Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti… En tierra seca y árida donde no hay aguas.
Salmo 63:1
Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente.
Salmo 84:6
Los beneficios de la lluvia
Al norte de Chile, entre los Andes y el Océano Pacífico, existe una llanura en donde nunca llueve. Un viajero la describe así: «Día tras día el sol se levanta con esplendor por detrás de las grandes montañas del este. Al mediodía siempre brilla con toda su fuerza, y al atardecer disfrutamos de una pintoresca puesta del sol. Incluso si a menudo vemos tempestades que causan estragos en lo alto de las montañas, y si divisamos una niebla espesa sobre el mar, el sol continúa brillando en esa zona de la tierra aparentemente favorecida y protegida. Podríamos imaginarnos que se trata de un paraíso terrenal, pero no es el caso. ¡Es más bien un desierto estéril y deshabitado, el desierto de Atacama! No hay ni siquiera un riachuelo, ni nada que crezca».
Ese viajero creyente añadió: «Muy a menudo deseamos una vida de alegría y de sol total. Deseamos ser liberados de las responsabilidades que nos agobian. Sin embargo, al igual que esa zona soleada pero estéril de Chile, la vida sin las cargas y las pruebas que conlleva no sería constructiva, productiva ni estimulante. Necesitamos el sol y la lluvia».
Las nubes del sufrimiento a veces pueden ocultarnos el sol y amenazar con asfixiarnos, pero el creyente que pone su confianza en Dios reconoce que, según sus planes llenos de sabiduría y bajo su dirección soberana, pueden traer lluvias de bendición.
Salmo 63:1
Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente.
Salmo 84:6
Los beneficios de la lluvia
Al norte de Chile, entre los Andes y el Océano Pacífico, existe una llanura en donde nunca llueve. Un viajero la describe así: «Día tras día el sol se levanta con esplendor por detrás de las grandes montañas del este. Al mediodía siempre brilla con toda su fuerza, y al atardecer disfrutamos de una pintoresca puesta del sol. Incluso si a menudo vemos tempestades que causan estragos en lo alto de las montañas, y si divisamos una niebla espesa sobre el mar, el sol continúa brillando en esa zona de la tierra aparentemente favorecida y protegida. Podríamos imaginarnos que se trata de un paraíso terrenal, pero no es el caso. ¡Es más bien un desierto estéril y deshabitado, el desierto de Atacama! No hay ni siquiera un riachuelo, ni nada que crezca».
Ese viajero creyente añadió: «Muy a menudo deseamos una vida de alegría y de sol total. Deseamos ser liberados de las responsabilidades que nos agobian. Sin embargo, al igual que esa zona soleada pero estéril de Chile, la vida sin las cargas y las pruebas que conlleva no sería constructiva, productiva ni estimulante. Necesitamos el sol y la lluvia».
Las nubes del sufrimiento a veces pueden ocultarnos el sol y amenazar con asfixiarnos, pero el creyente que pone su confianza en Dios reconoce que, según sus planes llenos de sabiduría y bajo su dirección soberana, pueden traer lluvias de bendición.