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ENTRADA 25: Día 3, 07:12


Acabo de levantarme, dolorido por pasar la noche en el suelo, no me siento muy descansado que digamos, todo lo contrario. Seguiría enroscado sobre mí mismo y tapado hasta las cejas, pero la luz del día entra por los ventanales del techo y hay mucho movimiento y jaleo como para seguir durmiendo. Los primeros instantes de la mañana los dedico a recordar lo que hice anoche. Salí del saco dispuesto a dar un paseo nocturno por la iglesia y sobretodo, a recuperar mi juguetito. Me puse las deportivas blancas, Tomé el ipod para alumbrarme tenuemente con la luz de la pantalla, y caminé por la oscuridad pasando la mano por la pared para no desequilibrarme, procurando ser lo más silencioso posible, sintiendo cada imperfección del muro, recorriéndolo palmo a palmo, nunca mejor dicho. Al llegar a la altura de las puertas de roble me despegué de la pared y comencé a cruzar la sala. Caminando entre los bancos repletos de cajas y gente tumbada, tratando de no hacer ruido, llegué por fin a mi objetivo, la puerta de añeja madrea que comunicaba el templo con las estancias de los frailes. Acerqué la mano a la manivela, lentamente la rodeé con mis dedos y comencé a estirar hacia abajo. El recorrido del metal trazó un pequeño arco de noventa grados, pero aunque había llegado a la posición vertical de apertura, la puerta seguía firmemente anclada en su posición. Maldita sea, estaba cerrada con llave.

Era obvio, con un centenar de desconocidos en su templo, y quien sabe cuanta gente en “cuarentena” en las habitaciones, lo más lógico era separar ambas estancias cerrando con llave. Aún estaba yo inmerso en mis deducciones de parvulario cuando el foco de luz se posó en mi cara deslumbrándome. Unas botas militares decididas avanzaron hacia mi y en cuestión de segundos me vi respondiendo a las furiosas preguntas del guardia que me había descubierto. Rondaba la treintena pero demostró tener el mal humor de un viejo cascarrabias. Me apresó del brazo y me llevó hacia el fondo de la iglesia mientras decía que no iba a echarme la bronca allí, que no tenía porque despertar a todo el mundo por mi culpa.

Llegamos a una puerta con un crucifijo y el soldado se paró, avanzó un par de pasos y llamó con los nudillos un par de veces, al no encontrar respuesta repitió los golpecitos y subió un poco la intensidad. Enseguida se escuchó el sonido de los muelles de una cama y tras unos segundos de espera la puerta se abrió con un quejido chirriante y me encontré de frente con el cura que peor me caía del mundo. Al entrar el soldado le explicó mi supuesta fechoría, el sacerdote, lejos de ser comprensivo y benevolente, se preocupó mucho por los motivos de mi paseo nocturno. Me preguntó varias veces por que quería cruzar a la otra zona y le respondí que sólo era por curiosidad, que estaba desvelado y no podía dormir. Me miró con desconfianza, sus ojos de perro viejo me escrutaban y algo me decía que no había colado mi pequeña mentirijilla. Los siguientes minutos los pasé sometido a un asedio de preguntas y reproches del religioso, tanto que incluso el soldado lo miraba desconcertado. Aguanté el chaparrón como pude y temí que hubieran descubierto que me había dejado olvidada una pistola debajo de la almohada.

Al ver que no tenía éxito y que mis evasivas eran férreas cambió de táctica e intentó hacerme sentir culpable. “Como es posible que te comportes como un niño, encima que los acogemos en esta situación tan delicada y así nos lo agradeces… poniendo en peligro a todo el mundo… y en la casa de Dios…”. El soldado incluso se puso de mi lado al entender que no merecía tanta reprimenda, pero la respuesta del párroco fue contundente.

-Ésta es mi iglesia, y la gente debe acatar las recomendaciones por su seguridad y la de todos. Márchese soldado, gracias por traerme a este alborotador, pero ya termino yo de enseñarle las normas. – Dijo intransigente.

Al oír esas palabras, y sin ganas de discutir por un chico que ni conocía, el soldado salió por la puerta desentendiéndose del tema. Yo ardía de ganas de hacer callar a aquel estúpido viejo de un golpe, pero me contuve y me limité a apretar los puños y decir que no volvería repetirse. El viejo me miró y con una sonrisa burlona me dijo que confiaba en mí, pero que para que no se me olvidara la lección estaría cuatro días limpiando los lavabos.

“Jodido cabrón”, pensé al oír el desproporcionado castigo…

-aquí hay cien personas, y yo no he hecho nada…

-Alguien tiene que hacerlo jovencito, si quieres comer mañana no dudarás en mantener los baños bien limpios. – Siguió diciendo con tono burlón, como creyéndose el amo del mundo.

Al ver que discutir sólo me servía para divertirle comencé a andar y salí dando un portazo. No pensaba acatar ni un castigo ni medio de ese viejo amargado.
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Las últimas horas también habían sido duras para Ángela, Carlos y los demás. Eso era lo que pensaba Llovet al despertarse en el interior de la tienda de campaña y mirar su reloj digital, las 07:12, viernes 18 de julio. Bostezó, miró al techo de lona de la tienda y luego giró la cabeza a su derecha, su amigo Carlos dormía agotado, respirando ruidosamente. Las imágenes del día anterior se le arremolinaron en la cabeza, no había sido ninguna pesadilla, todo era real. Agobiado, salió afuera, levantó la cabeza y vio cientos de tiendas de campaña a lo largo del polvoriento campo de fútbol. Desde el patio en el que estaban fueron testigos de excepción de la entrada a saco de las fuerzas y cuerpos de seguridad al ambulatorio. El ruido de los disparos los dejó paralizados durante un rato, pero poco a poco fueron dejando paso sólo al ruido de las sirenas. Parecía que habían acabado con todos infectados, varios soldados salían andando del edificio, revisando sus armas y haciendo gestos a sus compañeros. Un grito espeluznante resonó por la escalera, no dijeron nada pero todos sabían a que pertenecía, no hacían falta las palabras. Salieron corriendo a la calle, con los brazos en alto y gritando “No disparen”. Varios guardias civiles amartillaban ya sus armas litas para coserlos a balazos. Tuvieron suerte, los agentes les concedieron el tiempo suficiente como para ver que no estaban infectados. Desde la calle vieron al autor de los aullidos. Un hombre emborronaba con sangre los cristales de la puerta del patio, en la que palmoteaba desesperado por salir y saciar su deseo de sangre. No podía alcanzarlos, pero los jóvenes dieron un paso atrás acercándose a los guardias. Sin previo aviso, un disparo solitario hizo estallar la cabeza de aquel engendro.

-¡Vuelvan a entrar!, que no quede ni uno. Y asegurense de evacuar a los vecinos de esa finca.-Uno de los agentes dio órdenes de entrar en ese edificio y otro se acercó a las aterrados personas.

Tras comprobar concienzudamente que no estaban heridos trató de tranquilizarlos y avisó por radio. Minutos después estaban en un autobús camino al refugio civil, donde al parecer estaban concentrando a la gente que quería protección, o no tenían donde ir. Donde además debían estar sus amigos. Por la ventana de la cabina Carlos vio una iglesia al final de la calle y comenzó a mover la pierna nerviosamente, siguieron avanzando mientras miraban a los demás pasajeros que abarrotaban el pasillo y a los soldados que lo custodiaban con cara muy seria y fuertemente armados.

De pronto, el bus dio un volantazo y varias personas cayeron al suelo por la brusquedad de la maniobra. Un hombre se lanzaba enloquecido contra el lateral izquierdo del transporte, inútilmente, ya que las ventanas se encontraban a dos metros del suelo, y su embestida no produjo daño alguno, sólo pánico. En el interior del bus la gente gritaba y se apretaba en el lado opuesto al del ataque, el conductor comenzó a acelerar pero uno de los soldados le ordenó detener el vehículo. Los gritos se multiplicaron, el conductor siguió acelerando y el infectado corría como un poseso para volver a envestirles. Un disparo al aire al lado mismo del autobusero lo convenció para detenerse. El jaleo se convirtió en terror mudo y en expectación, una de las puertas se abrió con un chasquido metálico. Del interior bajaron dos de esos soldados serios y caminaron despacio cada uno en sentido contrario dando la vuelta al autobús despacio. Con calma. Desde arriba Llovet vio como uno de ellos se topó con el infectado, ambos se habían visto y aquella cosa esprintó hacia el soldado, con un grito rasgado, como si fuera su particular consigna de guerra. El soldado por su parte cargó la recortada y esperó sin que le temblara el pulso ni un poquito siquiera.

El disparo sonó como un cañonazo y la mitad superior de la cabeza del infectado se convirtió en fragmentos sanguinolentos que salpicaban el asfalto como si fuera sopa de tomate derramada de un golpe. Después de eso subió y prosiguieron la marcha en un silencio extremadamente tenso. Al llegar al campo de fútbol local, el autobús se paró y no tuvieron más remedio que bajarse, lejos de sus amigos, siguiendo las órdenes de los hombres que habían matado a aquella cosa sin pestañear.
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