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Roma: La Batalla de Adrianópolis, el inicio del fin

Info5/5/2012
Turbaronse los grandes, los robustos
Rindieronse temblando y desmayaron.
(Fernando de Herrera, Canción en alabanza por la victoria de Don Juan de Austria);

Basta un día, a veces una hora, para que ocurran grandes catástrofes si no está todo previsto.
(Cicerón, Filípica II);

Más puede quien más fuerza tiene.
(Plauto, Cascarrabias);

Eterno lamentar, lloroso verso,
Lágrimas de dolor, oscuro luto
Hagan al mundo fe de común daño.
(Gutierre de Cetina, Sonetos)


El encuentro con el destino: Adrianópolis


1. PROLEGÓMENOS A LA DEBACLE.

Llegados a este punto debemos plantear la cuestión de las unidades y sus números. No es fácil dar un número exacto de los soldados que constituían los ejércitos de ambos contendientes.
En cuanto a las fuerzas Romanas, disponemos de la inestimable ayuda de la Notitia Dignitatum que hace una relación completa de los diferentes cargos civiles y militares del imperio, pero se ha considerado por los historiadores que los datos de la parte occidental y de la parte oriental son de fines del siglo IV o principios del V d. C. Eso significa que refleja un estado de cosas posterior a la batalla de Adrianópolis. Así, el ejército presencial de oriente, acuartelado en Constantinopla, estaba dividido en dos: ambos formados por 12 unidades de caballería y 24 de infantería; el ejército de Tracia estaba compuesto de 7 unidades de caballería y 21 de infantería. No hay certeza sobre el grado de similitud que estas cifras tienen con la organización del ejército de oriente en el año 378. Muchas unidades citadas en la Notitia fueron reclutadas después de Adrianópolis y muchas otras eran limitáneas que pasaron a ser pseudocomitatenses. Faltaban tropas y Teodosio las obtuvo de todas partes, de donde pudo. Pocas unidades de las que intervinieron en la batalla desgraciadamente son citadas por las fuentes, de modo que no podemos saber cuánta diferencia había entre el ejército de Valente y el de la Notitia.
No obstante, hay pistas en las fuentes que podemos seguir para poder al menos conformar una cierta idea sobre el ejército que luchó en Adrianópolis. Amiano dice que el Augusto Valente iba al mando de tropas diversas y que había muchos veteranos. Lo cual supone que llevaba consigo todas las tropas que pudo retirar del frente persa, muy probadas en la lucha contra Sapor, dejando el resto vigilando los movimientos del Persa, y además veteranos reenganchados para la campaña. Eso significa, según MacDowall, que la división del ejército acuartelado en Constantinopla en dos, como refiere la Notitia, bien pudo haber ocurrido en este momento preciso: un ejército de campaña y otro de reserva. Si fuera así, y teniendo en cuenta los datos de la Notitia, en teoría el número de soldados de Valente sería de unos 21.000. Pero como las unidades no habrían estado en su número completo (casi nunca lo estaban), podemos hablar de unos 15.000 a 20.000 soldados bajo el mando del Augusto. Las restantes unidades que ya estaban operando en Tracia es posible que estuvieran tan gastadas después de casi tres años de duros combates que no tomaran parte, salvo algunas de calidad, en la batalla.
Una posible composición del ejército Romano en Adrianópolis pudiera ser: 1.500 escolares, 1.000 jinetes palatinos, 1.500 jinetes comitatenses, 5.000 legionarios palatinos y 6.000 auxiliares palatinos. A las cuales agregar, quizás, las tropas que habían estado pugnando de antes en Tracia. Siguiendo a MacDowall, las unidades que pudieron estar fueron:



1. En caballería:
A) Escolares: Scutarii Prima (caballería pesada), Scutarii Secunda (caballería pesada) y Scutarii Sagitarii (arqueros montados);
B) Vexilationes palatinas: Equites Promoti Seniores (caballería pesada) y Comites Sagitarii Iuniores (arqueros ligeros montados);
C) Vexilationes Comitatenses: Equites Primi Scutarii (caballería pesada) y Equites Promoti Iuniores (caballería pesada);

2. Infantería:
A) Legiones palatinas: Lanciarii Seniores (infantería pesada) y Martiarii Iuniores (infantería pesada);
B) Auxilia palatina: Batavi Seniores (infantería pesada), Sagittarii Seniores Gallicani, Sagittarii Iuniores Gallicani y Tertii Sagittarii Valentis (las tres arqueros a pie). Los Cornutos (infantería pesada), vencidos en Dibalto, posiblemente también estuvieron en la batalla.

Por su parte, John Fuller cifra en 60.000 los soldados Romanos que intervienen en Adrianópolis al mando de Valente (3) . La misma cantidad de soldados nos transmite Matthew Bunson en su Enciclopedia del imperio Romano.

En cuanto al ejército Godo, pocos datos concretos hay sobre sus fuerzas. Se han ofrecido números bastante dispares. Así, Matthew Bunson en su citada obra habla de 100.000 bárbaros. Otros autores hablaban de 150.000 en total, o incluso 200.000, pero se considera poco probable, pues los exploradores Romanos lo habrían sabido y Valente no hubiera entablado batalla contra tamañas fuerzas. La cifra de 10.000 que se dio a Valente la considera Amiano errónea, de modo que tuvieron que ser bastantes más. Hay que considerar que Fritigerno mandaba tropas procedentes de diversas tribus: había Tervingos, Greutungos, Alanos, Hunos y otros grupos bárbaros. A los cuales hay que unir los mineros tracios, los desertores (los Godos de Suerido y Colias), los campesinos arruinados, los esclavos Godos y otras gentes de diferente origen descontentas con el Estado Romano. Es muy atrevido dar cifras o un número exacto de guerreros Godos, pero podríamos (con todas las reservas) decir que serían entre 12.000 y 20.000 hombres. Tal vez el límite máximo sería de 17.000 a 18.000 hombres, pues si hubieran sido tantos como los Romanos, quizás Valente no hubiera osado batalla.

Siguiendo, una vez más, a MacDowall, la composición (meramente especulativa, ya que las fuentes Romanas no dan números) sería como sigue:



1. Tervingos:
A) Comitiva de Fritigerno: unos 1.000 hombres (caballería pesada);
B) Unidad de Suerido: 300-400 hombres (infantería pesada);
C) Unidad de Colias: 300-400 hombres (infantería pesada);
D) Lanceros: 6.000-8.000 hombres (infantería pesada);
E) Arqueros a pie: 1.000-1.200 hombres.

2. Greutugos:
A) Comitiva de Alateo: unos 500 hombres (caballería pesada);
B) Comitiva de Safrax: unos 500 hombres (caballería pesada);
C) Guerreros Greutungos: 2.000-3.000 hombres (caballería pesada);
D) Guerreros Alanos: 1.000-2.000 hombres (arqueros montados);
E) Guerreros Hunos: unos 500 hombres (arqueros montados);
F) Arqueros Greutungos: 500-1.000 hombres.

2. ADRIANÓPOLIS.

Al amanecer del día 9 de Agosto del 378 d. C., habiendo dejado el Augusto Valente el tesoro y a los consejeros en la ciudad así como los bagajes e impedimenta junto a las murallas con la debida protección, los Romanos partieron de su campamento en busca de los Godos que se hallaban situados al norte de su posición. El campamento de carros Godo estaría situado según estudios recientes en Muratçali (a 16 Km. de Adrianópolis), una elevación cuyos barrancos ofrecían buena protección por tres partes, fácil vista de los alrededores y suministro de agua y forraje (a 5 Km. del río Tundzha).


Las tropas Romanas marcharon en columna, a cuyo frente estaba la caballería que había de formar el ala derecha al mando del magíster de caballería Víctor, a continuación la infantería a cuyo frente estaba Trajano magíster de infantes y también Saturnino y después, cerrando la marcha, en retaguardia la caballería que había de ocupar el flanco izquierdo. Una orden de marcha bastante convencional. Recorrieron esa distancia por un terreno difícil y abrupto, lo que ralentizaba la marcha, haciéndola más penosa. Además era un día muy caluroso, lo que hizo que los hombres estuvieran cansados incluso antes de llegar al campo de batalla. Llegaron hacia las dos de la tarde ante los Godos, tras unas siete horas agotadoras de marcha. Los bárbaros, más descansados, habían agrupado sus carros (unos 2.000-5.000 carromatos). Pudieron hacer esto o bien en un enorme círculo (Amiano habla de un círculo), ya en varios más pequeños, según apunta MacDowall, pues, arguye, dada el número enorme de carros, la línea única de los mismos habría tenido varios kilómetros de largo (unos 30), lo que considera poco probable a efectos de defensa. Considera más probable y tácticamente más acertado que hubiera dispuesto varios grupos de carretas, uno principal en el centro y luego varios grupos en los flancos para cubrir la formación Goda y, si hubiera peligro de ser envueltos por la caballería Romana, constituir un obstáculo a su avance, dando tiempo para enviar refuerzos que contraatacaran. Delante de los carromatos colocó a su infantería, apoyada en dicho muro de carros, que le serviría de referencia en medio de la polvorienta planicie. Contra lo que se opina no se colocaron detrás sino delante de los carros. La forma de combate consistía en dejar a las mujeres, hijos y ancianos en la redondez del carrago y los guerreros formar una línea delante de los carromatos. Sólo si las cosas se ponían mal se retirarían y utilizarían los carromatos como muro. Llamaron a la caballería Greutunga y Alana que estaba forrajeando. Es de suponer la angustia de Fritigerno viendo a los Romanos desplegarse delante de él y su caballería entretanto sin llegar. Demostró ser un buen general y como tal no se imaginaría la victoria contra los Romanos sin el apoyo de la caballería.




Los Romanos, por su parte, comenzaron el despliegue. La caballería del ala derecha, que abría la columna de marcha, se situó frente a los Godos para proteger la evolución de la infantería, que venía inmediatamente después y que se constituiría en la clásica formación de dos líneas. La caballería del ala izquierda, que habría protegido la retaguardia en la marcha, cerrándola por tanto, como antes hemos indicado, estaba lógicamente más retrasada y trató de acelerar el paso para ocupar su puesto en el frente de combate. La infantería iba tomando posiciones poco a poco. Todo esto no se hizo con la mejor de las planificaciones, pues da la impresión de que el ejército no estaba siendo bien dirigido. De hecho, Zósimo escribe que el emperador lo conducía sin orden alguno. Mientras esto ocurría, Fritigerno, queriendo ganar tiempo para que llegara su caballería, mandó legados al campo Romano que trataran de la paz. Mientras se desarrollaban las negociaciones, Fritigerno, lleno de astucia, ordenó quemar los campos circundantes, para que los Romanos padecieran mayor calor aún. Era verano, se calcula en 38º la temperatura en esas planicies tracias, estaban agobiados por el peso de las armas y, además, a la par que los animales, padecían de hambre y sed. Todo ello evidenciaba una falta de previsión y de intendencia notables.

Fritigerno, temeroso de lo que pudiera ocurrir, solicitó rehenes como garantía de las negociaciones. El tribuno Equicio, amigo del emperador Valente, a quien se propuso primero, se negó de plano, porque habiendo antes sido prisionero de los bárbaros se había escapado y no quería volver a estar entre bárbaros nunca más. Se ofreció como voluntariamente Richomeres conde de los Domésticos a ir como rehén, lo que fue aceptado por todos, que se veían así libres del peligro de que la elección recayera en otro.
Ha sido planteada la razón por la que a esas alturas de la campaña el Augusto Valente aceptó las negociaciones, sobre todo porque al partir de Adrianópolis parecía muy decidido a entablar batalla. Se han argüido varias causas: que la posición sobre el terreno de los Godos fuera más fuerte; que el número de bárbaros fuera mayor de lo que esperara; que pretendía un arreglo pacífico para que todos esos Godos pasaran a ser soldados en el ejército y mano de obra en los campos, lo cual era muy necesitado por el imperio; que demoraba el tiempo esperando la tan anunciada venida del Augusto Graciano. Sea como fuere, suya no fue la decisión final, ya que, mientras que Richomeres se disponía a encaminarse al campamento godo, ciertos oficiales de caballería decidieron comenzar el combate por su cuenta. La batalla iba a empezar.
En efecto, algunas unidades del ala derecha Romana, los escutarios y los arqueros al mando de Bacurio, oriundo de Hiberia, y de Casio, no se limitaron a vigilar protegiendo a su infantería para luego desplazarse al flanco derecho, sino que cargaron, por su iniciativa, contra el flanco derecho de los Godos. Lo que ocurrió no está claro. No se sabe con seguridad qué pensaron o qué pretendían cuando se extralimitaron en su misión. Es, por otra parte, difícil que atacaran a los carros. Más bien parece que estaban tentando puntos débiles en la formación goda y, en vez de conformarse con ello, detectaron algún punto débil y tentados por ello terminaron trabando combate en toda regla. Ferrill habla de “clásico error”. Y añade: el papel de las avanzadillas es mantener al enemigo a distancia con las armas de medio y largo alcance en el comienzo de la batalla. Pero las avanzadillas deben tener cuidado de no llegar a enfrentarse con el enemigo. No están entrenadas para luchar en formación o mantener una línea de batalla. Cuando dos fuerzas principales toman contacto, las avanzadillas deben volver a los lados de la retaguardia de su propio ejército. En líneas generales, no pueden defender su terreno y no se espera que lo hagan. Tal vez la soberbia de los Escutarios, que como escolares eran tropa de élite, dio lugar a tal indisciplina, olvidándose con ello que la más importante de las ciencias es la de ser mandados y mandar. En cualquier caso, este movimiento lo hicieron al margen del resto de las unidades del ala derecha, que se pusieron en su lugar en el frente de batalla (flanco derecho) bajo el mando del magíster de caballería Víctor, y cuando la infantería aún se estaba desplegando y la caballería del ala izquierda estaba alcanzando todavía su posición.



Bacurio y Casio, tras breve lucha, fueron rechazados y trataron de reagrupar a sus tropas ecuestres, pero no pudieron hacerlo, pues en ese preciso instante regresaron Alateo y Safrax con la caballería bárbara, los cuales se arrojaron sobre ellos como un rayo que se precipita entre las montañas.



Es de destacar que los Romanos no se percataron de la llegada de la caballería bárbara. Una explicación probable es que iniciaran el regreso en cuanto vieran el polvo que levantaba el ejército Romano al avanzar y que volvieran por el curso del río Tundhza, un afluente del río Hebro (actual Maritsa). Como era verano, su caudal sería escaso, quizás un palmo de profundidad, que permitió correr por su cauce sin levantar polvo que pusiera sobreaviso a los Romanos. A la vez que aparecían los jinetes bárbaros, Fritigerno, apercibido de su venida, lanzó a su infantería contra la Romana. Se arrojaron dardos y lanzas ambas partes primero, chocando después sus escudos y celebrándose entre ellas un combate con avances alternativos, como los vaivenes de las olas del mar. En este instante de derrota completa para la caballería de Bacurio y Casio, llegó por fin la caballería del ala izquierda, cuyo comportamiento, según se deduce de las fuentes, fue doble. Efectivamente, según parece, una parte de sus unidades cargó contra el flanco derecho de los Godos, ya que Amiano dice que en una ocasión, el flanco izquierdo había llegado incluso hasta las carretas de los bárbaros, y hubiera avanzado aún más si hubiera contado con ayuda. Pero, al ser abandonados por el resto de la caballería, se vieron acosados por una multitud de enemigos, rodeados y aniquilados.



De este texto se colige que una parte se lanzó al ataque, venciendo a los Godos que perseguían desordenados a los jinetes del ala derecha de Bacurio, llegando en su victoria hasta los carros de los bárbaros, mientras que otra parte del ala izquierda, influida sin duda por la huida de Bacurio y Casio, huyeron sin luchar. La parte que luchó no tuvo apoyo del resto, que huyó, ni de la infantería, que ya trababa combate con los guerreros de Fritigerno.

Vencida la caballería en el ala izquierda Romana, Alateo y Safrax atacaron el flanco abierto y desprotegido de la infantería Romana, que mantenía lucha mortal con los guerreros Tervingos. La caballería Romana del ala derecha, al mando de Víctor, al parecer, aguantó más tiempo, pero finalmente se vio sobrepasada, fue rota y huyó. Eso dio lugar a un nuevo Cannas: la infantería Romana abandonada totalmente por su caballería se encontraba rodeada y presionada por todos los flancos. La disciplina de los infantes, empero, era fuerte, de modo que mantuvieron al principio su posición. Con sus largas lanzas (que habían sustituido al viejo pilum) los legionarios Romanos pudieron contener las primeras cargas de la caballería bárbara a pie firme. Pero su situación ya era muy apurada. Los hombres estaban tan apiñados que no podían blandir sus espadas o mover los brazos. Estaban siendo abrumados por una mortal nube de dardos por parte de los arqueros bárbaros. Estaban, en suma, siendo apretados por la mortal pinza de los Godos.




Así lucharon, no obstante, por cierto tiempo. Tuvo que ser para los Romanos enloquecedor el polvo, los gritos, la sed, el hambre, el calor, la sangre que hacía el suelo resbaladizo, la agonía de los camaradas que caían al lado y eran pisoteados, y la terrible incertidumbre, que les oprimiría el pecho, sobre el resultado de la batalla, la cual se les estaba escapando de entre las manos. En medio de un tumulto y de una confusión tan grandes, los infantes, exhaustos por el esfuerzo y los peligros, como ya no disponían ni de fuerzas ni de lucidez mental, dice Amiano, rotas las lanzas, desenvainaron sus espadas y atacaron a los Godos en un último y desesperado asalto. Con ello se demostraba la enorme profesionalidad de unos soldados, que, además de bien entrenados y equipados, eran veteranos. Los bárbaros peleaban con fiereza y se mantenían firmes, de modo que los Romanos se enfrentaban con tanta fuerza a los que se les echaban encima que algunos llegaron incluso a morir por las armas de sus propios camaradas. Estaban ya tan asediados por todas partes, que los Romanos apiñados morían ensartados accidentalmente en las armas de sus conmilitones.



Esto ya no iba a durar mucho más. Estando el sol en su declive, pues ya atardecía, los infantes Romanos, agotados por el hambre, la sed, el peso de sus armas y el entumecimiento de su cuerpo por el grandísimo esfuerzo realizado, cedieron. Las líneas se vinieron abajo y cada uno buscó su salvación en la huida. Los Godos, llenos del furor propio de su raza, empezaron una persecución sin piedad de los fugitivos, a los que fueron matando o rematando según el estado de salud que cada cual tenía. Había soldados que todavía estaban incólumes, otros heridos de diversa consideración y otros, yacientes en el suelo con terribles heridas, rogaban lastimeramente el último golpe que pusiera fin al tormento de seguir viviendo. Miles de hombres y de animales quedaron en el sitio, saturando de sangre la tierra.


La batalla de Adrianópolis, por Angus Mc. Bride, Osprey Editorial.


El Augusto Valente buscó refugio entre las legiones palatinas de Lanciarios y Matiarios, las cuales, a pesar de la debacle que las rodeaba, se mantenían aún firmes en su lugar. Esto supone que su guardia personal también había huido. Viendo el desastre que ya se cernía en toda su crudeza, el general Trajano pidió al general Víctor que llamara a cuantas reservas quedaran, pues de lo contrario el emperador se vería sólo defendido por extranjeros, es decir, que todo estaría perdido. Víctor desde la derrotada ala derecha, trató de hacer un último esfuerzo y buscó raudo a los Bátavos, auxiliares palatinos, que estaban en retaguardia como reserva, para lanzar un contraataque. Pero se encontró con que habían también huido sin haber siquiera entrado en combate. Estos hombres, que se deshonraron para siempre ante la historia con su conducta, no comprendieron que es preferible morir luchando que salvarse huyendo, puesto que para un soldado es difícil encontrar un pretexto para salvarse pero fácil encontrar otro para morir. Dadas las circunstancias, Víctor huyó. También lo hicieron el conde de los Domésticos Richomeres y el general Saturnino. Por su parte, en la batalla cayeron Trajano magíster de la infantería, el general Sebastiano, Valeriano tribuno de los establos y Equicio encargado del palacio (quien se negó como vimos a ir como rehén), junto con otros 35 tribunos y dos tercios del ejército Romano. El emperador quedó así entregado a su destino, para la última escena de la tragedia.

No se sabe de cierto cómo murió Valente. Dos son las historias que refiere Amiano sobre ello. Según una, murió al anochecer en los momentos finales de la batalla, en plena carnicería, atravesado por una flecha. Otra versión, sin embargo, dice que consiguió huir, herido por un dardo, en compañía de algunos soldados y se refugió en una granja o pequeña torre rural. Los Godos en su persecución de los fugitivos llegaron a ella y, sin saber quiénes había dentro, trataron de entrar, lo que les fue impedido a viva fuerza, recibiendo flechas. Airados por ello los bárbaros apilaron leña en torno a la edificación y prendieron fuego, con lo que todos los que estaban dentro murieron abrasados, el emperador de Roma incluido. Sea como fuere, su cuerpo nunca fue encontrado. Su cadáver, sin duda, quedó, anónimo, entre los cuerpos inermes de los miles de soldados del ejército Romano que en aquella ominosa planicie quedaron para siempre.
La batalla de Adrianópolis había concluido.

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