EVOCACIÓN
Mi voz viste de celeste
al pronunciar tu nombre,
abandona su lóbrega túnica
para situarse ajeno
al horizonte gris.
Mis sentidos
se llenan de la música de tus circunstancias
encapsuladas
en el leve aire de tus suspiros,
en tenues siluetas de evocación.
En calma,
reproduzco tu imagen a solas.
Nuevamente hago uso de tu antídoto
para ahuyentar a esta soledad.
Y así mi transitar por la distancia
se hace más llevadero,
menos brutal.
De pronto,
lanzo otra inquietud a mi atardecer
¿Cuándo es siempre?
Siento como eternos los instantes
en que me hallo frente a ti,
por lo que mi maldecida – ¿o bendecida? – mente
ya ha perdido
todo vestigio de tiempo
cuando se dispone a pensarte.
Concluyo
que es otro pensamiento
tan de mí,
tan inútilmente importante.
Continúo por estos días,
como de costumbre,
hurgando entre los libros,
escuchando melodías
entre melancólicas y siniestras;
entre lo divino y lo profano,
depende de si se está dispuesto
a darse de golpes con sonidos
que van directo a tu alma
o a tu incredulidad,
o a la constatación de ausencia de sobresaltos,
aquel destierro del que hablamos los locos.
Y podría profundizar en el tema,
si no fuera por que prefiero retomar el hilo original
con el que intento atar mi natural falta de fe.
Prefiero hallarme entre imaginarios,
encendiendo una sonrisa a tu nombre,
apagando la duda – por el momento –
a través de él.
No me dejen, pues,
huérfano de esta ilusión,
cuando ya lo soy de todo el resto.