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LA GATA FLORA



Hacía tiempo que el tema Malvinas no se empinaba tanto como eje de debate. Seguramente la firmeza del Gobierno frente a la hostilidad británica, sumado a la sensibilidad que supone la proximidad del 30º aniversario del conflicto, hacen que este tópico domine la escena. Pero también hay otra razón. Evidentemente, la discusión sobre la soberanía de las islas le ha servido a la oposición (al menos a buena parte de ella) para renovar su modo de auscultar al Poder Ejecutivo en diversas aristas, algunas de las cuales poco tienen que ver con la situación del Atlántico sur. Veamos:

Casi como un cliché, desde el antikirchnerismo se le cuestiona a la Presidenta de la Nación el abusar del personalismo, sin permitir un diálogo franco y abierto con quienes no comulgan con su ideario. La misma Cristina Kirchner, en su propósito de reafirmar el derecho argentino sobre las islas, pero a la vez esclarecer qué es lo que se ha hecho en la intentona militar por recuperarlas, decidió convocar a los distintos actores políticos y sociales –adhieran o no a la propuesta K- para dar a conocer la desclasificación del informe Rattenbach y reimpulsar su acusación contra Gran Bretaña por militarizar la zona malvinense.

Pero para aquéllos a quienes no les preocupa demasiado disimular su rechazo visceral a la actual gestión, ese llamado se trató sólo de una puesta en escena, montada con una pompa que en absoluto guardó correspondencia con el anuncio. Algo así como: “Tanto lío para ésto”. Si en lugar del informe Rattenbach el Gobierno planteaba alguna novedad de jugado voltaje (como por ejemplo la suspensión de los vuelos al archipiélago), estas interpretaciones lo hubiesen acusado de jugar con fuego. Es más, si directamente –e imaginación mediante- se anunciaba la recuperación de las islas merced al esfuerzo diplomático, posiblemente estas ponencias hubiesen subrayado que todo se debió simplemente al desdén británico por los kelpers.

Para estos observadores, todo lo que el Gobierno haga estará mal. Sería bueno preguntarle entonces cómo hubiesen actuado ellos frente a las tropelías verbales de David Cameron.

Por otro lado, y dando muestra de lo mucho que valoran la cuestión soberana, no se ahorraron esfuerzos en estos enfoques para analizar las presencias y ausencias al acto de marras, deteniéndose incluso en ver si tal o cual funcionario fue ubicado a veinte centímetros de la Presidenta o a medio metro.

Algunas voces dirán (de hecho, ya lo dicen) que la Presidenta encontró en la cuestión Malvinas una suerte de yeite últil para distraer la atención de las dificultades económicas, con el beneficio de quedar como artífice de la unidad nacional (incomodando así a la oposición), y encima viendo como la locuacidad del Premier británico le facilita el trabajo.

Si Cristina Kirchner no adoptaba sobre las islas la posición que se conoce, estas mismas voces la hubiesen tildado de insensible y tibia.

Si hay un tema del cual los opositores más acérrimos esperan sacar provecho, no es justamente el referido a Malvinas. Al punto tal que la misma oposición dirigencial, potenciando su escuálido estado, se dividió entre quienes apoyaron al Gobierno y quienes no.

Una curiosidad: “Los británicos van a tratar de bajar los decibeles y no van a responder a los ruidos que llegan de Buenos Aires”, dijo la académica Celia Szusterman, integrante del South Atlantic Council y especialista en el caso Malvinas. “En primer lugar tienen ambos países un problema semántico: negociar no significa lo mismo para los argentinos que para los británicos. Además, para los argentinos hay dos en la mesa y para los británicos hay tres: los otros son los isleños. Al mismo tiempo hay una incomprensión por parte de los argentinos de lo que pasa en Gran Bretaña, y eso es catastrófico”, agregó.

Tiene razón esta mujer en cuanto hay de ambos lados diferentes concepciones de lo que es negociar: para los británicos, significa que la Argentina claudique en su reclamo. Obviamente, en esos términos la palabra “negociación” es sólo un eufemismo.


Dentro del abordaje de los dichos presidenciales acerca del informe Rattenbach, emergió nuevamente el “estigma Moyano”, siendo que el camionero fue uno de los que estuvo en el acto pertinente, en momentos en los que algunos siguen colocándolo en un lugar amenazante para las aspiraciones cristinistas.

Al calor de la tensión típica que implica la apertura de paritarias, el papel del titular de la CGT continúa siendo leído desde su peso político, tras haber blanqueado su enojo con la administración kirchnerista. Para algunos ojos particularmente quisquillosos, hasta hace unos meses el Gobierno pecaba de incongruente por levantar el estandarte de la transparencia y la honestidad con Hugo Moyano al lado. Ahora que Moyano no está allí, las advertencias al Ejecutivo van por el lado del riesgo que acarrea el haber hecho enfadar al pope cegetista.

A todo esto, finalmente se produjo la tan promovida reunión entre Moyano y Daniel Scioli, encuentro en el que el Gobernador, si bien vio infructuoso su intento de convencer al sindicalista de que se mantenga en sus cargos en el PJ nacional y bonaerense, cuanto menos consiguió el compromiso del Secretario General de la CGT de que no saltará a la oposición. Según la lupa del antioficialismo, hace años que Scioli viene siendo un rebelde encubierto en las filas K, que en cualquier momento puede darle un fuerte dolor de cabeza al Gobierno central. Probablemente, quienes sostienen este aviso estén deseando que el mandatario provincial sea más explícito en la tendencia emancipadora que se le atribuye.

No es casualidad que en paralelo a la motorización de un Scioli presuntamente retobado, se multipliquen las ofensivas periodísticas contra Amado Boudou (principalmente por las vinculaciones que se le endilgan con la ex Ciccone), dado que ambos son potenciales hombres presidenciables para 2015 dentro del mismo kirchnerismo.

Desde otro ángulo, siguen en determinados sectores las interpretaciones agoreras de raigambre económica, especialmente al compás del efecto impopular que representa la eliminación de subsidios. Los detractores kirchneristas siempre despotricaron contra este tipo de asistencias. Ahora que se decidió quitarlas –gradualmente, vale indicar-, se encienden las alarmas por el impacto tarifario. Y a esto se acoplan los alertas por la inestabilidad cambiaria, los trastornos por el monitoreo de las importaciones, los problemas de déficit fiscal, los repetidos pronósticos oscuros a causa de la inflación, etc. Es decir, todo cuanto pueda ser publicitado a manera de nubarrón para las perspectivas oficiales.

Para tener en cuenta: “Ese conjunto de controles, junto a las inspecciones a bancos y casas de cambio, definieron el cepo cambiario, que en los primeros 60 días de aplicación le resultó exitoso al Gobierno. La salida de capitales del país, que en septiembre y octubre había alcanzado la friolera de U$S 3.000 millones mensuales, hace tres meses que no llega a los U$S 1.000 millones por mes”. “Con el cepo, el Banco Central volvió a comprar dólares, con lo que mejora su poder de intervención en el mercado en el caso de que lo necesite. Y así le está garantizado al mercado, o por lo menos esa es la opinión dominante, que el dólar no subirá más del 10% en el año. Esa suerte de seguro no escrita es lo que provocó un fuerte vuelco de los ahorristas hacia los depósitos en pesos en los bancos”. “El Gobierno festeja y el Secretario Guillermo Moreno debe estar sintiendo que escribe una de las páginas grandes de la historia económica”.

Estas consideraciones no salieron de boca de Agustín Rossi o Carlos Kunkel. Forman parte de la nota publicada este jueves por Clarín, firmada por Daniel Fernández Canedo, uno de los especialistas económicos de ese diario. Los editores de Clarín deberían tener más cuidado con lo que escriben sus columnistas.

Pero más allá de lo dicho por Fernández Canedo, muy posiblemente la figura de Guillermo Moreno permanezca como centro de críticas en la mirada opositora (sobre todo en las líneas más duras), no sólo por la virulencia que se le asigna en sus métodos, sino por cuanto su presencia en alza teóricamente traduce que algo no anda bien, y que por eso el Gobierno necesita de sus particulares servicios. ¿Alguien puede creer realmente que el Secretario de Comercio Interior podría hacer lo que hace si no lo asistiese la razón?


Para la oposición (más concretamente para el corporativismo opositor), cualquier cosa que la Presidenta o su equipo hagan será fustigado, cual honra al gataflorismo.

En la lectura del pesimismo por conveniencia, el Gobierno es torpe, autoritario y meramente efectista. “¡Por Dios, nunca vi un Gobierno así!”, es más o menos el latiguillo que suele escucharse en esos fastidiados ámbitos.

Y algo de cierto hay en eso. Más de la mitad del electorado tal vez no haya visto nunca un Gobierno como éste.


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