Tirada 85
El Cid envía gentes al encuentro de los viajeros
Alegre se puso el Cid como nunca más ni tanto,
de aquello que más quería la noticia le ha llegado.
A doscientos caballeros que salgan les ha mandado
a recibir a Minaya y a las damas hijasdalgo.
Él se estará allí en Valencia guardándola y vigilando,
sabe muy bien que Álvar Fáñez ya traera todo cuidado.
86
Don Jerónimo se adelanta a Valencia para preparar una procesión
El Cid cabalga al encuentro de Jimena
Entran todos en la ciudad
Todos estos caballeros ya reciben a Minaya,
a las damas, a las niñas y a los que acompañan.
Mandó Mío Cid a aquellos servidores es de su casa,
que guarden bien el alcázar y las otras torres altas
y que vigilen las puertas con sus salidas y entradas.
Manda traer a Babieca, poco ha que le ganara
del rey moro de Sevilla en aquella gran batalla,
aún no sabe Mío Cid, que en buen hora ciñó espada,
si será buen corredor y si muy en seco para.
A la puerta de Valencia, donde bien a salvo estaba,
ante su mujer e hijas quería jugar las armas.
Con grandes honras de todos son recibidas las damas,
el obispo don Jerónimo el primero se adelanta,
de su caballo se apea, a la capilla marchaba
y con los que allí encontró, que preparados estaban,
con sobrepelliz vestida y con las cruces de plata,
van a esperar a las damas y a aquel bueno de Minaya.
Mío Cid el bienhadado se retrasaba:
túnica de seda viste, muy crecida trae la barba,
ya le ensillan a Babieca, muy bien que le enjaezaban,
se monta en él Mío Cid y armas de palo tomaba.
En el nombrado Babieca el Campeador cabalga,
arranca a correr y dio una carrera tan rauda
que todos los que le vieron maravillados estaban.
Desde aquel día Babieca fue famoso en toda España.
Al acabar la carrera ya Mío Cid descabalga,
y va adonde su mujer y sus dos hijas estaban.
Al verle doña Jimena a los pies se le arrojaba:
"Merced, Cid, que en buen hora fuiste a ceñirte la espada.
Sacado me habéis, oh Cid, de muchas vergüenzas malas:
aquí me tenéis, señor, vuestras hijas me acompañan,
para Dios y para vos son buenas y bien criadas".
A la madre y a las hijas mucho el Cid las abrazaba
y del gozo que tenían todos los cuatro lloraban.
Esas mesnadas del Cid muy jubilosas estaban,
jugaban a juegos de armas y tablados derribaban.
Oíd lo que dijo Rodrigo, que en buen hora ciñó espada:
"Vos, doña Jimena mía, querida mujer y honrada,
y las dos hijas que son mi corazón y mi alma,
en la ciudad de Valencia conmigo haced vuestra entrada,
en esta hermosa heredad que para vos fue ganada".
Allí la madre y las hijas las dos manos le besaban
y en medio de grandes honras las tres en Valencia entraban.
87
Las dueñas contemplan a Valencia desde el alcázar
Con Mío Cid al alcázar su esposa y sus hijas van,
cuando llegaron las sube hasta el más alto lugar.
Vierais allí ojos tan bellos a todas partes mirar:
a sus pies ven a Valencia, cómo yace la ciudad,
y allá por el otro lado tienen a la vista el mar.
Miran la huerta, tan grande y tan frondosa que está,
y todas las otras cosas placenteras de mirar.
Alzan entonces las manos, que a Dios querían rezar,
por lo bueno y por lo grande de aquella hermosa heredad.
Mío Cid y sus mesnadas todos contentos están.
El invierno ya se ha ido y marzo quería entrar.
Noticias os daré ahora del otro lado del mar
y del rey moro Yusuf que allí en Marruecos está.
88
El rey de Marruecos viene a cercar a Valencia
Pésale al rey de Marruecos el triunfo de don Rodrigo:
"En mis tierras y heredades muy firme que se ha metido
y se lo agradece todo a su Señor Jesucristo".
Entonces el de Marruecos llamar a sus fuerzas hizo
y cincuenta veces mil guerreros ha reunido.
Ya se entraron por el mar, en las barcas van metidos,
se encaminan a Valencia en busca de don Rodrigo.
Arribaron ya las naves, ellos a tierra han salido.
89
Ya llegaron a Valencia del Cid tan buena conquista,
allí plantaron sus tiendas esas gentes descreídas.
Por fin al Campeador le ]legan estas noticias.
90
Alegría del Cid al ver las huestes de Marruecos
Temor de Jimena
"¡Loado sea el Creador y Padre Espiritual!
Los bienes que yo poseo todos ahí delante están,
con afán gané a Valencia, la tengo por heredad,
como no sea por muerte no la puedo yo dejar.
A Dios y a Santa María gracias les tengo que dar
porque a mi mujer e hijas conmigo las tengo acá.
La suerte viene a buscarme del otro lado del mar,
tendré que vestir las armas, que no lo puedo dejar,
y mi mujer y mis hijas ahora me verán luchar.
Verán en tierras extrañas lo difícil que es estar,
harto verán por sus ojos cómo hay que ganar el pan".
A su mujer y a sus hijas al alcázar súbelas.
"Por Dios, Mío Cid, ¿qué es ese campamento que allí está?"
"Jimena, mujer honrada, que eso no os dé pesar,
para nosotros riqueza maravillosa será.
Apenas llegada y ya regalos os quieren dar,
para casar a las hijas aquí os traen el ajuar".
"Gracias os doy, Mío Cid, y al Padre Espiritual".
"Mujer, en este palacio y en esta torre quedad:
no sintáis ningún pavor porque me veáis luchar,
que Dios y Santa María favorecerme querrán
y el corazón se me crece porque estáis aquí detrás.
Con la ayuda del Señor la batalla he de ganar".
91
El Cid esfuerza a su mujer y a sus hijas
Los moros invaden la huerta de Valencia
Izadas están las tiendas; ya rompe el primer albor,
en las huestes de los moros a prisa suena el tambor.
Contento está Mío Cid. Dijo: "¡Qué buen día es hoy!"
Pero a su mujer del miedo le estalla el corazón
y las hijas y las damas también sienten gran pavor,
que en lo que tienen de vida no oyeran tal retemblor.
Acaricióse la barba el buen Cid Campeador:
"De esto saldremos ganando, no tengáis más miedo, no,
porque antes de quince días, si así place al Creador,
esos tambores morunos en mi poder tendré yo;
mandaré que os los muestren y así veréis cómo son.
Don Jerónimo irá luego a colgar tanto tambor
en el templo de la Virgen, madre de Nuestro Señor."
Éste es el voto que hizo Mío Cid Campeador.
Las damas van alegrándose y ya pierden el pavor.
Esos moros de Marruecos, que muy corredores son,
se iban metiendo en la huerta sin sentir ningún temor.
92
Espolonada de los cristianos
Los ha visto el centinela y empieza a tañer la esquila,
prestas están las mesnadas de la gente de Ruy Díaz.
Con muchas ganas se arman y ya salen de la villa.
Donde se topan con moros acométenlos aína,
y de las huertas aquellas los echan con gran mancilla.
Más de quinientos mataron los del Cid en este día.
93
Plan de batalla
Hasta el mismo campamento van los cristianos detrás,
harto han hecho ya aquel día y se empiezan a tornar.
El buen Álvar Salvadórez cautivo se queda allá.
Con el Cid se van volviendo los que comen de su pan.
Vio lo que han hecho, pero ellos se lo cuentan, además.
Al gran Cid Campeador mucha alegría le da:
"Mis caballeros, oídme, esto aquí no ha de quedar,
si hoy ha sido día bueno, mañana mejor será,
cuando vaya a amanecer todos armados estad,
el obispo don Jerónimo la absolución nos dará,
la misa nos dirá luego, y entonces a cabalgar.
No puede ser de otro modo, los iremos a atacar
en el nombre de Santiago y del Señor Celestial.
Más vale que les ganemos que ellos nos quiten el pan".
Álvar Fáñez de Minaya allí también quiso hablar:
"Si así lo queréis, buen Cid, a mí mandadme algo más,
ciento treinta caballeros, dadme, bravos en lidiar;
atacad vos por un lado, los míos por otro irán,
en una o en otra parte, o en ambas, Dios nos valdrá".
Entonces contesta el Cid: "De muy buena voluntad".
94
El Cid concede al obispo las primeras heridas
El día saliendo va y ya la noche es entrada,
no tardan en prepararse aquellas gentes cristianas.
Por segunda vez se oían los gallos antes del alba;
el obispo don Jerónimo una misa les cantaba,
cuando la misa acabó buena absolución les daba.
"El que en la lucha muriere peleando cara a cara
de sus pecados le absuelvo y Dios cogerá su alma.
A vos, Cid Campeador, que en buen hora ciñó espada,
una misa os acabo de cantar esta mañana,
y en cambio pediros quiero que me otorguéis una gracia,
y es que los primeros golpes sean dados por mi espada".
Díjole el Campeador: "Aquí os queda otorgada".
95
Los cristianos salen a batalla
Derrota de Yusuf
Botín extraordinario
El Cid saluda a su mujer y sus hijas
Dota a las dueñas de Jimena
Reparto del botín
Ya todos muy bien armados salen por Torres de Cuarto;
Mío Cid a sus vasallos bien los iba aleccionando.
Hombres de gran confianza en las puertas se dejaron,
monta entonces Mío Cid en Babieca, su caballo,
que de todas guarniciones iba muy bien preparado.
Han salido de Valencia, ya la bandera sacaron,
son cuatro mil menos treinta los que el Cid lleva a su lado
y a cincuenta mil de moros sin miedo van a atacarlos.
Minaya con Álvar Álvaroz éntrase por otro lado,
y plúgole al Creador que pudiera derrotarlos.
El Cid hiere con la lanza, luego a la espada echa mano,
a tantos moros mató que no pueden ser contados,
le va por el codo abajo mucha sangre chorreando.
Al rey Yusuf de Marruecos tres golpes le ha descargado,
pero el moro se le escapa a todo andar del caballo
y se le mete en Cullera, castillo muy bien armado;
hasta allí le sigue el Cid por ver si puede alcanzarlo,
con otros que le acompañan de aquellos buenos vasallos.
Desde Cullera se vuelve Mío Cid el bienhadado,
muy alegre del botín tan grande que han capturado.
Ve cuánto vale Babieca, de la cabeza hasta el rabo.
La ganancia de aquel día toda por suya ha quedado.
De aquellos cincuenta mil moros que habían contado,
no pudieron escaparse nada más que ciento cuatro.
Las mesnadas de Ruy Díaz saquearon todo el campo,
entre la plata y el oro recogieron tres mil marcos,
y lo demás del botín no podían ni contarlo.
Alegre está Mío Cid, muy alegres sus vasallos
de que Dios les ayudara a aquella victoria en campo.
Después que al rey de Marruecos así hubieron derrotado,
dejóse el Cid a Álvar Fáñez de todo aquello cuidando
y con sus cien caballeros en Valencia ya se ha entrado.
La cofia lleva caída, el yelmo se lo ha quitado,
así entró sobre Babieca y con la espada en la mano.
Recíbenlo allí las damas que le estaban esperando,
ante ellas para, tiró de las riendas al caballo:
"Ante vos me humillo, damas, gran honor os he ganado,
vos me guardabais Valencia y yo vencía en el campo.
Esto Dios lo quiso así, y con Él todos sus santos,
cuando por venir vosotras tal ganancia nos han dado.
Ved esta espada sangrienta, ved sudoroso el caballo,
es así como se vence a los moros en el campo.
Rogad a Dios que os viva todavía algunos años
y muchos os besarán, en vasallaje las manos".
Esto dijo Mío Cid, luego bajo del caballo.
Cuando ya estuvo en el suelo y le ven descabalgado,
las damas y las dos niñas, la esposa que vale tanto,
ante el Cid Campeador las dos rodillas hincaron.
Vuestras somos y Dios quiera que aún nos viváis muchos años".
Volvieron con él las damas y entran todos en palacio.
Con el Cid van a sentarse en muy preciosos escaños:
"Mi mujer doña Jimena, ya que así lo habéis rogado
a las damas que trajisteis y os han servido tanto
quiero casar con algunos de estos mis buenos vasallos;
a cada una de ellas le daré doscientos marcos
y que sepan en Castilla que sirvieron a buen amo.
De casar a vuestras hijas ya se hablará más despacio".
Allí todas se levantan, van a besarle las manos
y una alegría muy grande corrió por todo el palacio.
Tal como lo dijo el Cid así lo llevan a cabo.
El buen Minaya Álvar Fáñez seguía afuera en el campo
con los hombres que reparten, escribiendo y recontando:
de tiendas y ricas armas y de vestidos preciados
no se puede ni pensar los muchos que se encontraron.
Ahora quisiera deciros del botín lo mas granado:
y es que no pueden ni echar cuenta de tantos caballos
que andan con ricos arreos y no hay quien quiera tomarlos;
los moros de aquella tierra se sacaron también algo;
y además de todo esto a Mío Cid bienhadado
de los mejores que cogen le tocaron mil caballos.
Cuando al partir la ganancia al Cid le tocaron tantos
es que los demás quedaban, también ellos, bien pagados.
¡Y qué de tiendas lujosas con postes bien trabajados
se sacaron del botín Mío Cid y sus vasallos!
La tienda del rey de moros, la más rica que encontraron,
dos postes la sostenían que de oro están labrados.
Mío Cid Campeador a todos los ha mandado
que allí la dejen plantada y no la toque cristiano:
"Tal tienda que como ésta de Marruecos ha pasado
enviarla quiero al rey don Alfonso el Castellano.
Así verá que es muy cierto que el Cid va medrando algo".
Todas aquellas riquezas en Valencia las entraron.
El obispo don Jerónimo, sacerdote muy honrado,
cuando acabo de lidiar con los moros a dos manos,
no podía echar la cuenta de tantos como ha matado.
Botín de mucha valía le tocara en el reparto
y a más el Cid Don Rodrigo de Vivar, el bienhadado,
de la quinta parte suya el diezmo le ha regalado.
96
Gozo de los cristianos
El Cid envía nuevo presente al rey
En Valencia están alegres todas las gentes cristianas,
tantos dineros tenían, tantos caballos y armas.
Doña Jimena y sus hijas alegres también estaban
y aquellas damas que ya se tenían por casadas.
El bueno de Mío Cid no perdía tiempo en nada:
"¿En dónde estáis, grande hombre? Venid para acá, Minaya.
La ganancia que os toca os la tenéis bien ganada,
y a más de mi quinta parte os digo con toda el alma
que toméis lo que quisiereis: con lo que quede me basta.
Mañana al romper el día habéis de marchar sin falta,
con caballos de esta quinta que me tocó en la ganancia,
todos con sillas y frenos, todos con sendas espadas;
por amor de mi mujer y mis hijas adoradas,
por habérmelas mandado a donde e]las deseaban,
estos doscientos caballos al rey el Cid le regala,
que no piense don Alfonso mal del que en Valencia manda".
Ordena a Pedro Bermúdez que se marche con Minaya.
Otro día de mañana muy a prisa cabalgaban
con doscientos caballeros que llevan en su compaña;
dirán al rey que Mío Cid ambas manos le besaba,
que de esta lid que Rodrigo de Vivar tiene ganada,
doscientos buenos caballos en regalo se los manda,
que siempre le servirá mientras que viva su alma.
Tirada 97
Minaya lleva el presente a Castilla
Salidos son de Valencia y ya empezaron a andar.
Muchas riquezas llevaban, bien tienen que vigilar.
Andan de día y de noche, ningún reposo se dan,
la sierra que parte el reino la tienen pasada ya,
y por el rey don Alfonso empiezan a preguntar.
98
Minaya llega a Valladolid
Aquellas sierras y montes, aquellos ríos pasaban,
llegan a Valladolid, donde el rey Alfonso estaba.
Aviso le mandan Pedro Bermúdez y el buen Minaya
de que envíe a recibir a toda aquella compaña
que Mío Cid de Valencia con sus regalos le manda.
99
El rey sale a recibir a los del Cid
Envidia de Garci Ordóñez
Alegre se puso el rey como nunca visteis tanto,
mandó cabalgar a prisa a todos sus fijosdalgo,
y el rey fue de los primeros que montaron a caballo
por recibir los mensajes que le manda el bienhadado.
Los infantes de Carrión también allí se encontraron
y ese conde don García, del Cid enemigo malo.
Aquello a los unos place y a los otros va pesando.
A la vista tienen ya a los del Cid bienhadado,
un ejército parecen, no semejan enviados,
el rey don Alfonso al verlos estábase santiguando.
Minaya y Pedro Bermúdez son los primeros llegados,
los dos echaron pie a tierra, se apean de los caballos.
Delante del rey Alfonso, con los hinojos hincados,
los dos besaron el suelo, los pies al rey le besaron.
"Merced, merced, rey Alfonso señor nuestro tan honrado,
en nombre de Mío Cid este suelo y pies besamos,
a vos tiene por señor, llámase vuestro vasallo.
Mucho aprecia Mío Cid la honra que le habéis dado.
Pocos días ha, señor, que una batalla ha ganado
contra ese rey de Marruecos que rey Yusuf es llamado:
a cincuenta mil guerreros los ha vencido en el campo,
inmensas son las ganancias que en la lucha se sacaron,
en ricos se han convertido allí todos sus vasallos;
estos caballos os manda, rey, y os besa las manos".
Dijo entonces don Alfonso: "Recíbolos de buen grado.
Agradezco a Mío Cid este don que me ha enviado.
Espero que llegue el día en que por mí sea premiado".
Esto a muchos les plació y besáronle las manos.
Al conde García Gómez mucho aquello le ha pesado,
él y diez parientes suyos allí a un lado se apartaron.
"Es maravilla del Cid que su honra crezca tanto;
con la honra que él se gana estamos muy afrentados.
¡Qué fácilmente que vence reyes moros en el campo,
como si estuvieran muertos él les quita sus caballos!
Raro sería si de esto no nos viniera algún daño".
100
El rey muéstrase benévolo hacia el Cid
Entonces estas palabras fue el rey Alfonso a decir:
"A Dios y a San Isidoro agradezco este gentil
don de doscientos caballos que me envía Mío Cid.
Mientras que mi reino dure mejor me podrá servir.
A vos, Minaya, y a vos, Bermúdez, que estáis aquí,
mandaré que se os dé ricamente de vestir,
y todas las buenas armas que vos quisiereis pedir,
por que lleguéis más apuestos delante de Mío Cid.
Tres caballos os regalo, podéis cogerlos de aquí.
Contento estoy y ya oigo una voz dentro de mí
que me dice que estas cosas han de parar en buen fin".
101
Los infantes de Carrión piensan casar con las hijas del Cid
Ya le besaron las manos y se entran a descansar,
manda el rey darles de aquello de que hayan necesidad.
Ahora de los dos infantes de Carrión os quiero habla;
en pláticas reservadas y misteriosas están.
"La prosperidad del Cid muy para adelante va,
le pediremos sus hijas para con ellas casar,
se crecerá nuestra honra y así podremos medrar".
Y allí con estas razones al rey Alfonso se van.
102
Los infantes logran que el rey trate el casamiento
El rey pide vistas con el Cid
Minaya vuelve a Valencia y entera al Cid de todo
El Cid fija el lugar de las vistas
"Esta merced os pedimos, a vos, el rey y señor:
queremos, si esta demanda tiene vuestra aprobación,
que nos pidáis a las hijas de Mío Cid Campeador,
casar queremos con ellas, honra será de los dos".
El rey Alfonso un gran rato meditando se quedó:
"Yo he echado de esta mi tierra al buen Cid Campeador,
trabajé yo por su mal y él por mi bien trabajó,
y no sé si el casamiento querrá aceptármelo o no,
mas ya que vos lo queréis hablemos de la cuestión".
A Álvar Fáñez de Minaya y a Bermúdez, a esos dos
mensajeros de Ruy Díaz, el rey entonces llamó,
y a un aposento cercano con ellos dos se apartó.
"Minaya y Pedro Bermúdez, escuchad esta razón:
Muy bien que me está sirviendo Mío Cid Campeador,
y como él se lo merece le concederé perdón;
que venga a verse conmigo, si gusta, vuestro señor.
Otras novedades hay en esta mi corte, y son
que don Diego y don Fernando, los infantes de Carrión,
con las hijas de Mío Cid quieren casarse los dos.
Llevad vos este mensaje, que así os lo ruego yo,
decídselo de mi parte al buen Cid Campeador.
A honra lo habrá de tomar, que irá ganando en honor,
si por bodas emparienta con infantes de Carrión".
Habla Minaya, a Bermúdez muy bien que le pareció:
"Al Cid se lo rogaremos cual lo habéis mandado vos
y después el Cid que haga lo que tenga por mejor". "
Decid a Rodrigo Díaz el que en buenhora nació
que en sitio que a él le convenga podremos vernos los dos
y en el lugar que designe será nuestra reunión.
En aquello que yo pueda ayudarle quiero yo".
Los mensajeros del Cid al rey le dicen adiós,
y Minaya con los suyos hacia Valencia marchó.
Cuando supo que venía, el buen Cid Campeador
a prisa monta a caballo, a recibirlos salió,
sonreía Mío Cid y mucho los abrazó.
Dijo Rodrigo: "Álvar Fáñez, Pedro Bermúdez, ¿sois vos?
En pocas tierras se encuentran varones como estos dos.
¿Cuáles noticias me manda don Alfonso, mi señor?
¿Está contento de mí? ¿No quiso aceptarme el don?"
Dijo Minaya: "Lo acepta con alma y con corazón.
Muy satisfecho se queda y os vuelve a su favor".
Dijo Mío Cid entonces: "Gracias, gracias, Creador".
Y luego los mensajeros le transmiten la razón
de que le rogaba Alfonso, rey de Castilla y León,
de que a sus hijas las casase con infantes de Carrión,
que con eso habrá de honrarse y de subir en honor;
así lo aconseja el rey con el alma y corazón.
Cuando lo oyó Mío Cid, aquel buen Campeador,
un rato muy dilatado pensativo se quedó:
"Mucho le agradezco esto a Cristo, Nuestro Señor:
echado fui de la tierra, me quitaron el honor,
con gran trabajo gané esto que poseo yo.
Agradezco a Dios que el rey me haya vuelto a su favor
y que me pida mis hijas para los dos de Carrión.
Minaya, Pedro Bermúdez, decidme vosotros dos
de estas bodas proyectadas cuál sea vuestra opinión".
"A nosotros nos parece lo que os parezca a vos".
Dijo el Cid: "De gran linaje vienen esos de Carrión,
andan siempre con la corte, muy orgullosos que son;
estas bodas, en verdad, no me gustarían, no,
pero si el rey lo aconseja, él que vale más que nos,
bien podemos en secreto discutir esa cuestión,
y que Dios el de los cielos nos inspire lo mejor".
"Además de todo esto, Alfonso, vuestro señor,
dijo que querría veros en donde os plazca a vos:
de veros tiene deseo y tornaros su favor,
luego vos decidiréis lo que convenga mejor".
Contestó entonces el Cid: "Pláceme de corazón".
Entonces dijo Minaya: "El rey Alfonso mandó
que el lugar de la entrevista sea escogido por vos".
"Si así lo ordenara el rey, dijo allí el Campeador,
hasta donde él estuviera iría a buscarle yo
para honrarle cual se debe a nuestro rey y señor.
Pero ya que así lo quiere acéptole yo el honor
y a orillas del río Tajo, ese que es río mayor,
podemos entrevistarnos cuando quiera mi señor".
Ya están escritas las cartas, el Cid muy bien las selló;
con dos caballeros suyos a prisa las envió:
lo que quiera el rey Alfonso eso hará el Campeador.
103
El rey fija plazo para las vistas
Dispónese con los suyos para ir a ellas
Por fin, a aquel rey honrado le presentaron las cartas,
cuando las vio don Alfonso de corazón se alegraba.
"Saludadme a Mío Cid, que en buen hora ciñó espada:
celébrese la entrevista al cumplirse tres semanas;
si yo vivo para entonces me encontraré allí sin falta".
Los mensajeros del Cid ya sin tardar se tornaban.
De una parte y de otra parte a las vistas se preparan.
¿Quién vio nunca por Castilla tanta mula bien preciada,
tanto hermoso palafrén de buen aire y buena marcha,
caballos tan bien criados y corredores sin tacha,
tanto vistoso pendón encajado en buenas astas,
escudos que en medio llevan guarnición de oro y de plata,
cendales de Alejandría, tantos mantos, pieles tantas?
Provisiones abundantes el rey enviar mandaba
a orilla del Tajo, donde la entrevista se prepara.
Un séquito numeroso al rey Alfonso acompaña.
Los infantes de Carrión con gran alegría andan,
mucho compran, unas cosas las deben y otras las pagan,
porque con aquella bodas ellos ya se figuraban
que tendrán cuanto quisieran de oro y plata.
El monarca don Alfonso muy de prisa cabalgaba
con condes y ricos hombres y con muy grandes mesnadas.
Los infantes de Carrión su buen séquito llevaban.
Leoneses y gallegos al rey Alfonso acompañan
y no se pueden contar las mesnadas castellanas.
Allí soltaron las riendas, para la entrevista marchan.
Tirada 104
El Cid y los suyos se disponen para ir a las vistas
Parten de Valencia
El rey y el Cid se avistan a orillas del Tajo.
Perdón solemne dado por el rey al Cid
Convites
El rey pide al Cid sus hijas para los infantes
El Cid confía sus hijas al rey y éste las casa
Las vistas acaban
Regalos del Cid a los que se despiden
El rey entrega los infantes al Cid
Allá dentro de Valencia, Mío Cid Campeador,
sin demora a la entrevista muy bien que se preparó.
Tanta buena mula, tanto palafrén de condición,
muy buenas armas y mucho buen caballo corredor
y tantos mantos y pieles y capas de gran valor.
La gente chicos y grandes, vestidos van de color.
Álvar Fáñez y el buen Pedro Bermúdez aquellos son,
Martín Muñoz es el otro que mandó a Montemayor,
con el Martín Antolínez, ese burgalés de pro,
el obispo don Jerónimo, clérigo de lo mejor,
Álvar Salvadórez y el buen Álvar Álvaroz,
el valiente caballero que llaman Muño Gustioz
y ese Galindo García el que vino de Aragón.
Todos éstos se preparan a ir con el Campeador,
y los demás caballeros que vasallos suyos son.
Al buen Álvar Salvadórez y a Galindo el de Aragón,
a éstos les ha encomendado Mío Cid Campeador
que le guarden a Valencia con alma y con corazón,
y que los demás estén bajo el mando de ellos dos.
De las puertas del alcázar esto Mío Cid mandó:
ni de día ni de noche no las abra nadie, no.
Dentro se queda su esposa, quedan sus hijas las dos,
en las que Cid tiene puestos el alma y corazón,
y todas aquellas damas que sus servidoras son.
Ha dispuesto Mío Cid como prudente varón
que no salgan del alcázar esas damas mientras no
haya tornado a Valencia el que en buen hora nació.
Espuelas pican y el Cid con los suyos se marchó,
caballos de armas llevaban que muy corredores son,
Mío Cid se los ganara, no se los dieron por don.
El Cid va para las vistas que con el rey concertó.
Un día antes que llegue Mío Cid, el rey llegó.
Cuando vieron que venía ese buen Campeador,
a recibirle salieron con grandes muestras de honor.
Al verlos adelantarse, el que en buen hora nació
a todos sus caballeros que parasen los mandó,
menos a unos pocos de ellos que quiere de corazón;
con esos quince vasallos del caballo se apeó,
cual lo tenía pensado, el que en buen hora nació.
De rodillas se echa al suelo, las manos en él clavó,
aquellas yerbas del campo con sus dientes las mordió
y del gozo que tenía el llanto se le saltó.
Así rinde acatamiento a Alfonso, rey de León.
Ante los pies del monarca de esta manera cayó,
no le gusta al rey Alfonso verle en tal humillación:
"Levantáos, levantáos, mi buen Cid Campeador,
besar mis manos os dejo, pero besar los pies no,
si no lo hiciereis así, no os vuelvo mi favor".
Con las rodillas hincadas seguía el Campeador:
"Merced os pido, buen rey, vos, mi natural señor,
que ante vos arrodillado me devolváis vuestro amor,
y puedan oírlo todos los que están alrededor".
Dijo el rey: "Así lo haré con alma y con corazón,
aquí os perdono, Cid, y os vuelvo mi favor,
desde hoy en todo mi reino acogida os doy yo".
Habló entonces Mío Cid, fue a decir esta razón:
"Gracias, el perdón acepto, Alfonso, rey y señor,
al cielo le doy las gracias y después del cielo a vos,
y a todas estas mesnadas que están aquí alrededor".
Con las rodillas hincadas las dos manos le besó,
se levanta y en la boca al rey otro beso dio.
Todos los que están allí se alegran de corazón.
Sólo al conde Garci Ordóñez y a Álvar Díaz les pesó.
Habla entonces Mío Cid, fue a decir esta razón:
"Mucho que se lo agradezco al gran Padre Creador,
porque me ha vuelto su gracia don Alfonso, mi señor,
ahora de día y de noche tendré la ayuda de Dios;
que seáis mi huésped, os ruego, si así os place, señor".
Dijo el rey: "Hacerlo así no sería justo, no,
vos acabáis de llegar, y anoche he llegado yo;
hoy habéis de ser mi huésped, Mío Cid Campeador,
y ya mañana se hará lo que más os plaza a vos".
Bésale la mano el Cid, a su demanda cedió.
Entonces le saludaron los infantes de Carrión:
"Os saludamos ¡oh Cid, que en tan buen hora nació!
en todo lo que podamos amigos somos los dos".
Repuso allí Mío Cid: "¡Quiéralo así el Creador!"
Al en buenhora nacido Mío Cid Campeador,
el rey, aquel día entero, por su huésped le tomó.
No se harta de estar con él, le quiere de corazón,
mucho le mira la barba que tan larga le creció.
A todos los que allí están el Cid los maravilló.
El día ya va pasando y ya la noche se entró.
Otro día de mañana muy claro salía el sol.
Mío Cid el de Vivar a los suyos ordenó
que preparasen cocina para tantos como son;
muy satisfechos quedaron de Mío Cid Campeador,
tenían mucha alegría y todos acordes son
en que no han hecho en tres años una comida mejor.
Otro día de mañana, así como sale el sol,
el obispo don Jerónimo una misa les cantó.
A la salida de misa el rey a todos juntó:
"Infanzones y mesnadas, condes, oíd con atención
el ruego que voy a hacer a Mío Cid Campeador,
que sea para su bien ojalá lo quiera Dios.
Vuestras hijas, Cid, os pido, doña Elvira y doña Sol,
para que casen con ellas los infantes de Carrión.
Me parece el casamiento honroso para los dos,
los infantes os las piden y les recomiendo yo.
Y pido a todos aquellos que están presentes y son
vasallos vuestros o míos, que rueguen en mi favor.
Dádnoslas, pues, Mío Cid, y que os ampare Dios".
"No querría yo casarlas, repuso el Campeador,
que no tienen mucha edad, las dos muy pequeñas son.
De mucho renombre gozan los infantes de Carrión,
buenos son para mis hijas y aún quizá para mejor.
Yo di vida a estas dos niñas, pero las criasteis vos;
a lo que mandéis estamos, rey Alfonso, ellas y yo.
Aquí están, en vuestras manos, doña Elvira y doña Sol,
dadlas a quien vos queráis, que siempre será en mi honor".
"Gracias, dijo el rey, a todos los de esta corte y a vos".
Entonces se levantaron los infantes de Carrión
y van a besar las manos al que en buenhora nació.
Allí cambian sus espadas con el Cid Campeador
en prenda de pacto. Luego el rey don Alfonso habló:
"Gracias, Cid, a ti, tan bueno y preferido de Dios,
por darme vuestras dos hijas para infantes de Carrión.
En mi mano yo las tomo, doña Elvira y doña Sol,
y por esposos les doy los infantes de Carrión.
A vuestras hijas las caso, la licencia me dais vos,
que en vuestro provecho sea, ojalá lo quiera Dios.
Aquí tenéis, Mío Cid, los infantes de Carrión,
yo me vuelvo desde aquí, con vos irán ellos dos.
Trescientos marcos de plata en ayuda les doy yo,
que los gasten en las bodas o en lo que quisiereis vos.
Cuando hayáis llegado todos a Valencia la mayor
vuestras hijas y los yernos, que ya vuestros hijos son.
haced de ellos cual os plazca, Mío Cid Campeador".
Recíbelos Mío Cid, al rey las manos besó:
"Mucho que os lo agradezco, como a mi rey y señor,
vos me casáis a mis hijas, no soy quien las casa yo".
La palabra está empeñada, las promesas dadas son,
al otro día de mañana, en cuanto saliere el sol,
cada cual se tornará allí de donde salió.
Grandes cosas hizo entonces Mío Cid Campeador,
vierais allí gruesas mulas, palafrenes de valor,
tantas buenas vestiduras que de mucho coste son,
todo aquello de regalo el Cid Ruy Díaz lo dio
a aquellos que se lo piden, y a nadie dijo que no.
Sesenta de sus caballos regala el Campeador.
Muy contentos se van todos de aquella gran reunión,
tenían que separarse, que ya la noche llegó.
El rey a los dos infantes de la mano los cogió,
y así se los fue a entregar a Mío Cid Campeador.
"Aquí tenéis vuestros hijos, pues que yernos vuestros son:
desde hoy como queráis, Mío Cid, mandadlos vos;
que os sirvan como padre y os guarden como señor".
"Mucho lo agradezco, rey. Quiero aceptar vuestro don.
Dios que en los cielos está os dé muy buen galardón".
105
El Cid no quiere entregar las hijas por sí mismo
Minaya será representante del rey
"Ahora una merced os pido, a vos mi rey natural:
ya que casáis a mis hijas según vuestra voluntad,
nombrad vos quien las entregue, mis manos no las darán
y los infantes de eso no se podrán alabar".
Respondió el rey: "Este buen Álvar Fáñez lo será.
Cogedlas y a los infantes se las iréis a entregar
tal como lo hago yo ahora, cual si fuese de verdad,
en todas las velaciones las tenéis que apadrinar,
cuando volvamos a vernos todo se me ha de contar".
Dijo Álvar Fáñez: "Señor, pláceme de voluntad".
106
El Cid se despide del rey
Regalos
Todas las cosas se hicieron como se habían pensado.
Dijo el Cid: "Rey don Alfonso, señor mío tan honrado,
en recuerdo de estas vistas, quered aceptarme algo.
Traigo treinta palafrenes, todos bien enjaezados,
treinta caballos ligeros, todos muy bien ensillados,
aceptadlos y dejadme, señor, besaros las manos".
"Mío Cid, me tenéis ya de tanto obsequio colmado.
Estos caballos acepto que vos me habéis regalado,
y que quiera el Creador y con Él todos los santos
que ese placer que me dais os sea muy bien premiado.
Cid Ruy Díaz de Vivar, vos mucho me habéis honrado,
me servís muy bien y estoy contento de tal vasallo.
Si Dios me da vida, Cid, yo os premiaré con algo.
Al Señor os encomiendo, de esta entrevista me marcho
y Dios quiera dar buen fin a lo que aquí concertamos".
107
Muchos del rey se van con el Cid a Valencia
Los infantes acompañados por Pedro Bermúdez
En su caballo Babieca el Cid Ruy Díaz montó:
"Aquí lo quiero decir ante mi rey y señor:
quien desee ir a las bodas o recibir algún don
puede venirse conmigo, no habrá de perderlo, no".
De su señor don Alfonso el Cid ya se despidió,
no quiere que le acompañe, de él allí se separó.
Vierais allí caballeros, y muy apuestos que son,
besar las manos al rey Alfonso en señal de adiós.
"Concedednos vuestra gracia y dadnos vuestro perdón,
al mando del Cid nos vamos a Valencia la mayor.
Veremos las bodas de los infantes de Carrión
y de las hijas del Cid doña Elvira y doña Sol".
Mucho que le place al rey y a todos permiso dio,
crece el séquito del Cid, pero el del rey se amenguó,
mucha gente es la que va con Mío Cid Campeador.
Para Valencia caminan la que en buenhora ganó.
A don Diego y don Fernando por compañía les dio
al buen don Pedro Bermúdez, al buen don Muño Gutioz;
no tiene el Cid en su casa un caballero mejor.
Ellos así irán sabiendo cómo son los de Carrión.
Con ellos va Ansur González, bullanguero y hablador,
muy largo de lengua era y no tanto de valor.
Muchas honras hacen a los infantes de Carrión.
Ya los tenéis en Valencia, la que Mío Cid ganó.
Y cuando más se acercaron su alegría era mayor.
A don Pedro y a don Muño les dice el Campeador:
"Que tengan un buen albergue los infantes de Carrión
y vos quedáos con ellos, que así os lo mando yo.
Cuando venga la mañana y en cuanto que apunte el sol
a sus esposas verán, doña Elvira y doña Sol."
108
El Cid anuncia a Jimena el casamiento
Al llegar la noche todos se marcharon a sus casas,
Mío Cid Campeador en el alcázar entraba,
Doña Jimena y sus hijas allí dentro le esperaban
"¿Sois vos, Cid Campeador, que en buenhora ciñó espada?
Por muchos años os vean los ojos de nuestras caras".
"Gracias a nuestro Señor aquí estoy, mujer honrada,
conmigo traigo dos yernos que gran honra nos deparan:
agradecédmelo, hijas, porque estáis muy bien casadas".
109
Doña Jimena y las hijas se muestran satisfechas
Allí le besan las manos su mujer y sus dos hijas
y todas las otras damas de quien ellas se servían.
"Gracias a Dios y a vos gracias, Cid, de la barba crecida,
cosas que vos decidáis son cosas bien decididas.
Nada les ha de faltar, mientras viváis, a mis hijas".
"Padre, cuando nos caséis seremos las dos muy ricas".
110
El Cid recela del casamiento
"Mi mujer, doña Jimena, sea lo que quiera Dios.
A vos os digo, hijas mías, doña Elvira y doña Sol,
que con este casamiento ganaremos en honor,
pero sabed que estas bodas no las he arreglado yo:
os ha pedido y rogado don Alfonso, mi señor.
Lo hizo con tanta firmeza, tan de todo corazón,
que a aquello que me pedía no supe decir que no.
Así en sus manos os puse, hijas mías, a las dos.
Pero de verdad os digo: él os casa, que no yo".
111
Preparativos de las bodas
Presentación de los infantes Minaya entrega las esposas a los infantes
Bendiciones y misa
Fiestas durante quince días
Las bodas acaban, regalos a los convidados
El juglar se despide de sus oyentes
Entonces se comenzó a adornar todo el palacio,
los suelos y las paredes con tapices los taparon,
telas de púrpura y seda y muchos paños preciados.
¡Cuánto gusto os daría comer en aquel palacio!
Los caballeros del Cid todos se fueron juntando.
Van entonces a buscar a don Diego y don Fernando:
ya cabalgan los infantes, caminan para palacio
con muy buenas vestiduras, ricamente ataviados.
¡Qué bien y con qué humildad e el alcázar entraron!
Los recibe Mío Cid, con el todo sus vasallos.
Al Cid y a doña Jimena los infantes saludaron;
luego fueron a sentarse en un magnífico escaño.
Todos los de Mío Cid, prudentes y mesurados,
tenían puesta la vista en su señor bienhadado.
El Campeador Ruy Díaz entonces se ha levantado:
"Ya que tenemos que hacerlo, no hay para qué retardarlo:
venid acá, buen Minaya, a quien tanto quiero y amo,
aquí tenéis mis dos hijas, póngolas en vuestras manos.
Sabéis que con don Alfonso en hacerlo así quedamos,
en nada quiero faltar a lo que está concertado:
dárselas a los infantes de Carrión con vuestras manos,
que la bendición reciban y esto se vaya acabando".
Álvar Fáñez contestó: "Yo lo haré de muy buen grado".
Las dos se ponen en pie, él las cogió de la mano,
y a los de Carrión, Minaya así entonces les va hablando:
"Ante Álvar Fáñez estáis presentes los dos hermanos;
por mano del rey Alfonso, que me lo tiene mandado,
estas damas os entrego -y son las dos hijasdalgo-,
tomadlas vos por mujeres para honra y bien de los cuatro".
Recíbenlas los infantes de corazón y buen grado,
al Cid y a doña Jimena les van a besar la mano.
Cuando hubieron hecho esto se salieron del palacio,
todos a Santa María de prisa se encaminaron.
El obispo don Jerónimo revistióse apresurado
y en la puerta de la iglesia ya los estaba esperando,
bendiciones les echó, la misa les ha cantado.
Cuando salen de la iglesia cabalgan a muy buen paso,
al arenal de Valencia todos los del Cid marcharon.
¡Dios, qué bien que juegan armas Ruy Díaz y sus vasallos!
El que en buenhora nació tres veces mudó el caballo.
Satisfecho se halla el Cid de lo que estaba mirando.
Buenos jinetes allí los de Carrión se mostraron.
Con las damas se volvieron y ya en Valencia han entrado,
muy ricas bodas se hacen en el hermoso palacio.
Al otro día el Cid manda que planten siete tablados
y, antes de comer, las tablas de los siete derribaron.
Quince días bien cumplidos aquellas bodas duraron
y al cabo de ellas empiezan a marcharse los hidalgos.
Ruy Díaz el de Vivar, Mío Cid el bienhadado,
entre mulas, palafrenes y corredores caballos
lo menos un centenar de bestias ha regalado
y además muchos vestidos y ricas pieles y mantos,
y dinero de oro y plata que no es posible contarlo.
También se ponen de acuerdo de Mío Cid los vasallos
y a todos los invitados hicieron buenos regalos.
Al que algo quiere llevarse bien que le llenan las manos;
ricos vuelven a Castilla los que a las bodas llegaron.
Ya todos aquellos huéspedes de Valencia van marchando,
despídense de Ruy Díaz, Mío Cid el bienhadado,
despídense de las damas y de todos los hidalgos,
muy satisfechos se marchan del Cid y de sus vasallos.
Agradecidos hablaban de lo bien que les trataron.
También están muy alegres don Diego y don Fernando,
los infantes de Carrión, hijos del conde Gonzalo.
Ya han regresado a Castilla los huéspedes invitados,
Mío Cid y sus dos yernos en Valencia se han quedado.
Allí moran los infantes muy cerca de los dos años,
en Valencia todo el mundo hacíales agasajos.
Muy contento estaba el Cid, muy contentos sus vasallos.
Ojalá quiera la Virgen María y el Padre Santo
que salgan bien estas bodas al que así las ha casado.
Las coplas de este cantar aquí se van acabando.
Que Dios creador os valga y con Él todos sus santos.
FIN DEL CANTAR SEGUNDO