Te acostumbraste al sonido,
a ese que hace el viento en los pinos;
que sus hojas de aguja acaricia,
aullando, verdes y lejanos en la distancia.
Rompes como las olas,
en costas de arenas blanca,
cuando posas desnudos tus cabellos,
en aquel almohadón de olvidos y hiedras.
Te vas de largo en alboradas,
mi fuego fauto desprende,
las astillas de un naufragio
en los arrecifes de mi soledad
templada entre tus besos.