“Cuando escucho la sirena todavía necesito salir corriendo a ayudar”
Hoy es el día del bombero voluntario. Luis Jorge tiene casi 94 años y una medalla de oro por su trabajo. Hoy festejará a lo grande.
Hoy. Luis Jorge vive solo y pasa los días en un cuartel de Berisso, relatando historias a bomberos jóvenes.
Luis está por cumplir 94 años y tiene la memoria joven. Sus seis nietos, sus cinco bisnietos y su tataranieta escuchan sus historias como si fueran aventuras inventadas para hipnotizarlos: la vez que pasó dos años perdido en un hospital, la vez que pasó siete días sofocando las llamas de un barco petrolero que había explotado, la vez que salvó a un vecino de que la sobadora con la que hacía tallarines lo ahorcara, la vez que corrió con una mujer apuñalada en brazos. Pero no son fábulas. Luis Jorge está por cumplir 74 años de servicio como bombero voluntario de Berisso y es el más grande del país. Hoy celebra su día.
Luis nació en 1918 en Zárate y tenía 5 años cuando se encontró de frente con su primer incendio: “Se estaba quemando un gran almacén del pueblo. En ese entonces no había bomberos y la gente llegaba desesperada con ollas, jarras y tachos para tratar de apagarlo”, recuerda. Las aventuras acababan de comenzar. Luis se fue de Zárate porque una infección en un ganglio de la pierna casi lo mata. “Mi mamá me trajo a un hospital de la capital y después me trasladaron al Muñiz. Pero hubo un error en los informes y me perdí. Pasé dos años viviendo en un pabellón del Muñiz hasta que un tío me encontró”. Era 1923. Luis tenía 5 años.
A los 12 años, Luis volvió a la Ciudad para construir su propia historia. Acababa de ver morir a su padrastro en manos de un ladrón que había querido robarles leña: el ladrón le dio 11 puñaladas; el padrastro le pegó 4 tiros. Murieron los dos. Luis trabajó en un frigorífico, de mucamo en una casa de familia, fue amarrador de barcos, boxeador y se jubiló en YPF. Mientras tanto, siempre, fue bombero.
“Participé de los incendios más grandes de la zona. En 1944 me tocó la explosión del buque petrolero San Blas. Tardamos una semana para apagarlo porque no existían las espumas ni químicos, sólo agua. En verdad no teníamos nada: ni camiones ni ropa. Yo usaba mi ropa para los incendios y cuando llegaba a casa la tiraba”, recuerda.
“En aquel momento no había sirenas así que para llamarnos usaban bombas de estruendo con graneo. Dos bombas significaba que había un incendio; una bomba, que había un auxilio, como sacar a un auto del río, un caballo de un aljibe o alguien que se había ahogado”.
En 1968, Luis recibió una medalla de oro por su trabajo en el incendio de tres buques con llamas de hasta 100 metros de altura.
Luis es viudo y le falta un hijo que fue bombero durante 22 años y murió hace poco de un infarto. Hoy Luis vive solo y pasa días en el cuartel de Berisso relatando sus aventuras a los bomberos jóvenes que quieren seguir el mismo surco. “Estoy grande, ya no puedo salir corriendo a apagar un incendio –se disculpa–. Pero todavía hoy, cada vez que suena la sirena, me pongo como loco, entro y salgo de mi casa, no me puedo quedar quieto. Necesito salir a ayudar”.