La Fortaleza – Capítulo II: Reclutamiento Parte I

(1)
Había pasado solo una hora desde que habían llegado al puesto. Alberto regresó a Cegado para preparar la tapadera. Nadie podía saber lo que estaba sucediendo y tenía que hacerlo antes de que amaneciera.
Entró a la casa y cerró la puerta. Llevaba un bolso de mano que estaba bastante pesado, lo había sacado del baúl del auto.
Caminó hasta el patio y bajó de nuevo al hueco, saltando y sintiendo un poco de dolor en las rodillas al caer. Encendió la linterna, se rascó la barba y se encaminó hacia uno de los pasillos hasta llegar a donde había encontrado a Leonardo.
Abrió el bolso y sacó las cargas explosivas a distancia. No eran de mucha potencia, pero debía ser suficiente para hacer colapsar las paredes.
Cuando todo estuvo listo, miró alrededor y vio de nuevo las Rosas Negras. Estaban quietas y tan tenebrosas eran, que el solo mirarlas le producía un cierto nerviosismo.
Salió de allí y se dirigió hacia el otro túnel, ese donde había sucedido la batalla con el Cripto. Colocó las cargas y salió de nuevo hacia afuera.
Entró en la cocina y se encontró con el segundo equipo de limpieza.
- ¿Está todo listo? – dijo el que estaba al mando de los tres hombres
- Si, che – contestó Alberto – ustedes trajeron los cuerpos
- Si – contestó – pero tenemos que hablar de otra cosa
- ¿Qué? – preguntó sabiendo la respuesta.
- No podemos seguir haciendo esto – tan esperado fue que Alberto ni se inmutó – tenemos nuestros trabajos, nuestras vidas y esas cosas
- ¿Hablaste de esto con Ana, con Leo, con Marina? – lo miraba fijamente a los ojos
- No – respondió – sos el primero
- Bueno – le puso una mano en el hombro – fue un gusto trabajar con vos
El hombre no contestó, solo se limitó a asentir con la cabeza y seguir trabajando.
Era la décima deserción en un mes. Si seguían así, en poco tiempo quedaría el grupo original y no tendrían mucha operatividad.
Para terminar su trabajo, colocó otra carga pegada a la cocina.
Los cuerpos habían sido puestos en las sillas. En la mesa, estaban colocados platos y cubiertos, con algo de comida, de modo que parecían sentados a cenar.
Salieron todos, menos Alberto. Se acercó a la cocina y abrió todos los pasos de gas. Cerró todas las puertas y ventanas. Recién cuando esa tarea estuvo terminada, salió de la casa para entrar en el auto.
Encendió el motor, miró por última vez. Arrancó lentamente y se detuvo en la esquina.
- Fuego – balbuceó y accionó el detonador a distancia
La casa voló por los aires en medio de un fuego rojo y amarillo, con vetas de Azul. Pedazos de ladrillo volaban por todos lados, pedazos de muebles y todo tipo de cosas que dentro estaban.
Arrancó de nuevo y se dirigió al puesto en la ruta.
(2)
Desde que se había confirmado la aparición de la Rosa Negra y que el Cripto ya había tomado un cuerpo, la Doctora Ana Carolina, había preparado el puesto de Cuarentena.
La suerte que tenían esta vez, era que Cegado estaba ubicado cerca de la Fortaleza. Entonces pudo montar todo con rapidez y contactar a la gente que necesitaba.
Tenía junto a ella a dos enfermeros del hospital local y al médico lo había mandado a atender al otro que había llegado con el abdomen herido.
Lo primero que hizo, fue llenarla de sedantes. De lo contrario el torrente sanguíneo seguiría acelerado y la infección continuaría su camino.
Luego de eso, le colocó un suero que ella misma había diseñado. Que pese a que estaba en fase experimental todavía, podía revertir en el lapso de un día los efectos de la Rosa Negra.
Al hacerlo, por un momento reaparecieron los enormes dientes y un rugido fuertísimo salió despedido de la garganta. Tan fuerte, que le dejó zumbando los oídos a todos los presentes allí.
A los pocos segundos, el rugido cesó y el silencio se volvió a apoderar del lugar
Para ella era muy común esa situación. En su laboratorio en la Fortaleza, habían sucedido explosiones, escape de virus, frecuencias de sonido fuera de control, etc.
Pero para los enfermeros que la acompañaban, fue demasiado y bajaron corriendo del colectivo/enfermería.
- ¡Esperen! – gritó ella, pero no hicieron caso.
Tuvo que asegurar las ataduras ella sola y no le molestaba. El asunto era que seguro no los volvería a ver.
Al terminar de hacer su trabajo, bajó para hablar con Marina.
Lo primero que hizo fue quitarse el casco aislante, dejando libre su cabello castaño oscuro. Cuando estabas encerrado en un traje aislante, el aire sucio del mundo, era bastante relajante.
Mientras se acercaba, vio que Marina estaba discutiendo a los gritos con el Médico.
- ¡Me importa un carajo la Fortaleza! – bramó el doctor
- ¡Vos te metiste en esto y… - empezó a decir Marina
- Y ya me voy – contestó y siguió camino, dejándola parada allí
Se subió a un auto y salió a toda velocidad hacia Cegado.
- ¿Otro que se asustó? – preguntó Ana
- Si – contestó Marina – vi pasar corriendo a los enfermeros
Ana estaba por contestarle, cuando vieron la explosión a lo lejos.
- Parece que hizo bien su trabajo – dijo Ana
- Si – contestó Marina y cambiando de tema añadió – el otro muchacho está sedado y no se va a despertar por un buen rato
- Tenemos que irnos rápido – Ana sabía que no quedaba mucho tiempo – y tenemos que movernos en cuanto Alberto llegue
Las dos se acercaron al otro muchacho.
Estaba dormido y en su abdomen habían cocido la herida. Por suerte había dejado de sangrar, por lo que su vida no corría riesgos.
A los pocos minutos, llegó Alberto con su auto. Bajó y se acercó a las dos mujeres.
- Está todo listo – dijo – tenemos que irnos rápido porque creo que un patrullero de policía me vio.
- ¿No podías ser más disimulado no? – le dijo Ana
- Hay que cargar todo esto en el colectivo – interrumpió Marina
Durante los últimos meses, La Fortaleza no había funcionado como en años anteriores. Muchas bajas y deserciones, aparte de la aparición de Estéfano, no ayudaba mucho.
Sin decir nada más, se pusieron manos a la obra. Subieron primero todos los suplementos médicos que habían usado en curar la herida del abdomen.
Luego entre Alberto y Marina, cargaron la camilla donde iba el paciente, ubicándolo en la segunda enfermería del colectivo, más pequeña que la otra.
Las dos mujeres se quedaron allí y Alberto se puso al volante. Recorrió los dos kilómetros que le separaban del campo donde se ubicaba la entrada.
Durante el trayecto, trató de pensar en la cantidad de gente que les quedaba. No eran muchos, aparte del grupo original, solo quedaban otras 4 personas en el país. Y no eran de la mejor posición. Un policía, dos médicos y un bombero.
La situación no era buena. No pasaba como en las películas, donde los que se unían seguían eternamente. Muchos se marchaban, otros morían y el ambiente en el grupo no era el mejor.
Al llegar al campo, detuvo el vehículo junto a un lindo rancho bien cuidado. Bajó y se dirigió a la entrada. Allí ingreso su código en una tableta rectangular de color gris pegada a la pared junto a la puerta, que emitía un pequeño sonido al presionar los botones.
La puerta se abrió hacia arriba, revelando una gran plataforma que ocupaba toda la casa.
El vehículo siempre quedaba afuera. Nunca nadie se había percatado de él. Además un colectivo no era raro en este mundo, por más grande que fuera.
Ana y Marina, llevaron a los durmientes, sosteniendo en el aire el suero y todo lo demás.
Se pararon en medio de la plataforma y Alberto se acercó a un costado para tomar en sus manos un teclado grande rectangular. Ingresó otros códigos y la plataforma comenzó a bajar.
Durante todo el trayecto nadie dijo nada.
(3)
Se despertó tranquila, como si hubiese vuelto a nacer. Miró alrededor y no reconoció el lugar. Algo andaba mal para ella.
Había una máquina que emitía pitidos y tenía un montón de cables pegados al pecho.
Recordaba que estaba a punto de dormir y ahora estaba en esa camilla, vestida con una camisa de hospital de color celeste. Se comenzó a poner nerviosa.
Trató de bajarse, pero sintió una puntada en el antebrazo derecho y miró hacia allí. Estaba conectada a un suero o algo que le pareció un suero. Se lo quitó y se desconectó los cables del pecho. Enseguida la máquina comenzó a emitir un chillido constante.
Caminó un poco mirando alrededor. Era una habitación grande, había varios muebles con cosas que no podía precisar. Líquidos de todos colores y herramientas que no tenía ni la más remota idea de que eran.
Empezó a sentirse mareada y todo comenzaba a girar a su alrededor.
- ¿Paulina? – dijo alguien cerca a ella
Ella volteó rápido para mirar. Y eso la mareó más.
Aún así alcanzó a ver a una mujer de cabello castaño oscuro, vestida con unos jeans, remera y un guardapolvo blanco.
Alguien entró corriendo. Le costaba reconocerlo, pero le parecía conocido. La sujetó y evitó que se cayera al piso.
La llevaron a una silla y la sentaron.
- Todo esta bien, Pauli – dijo el muchacho de rulos – son buena gente, nos cuidaron y todo.
Trató de hablar, pero solo salía un sonido seco desde su garganta.
- No podés hablar – le dijo la mujer del guardapolvo – tenes lastimada la garganta, vas a tener que esperar un rato para poder hablar
Asintió con la cabeza. El mareo ya se estaba yendo y las cosas a su alrededor estaban mas quietas.
Entonces reconoció que era Leonardo quien estaba al lado de ella. Más la confundió, lo último que sabía era que él iba a ir a su casa.
- Estamos bien – le dijo Leonardo – hace un día que estamos aquí y nos han cuidado – ella se calmó un poco más – no entiendo bien lo que nos pasó, pero ellos nos salvaron
- Alberto y Marina fueron – corrigió la mujer – yo te terminé de limpiar el Cripto
- Ella es Ana – le dijo Leonardo – te ha estado curando.
- Tu garganta se está recuperando todavía – le dijo Ana – prácticamente la reconstruí... lo mejor es que esperes para hablar… eso sí, tu acento, tu forma de hablar… desaparecerá porque tendrás que desarrollar todo de nuevo…
Leonardo le iba a preguntar algo más, pero Ana se acercó a un intercomunicador que estaba empotrado en la pared.
- Ya está despierta – dijo
- Tráelos a la sala de control – ordenó una voz al otro lado
- Entendido – y se alejó del intercomunicador en dirección a Leonardo y Paulina – vengan conmigo
Y continuó hasta una puerta que se abrió como un código personal y pasó a través de ella.
Los dos se habían quedado donde estaban, no entendían bien que era lo que pasaba.
Leonardo se había despertado varias horas antes y no le habían dicho mucho.
- Vengan si quieren saber – dijo Ana asomando solo la cabeza por la puerta – sino quédense acá – y volvió a desaparecer
Leonardo le ayudó a Paulina a levantarse y ambos se dirigieron hacia la puerta. Cruzaron y se encontraron con la doctora a pocos metros, que caminaba lentamente.
El lugar estaba ambientado como una gran mansión de principios de siglo XX. A cada paso, había cuadros y adornos que seguro eran carísimos.
Finalmente llegaron a una puerta grande, que a simple vista parecía de madera.
Ana ingresó otros códigos y el pasó quedó libre, revelando una gran sala futurista.
Los ojos de los recién llegados, miraban con sorpresa y asombro lo que estaba delante de ellos.
- Leonardo, Paulina – dijo una mujer de cara redondeada que se alejó de un tablero enorme hacia donde estaba ellos – Bienvenidos a La Fortaleza.
Al decir el nombre del lugar se notó un gran orgullo en la voz.
(4)
Enseguida empezaron las presentaciones, algo tan básico que casi se les escapa.
- Tenemos a la Doctora Ana Carolina – dijo la mujer que los había saludado – una genia en armas, criaturas y virus.
No estaban seguros si debían saludar o solo mirar. Por las dudas, ambos solo miraban.
- El flaco que ven allá sentado – dijo señalando a un muchacho de unos 25 años, que estaba sentado frente a una de las terminales – es Leonardo nuestro especialista en defensa y Tecnología – y moviendo los brazos alrededor de ella y del barbudo que estaba al lado finalizó- Yo soy Marina y el es Alberto
- No entiendo la formalidad – dijo Leonardo - ¿Para que tanta presentación?
- Seré directa con ustedes – dijo Marina – necesitamos gente en la Fortaleza
Enseguida los dos se dieron cuenta de que se trataba. Porque tanta preocupación y presentación.
- ¿vos querés que trabajemos acá? – le dijo Leonardo
- Si – contestó Marina
- Pero… - trató de objetar Leonardo
- No es que tengan muchas opciones – dijo Ana mientras se acercaba con una pequeña pantalla en las manos.
Ambos se acercaron a mirar y la pantalla mostraba un noticiero.
- La terrible explosión en la pequeña ciudad de Cegado – decía el movilero de un canal de noticias – que acabó no solo con una casa entera y parte de la del costado… sino que también acabó con la vida de dos jóvenes del lugar
- ¿Qué mierda es esto? – preguntó Leonardo y vio que la expresión en la cara de Paulina preguntaba lo mismo
- Dentro de la casa – continuaba el movilero – se encontraron los restos de Leonardo Riego y Paulina Galeas – Leonardo y Paulina miraron a las dos mujeres que estaban allí – ambos murieron en la explosión que se supone fue debido a una perdida de gas mientras cenaban. La policía… - y Ana apago el aparato
Ninguno de los dos sabía bien que hacer. La situación los superaba y al parecer, no tenían otra opción. Sus cuerpos sin vida habían sido encontrados en la casa de Paulina y por más que los revisaran lo mejor que pudieran, los forenses no tendrían más opción que concluir que eran los cuerpos de ellos dos.
- Eeee… Marina! – gritó Leonardo desde el fondo – tenemos una llamada entrante… - y agregó extrañado - parece que de Estéfano
- ¿Qué querrá el hijo de puta ese? – dijo Alberto con fastidio
- Ponélo en la gran pantalla – ordenó Marina
En el extremo opuesto de la sala y desde el techo, comenzó a bajar una gran pantalla de dimensiones exageradas.
Al cubrir toda la pared, una imagen apareció en la pantalla. Era un hombre flaco, de facciones demasiado suaves y un peinado que demostraba el uso excesivo de gel.
- Bueno al fin – dijo
- ¿Qué querés Estéfano? – le espetó Alberto
- Calma mi peludo amigo – le dijo Estéfano – primero que nada, gracias Leonardo por la conexión – dijo mirando al frente – segundo, quería hablar con ustedes por la Rosa Negra
- Si ya sabemos que fuiste vos quien la liberó en Cegado – respondió Ana.
- Yo no fui – negó
- ¡Siempre sos vos! – le gritó Alberto – mucha gente ha muerto por tu culpa
- ¡Yo no fui! – le gritó Estéfano – Yo quería la Rosa para mi no para el laboratorio patético que tienen ustedes… - Ana iba gritarle también, pero no pudo adelantarse al discurso - fui tras la Rosa y cuando llegué con mi equipo, no estaba y los guardianes estaban muertos
- ¿Cómo que muertos? – preguntó Marina sorprendida y asustada
- Si, muertos – respondió – decapitados, descuartizados y destripados
Leonardo y Paulina no entendían que era lo que pasaba, ni quien era el que estaba allí en la pantalla. Pero se daban cuenta, de que era enemigo de la fortaleza. O algo así.
- Está empezando a pasar algo más grande acá – continuó Estéfano – más grande que ustedes y más grande que yo… y ya es mucho decir – estiró la mano fuera de la imagen y a los segundos reapareció con una copa con vino.
- ¿Cómo que más grande? – preguntó Leonardo
- No sé – contestó con fastidio – pero en los últimos meses alguien se me ha adelantado a mis operaciones – tomó un trago de vino – al principio pensé que eran ustedes pero me di cuenta de que era demasiado para su pequeña fuerza
Todos quedaron en silencio. Les asustaba y preocupaba saber de algo o alguien que pudiera adelantársele a Estéfano y todo su aparato logístico.
- Piénsenlo – dijo – es demasiado grande lo que estoy viendo – otro trago de vino – y nos va a aplastar a los dos.
Antes que dijera nada más, la comunicación se cortó.
- ¿Qué era eso de muy grande? – preguntó Leonardo
Nadie se animaba a contestar, todos estaban preguntándose lo mismo. También algunos allí se preguntaban si Estéfano decía la verdad.
La situación era complicada, porque su enemigo siempre había sido extrañamente franco con ellos, por el simple hecho de poseer más gente, más dinero y mejores laboratorios.
- ¿Y que dicen? – preguntó Marina cambiando de tema - ¿Se unen? – y todos allí, Leonardo, Alberto, Ana y Marina los miraron
Los dos miraron atónitos al escuchar la pregunta. Estaban a las puertas de una nueva vida, de aventuras de mil vidas.
Lo pensaron un segundo, pero después de lo que habían visto y escuchado, no les quedaban muchas opciones.