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Pintura de los Países Bajos en el siglo XVI

Arte7/3/2012

Las conquistas del Renacimiento italiano pasan al resto de Europa
cuando en Italia ya empezaba a reinar el Manierismo, con lo cual en el
mejor o peor fortuna, unas fórmulas que tratan de estructurar lo que
se venía haciendo anteriormente, sobre todo lo Gótico, con las novedades
llegadas de Italia. En los Países Bajos el auge económico hace que allí
residan importantes banqueros y hombres de negocios italianos, como por
ejemplo los Arnolfini o los Portinari, que favorecen la expansión de lo que se
ha llamado “Primitivos flamencos”.Borgoña queda por matrimonio bajo el
dominio del imperio y luego pasará a incrementar los dominios de Carlos V.
La Reforma también traerá nuevas interpretaciones al Arte. Durante esta
época los centros más importantes serán Amberes y Brujas. Uno de los
primeros pintores que trabaja precisamente en Amberes es Quintín Metsys,
con influencias leonardescas, y con una obra bastante conocida, El cambista
y su mujer, donde refleja la típica escena de interior, tan común en la

pintura norteña, con dos figuras, masculina y femenina, como protagonistas
del cuadro, y con la minuciosidad tan propia de los flamencos retratando
objetos menores. El pintor hace también un retrato psicológico de los
personajes, y recrea una escena prácticamente costumbrista e incluso de
cierta sátira social hacia el tiempo y modo en que le toca vivir. Obras suyas
son también Santa Magdalena, Tríptico del Entierro de Cristo o La
descendencia apostólica de Santa Ana. Pero ya se deja influir por las nuevas
ideas de la reforma , que preconizan un cierto desprecio a las imágenes
religiosas, por considerarlas cercanas a la idolatría, y se inclinan más por las
escenas cotidianas.
Su estilo tuvo grandes repercusiones sobre los artistas de tendencia
italianizante de los Países Bajos, que buscaban una mayor suavidad e
idealización en sus pinturas. La otra cara de la moneda de esta pintura
sensible la constituyen sus dibujos caricaturescos, o los personajes que
rodean e imprecan a sus Ecce Homo, como en el que podemos contemplar
en el Museo del Prado. Estilísticamente, se le puede relacionar con autores
como Van Eyck, Petrus Christus, Joachim Patinir o Marinus van
Reymerswaele. A su vez, fue influido en su obra de madurez por los
italianos Rafael y Leonardo da Vinci.

Joaquín Patinir también trabaja en Amberes y es uno de los mejores
paisajistas de la escuela flamenca, partiendo de concepciones similares a las
de Leonardo o El Bosco. Sus paisajes están vistos la mayoría desde lo alto,
más incluso que en perspectiva caballera, y por tanto las figuras y las
escenas son secundarias, el protagonista es el paisaje en sí. Obras suyas
muy importantes son El paso de la Laguna Estigia o San Jerónimo.

En otras ciudades flamencas surgen pintores que están ya más en la línea
de los manieristas, y que sirven de puente a los autores de la segunda
mitad del siglo. Nombraremos a Lucas Leyden, que destaca sobre todo
como retratista, en obras como Los jugadores de ajedrez. Van Orley pinta
un hermoso retrato de Margarita de Austria, en donde vemos influencias de
Durero y de Rafael, o el retrato de un joven Carlos V.

En el Prado existen pinturas de Van Aelts, que pintó en la corte de Carlos V,
de Benson, que hace varios viajes a Segovia, y Michel Coxie, que pinta la
Virgen del Prado. Pero sin duda uno de los pintores flamencos del siglo XVI
que más huella ha dejado ha sido Pieter Brueghel el Viejo, de tradición
puramente flamenca y muy amante de la naturaleza, conquista
definitivamente la técnica del óleo y la perspectiva renacentista, y lo
combina con una doctrina humanista propia del norte, con lo cual no entra

en contacto con el manierismo italiano. Hace paisajes muy en la línea de
Patinir, aunque él introduce personajes y fábulas moralizantes. También
tiene influencias de la fina ironía de El Bosco, y pinta escenas costumbristas
de fiestas y costumbres populares, en un tono tan realista que a veces llega
a la caricatura. En su obra alcanzan gran importancia los proverbios.
Podemos destacar La torre de Babel, que es una de sus mejores obras, pero
también el Triunfo de la Muerte, La parábola de los ciegos, Juego de niños,
El país de la cucaña, El Censo de Belén, La cosecha…

Brueghel es en ocasione un pintor cruel, como se demuestra en El triunfo de
la muerte, que viene a ser la representación gráfica de las conocidas y
populares danzas de la muerte de la Edad Media. Pero también ofrece la
cara amable y cotidiana de la vida, en sus fiestas y kermesses, donde
aunque hace una descripción realista de la vida cotidiana no llega a la
caricatura y nos da la lección moral de que aunque la vida es dura y al final,
inexorablemente, nos espera la muerte, también hay buenos momentos. A
pesar de todo, también cuenta con influencias italianas, ya de un corte algo
manierista, como se demuestra en El vuelo de Ícaro, con influjos de Giotto
y de Masaccio, y en la forma de las puntiagudas rocas del paisaje, hay un
asomo de Leonardo. Pero el protagonista es el paisaje, y por un momento
nos olvidamos de la fábula mitológica a que se refiere

Un gran retratista es Moro, que conoce y aprende de Tiziano. Abandona el
claroscuro, la rigidez en las vestimentas y las poses demasiado estudiadas,
y se centra más en el retrato psicológico, tomando una cierta distancia del
personaje y usando fondos neutros, aunque tampoco descarta totalmente
las tonalidades cálidas. Uno de los retratos más importantes que hace es el
de María Tudor, mandado por Felipe II. Representa a la reina con un traje
de terciopelo y portando en la mano una rosa, como símbolo de su dinastía.
Los tonos son apagados, pero hay gran perfección técnica, sobre todo en el
rostro de la reina. Antonio Moro consigue sin falsear la realidad, embellecer
el aspecto poco atractivo de la hija de Enrique VIII.

También retrata a Maximiliano II, al cardenal Granvela y a Metgen, la propia
esposa del artista.

En el imperio había contactos con Italia, ya desde los tiempos en que el
sucesor llevaba el título de Rey de Romanos. Cuando la reforma se asienta
en Alemania surgen algunos autores entre los que destaca Durero, que
trabaja en varios talleres donde estudia a los venecianos, especialmente a
Mantegna, y visita Padua y Mantua. Se convierte en el protegido del
emperador Maximiliano. Es un artista bastante ecléctico, que representa el
cuerpo humano según los cánones y proporciones renacentistas, que
también toca la temática religiosa, y que aparte del estudio psicológico de
los personajes que retrata, gusta profundamente de la naturaleza y la
incorpora a sus obras. Destacamos su obra Adán y Eva, que realiza tanto
en pintura como en grabado. Las figuras hacen gala de un alargamiento un
tanto exagerado, casi manierista, y se hace patente su aprendizaje de la
escuela veneciana en el dominio del color y la finura con que aparecen
modeladas las figuras.

En obras como El rinoceronte o La liebre se refleja su amor por la
naturaleza y la minuciosidad propia de los nórdicos. Es también un gran
cultivador del retrato, como se manifiesta en algunos de sus colosales
autorretratos, donde se representa a si mismo en diferentes etapas de la
vida, desde el joven altivo y orgulloso, hasta el hombre elegantemente
vestido, ya más maduro. Con esto quiere Durero dar a entender que es
consciente de su valía como artista y como persona, y sobre todo que el ser
pintor está más allá de presentarse ante el mundo como un simple
artesano.


Dentro de las obras religiosas, tenemos La Virgen de la Pera, con influencias
de Rafael, La Virgen del Rosario, donde domina toda la técnica renacentista,
y hay equilibrio y armonía en la obra; la Adoración de la Santísima Trinidad,
o los Cuatro Apóstoles, donde representa a Juan y Pedro en una tabla y en
otra a Marcos y Pablo. Parece ser que el artista intentó representar los
cuatro humores corporales: sanguíneo, flemático, melancólico y colérico

Matías Grunewäld, aunque bastante más desconocido que Durero, ha
dejado una obra extensa, llena de misterio y de expresivo dolor, en la línea
del último Gótico, con una religiosidad encaminada a conmover al
espectador. No muestra interés ni por la perspectiva ni por los cánones. Una
de sus obras más importantes es el Retablo de Insenheim.
Aldorfer es famoso por sus misteriosos paisajes, amplios y profundos
horizontes con figuras humanas, lagos, rocas y ríos, en un alarde de
misterio que parece responder a códigos iniciáticos. Una de sus principales
obras es La batalla de Alejandro, donde da una visión del mundo
radicalmente nueva, haciéndose eco de los estudios de Copérnico. También
pinta, entre los cuadros religiosos, San Jorge y el dragón.

Lucas Cranach el Viejo es el pintor que pone su arte al servicio de la
reforma, de la nueva forma de religión, y aunque acepta las maneras
renacentistas, los temas clásicos o mitológicos le traen sin cuidado, y
tampoco cuida excesivamente los cánones. Usa el contraste entre las carnes
tersas y nacaradas con el paisaje de fondo, más áspero. En sus anatomías
es un tanto exagerado en los miembros demasiado alargados, y la falta de
perspectiva y cierto hieratismo envarado en las figuras. Pronto abandona
las representaciones de imágenes, de acuerdo a la doctrina luterana. Obras
suyas son Descanso en la huída a Egipto, Adán y Eva, Autorretrato o
Retrato de Martín Lutero

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