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Post de lo Asombroso e Inaudito - Parte I

Info4/25/2012







EL FASTUOSO VERSALLES
Monumento de Francia a la vanidad de un rey

La maravilla de Francia. El palacio de Versalles fue construido a costa de grandes sacrificios. Fue espejo de la vanidad y arrogancia de Luis XIV, que satisfizo su deseo sin reparar en el precio que costó a la nación en dinero y vidas humanas. La influencia de Ver-salles terminó con la Revolución Francesa. El «Rey Sol» vigilaba personalmente las obras en los paréntesis de paz de las guerras que sostuvo. Cincuenta años se dedicaron a la construcción del palacio y los jardines. Más de 30.000 obreros trabajaban en todo momento y muchos de ellos no recibían salario. Solamente los jardines cubren una extensión de más de 100 hectáreas.



La vanidad de un monarca colocó a un país al borde de la bancarrota, al par que dio al mundo una de las más bellas locuras. El monarca fue Luis XIV de Francia. La locura, el palacio de Ver-salles.

El palacio, sede de la corte y del gobierno, comenzó como un sencillo refugio de caza adonde Luis XIII, padre de Luis XIV, gustaba retirarse a descansar. En 1627, Luis XIII construyó en Versalles un modesto palacete. Después de su muerte, su hijo decidió erigir en el lugar un monumento excelso, digno testimonio de su gloria de «Rey Sol».

Los trabajos comenzaron en 1661 y el echar los fundamentos del «primer palacio del orbe» fue una pesadilla para el arquitecto. Los cimientos se hundían en el suelo arenoso y los alrededores eran improductivos e inhóspitos.

Más de 30.000 obreros



Para Luis XIV, Versalles fue una obsesión. Durante 50 años dedicó el tiempo que las guerras le dejaban en vigilar personalmente la construcción del palacio y los jardines. No vacilaba ante el coste ni ante la aflicción general que en los trabajadores supuso el proyecto.

En todo momento había más de 30.000 obreros en Versalles, muchos de ellos sin recibir paga alguna o forzados al trabajo. Las condiciones eran tan adversas que se producían epidemias en que morían centenares de personas. Los pantanos causaban fiebres mortales y los accidentes de trabajo estaban a la orden del día. El propio monarca, afectado por el espectro de la muerte, prohibió expresamente a sus cortesanos hablar del tema.
Lo mejor de lo mejor

Se derrochó inteligencia, tiempo y dinero, y aquella zona se convirtió en el taller de Francia. Se plantaron grandes bosques y se llevaron al lugar estatuas de bronce y de mármol que habían de embellecer la regularidad magnífica de los jardines.

De vez en cuando, Luis XIV hacía venir de París a Versalles a toda la corte para que admirase la marcha de la construcción. Los cortesanos solían dormir entre los muros inacabados o en cualquier otro lugar de la zona que ofreciera el menor acomodo.

Luis XIV recurrió a los mejores arquitectos de Francia. Le Vau comenzó mejorando las construcciones originales de Luis XIII. Más tarde, en 1678, Mansart remodeló el cuerpo principal del palacio: construyó las
alas sur y norte y creó una fachada de 570 metros con 375 ventanas.

La tarea de reunir el dinero se encomendó a Jean Baptiste Colbert, quien construyó telares para urdir los tapices del palacio y recuperar de este modo parte de su inversión.

Colbert designó a Charles Le Brun, artista favorito del rey, como director de las factorías que producían no sólo el mobiliario de Versalles, sino también el de otros palacios reales de Francia. Le Brun preparaba toda clase de diseños, desde los frescos del techo de la Galería de los Espejos hasta los soberbios llamadores de las puertas. Quienes del extranjero acudían a Ver-salles podían admirar muebles, lienzos, sedas, alfombras y demás riquezas que ante ellos se desplegaban.

Flores para el rey



Los jardines, que cubren una extensión de 100 hectáreas, fueron obra de Le Nótre. Tal era el entusiasmo de Luis XIV por las flores que cada año importaba de Holanda cuatro millones de bulbos, cuando no estaba en guerra con el país de los tulipanes.

Dos curiosidades de obligada visita eran el «Grotto de Thetis» y «La Ménagerie». El Grotto mostraba incrustados conchas y cantos de río y alojaba un órgano que el agua hacía sonar. Unos chorros de agua inesperados podían romper el ensueño de los visitantes desapercibidos. La Ménagerie era un pequeño pabellón y albergaba una colección de animales y pájaros exóticos.

Fastuosas góndolas



El rey construyó en los jardines el Gran Canal, de 60 metros de anchura y casi dos kilómetros de longitud, surcado por fastuosas góndolas y otras embarcaciones. Mansart creó en 1685 la «Orangerie», y para ello hubo de trasplantar troncos de naranjos adultos.

Pero el ornato más espléndido de los jardines eran fuentes y cascadas. Precisaban un enorme acopio de agua y una poderosa planta de bombeo. Entre 1681 y 1684 se construyó la llamada máquina de Marly para traer agua desde el Sena. Pero el empeño fracasó y se hicieron grandes esfuerzos para modificar el curso del río Eure. Era muy grande el precio pagado en dinero y en vidas humanas cuando la guerra contra la Gran Alianza, en 1701, puso fin al proyecto.

Por último se recogieron las aguas de la meseta entre Versalles y Rambouillet que abastecieron los jardines mediante un sistema de canales.



INMORTALIDAD PARA EL FARAON
Todo Egipto construyó la tumba de Keops



Egipto alberga en su seno de arena y misterio verdaderos prodigios de ingeniería, tanto antiguos como actuales. Dos hechos demuestran esta afirmación, avalada por espacio de 5.000 años: la construcción de la Gran Pirámide de Keops hacia el 2700 antes de J.C., y la operación organizada internacionalmente en los años sesenta para rescatar los enormes templos de roca de Abu Simbel de las aguas de la gran presa de Asuán.

La Gran Pirámide tiene la altura de un edificio moderno de 42 plantas y ocupa más de cinco hectáreas.

En el interior de su sólida estructura de piedra caben la catedral de San Pablo, la abadía de Westminster, San Pedro de Roma y las catedrales de Florencia y Milán. Contiene piedra suficiente para construir un bajo muro que rodee toda Francia.

Canales en la roca



Para erigir esta inmensa fábrica, los constructores necesitaban como cimientos una plataforma totalmente horizontal. Para ello abrieron canales en la roca que llenaban de agua y luego con estacas medían el nivel. Finalmente, cortaron la parte de roca que emergía por encima del nivel señalado por el agua.

Millares de albañiles, canteros y simples operarios en número incalculable trabajaron durante 30 años en la construcción de la tumba del faraón Keops en la meseta de Gizeh.

El peso de las piedras oscila entre dos toneladas y media y quince. Su número total es de dos millones y medio.

Sin embargo, para trabajar estas piedras y elevarlas hasta su sitio no se emplearon más medios que la palanca, el rodillo y el plano inclinado, pues la rueda no sería conocida en Egipto hasta 800 años más tarde.

Groseros instrumentos de medida



Con groseros instrumentos de medida los egipcios consiguieron un grado asombroso de precisión.

Las esquinas de las pirámides forman ángulos rectos casi exactos, y los lados se orientan rigurosamente a los cuatro puntos cardinales (norte, sur, este y oeste). Esto se logró merced a las observaciones astronómicas.

Antiguamente, la fábrica estaba revestida de bloques de piedra caliza, blanco's y pulir dos. Algunos de estos sillares se han conservado cerca de la base, y están tan perfectamente cortados y unidos que no es posible introducir entre ellos una hoja de papel.
La construcción de la Gran Pirámide constituyó un alto logro de organización y coordinación.

Desde el Nilo, que discurre a 800 metros de distancia, se construyó una gran calzada de piedra que asciende suavemente hasta la plataforma de la Pirámide. Sólo esta calzada supuso diez años de esfuerzos. A lo largo de la pendiente los hombres arrastraban enormes bloques de piedra sobre narrias de madera, valiéndose de fuertes y gruesas cuerdas de carrizo trenzado.

Interior de la Pirámide



Los canteros trabajaban en tres lugares de Egipto muy distantes entre sí. La piedra para el inmenso interior de la Pirámide se obtenía de las rocas de arenisca en la misma región de Gizeh.

De la margen oriental del Nilo procedía la piedra caliza para el revestimiento. El granito de las galerías interiores y la cámara mortuoria se extrajo de la zona rocosa de Asuán, en la primera catarata del Nilo, y fue transportado río abajo en enormes barcazas.

Los canteros de Asuán utilizaban mazos de dolerita, una piedra más dura que el granito, para cortar toscamente los bloques de construcción.

A pie de obra, otros canteros daban a los bloques su forma definitiva y empleaban abrasivos para su perfecta pulimentación.

Mortero líquido



Los hombres, distribuidos en grupos, arrastraban las piedras a lo largo de una rampa hasta colocarlas en su sitio. Desde el borde de la rampa, situado a la altura de la línea de sillares últimamente colocada, cada bloque era deslizado a su lugar sobre una capa de mortero líquido que actuaba también de lubricante.

A medida que la Pirámide surgía, la rampa se alargaba, pues la pendiente tenía que permanecer constante para que las dimensiones de la obra fuesen correctas.

Los artesanos consumados eran requeridos a lo largo de todo el año. Pero los obreros no cualificados trabajaban solamente durante los meses de otoño, cuando se producía el desbordamiento del Nilo. Eran unos

100.000trabajadores agrícolas, que mientras esperaban la retirada de las aguas para plantar sus cereales, quedaban obligados a trabajar en la construcción de la Pirámide.

Los nombres de algunos de los grupos de trabajo y de sus jefes se han conservado burdamente pintados sobre la superficie de los sillares.



PELDAÑOS DE PIEDRA HACIA LA ETERNIDAD



Los cimientos de la Pirámide se nivelaron con agua retenida por muros de barro y pequeños canales.
Se construyó una rampa para arrastrar hasta lo alto de la Pirámide los pesados bloques de piedra.
Cuando fue terminada la Pirámide, la rampa El revestimiento de sillería se efectuó de alcanzó la cúspide.arriba abajo, deshaciéndose la rampa.

De arriba abajo

Cuando la totalidad del interior estuvo construida, la Pirámide, rodeada de rampas, se hallaba enteramente oculta.

La postrer tarea de revestir la Pirámide de piedra caliza comenzó desde arriba. A medida que se asentaban los sillares exteriores, las rampas se retiraban gradualmente hasta el día en que la gran fábrica apareció sobre la meseta, recortando en el cielo su silueta blanca y resplandeciente.

En el centro de la Pirámide, a más de 40 metros sobre el nivel del desierto, pero a una distancia mucho mayor de la cumbre del edificio, se encuentra la Cámara Real, revestida de granito pulimentado.

Al final de la Cámara, en un recinto excavado en el suelo, había un sarcófago de piedra: la última morada del cuerpo momificado del faraón Keops.

Un ardid de ingeniería

La Gran Galería, anexa a la Cámara Real, es una obra de ingeniería extremadamente hábil, ideada con el fin de sellar para siempre la cámara mortuoria del faraón.

La Galería, que descendía en pendiente hasta la entrada de la Cámara, albergaba grandes bloques, sujetos provisionalmente por calces de madera.
Después que una inmensa y colorista procesión funeraria siguió al cuerpo de Keops a la Pirámide, los trabajadores deslizaron los bloques hasta la entrada. Después escaparon por un túnel casi vertical que en seguida fue sellado. La momia de Keops debía quedar protegida de intrusos para siempre.

La tumba, saqueada



Por desgracia, los siglos habían de mostrar que la habilidad del hombre para destruir lo celosamente guardado era superior a la habilidad para protegerlo.

En el siglo IX de nuestra era, los árabes practicaron un túnel a través de la Pirámide y encontraron ya profanado el sepulcro del faraón. Posteriormente, otros caudillos árabes se llevaron gran parte del revestimiento calizo para la construcción de sus propias mezquitas.

Sin embargo, la Gran Pirámide de Keops es la única, entre unas 80 que fueron construidas, que permanece casi en su estado original a pesar de tantos siglos de pillaje y de exposición a las inclemencias del tiempo.

La Gran Pirámide de Keops aparece hoy como eterno monumento al ingenio del hombre y testimonio perenne a su anhelo de inmortalidad.



LA MURALLA CHINA
Un muro desafía el tiempo y el espacio



De entre todas las obras salidas de la mano del hombre, la más asombrosa por lo desmesurada es sin duda la Gran Muralla China. Se extiende a lo largo de 2.710 kilómetros, desde el mar Amarillo hasta la Puerta de Jade, punto por donde salía la antigua Ruta de la Seda para internarse en el desierto de Asia Central.

Shih Huang Ti, emperador de la dinastía Ch’in, comenzó la muralla en el año 214 antes de J.C. para proteger su vulnerable frontera septentrional. Aquel flanco inmenso de su imperio estaba amenazado por los tártaros de Hsiung-Nu, los hunos, cuyo empuje provocaría siglos después la caída del Imperio Romano. Delincuentes y criminales, en decenas de miles, redimían sus penas trabajando como esclavos en la construcción de la muralla. Según la leyenda, la obra costó un millón de vidas.

Derivaciones



La idea del muro defensivo no era nueva. Siglos antes, reyes y príncipes protegieron con murallas sus ciudades. No obstante, la audacia de la empresa de Shih Huang Ti consistió en valerse del sistema circunscrito a ciudadelas y extenderlo a todo su imperio.

En ciertos lugares de la muralla principal
hay derivaciones que forman reductos especiales. A veces, incluso, existe una doble o triple línea de defensas.

En algunos tramos la muralla es de barro; en otros, de mampostería con revestimiento de piedra o ladrillo.

¿Resultó verdaderamente útil? En una época sin artillería, las murallas podían mantener a raya a los invasores y de hecho los mantuvieron. Pero la gran dificultad era sostener continuamente la debida guarnición en la muralla, algo prácticamente imposible en la China de aquel tiempo.

Fama universal



Shih Huang Ti murió a los cuatro años de iniciarse la construcción, y sus sucesores continuaron la obra. La muralla se reparó y se alargó: en algunos lugares el muro tenía diez metros de altura y diez de espesor. Cada 180 metros había una torre de doce.

Al cabo de 2.000 años de su construcción el espectáculo de la muralla zigzagueante por las colinas al norte de Pekín sobrecoge el ánimo de quien la contempla desde tierra o desde el aire.



LA CIUDAD DE LOS MAYAS
Espléndida civilización escasamente conocida



La civilización maya, que floreció en tierras de México y Centroamérica, es poco conocida aunque rayó hasta alturas de inefable grandeza. Cuando estaba en su apogeo, Europa vivía aún los siglos sangrientos y caóticos de la Edad Media.

Las grandes ciudades mayas, hoy en su mayoría en ruinas o invadidas por la selva, se unían mediante una red de carreteras pavimentadas. La más extensa comunicaba Cobá con Yaxuná a lo largo de 100 kilómetros en línea recta. Estaba, como todas las vías mayas, cuidadosamente proyectada y hábilmente cimentada sobre un firme elevado. El método de construcción era sencillo y eficaz: se echaba ripio y cascote entre dos hileras de piedras y se pasaban pesados rodillos.

Entre las grandes ciudades mayas se cuentan Tikal, Palenque, Uxmal y Chichén Itzá. De las cuatro, Chichén Itzá fue la mayor.

Lentos comienzos



En la seca y falta de agua península de Yucatán se descubrieron dos pozos naturales o cenotes que hicieron posible la fundación de Chichén Itzá en el siglo v después de J.C. Pero sus comienzos fueron lentos. La ciudad fue abandonada al siglo de su fundación y permaneció desierta durante más de 300 años. A finales del siglo x, Chichén Itzá fue ocupada por los toltecas procedentes de Tula, ciudad del altiplano central, construyéndose un imponente conjunto arquitectónico. Felizmente, los nuevos señores conservaron muchas esencias artísticas y tradiciones de los mayas que la habían habitado anteriormente.
La ciudad alcanzó el apogeo de su gloria y prosperidad en el siglo xiii, época en que se construyeron espléndidos templos y conjuntos urbanos. De aquel entonces data la hermosa plaza de dos hectáreas, con el Patio de las Mil Columnas, en el cual había un templo de 4.000 metros cuadrados de base y 30 metros de altura.

El Caracol, observatorio astronómico, consiste en una torre que descansa sobre una plataforma doble. En su interior la escalera en espiral conduce a un cuarto con una puerta y siete aberturas que parecen haber servido para determinar los equinoccios y solsticios.

Un juego difícil y peligroso



El juego de pelota, practicado en todas las ciudades mayas, tuvo originalmente finalidades religiosas. Con el tiempo, sin embargo, se convirtió en mero deporte y espectáculo, y hasta en un juego que admitía apuestas. El lugar donde se practicaba, llamado tlatchi en lengua náhuatl, era una especie de patio rectangular.

En Chichén Itzá había siete construcciones de este tipo, la mayor de las cuales mide 146 metros de largo por 36 de ancho. En el centro de los muros laterales, y a más de dos metros de altura, se hallaban empotrados anillos de piedra, por cuyos agujeros de 30 a 40 centímetros de diámetro debían los jugadores hacer pasar una maciza pelota de hule (uli). Sólo se podía tocar la pelota con los codos, las muñecas y las caderas, que al efecto se protegían con bandas de cuero.

En juego tan difícil no pocas veces moría algún jugador, y el que lograba un tiro de triunfo tenía derecho a apoderarse de las ropas y las joyas de los espectadores. El público, para evitar este despojo, huía entonces despavorido.

Cuando los cronistas hablaron de estas pelotas y de la materia de que estaban hechas, se tuvo noticia en Europa del producto que tanta importancia habría de llegar a tener en la industria moderna.

La ciudad de Chichén es también famosa por su Cenote de los Sacrificios. En épocas
de sequía prolongada, epidemias y hambre, se arrojaban a sus profundidades, para propiciar a los dioses, niños, doncellas y guerreros cautivos, así como objetos preciosos.

La causa de la decadencia de Chichén Itzá como capital del mundo maya no ha sido determinada con exactitud. Lo único cierto es que había sido ya conquistada por el cacique de Mayapán cuando los españoles, a su llegada, encontraron una ciudad deshabitada y en ruinas.



ESPLENDOR EN LA JUNGLA
Fabulosa morada del rey-dios



En 1861, un naturalista francés, Henri Mouhot, caminaba a lo largo de un sendero por la selva del norte de Camboya cuando vio tres altas torres de piedra que sobresalían por encima de las copas de los árboles. Eran los pináculos de Angkor Wat, uno de los templos más importantes de Asia y grandiosa reliquia de la fabulosa ciudad perdida de Angkor Thom. Esta ciudad, capital del gran imperio Khmer, había sido abandonada 500 años antes, permaneciendo oculta y olvidada a merced de la jungla arrolladora.

Angkor Thom produce, aun en ruinas, un fuerte impacto en el ánimo. Está rodeada de un gran foso, en otro tiempo lleno de cocodrilos, y resguardada por sólidos muros de adobe. Fue fundada por el emperador Jayavarman II, que vivió del año 802 al 854 de nuestra era. Después de proclamarse a sí mismo rey-dios, emprendió la construcción de la ciudad para manifestar la riqueza y el poder de su imperio.
El foso recorre el perímetro de un inmenso cuadrado, de casi dos kilómetros de lado, protegido por la muralla de adobe. En el espacio interior cabría holgadamente toda la antigua Roma. Sin embargo, apenas nadie moraba en ella, pues era el centro real, administrativo y religioso del imperio. Los ciudadanos poseían sus casas en dos inmensos barrios extramuros, junto a lagos artificiales en la ribera del río Siem Reap.

Cuatro anchas avenidas cruzaban el foso y conducían al interior, atravesando soberbias puertas, coronadas cada una por tres torres. Los arcos eran amplios para que los elefantes reales cruzaran bajo ellos, portando sobre los lomos un templete con ostentoso parasol que protegía las cabezas imperiales.
Terraza del Rey Leproso

Cuatro calles se cruzan en el centro de la ciudad, formando una gran plaza delimitada por dos terrazas: la terraza Real y la terraza del Rey Leproso. Frente a ellas se alinean las 12 torres de los Danzadores de Cuerda. Grandes escalinatas conducen de las terrazas a los jardines, con sus pabellones y tumbas reales.

El misterioso encanto de la ciudad de Angkor reside en las sorprendentes formas esculpidas en piedra arenisca: cada calzada está flanqueada de parapetos que exhiben dioses y gigantes sosteniendo figuras míticas. Cada puerta está cubierta de complicadas esculturas y las torres rematadas con elefantes heráldicos tricéfalos.

Las terrazas reales están rematadas con figuras de reyes y reinas, príncipes y princesas, leones y elefantes, y motivos de la épica sacra hindú. Otros relieves representan multitud de actividades propias de una sociedad altamente civilizada, con un estilo tan realista que parecen instantáneas de la vida cotidiana.

El monumento más notable



Pero quizás el monumento más notable de Angkor es Angkor Wat, situado a unos dos kilómetros de los muros de la ciudad. Se trata de uno de los santuarios más famosos y bellos del mundo y fue construido por el emperador Suryavarman II en el siglo xn, en la etapa en que la ciudad y el imperio alcanzaron la cima de su prosperidad. Está rodeado de un foso de casi dos kilómetros de longitud que forma un cuadrado casi perfecto. El templo es un complejo sorprendente de lagos, bibliotecas, claustros y galerías, sepulcros y escalinatas. Tras el muro central del santuario, la galería baja contiene un friso de vivos relieves inspirados en las leyendas y libros sagrados hindúes. El friso mide dos metros y medio de altura y se extiende alrededor de los 800 metros de circunferencia de la galería. Sobre ésta se alza el templo en forma de pirámide con tres pisos hasta un núcleo central de cinco torres, la más alta de las cuales tiene 66 metros de altura. Fueron las torres que guiaron a Henri Mouhot hasta las ruinas de la ciudad.

Grandiosa e indefensa



¿Qué sucedió en Angkor? No habían transcurrido 30 años de la muerte de Suryavarman II cuando la ciudad fue saqueada en 1177 por invasores Cham, procedentes de Laos. Diez años después, los Cham fueron vencidos por el emperador Jayavar-man VII, pero los días de la ciudad estaban contados. Siglo y medio después, el imperio fue invadido por los thais procedentes del oeste y por los mongoles del norte. Los thais se apoderaron de Angkor otras tres veces: en 1369, en 1388 y en 1431. A pesar de sus formidables murallas, la ciudad era indefendible.

Finalmente, se destruyó el sistema de regadío del que Angkor dependía para la producción de arroz, y en 1434 la capital fue trasladada a un lugar cercano a Phnom-Penh, capital de la moderna Camboya. Angkor quedó abandonada en la selva.



CALZADA ADELANTE
Red de carreteras que dura 2.000 años



El Imperio Romano se extendía en su apogeo desde el golfo Pérsico hasta el río Humber en Gran Bretaña. Ochenta mil kilómetros de calzadas de primer orden unían las tierras de Europa, y 400.000kilómetros de calzadas locales enlazaban los fuertes, los campamentos de legionarios, las ciudades, los pueblos, los puertos y los puestos de señales con la red principal.

Por las calzadas principales discurría el servicio postal establecido por el emperador Augusto, los decretos gubernamentales, los mensajes y todo el tráfico comercial ordinario del Imperio.

Correo de diez días



El servicio regular recorría unos 80 kilómetros al día, de manera que una carta podía cruzar España, de Tarragona a Mérida, en diez jornadas. Los mensajes importantes se enviaban por relevos a caballo que
cubrían más de 300 kilómetros en un día y una noche. Una orden de Roma, por ejemplo, podía llegar a Sagunto en menos de cuatro días completos.

Las legiones romanas eran responsables de la construcción de las calzadas, ayudadas por poblaciones locales. Pero, con todo, el coste de la construcción de las calzadas era elevado. Una milla romana de calzada, 9/10 de la milla actual, suponía el equivalente a

13.000dólares, en tanto que hoy en día una milla (una milla: 1.609 metros) de autopista moderna cuesta más de dos millones y medio de dólares.

Los topógrafos militares proyectaban las calzadas. Con un sencillo teodolito y señales de humo se trazaban tramos rectos. Como no había mapas, todo se fiaba a las minuciosas observaciones de los topógrafos. Las poblaciones o viviendas sobre la carretera eran escasas, y los desvíos podían realizarse siguiendo la ruta natural más breve.

El trazado de las calzadas era complejo.
La anchura se delimitaba mediante zanjas de 25 metros de separación media. Amplios taludes de piedra de uno a dos metros de altura facilitaban el drenaje, y han contribuido a mantener las calzadas en buen estado durante muchos siglos. La calzada, de cuatro a cinco metros de anchura, permitía que dos legiones, marchando de seis en fondo, pudieran cruzarse. Primeramente se cavaba un lecho poco profundo, a continuación se colocaban a mano las pesadas piedras de los cimientos, y luego se extendía una capa de piedras pequeñas, tejas rotas, ladrillos y creta, mezclado con mortero.
La superficie tenía forma convexa por razón del drenaje, y consistía en losas de piedra sujetas con cemento y limitadas por bordillo a ambos lados.

A lo largo de la calzada se erigían piedras miliarias que indicaban la distancia a la ciudad más próxima. A intervalos regulares había casas de postas, con relevo de caballos y posada para pasar la noche.

Los municipios locales tenían a su cargo el mantenimiento de las calzadas y solían dolerse de ello.

La red viaria romana fue proyectada con tanto acierto y sus calzadas estaban tan sólidamente construidas que el sistema duró casi

2.000 años y fue sólo superado con la llegada del ferrocarril.



Un viajero de Londres a Roma, en pleno apogeo del Imperio Romano, hubiera invertido solamente 13 días en el viaje. Casi 2.000 años más tarde, al ser llamado Robert Peel de Italia a Inglaterra para ocupar el cargo de primer ministro, invirtió el mismo tiempo viajando en diligencia.

En España los caminos y carreteras entroncan históricamente con las calzadas del Imperio Romano, muchos de cuyos trazados siguen siendo los ejes de las actuales. A las vías romanas se sumaron en la Edad Media los itinerarios de peregrinos y en la Edad Moderna los caminos reales. Sin embargo, hasta bien entrado el siglo xvm, las comunicaciones no llegan a igualar el clarividente criterio de los romanos.

Entre las calzadas romanas cabe citar la Vía Hercúlea, que recorría la costa oriental desde los Pirineos hasta Cádiz; la llamada Vía de la Plata, de Mérida a Galicia, y la calzada de Tarragona a Astorga.



PAN Y ESPECTACULOS
El grandioso estadio de Roma donde se jugaba con la muerte



En medio del intenso tráfico de Roma se yergue la masa enorme del Coliseo como presencia perenne del pasado imperial. Los juegos que allí se celebraban dominaban la vida social de la antigua ciudad: una mezcla cruel y espectacular de cacerías salvajes, combates de gladiadores, batallas simuladas y luchas desiguales entre condenados y animales feroces.

Entraba en la política de los emperadores romanos abastecer de pan y espectáculos a los ciudadanos y a la plebe para paliar las consecuencias del desgobierno.

Al principio los juegos se celebraron en un anfiteatro de madera construido en el año 29 antes de J.C. El coso fue destruido en el gran incendio de Nerón, y el Coliseo fue levantado por sus sucesores los emperadores Vespasiano y Tito en el lugar antes ocupado por la Casa Dorada del propio Nerón. A pesar de la leyenda y de la literatura, Nerón n-unca vio el Coliseo construido, ya que fue inaugurado en el año 80 después de J.C., muchos años después de su muerte.

El recinto ovalado de arena, de 90 metros de longitud, se dispuso sobre un complejo sistema de pasadizos subterráneos y jaulas de animales. A su alrededor se levantaron graderios de piedra hasta una altura de 50 metros, con capacidad para 50.000 espectadores. Las primeras filas eran asientos reservados a senadores y ciudadanos eminentes y en el centro se abría el palco imperial con localidades anejas para los cónsules y las vírgenes vestales. Los patricios ocupaban las filas siguientes y a continuación se colocaban los plebeyos, es decir, la masa del pueblo.

En las luchas de bestias salvajes se levantaba una valla en torno de la arena, y para proteger del sol a los espectadores se extendían toldos sobre las gradas, que los marineros de las naves imperiales vigilaban solícitamente.

La gran ceremonia de inauguración duró 100 días. En ella perecieron 9.000 bestias salvajes y numerosos gladiadores que tomaron parte en una batalla naval o «nauma-quia». El coso podía llenarse de agua hasta una profundidad de metro y medio para celebrar esta clase de contienda, pero era difícil mantenerla estanca. Sobre el número de cristianos sacrificados en el Coliseo no existen datos históricos.

Su gloria se derrumba



Durante el siglo vi el anfiteatro cayó en desuso y en los siglos xm y xiv sufrió graves daños ocasionados por terremotos. La piedra se empleó para otras construcciones y desaparecieron muchas de las estatuas alojadas en los nichos de los muros.

En el siglo xix se emprendió su restauración; pero lo que hoy en día resta es una imponente ruina de piedra y ladrillo y el eco ahogado de voces sedientas de sangre.

El acueducto de Segovia es seguramente el monumento antiguo más espectacular de España y uno de los más notables en su género del mundo. Opinión unánime es que se trata de una construcción romana.:, pero su origen sigue arropado en el misterio.

Como obra de arte, el acueducto es genial. Su constructor, al disponer los pilares en forma de tronco de pirámide, logró una sensación de altura que no corresponde a la realidad. Estos pilares tienen planta rectangular, con el lado más breve en el frente. Por esa razón, el monumento, visto de cerca, al sesgo, parece una mole ciclópea, y contemplado de lejos ofrece un aspecto de inverosímil esbeltez.

La impresionante mole, de 728 metros de longitud, consta de un cuerpo inferior de 44 arcos y de otro superior de 119. Ofrece su aspecto más monumental en la plaza del Azoguejo, en la que alcanza su altura máxima de 28,9 metros.

El material empleado en su construcción fue la piedra berroqueña, y la originalidad suprema de la obra consiste en que los sillares están ensamblados sin trabazón ni argamasa alguna.

Construido por Osiris



Su origen ha sido siempre un enigma y no se ha dudado en atribuirlo a deidades míticas. El cronista barroco de Segovia, Diego de Colmenares, no titubeó al dictaminar que la construcción del gigantesco acueducto se debió a Hércules Egipcio (Osiris), mítico fundador de la ciudad.

Los eruditos del siglo xviii lo reconocieron como vestigio importantísimo de la cultura romana, pero no llegaron a un acuerdo sobre el emperador que mandó edificarlo: Trajano para unos y Augusto según otros.

En época reciente, el ingeniero restaurador del monumento, don Carlos Fernández Casado, lo relaciona acertadamente con el acueducto llamado Aqua Claudia, en Roma, del tiempo del emperador Claudio, a mediados del siglo i.

Sin embargo, este emperador no demostró interés especial por España, lo que no hace probable que ordenase construir una obra tan compleja y onerosa. Más bien el acueducto debe remontarse a la época de Trajano, al que una tradición que arranca del siglo xiii atribuye origen segoviano.

Monumento mudo



Pero los enigmas subsisten debido a que el acueducto es un monumento mudo: ni una sola letra ni un vestigio escultórico permiten formular hipótesis sobre su origen o antigüedad. Sus constructores fijaron la inscripción conmemorativa con letras de bronce dorado y de bronce también fueron las efigies allí instaladas. La corrosión y la rapiña popular bien pronto acabó con ambas.

Otro problema aún sin dilucidar es la razón por la que una de las obras más importantes del mundo romano se construyó al servicio de una pobre citania celta, como a la sazón era Segovia. En opinión del historiador marqués de Lozoya, el motivo pudo ser estratégico. Segovia era en aquella época una fortaleza natural carente de agua, y el viaducto vino a remediar esta deficiencia.



INEXPUGNABLE FORTALEZA DE LOS CRUZADOS
Sólo cayó víctima de un engaño



Krak des Chevaliers (el Risco de los Caballeros), poderosa fortaleza de altivas defensas y muros de muchos metros de espesor, acabó rindiéndose en 1271... a una humilde paloma.

El castillo fue construido por los cruzados sobre un espolón del desierto sirio con el fin de proteger la ruta que unía la ciudad musulmana de Homs con la cristiana de Trípoli, en la costa del Mediterráneo. Cuando los cruzados llegaron al lugar hacia el año 1090, se levantaba allí un pequeño fuerte ocupado por una guarnición de kurdos. El fuerte pasó a manos de los condes cristianos de Trípoli, que a su vez lo vendieron en 1142 a los caballeros del Hospital de San Juan de Jerusalén. En los 150 años siguientes, los caballeros construyeron una fortaleza tan grande y poderosa que resistió por lo menos 12 feroces asaltos sarracenos.

Krak des Chevaliers se construyó en dos etapas. En la primera se levantaron los muros exteriores y un núcleo interior de pequeñas edificaciones cuadradas. En 1202 parte de la obra se cuarteó por un terremoto y poco después se acometió una profunda reestructuración. Así surgió el imponente núcleo actual de fortificaciones y todas las defensas de muros redondos. Las laderas escarpadas del espolón se aprovecharon sabiamente con fines tácticos.

Los puntos débiles



Pero dos puntos débiles precisaron de un tratamiento especial: la puerta principal y el expuesto lado sur, que se abría a la llanura. Para proteger este flanco los caballeros levantaron un formidable muro de albañilería con tres grandes torres, precedido de un enorme parapeto de manipostería que en algunas zonas medía 25 metros de espesor. El problema de la entrada se resolvió de modo ingenioso. El camino' hasta ella se construyó en zigzag por el declive escarpadde manera que el invasor se exponía durante toda su ruta al fuego de los adversarios. Arriba, un angosto y difícil pasillo conducía hasta el portón principal entre muros y defensas colosales.

Si atacarlo hubiera sido una locura, sitiarlo resultaba inútil. Como todos los grandes castillos de cruzados, Krak poseía enormes recintos donde almacenaba agua y alimentos suficientes para mantener largo tiempo a una guarnición de 2.000’ hombres. Podía esperar más de un año la llegada de un ejército en su auxilio.

La caída


La fortaleza de Krak parecía inexpugnable. Hasta el gran Saladino desistió de tomarla. Sin embargo, en 1271 otro sultán de Egipto, Baybars (su nombre significa pantera), se encontraba a las puertas del castillo con un poderoso ejército.

Krak era entonces el último foco de resistencia del antiguo reino de los cruzados, y su guarnición de hombres era escasa. Un año antes la octava cruzada había fracasado y el envío de ayuda desde el oeste resultaba imposible. Sin embargo, el puñado de monjes guerreros que mandaban la tropa de mercenarios oponían tal resistencia que Baybars tuvo que avanzar paso a paso con
extremas dificultades para llegar hasta los muros.

El sultán perseveraba en su empeño con voluntad fanática. Minó penosamente durante varias semanas la torre sudoeste del muro exterior hasta que se derrumbó. Cuando los atacantes penetraron en el recinto, contemplaron impotentes la segunda línea de fortificaciones enormes que aún les cerraba el paso.

Baybars, no queriendo aceptar la derrota o la posibilidad de un largo cerco, recurrió a la astucia. Según los historiadores árabes, se valió de una paloma para enviar una carta falsa al castillo. El mensaje decía venir del Gran Maestre de los Hospitalarios de Trípoli y ordenaba la rendición de la tropa, pues no era posible enviarles hasta allí socorro alguno.

La orden fue obedecida y el castillo de Krak se rindió sin haberse puesto a prueba la fortaleza de su reducto interior. Baybars concedió caballerosamente a la guarnición un salvoconducto para que se trasladara hasta Trípoli.

Hoy el castillo subsiste notablemente bien conservado, y se considera como uno de los más bellos exponentes de arquitectura militar. Según expresión de Lawrence de Arabia, Krak des Chevaliers es «el castillo más admirable del mundo».



NINGUN LUGAR SEGURO
La astucia ha vencido las más sólidas murallas



Las fortificaciones han sido de vital importancia en la historia militar, desde los muros de tierra de los castros de la Edad de Hierro hasta los reductos de hormigón armado del siglo xx. Sin embargo, a pesar de la reciedumbre de estas fortalezas, siempre ha surgido algún enemigo con astucia suficiente para conseguir burlar sus muros.

En tiempos bíblicos los asirios se distinguían por sus ciudades amuralladas y por su pericia en batir las fortalezas enemigas. Más tarde los romanos perfeccionaron este arte. Cuando Sila atacó a los judíos rebeldes de Masadá, sus ingenieros levantaron un montículo de 80 metros de altura sobre el que erigieron torres. De este modo se alzaron 60 metros por encima del baluarte adversario.

Triple muralla



Constantinopla, la mayor ciudad de Europa durante la Edad Media, poseía tres líneas de murallas con un foso de 20 metros de anchura por seis de profundidad. Tras éste se erguía una serie de baluartes; 20 metros más atrás había otra muralla con 96 torres espaciadas por intervalos de 60 metros. Dentro de este muro aún había un tercero con otras 96 torres, levantadas entre las del muro anterior y de doble altura. Un obstáculo para intimidar a cualquier enemigo. Pero los guerreros de la cuarta cruzada traspasaron las defensas, extendiendo puentes desde sus naves a las murallas, e incendiaron cuanto hallaron a su paso.

El arte de la fortificación alcanzó su apogeo en la Edad Media, época en que los grandes castillos de muros de piedra se propagaron como hongos por toda Europa. Antes del advenimiento de la pólvora, estas fortalezas podían resistir ataques de meses e incluso años de duración, pero aun la más poderosa caía ante un enemigo obstinado.

Ch"teau Gaillard, construido por el rey Ricardo Corazón de León cerca de Rouen, en Normandía, poseía tres líneas de defensa, consistentes en fosos y murallas con torres intercaladas. El castillo se alzaba señero, sobre una colina que domina la ciudad de Les Andelys, y fue considerado durante siglos como uno de los más importantes del mundo.

En 1203, Felipe II de Francia puso sitio al castillo, que defendía Roger de Lacy en nombre del rey Juan de Inglaterra. Una vez tomada la ciudad de Les Andelys, el monarca francés se propuso hacer la vida insoportable a los defensores.

Máquinas de asedio



Se excavaron trincheras para cortar el abastecimiento de agua al castillo y se trajeron máquinas de asedio para demoler el muro exterior. Al cabo de algún tiempo se consiguio abrir un portillo en el muro y los atacantes penetraron por él. Un grupo de hombres, que ascendieron por los desagües del castillo, aparecieron tras la segunda muralla y lograron extender el puente levadizo entre ésta y la exterior. Finalmente comenzaron a minar los cimientos del muro interior. Los defensores excavaron contratúneles y se produjeron furiosos combates bajo el suelo. Pero al final, la muralla, completamente minada por ambas partes, se derrumbó sobre el foso y el castillo cayó en poder de los franceses.

La aparición de la pólvora supuso el comienzo del fin de los castillos construidos de piedra. Modernamente surgieron los fortines de acero y hormigón, excavados profundamente bajo tierra e invulnerables a los impactos directos de las pesadas granadas. Pero la llegada del avión y del carro de combate trastrocó de nuevo la estrategia, que hubo de modificarse en nuestros días.



EL CORAZON DEL VATICANO
Un arte sumo, obra de siglos



En pocas de las grandes construcciones del mundo habrán intervenido tantos ingenios como en San Pedro de Roma.

Desde que en el siglo xv el papa Nicolás V propuso la obra hasta que se completó, transcurrieron 350 años. Durante este tiempo se sucedieron numerosos papas y arquitectos que dejaron en él su impronta.

A Nicolás V corresponde la primera idea de reemplazar la antigua basílica construida por Constantino el Grande en honor del apóstol San Pedro. Sin embargo, el primer paso efectivo no se dio hasta 1505, año en que el papa Julio II decidió construir junto a la basílica un mausoleo que alojase su propio monumento. El pontífice encargó a Miguel Angel la ejecución de su deseo.

Sacrificio de una basílica



Al cabo de muchas consideraciones, Julio II abandonó la idea de construir un mausoleo independiente de la antigua basílica y decidió levantar otra nueva. Llamó al arquitecto Donato Bramante, que empezó por demoler el edificio de Constantino y cuanto contenía. Hizo desaparecer tumbas, estatuas, mosaicos, iconos y altares, empleando 2.500 hombres durante varias semanas en la labor. Aunque Bramante fue sin duda un arquitecto genial, trabajó con cierta precipitación y no estuvo siempre encima de la obra. Después de su muerte se descubrieron errores muy costosos de subsanar.

Cuando murió Julio II, su sucesor, León X, designó a Rafael como arquitecto. Este concibió un proyecto con modificaciones radicales respecto al de Bramante, pero seis años después falleció sin haber hecho otra cosa que reparar los errores de Bramante y levantar una o dos columnas.

Espera y resurgimiento



En 1521 murió León X y el papa Clemente VII nombró a Peruzzi arquitecto del Vaticano. Este realizó muchas construcciones en Roma, pero apenas nada en el abandonado San Pedro. Las hierbas crecían en las grietas de ¡os pilares y en los arcos de Bramante, hasta que el siguiente pontífice, Paulo III, dio nueva vida al proyecto. Tomó dinero de los fondos dados por España para una cruzada contra los turcos y designó como arquitecto a Antonio de Sangallo y después a Miguel Angel. El gran florentino tenía entonces 72 años y acababa de dar fin al techo de la Capilla Sixtina.

Miguel Angel trazó en 1547 su primer proyecto de San Pedro y en seguida inició su construcción. Pero al morir Paulo III en 1550, el celo con que Miguel Angel había animado a los constructores comenzó a decaer. El papa Paulo IV alentó a Miguel Angel, pero la edad comenzaba a pesar sobre el arquitecto, que cometía equivocaciones. Su muerte, en 1564, trajo otro período de confusión y durante el resto del reinado de Paulo IV las obras apenas avanzaron. Gregorio XIII realizó algunas mejoras, pero, como muchos de los pontífices que le habían precedido, no tantas como pretendió. Sixto V ascendió al trono de San Pedro y en sus cinco años de pontificado se trabajó intensamente en el proyecto.

Este papa, que realizó más obra en la basílica que cualquiera de sus predecesores, llevó a efecto casi la totalidad de la cúpula diseñada por Miguel Angel.

También ordenó la construcción de la Sala Sixtina y de la Biblioteca Vaticana, que Do-menico Fontana concluyó en 1588. La biblioteca había sido fundada entre 1447 y 1455 por Nicolás V, con un núcleo de 350 volúmenes.

Los últimos toques



En 1594 el papa Clemente VIII celebró la primera misa en el nuevo altar mayor. Tras otro paréntesis en las obras, accedió al solio pontificio Urbano VIII (1623-44) quien llamó al arquitecto Bernini. Este construyó el baldaquino sobre el altar papal, levantó los campanarios y decoró las naves.

En 1784 se añadió la sacristía, y con ella se dio fin a la obra de San Pedro. Habían transcurrido casi 2001 años desde que Sixto V construyera la cúpula; 238 años desde que Miguel Angel colocara los pilares que la sostendrían, y 338 años desde que Nicolás V decidiera la reforma de la antigua basílica de Constantino.

El Vaticano contiene un impresionante conjunto de museos, entre los que destacan la Pinacoteca, construida por Pío VI y reorganizada por Pío VII; la Capilla Sixtina, con sus soberbios frescos; las Estancias de Rafael; la Galería (Loggie) de Rafael; los Departamentos Borgia; la Biblioteca; el Pío-Clementenino, creado por Clemente XIV y por Pío VI, de antigüedades grecorromanas; el Etrusco, fundado por Gregorio XVI; el Egipcio, también fundado por el mismo Papa; la Galería de los Tapices; la Galería de los Mapas, con cartas geográficas del siglo xvi, y el Charamcmti, largo corredor con valiosas esculturas.

La biblioteca fue ampliada considerablemente durante los siglos xvii y xvm, aunque en 1790 sufrió un serio perjuicio al ser llevados muchos de sus manuscritos a Francia. Hoy contiene unos 60.000 manuscritos, 7.000 incunables, 100.000 grabados y mapas, y más de 70.000 libros impresos.



ALARDE DE HIERRO Y CRISTAL
Símbolo de la británica era victoriana



El Palacio de Cristal de Londres fue una de las grandes obras de ingeniería de la era victoriana. Fue levantado por un gran arquitecto autodidacta, Jo-seph Paxton, que previamente había construido invernaderos, puentes, depósitos de agua y una fábrica de gas. Hoy ya no existe, aunque su nombre sobrevive actualmente en un distrito del sur de Londres como una institución que comprende un centro deportivo y un equipo de fútbol.

La Gran Exposición Internacional de 1851, promovida por el príncipe Alberto, requería un edificio apropiado, y la mayoría de los 250 proyectos presentados eran in-viables o demasiado costosos, por lo que fueron desechados.

Un maestro innovador



Entonces se consultó a Joseph Paxton, especializado en la construcción de edificios de hierro y cristal, quien prometió proyectar en nueve días un edificio de un millón de metros cúbicos de capacidad. Dedicó dos días a examinar la construcción del puente Britania de Robert Stephenson sobre el estrecho de Menai. Al tercer día ya pudo rea-lizar un rápido esbozo del edificio que a continuación levantaría en el Hyde Park de Londres, con el fin de alojar miles de muestras que representaban el «trabajo de todas las naciones».
Aún no existían procedimientos para la construcción de cristal, pero Paxton ideó sin esfuerzo una estructura de 563 metros de longitud por 137 metros de barras de hierro, 3.300 soportes, 2.150 vigas, 293.655 paneles de vidrio (con una superficie total de 84.000 metros cuadrados) y 17.000 metros cúbicos de madera. No se utilizaron andamios en el ensamblaje del armazón de hierro. Las vigas se sujetaban unas a otras, y sostenían a los constructores.

Ritmo asombroso



Las obras se realizaban a un ritmo asombroso. Según Paxton, bastaban 16 minutos para ensamblar tres columnas y dos vigas. Empezaron la construcción 39 hombres, cuyo número pronto se multiplicó y ascendió a más de 2.000.

Para transportar los cristales por la estructura del edificio se diseñó un sistema de carriles y vagonetas. De esta forma, 80 hombres colocaron en una semana más de 18.000 paneles de cristal. Uno solo fijaba diariamente 108 paneles.

El Palacio de Cristal se levantó en ocho meses. En 1851, clausurada la Gran Exposición, la estructura se trasladó al sur de Londres, donde se utilizó para conciertos, festivales y otras exposiciones hasta 1936 en que resultó completamente destruida por el fuego.



LA AGUJA DE CLEOPATRA
Monumental obelisco, juguete de las olas



Una embarcación abandonada, de extraño aspecto, flotaba a la deriva en el golfo de Vizcaya. Pero su carga era un tesoro incalculable: la aguja de Cleopatra, obelisco tallado en Egipto hacía más de 3.500 años.

El gobierno británico trasladaba la aguja desde Alejandría a Londres, después de haber empleado para ello 15.000 libras esterlinas, reunidas por suscripción pública. Pero el bello obelisco, construido en realidad por el faraón Tutmosis III, catorce siglos antes de Cleopatra, parecía concluir en el fondo del mar. La embarcación, designada con el nombre de Cleopatra, tenía el aspecto de un gran cigarro puro y había sido especialmente construida para transportar a la aguja. Su remolcador Olga había enviado a seis voluntarios en un bote para rescatar a la tripulación. Pero el bote zozobró y los seis voluntarios perecieron. Por fin el Olga pudo arrimarse de costado y rescatar a los cinco tripulantes y al patrón del Cleopatra; luego cortó el cable de arrastre, dejando el barco a la deriva. Ahora todo dependía de la flotabi-
lidad del Cleopatra, mientras en Gran Bretaña la nación retenía el aliento. Cinco días después, un barco descubrió a la curiosa embarcación flotando frente a las costas de España y lo remolcó hasta el puerto de El Ferrol.



El Cleopatra fue diseñado en Alejandría por los hermanos John y Wynam Dixon teniendo en cuenta las dimensiones del obelisco de 21 metros de longitud y 200 toneladas de peso. Una vez construida, la embarcación era un largo cilindro de hierro de 28 metros de longitud por 4,5 metros de anchura, dividido en 10' compartimientos estancos. Se le añadieron quilla, cabina, puente y timón, y echado a las aguas, flotó perfectamente con su carga preciosa.



Inglaterra envió el vapor Anglia a El Ferrol en busca del Cleopatra, y en enero de 1872 los dos barcos ascendían el Támesis. La multitud los vitoreaba entre un estruendo de salvas de artillería. En el mes de septiembre la aguja de Cleopatra fue colocada en el embarcadero del Támesis para conmemorar la victoria de Gran Bretaña sobre Napoleón, acaecida 63 años antes.







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