De los vastos episodios de la conquista del Desierto, uno de los más comentados, es el robo de los caballos blancos, del por entonces, coronel Conrado Villegas.
Fue un golpe de audacia de los indios pampeanos, en lo que hoy llamaríamos un verdadero golpe comando.
Haciendo un poco de Historia:
Corría el año 1877, días de la conquista del desierto (cómo se llamaba entonces a los territorios dominados por tribus autóctonas) y el coronel Conrado Villegas, Jefe del Regimiento Nro. 3 de Caballería, había comprendido, tiempo atrás, que no habría victoria posible sobre los indios si no se contaban con buenos caballos.
Por lo que después de dilatadas tratativas con el gobierno nacional, logró disponer de un lote de 600 "pingos" blancos, tordillos y bayos claros, destinados exclusivamente a servir como reserva para el combate o para una retirada imprevista.
Coronel Conrado Villegas
Por aquel entonces, el 3 de Caballería, asentaba su campamento en territorios de la actual ciudad de Trenque Lauquen, (Pcia.de Bs.As.-Argentina).
En la madrugada del 18 al 19 de octubre, un grupo valiente de "pampas", concibió dar un golpe de audacia al campamento de Villegas: sustraerle los caballos blancos.
Esa víspera, los caballos habían sido encerrados en un corral, a pocas cuadras del campamento. El corral estaba delimitado únicamente por una zanja bastante profunda y ancha, que la caballada no podía cruzar. Ocho soldados, al mando del sargento Francisco Carranza, quedaron comisionados para cuidar a los "blancos".
Fuerzas del Regimiento Nº 3 de Caballería, del contingente que operó a las órdenes del general Conrado Villegas,durante las campañas al desierto. (1877)
La noche era tranquila. Nada indicaba la proximidad de los indios. El sueño fue ganando a los hombres de Carranza, y con el primer frescor de la noche quedaron dormidos sobre sus carabinas.
Esta fue la oportunidad aguardada por los "pampas". Se habían estado acercando lentamente sin ser vistos, ni oídos, con el sigilo propio de una serpiente. Una vez en la zona del corral, hicieron un portillo en el fondo, rellenando la zanja. A continuación tomaron las yeguas madrinas, sin que se espantaran, y las fueron sacando de a una. Tras ellas, dócilmente, siguieron los caballos de cada tropilla. Así, LOS SEISCIENTOS....!!
Cuando con la diana, la guardia despertó, se halló con la novedad: ¡Los blancos habían sido robados!....
Persecución de los indios
La orden del Coronel Villegas fue tajante: armar una dotación de 50 hombres, al mando del mayor Germán Sosa, incluir en ella al sargento Carranza, y en media hora salir en persecución de los indios. Si Carranza no se comportaba a la altura de las circunstancias, debía recibir cuatro tiros por la espalda. (No se andaba con medias tintas el coronel!!?)
Se los racionó con una porción de charqui como para cuatro días, y cien balas por hombre.
Villegas los vio partir, con la mirada sombría, desde la puerta del rancho que oficiaba de comandancia, y le dijo al mayor Sosa, cuando pasaba frente a él:
- No se animen a volver sin los blancos.
Marcharon cuatro horas. Cuando el solazo pampeano del mediodía comenzó a morderles la nuca y el cansancio pesaba sobre las cabalgaduras, acamparon a orillas de la laguna Mari Lauquen.
El mayor Sosa dispuso una guardia porque se hallaban ya en territorio dominado por los indígenas. Durmieron hasta el atardecer, y reanudaron la marcha no bien entró la noche. A las diez de la mañana del día siguiente, hicieron alto para acampar.
Sosa había marchado silencioso durante toda la noche. Cuando detuvieron la marcha ya había tomado una resolución. Llamó a Solís y se la explicó brevemente: continuar esa expedición era conducir el medio centenar de hombres a la muerte, sin beneficio alguno. Por consiguiente, acamparían. Luego Sosa saldría durante la noche con el sargento Carranza. Irían los dos en dereceras a alguna patrulla de indios con la que se trabarían en lucha hasta caer muertos. A la mañana siguiente, al percibir Solís la ausencia de Sosa y Carranza, debía despachar descubiertas para buscarlos. Volverían sin encontrarlos, o con sus cadáveres, y entonces Solís debía disponer el regreso al campamento.
En tanto, debía salir ahora con el cabo Pardiñas a reconocer un monte, y un bajo que se hallaban próximos, y en los que Sosa pensaba establecer el campamento desde el que ejecutaría su plan suicida para salvar a sus demás hombres de las iras de Villegas.
Pero estaba en el destino, que Sosa no iría a terminar sus días en las trágicas circunstancias que había elegido. Media hora más tarde, regresaba el cabo Pardiñas, haciendo señas desde lejos. El propio mayor Sosa le salió al encuentro. Cabía la posibilidad de salvarse, pero a punta de coraje.
Aparición de los caballos robados
En el monte que desde la distancia Sosa había elegido para acampar, había precisamente unos toldos. Y en el bajo de la laguna, ¡los caballos blancos robados!.... Con ellos, una gran caballada que pastoreaba sin vigilancia a la vista.
Cambiaron los caballos de marcha por los de reserva en un santiamén. Y en el silencio más absoluto se acercaron, al paso. El mayor Solís en tanto, había estado observándolo todo. La mayoría de los indios de pelea -83 en total-, dormían en los toldos, o jugaba a los naipes.
Confiados en exceso por la fortuna del golpe dado contra el cuartel de Villegas, no habían puesto custodia; ni siquiera atado sus caballos.
El mayor Sosa decidió atacar de inmediato, cuándo todavía contaban con el factor sorpresa. Los caballos blancos, no bien sintieron el ruido familiar de los sables y los gritos de sus antiguos dueños, arremolináronse e hicieron punta hacia el camino y el resto de la caballada los siguió. Nunca arreo tan grande fue reunido en tan poco tiempo.
La furia en las lanzas
La retirada se dispuso de inmediato, pero una fina columna de humo elevándose en el horizonte indicaba que el "tropillero" de los pampas estaba llamando a otros indios en su auxilio. Era posible entonces que tuvieran otro "encontronazo" con la indiada y esta vez no habría sorpresa a favor de la tropa. Apuraron la marcha, pero el arreo era grande y no podían acelerar demasidado el paso, sin que se les desbandara la caballada.
Promediaba la tarde cuando comenzaron a ver, a sus espaldas, los primeros contingentes indígenas, convocados por la llamada de humo. Para los soldados, el recurso era acercarse lo más posible al campamento, y si era factible, atravesar la famosa zanja de defensa, que mandara construir por esos años el Ministro de Guerra y Marina, Adolfo Alsina. Es decir, dar tiempo al Regimiento a que saliera a defenderlos. Los indios, que también habían comprendido, querían cortarles a cualquier precio la marcha.
Caía la tarde cuando una numerosa columna les dio alcance. Corrían de flanco para interponérseles. El comandante Prado –que dejó relatado este episodio en su libro "La guerra al malón"- así describe el episodio:
"Nahuel Payun en persona –el capitanejo más valiente de Pincén- nos salía a la cruzada. Reunió cincuenta o sesenta indios y se precipitó sobre las caballadas, resuelto a dispersarlas. Antes de llegar tropezó con un grupo que mandaba Sosa y al pretender desviarse cayó bajo los sables del pelotón de Morosini. El espectáculo debió ser imponente. Nosotros huyendo en una nube de polvo, arreando los animales a punta de lanza, gritando como locos, y allá un poco a la izquierda, la fuerza de Morosini, entreverada a sable con el malón, en un infierno de alaridos, en medio del estruendo de las armas, forcejeando los milicos por contener la horda ciega de ira y sedienta de venganza".
Cuando el ataque fue rechazado, mudaron los caballos. Y luego apretaron la marcha, ya con desesperación. Un nuevo ataque fue rechazado. A medianoche hicieron una hora de alto, y luego continuaron la marcha. Los indios, en tanto, los seguían a prudente distancia, pero no atinaban a cargarlos nuevamente.
Entrada triunfal
Poco antes de llegar al campamento, Sosa dispuso cambiar caballos. Los soldados montaron los blancos. Y así, con grave aire de compadres, como una palpitante masa fantasmal, entraron a Trenque Lauquen.
Marchaban alineados, al tranco. Y Sosa pasó con la columna, polvorienta y victoriosa, frente a la comandancia. Desde el vano de la puerta el coronel Villegas, con el chambergo sobre la nuca, según su costumbre paisana, los vio pasar, silencioso. Sin duda presentía que, a pesar de haber sido vengada la audacia de los indios, el episodio del robo de sus blancos correría por toda la pampa como una burla gritada, acaso una de las últimas que se permitían los pampas y como tal, todavía más sabrosa…
Monolito campaña del desierto (La Pampa)