalismo más crudo hasta el diseño de una ciudad y una sociedad basada en la igualdad y la erradicación del egoísmo. Desde tiempos remotos el hombre se ha sometido a toda clase de rigores para lograr una barba arreglada, sea corta, rasa, en candado, estilo "inglés", "garibaldi" o "fu manchú". Como muestran pinturas rupestres, el hombre de las cavernas se ocupaba de estos menesteres del mismo modo que su par contemporáneo. En diferentes sitios arqueológicos se han encontrado "hojillas" rudimentarias que datan del neolítico. El sílex afiliado fue el primer material de que echó mano para deshacerse del vello feo. Luego experimentó con hierro, bronce e incluso oro. Otros métodos más masoquistas también existen desde la prehistoria misma: se sabe que nuestros antepasados practicaban, como el hombre moderno, la depilación a punta de pinzas. Y en algunas culturas los hombres se quemaban las puntas de los bigotes con herramientas candentes. No fue sino hasta 1762 en que, por fin, alguien ideó un método para proteger la integridad del afeitado. El francés Jean-Jacques Perret inventó la "afeitadora de seguridad", con la que la sólo el borde de la hoja, fijada en forma perpendicular a un mango, estaría en contacto la piel. Una técnica que estaba a punto de convertirse un arte de lo cotidiano. Ocurrió en algún lugar de Estados Unidos, en un vagón de tren. King Gillette era un joven de Wisconsin, a quien el incendio de la casa familiar obligó a buscar trabajo cuando tenía 16 años. Gillette consiguió empleo con el empresario e inventor William Painter, quien le ofreció un sabio consejo: fabrica algo que se use y se tire, le dijo, y los clientes siempre tendrán que volver por más. Aquella mañana de 1895 Gillette hacía las maromas de costumbre para afeitarse en el baño del tren y salir entero. Entonces se dio cuenta de que la solución la había tenido todo el tiempo en la mano. La primera afeitadora práctica, de seguridad y de hojilla desechable, era la puerta a la fortuna. El proceso para llegar a producirla fue largo y penoso ya que con su sueldo de viajante poco podía avanzar y más si sumamos a esto que los propios fabricantes del prototipo le desanimaban diciendole que una lámina de acero tan fina no iba a funcionar, sin embargo tras unos meses de incertidumbre con la ayuda de unos cientos de dólares que aportó un socio que creyó en su idea creó la Gillette Safety Razor Company. Desarrollar la idea tomó seis años. En 1901 un ingeniero del Técnico de Massachussets, William Nickerson, dio con el material y la técnica apropiados. Poco después se otorgó la patente, y en 1903 salieron la venta las primeras unidades. El primer año de ventas solo vendió noventa maquinillas mientras aún seguía trabajando como viajante para la Crown Cork. Y de pronto vino el éxito. Más socios, más dinero. Construyó una factoría y comenzó a producir masivamente el producto que se encuentra en el epicentro de la esencia del capitalismo: vender algo que después de usarlo cuatro o cinco veces lo tienes que tirar para comprar otro. Sus maquinillas y sus hojas de afeitar de recambio ya se encontraban en todos los lugares del planeta y lo más sorprendente es que la gente lo reconocía allí donde iba y se sorprendían de que el rostro que aparecía en los envases fuera el de una persona real. Para 1905 ya eran 90.000 las afeitadoras fabricadas y Gillette, un millonario... inconforme. Unos años más tarde, acicateado por un crack económico, vendió su participación en la empresa por la ridícula suma de 900.000 dólares y se retiró a un monumental rancho que se había construído en Santa Mónica a cultivar sus árboles frutales aunque su rostro siguió apareciendo, como un emblema, en las etiquetas de la compañía hasta muchos años después. Pero la parte más interesante de su vida aún estaba por llegar. King C. Gillette, después de haber sido el baluarte del capitalismo más duro, su ideología evolucionó, a medida que maduraba, hacia un socialismo utópico y escribió dos libros, uno de ellos mano a mano con Upton Sinclair, en los que planteaba un nuevo tipo de sociedad en el que la gente sólo tendría que trabajar cinco años de su vida y el resto del tiempo podría dedicarlo a hacer lo que quisiera. La base de dicho proyecto era una megaciudad donde vivirían sesenta millones de estadounidenses, que funcionaría sin gasto de energía porque la tomaría toda de las Cataratas del Niágara, a la que llamaría Metrópolis. En el centro de dicha ciudad habría una empresa, la United, que lo fabricaría todo y para la que los habitantes tendrían que trabajar gratis cinco años de su vida y que, a cambio, recibirían alojamiento, ropa y comida gratis a lo largo de toda su vida, eliminando así la codicia y la ambición, ya que todo estaría al alcance de la mano de todos, solo necesitarían pedirlo. La estructura de Metrópolis sería una retícula ajardinada con 24.000 torres de apartamentos, cada torre con un espacio común central, donde se encontrarían una serie de servicios entre los que estarían uno de los grandes avances sociales ideado por Gillette: las cocinas comunales, en las que trabajarían voluntarios, igual que en la factoría, aliviando así para siempre a la mujer del trabajo doméstico. Absolutamente todo está previsto en sus escritos. Por ejemplo que las conducciones de energía estarían en un nivel inferior y serían de fácil acceso para no tener que excavar ni hacer boquetes en las calles y así se podría tirar un nuevo cableado o arreglar el alcantarillado sin tener que hacer un trabajo innecesario. Las cúpulas que coronan cada torre estarían revestidas de un cristal que cambiaría de colores, creando efectos de luz. Las calles y los jardines estarían poblados de estatuas y obras de arte, como una galería de belleza sin fin, para deleite de los habitantes que tendrían todo el tiempo del mundo para disfrutarlas... Es evidente que nada de esto se llegó a construir nunca y que todo quedó en el sueño utópico de un hombre que persiguió un ideal, el de que la humanidad fuera más feliz, menos competitiva, menos injusta, sin diferencias de clase, sin pobreza, sin delitos. Sus ideas convencieron a pocos, y la gran depresión de 1929 se llevó su imperio económico a la quiebra. El inventor murió frustrado el 9 de julio de 1932 y está enterrado en el Forest Lawn Memorial Park Cemetery, en California, donde espera, sin prisa, que la humanidad deje de vivir el caos. OTRAS IMÁGENES
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