Se que tal vez a estas horas no se pueda leer con atención, pero arriesgándome les presento un cuento que hice leer a punta de pistola a un par de personas (4) y gracias a que ellos no me dijeron que estaba "bien" sino que hicieron un elogio a mi imaginación y mi redacción, les propongo. Por eso pido apelando a su generosidad que lo guarden y en algún momento me hagan saber su opinión, sería valioso para mi saber que alguien que no conozco lo leyó aunque sea para cagarme a puteadas, los saludo y les presento:
El circo, Pauseo y su nostalgia.
¡El viejo circo reabre sus puertas! Una carpa enorme, muchos animales exóticos, jaulas de colores y las gradas que se quiebran por la multitud de nostálgicos padres y desorientados niños.
Nuevamente se inicia la función, entre medio de fuegos de artificio, animales exóticos, fuegos logrados en varios espectros y oscuridad. La función que obnubila las mentes de los espectadores da inicio en una explosión de acrobacias casi mortales y osadías descomunales que se festejan a gritos de asombro y aplausos. Nadie recuerda su pasado, ni piensa en su futuro, todos aplauden la renovación del viejo circo, que tiempo atrás (hace no muchos años) en sus arenas, cual coliseo romano, rememoraba las batallas de grandes hombres que con pena y sin gloria morían por salvar sus vidas a manos de aquellos que salvaban la propia matándolos. Hasta que un cristiano, que muchos dicen, estaba endemoniado, exigió se respeten lo que en un futuro todas las personas llamarían derechos humanos. Muchos alegaron que si podía estar endemoniado ¿Porqué no podría haber visto el futuro? en pos de tal apreciación mataron al último cristiano en el circo.
Reaparece el circo, nuevamente la nostalgia aguarda a los viejos del mañana.
-¡Pá! ¡Las fiestas del circo son las mejores que hay!- dijo Pauseo alborozado, al pasar cerca del lugar.
Su padre (un hombre de mundo, silencioso y bastante crítico) les contestó que eran una mierda, le ofreció un café y detrás enaltció un lamento colmando de historias que describían tiempos mejores, esos en que las cosas de antes eran mejores que las de ahora, inclusive las quejas que un mejor pasado. Desdichado, salió a jugar con sus amigos, que siempre eran distintos. A Pauseo no se le prohibía ir al circo, pero como nadie en casa iba, él no iba.
Cada año que pasaba, el circo se renovaba espectacularmente, muchos no se contentaban porque decían que a veces los organizadores repetían viejos espectáculos con diferentes temáticas, a pesar de ello, nadie se privaba de ir pues era la única diversión durante el año, lo cual era tristemente cierto. Muchos pensaban que era mejor ver como armaban la carpa, pues anunciaba lo que pronto sería un jolgorio descomunal. Lo que más llamaba la atención era que los integrantes de circo como payasos y acróbatas nunca se salían del personaje ni de sus trajes y pululaban para todos lados de salto en salto o caminando con las manos o a las risotadas o arrojando agua desde una extraña flor a quien se atreviera a olfatearla. Muchos lamentaban pasar cerca del domador de leones.
Pauseo se propuso ir. Quiso ver (con su permiso) que mierda era el circo, así que juntó unos mangos, pidió una túnica prestada y marchó.
-¡El viejo circo reabre sus puertas! ¡Una carpa enorme, muchos animales exóticos, jaulas y fuegos de colores! ¡También hay pochoclos gratis!- vociferaba un gordo trajeado de marinero.
En aquel tiempo las ropas de marinero no eran más que trapos viejos. Aprovechando esta situación muchos mendigos, poco estimados entre los ciudadanos por su suciedad y mal olor, se pegaban un baño y se la daban de marineros, a quienes se estimaba y recibía en cualquier lado (no se sabe muy bien porqué), para entrar colados a cualquier fiesta, lo que devino en el desprestigio de los marineros, porque se creía que los mendigos en curda eran más divertidos.
Mientras Pauseo entraba al circo miraba con asombro a los famosos escupe fuego, mujeres barbudas que levantaban a dos niños con la mano derecha al tiempo que con la zurda firmaban autógrafos en perfecta caligrafía inglesa y a los costados de la entrada a dos leopardos desparramados que según su primo Creíbiles contó, habían sido del incuestionable emperador Insoportino, según él, eran usados por el emperador para competir en las carreras de perros que organizaba el mismo con el fin de entretenerse, pero que había cambiado porque estaban obesos, probablemente porque en cada carrera se morfaban un perro. Aunque nadie lo crea, el emperador o su maestro, no deseaban ganar ninguna carrera, sino dar estímulo a los perros, eso se dijo en un comunicado oficial al ver que ninguno de los dos felinos terminaba las carreras, atraidos por los canes que huían despaboridos detrás de la liebre.
Ya sentado en las gradas, Pauseo se admiraba de tanta maravilla. Ubicadas en lo alto cuatro lámparas gigantescas con una serie de espejos convenientemente manipulados que alumbraban el centro de la pista, mientras que otras de menor tamaño daban luz a dos palcos opuestos, puestos a gran altura, que tocaban la misma música con instrumentos de percución, de cuerda y de viento. Dicen que estas ideas fueron del monarca, no obstante, muchos las atribuían a su maestro y consejero, un griego llamado Ideo, al que en realidad le atribuían todas las ideas del monarca, las buenas y las malas.
Suena el redoblante y en el centro de la pista se erige la robusta figura del presentador en un discurso que prometía milagros que vendrían y que la mayoría ya habían visto, pero que tenían embelezado a Pauseo.
El circo, Pauseo y su nostalgia.
¡El viejo circo reabre sus puertas! Una carpa enorme, muchos animales exóticos, jaulas de colores y las gradas que se quiebran por la multitud de nostálgicos padres y desorientados niños.
Nuevamente se inicia la función, entre medio de fuegos de artificio, animales exóticos, fuegos logrados en varios espectros y oscuridad. La función que obnubila las mentes de los espectadores da inicio en una explosión de acrobacias casi mortales y osadías descomunales que se festejan a gritos de asombro y aplausos. Nadie recuerda su pasado, ni piensa en su futuro, todos aplauden la renovación del viejo circo, que tiempo atrás (hace no muchos años) en sus arenas, cual coliseo romano, rememoraba las batallas de grandes hombres que con pena y sin gloria morían por salvar sus vidas a manos de aquellos que salvaban la propia matándolos. Hasta que un cristiano, que muchos dicen, estaba endemoniado, exigió se respeten lo que en un futuro todas las personas llamarían derechos humanos. Muchos alegaron que si podía estar endemoniado ¿Porqué no podría haber visto el futuro? en pos de tal apreciación mataron al último cristiano en el circo.
Reaparece el circo, nuevamente la nostalgia aguarda a los viejos del mañana.
-¡Pá! ¡Las fiestas del circo son las mejores que hay!- dijo Pauseo alborozado, al pasar cerca del lugar.
Su padre (un hombre de mundo, silencioso y bastante crítico) les contestó que eran una mierda, le ofreció un café y detrás enaltció un lamento colmando de historias que describían tiempos mejores, esos en que las cosas de antes eran mejores que las de ahora, inclusive las quejas que un mejor pasado. Desdichado, salió a jugar con sus amigos, que siempre eran distintos. A Pauseo no se le prohibía ir al circo, pero como nadie en casa iba, él no iba.
Cada año que pasaba, el circo se renovaba espectacularmente, muchos no se contentaban porque decían que a veces los organizadores repetían viejos espectáculos con diferentes temáticas, a pesar de ello, nadie se privaba de ir pues era la única diversión durante el año, lo cual era tristemente cierto. Muchos pensaban que era mejor ver como armaban la carpa, pues anunciaba lo que pronto sería un jolgorio descomunal. Lo que más llamaba la atención era que los integrantes de circo como payasos y acróbatas nunca se salían del personaje ni de sus trajes y pululaban para todos lados de salto en salto o caminando con las manos o a las risotadas o arrojando agua desde una extraña flor a quien se atreviera a olfatearla. Muchos lamentaban pasar cerca del domador de leones.
Pauseo se propuso ir. Quiso ver (con su permiso) que mierda era el circo, así que juntó unos mangos, pidió una túnica prestada y marchó.
-¡El viejo circo reabre sus puertas! ¡Una carpa enorme, muchos animales exóticos, jaulas y fuegos de colores! ¡También hay pochoclos gratis!- vociferaba un gordo trajeado de marinero.
En aquel tiempo las ropas de marinero no eran más que trapos viejos. Aprovechando esta situación muchos mendigos, poco estimados entre los ciudadanos por su suciedad y mal olor, se pegaban un baño y se la daban de marineros, a quienes se estimaba y recibía en cualquier lado (no se sabe muy bien porqué), para entrar colados a cualquier fiesta, lo que devino en el desprestigio de los marineros, porque se creía que los mendigos en curda eran más divertidos.
Mientras Pauseo entraba al circo miraba con asombro a los famosos escupe fuego, mujeres barbudas que levantaban a dos niños con la mano derecha al tiempo que con la zurda firmaban autógrafos en perfecta caligrafía inglesa y a los costados de la entrada a dos leopardos desparramados que según su primo Creíbiles contó, habían sido del incuestionable emperador Insoportino, según él, eran usados por el emperador para competir en las carreras de perros que organizaba el mismo con el fin de entretenerse, pero que había cambiado porque estaban obesos, probablemente porque en cada carrera se morfaban un perro. Aunque nadie lo crea, el emperador o su maestro, no deseaban ganar ninguna carrera, sino dar estímulo a los perros, eso se dijo en un comunicado oficial al ver que ninguno de los dos felinos terminaba las carreras, atraidos por los canes que huían despaboridos detrás de la liebre.
Ya sentado en las gradas, Pauseo se admiraba de tanta maravilla. Ubicadas en lo alto cuatro lámparas gigantescas con una serie de espejos convenientemente manipulados que alumbraban el centro de la pista, mientras que otras de menor tamaño daban luz a dos palcos opuestos, puestos a gran altura, que tocaban la misma música con instrumentos de percución, de cuerda y de viento. Dicen que estas ideas fueron del monarca, no obstante, muchos las atribuían a su maestro y consejero, un griego llamado Ideo, al que en realidad le atribuían todas las ideas del monarca, las buenas y las malas.
Suena el redoblante y en el centro de la pista se erige la robusta figura del presentador en un discurso que prometía milagros que vendrían y que la mayoría ya habían visto, pero que tenían embelezado a Pauseo.