InicioArteMi gris rutina: La furia y la mugre
No alcance a calentar el sudado y despedazado colchón en el que reposaba mi helado cuerpo sucio cuando sonó el despertador y la pesadilla del sueño se volvió una pesadilla despierta que golpeaba mi cara con el frío de una mañana invernal húmeda y deprimente.
Me incorpore tiritando entre las asquerosas frazadas que me cubrían, olían a flujo vaginal y meo desde hacia una semana.- Ese chorro de placer que sueltan algunas mujeres cuando alcanzan el orgasmo hasta mojarte toda la cama con sus olores íntimos-. A eso olía mi frazada. Tras ella yo tiritaba y largaba el aliento vaporoso que se hacia visible ante el amarillento rayo de luz eléctrica que entraba por los agujeros de las cortinas polvorientas. "Son las cinco, mierda" Dije. Me destape abrazándome a mi mismo para mantener el calor en medio de aquella tortura diaria que tenia el gusto a mierda de la siniestra esclavitud. Hacia frío, mucho frío. Y mi remera manga larga manchada de semen agujereada lo empeoraba. Camine como un pinguino sonámbulo hasta la campera que estaba en el respaldo de la percudida silla de madera frente a mi escritorio lleno de colillas apagadas sobre la madera y hechas una montaña. Me la puse y sentí mas frió. Luego vino el calor. Encendí el foco que colgaba en el centro de mi habitación y termine de vestirme.
Después de ponerme el pantalón con un agujero por el cual se me escapaba la pija y de calzarme las botas marrones desmigajadas, me fui a la cocina. Encendí otro foco amarillento y puse a calentar la pava. Unos mates lavados llenaron ese vacío en mis entrañas. Ese hambre que arrastraba desde la noche anterior. Era una sensación horrible y agradable la de sentir el agua lavada con gusto a nada corriendo adentro mio, lavando mis órganos digestivos uno a uno como una cascada interior de calidez. Pero era horroroso y deprimente.
Me rasque la cabeza piojenta un rato mientras tomaba mates y miraba de reojo los libros que deje sobre la mesa hacia apenas siete horas. "Hola rimbaud, hola Cioran, Hola Joyce,Hola Fante, Hola Maiakovski, hola Fitzgerald, Hola Descartes... Hola a todos, en fin, me extrañaron?".Son las únicas palabras que les decía todos los días, de ahí en mas la palabra era de ellos. Es lo único que anima mi solitario paso por la existencia, una charla silenciosa con unos cuantos autores ya muertos. Mientras ellos hablan y te cuentan sus cosas yo los escucho atento. Solo me limitaba a decirles "hola" cada día al levantarme para abatir la tristeza de la soledad desgarradora. -Soledad de penumbra de habitación que huele a humo de fumar toda la noche en vela-. Y esa depresión de sin dinero, ese Ennui constante e imbatible.
Después de consolar a mis órganos un poco con una o dos galletas húmedas que encontré en un tarro en una de las lacenas me puse el harapiento pañuelo que usaba de bufanda, apague todas las luces y salí a caminar. Los vapores de mil baños calientes emergían de las alcantarillas en las calles. Apretando las manos en mis bolsillos descosidos mientras caminaba sintiendo que los tobillos se me marchitaban con cada paso, yo veía flotar los harapos de mi pañuelo imbecilmente alegres con esa brisa húmeda horrenda que te quemaba los huesos. Mi respiración entrecortada llenaba de calidez mi cuerpo y el interior del abrigo de cuero con un fascinante agujero bajo el brazo. Por ahí se escapaba toda la tibieza de mi pobre cuerpo esclavo de la fabrica y las horas extra.
Desde este preciso instante cada una de las imágenes flotaba sobre mi como una interminable película en blanco y negro repetida día a día. Una penosa rutina eterna. Una tortura cotidiana que convertiría cualquier existencia en una lenta agonía del espíritu. En algún punto mi alma se iba pudriendo. El dolor en el pecho como una traicionera cuchillada en una pelea callejera me daba a entender cuanto el día a día me iba pudriendo el corazón como un montón de carne infecta y putrida, llena de gusanos. Lo sentía. Dios. En la parada del colectivo todos fumábamos impacientes cigarro tras cigarro. Mi garganta se acatarraba y se amargaba ante el gusto del humo saciador eterno de ansiedad. La ansiedad previa a la sala de torturas. El dolor en la garganta de una gripe gris de un cigarrillo enfermizo y violento que nos mataba lentamente, pero considerablemente mas rápido que nuestros trabajos. Ahí yo, como un silencioso desesperado mas, veía mi sombra como un fantasma rondando un cuerpo muerto que se movía por inercia. Una vez que tire el tercer cigarrillo al hilo por la mitad y subí al colectivo a apelmazar-me con los demás el frió se fue y sentí una sensación agradable.Por ahí entre todos nosotros había un oficinista todo prolijo con su maletín y su traje. Todos los demás obreros lo miraban casi con el asco con el que verían un montón de mierda. Yo en realidad, lo miraba con compasión. Que es un oficinista sino el obrero del futuro. Empece a sentirme un pedazo de tecnología obsoleta. Un hombre del siglo pasado, de fabricas y manufacturas.
Conocía de memoria el recorrido del colectivo, otra vez esa sensación de una película en blanco y negro pasando ante mis ojos. El único objeto de color en todo el bondi era, el oficinista. Un ser tecnológico, del futuro viajando entre un montón de caras ojerosas y putrefactas rumbo a la fabrica a soportar los retos de algún gordo patrón. -Yo también tenia ojeras, de esas que parecen dos trompadas en la cara, de esas que pesan y duelen, como si de tus ojos pendieran dos adoquines y lucharan por arrancarte la carne de cuajo.- Llegamos a mi parada, me baje. Camine con igual trastorno el tramo hacia el portón de mi fabrica seguido detrás por una orda de obreros asqueados y repulsivos, de esos que huelen tan mal como yo, pero que a su vez hay algo de asco en su olor. Olor a vino barato. Olor a conformismo. Olor a resaca curada con cerveza. Ese olor.
Con los tobillos fracturados por metafóricas cuchilladas de frió y los dedos del pie entumecidos y resquebrajados por medias con agujeros dentro de botas carcomidas llegue a la fabrica. Hice mi trabajo habitual: Me asocie con la maquina y me volví parte de ella. Un movimiento robotico y automático salia de mi y se repetía vez tras vez. Mientras tanto pensaba en alguna cosa que quería yo escribir o en poemas o en filosofía o en lo que sea. Mi mente y mi cuerpo se dividían en dos para luego acoplarse en la hora del descanso y darme cuenta cuan mierda tenia hechas las manos. Una vez en el descanso, mientras todos parloteaban como si fueran estrellas de hollywood sobre su salida con tal chica, sobre su amante, sobre el celular nuevo o la moto que compraron a crédito yo me fui al quiosco de la esquina y pedí un sanguche de jamon y queso que comí en seco. No tenia suficiente dinero para comprar una gaseosa con que tomarlo. Mientras me sentaba en el borde helado del quiosco sintiendo el frío ramificándose por mi cuerpo masticaba con la boca arenosa pedazo tras pedazo de sanguche miles de veces, hasta que alguna gota de saliva hacia seder el pan viejo tostado y el fiambre ante mi deglución. Fume un cigarro y volví a la fabrica.
De nuevo a volverme la terminación de la maquina. De nuevo a apilar cortes de tela como si fuera un brazo robotico. Tome algunos sorbos de agua de la pileta blanca percudida en negro que había en el baño antes de ponerme a trabajar y mientras lo hacia sentía lo mismo que con los mates del desayuno. Esa sensación de estar siendo lavado por dentro. Podría romper a llorar. Es la sensación mas triste que conozco. Esa aparte de la de ver una y otra vez la misma película en blanco y negro todos los días. Termino el trabajo, volví al colectivo de rostros muertos, esta vez sin seres del futuro, solo seres del siglo pasado como yo y algún que otro colegial travieso al cual, en el fondo, su rutina seguramente le parecía tan gris como la mía. Ya era de noche. No había visto el sol mas que cuando fui a comer algo.
Llegue a mi barrio a eso de las 22. Empece a caminar por las calles negras y turbias donde putas amateurs eran levantadas por ladrones baratos, de esos que son capaces de abrirte en canal por un reloj o dos pesos, para comprarse una dosis de paco y escapar por cinco minutos de la realidad. Mientras caminaba a la luz de unos pocos faroles sanos entre paredes grafiteadas de epitafios tristes como frases del pueblo y nombres de algún gobernante mentiroso que les cayera simpático, iba yo arrastrando mi peso patético sobre el cemento helado de las calles mojadas, a través de las cuales se reflejaba el cielo nocturno, las estrellas artificiales de mi barrio pobre y la luz de algún que otro auto que tomaba el riesgo de pasar por ahí, mientras yo tiritaba tras mis harapos. Yo era feliz si al entrar en mi casa, la casa de mis padres sentía el calor a hogar envolviendo mi cuerpo. Ese calor insuperable, ese olor que le quedaría a uno grabado en la cabeza para siempre y que identifica solo tu casa. No hay dos casas que huelan asi. Ese olor y ese calor. Ese calor que incluso comparado con las entrañas de una rutinaria concha humeda y maloliente sigue siendo el mas maravilloso del mundo. Tire mis andrajos en mi cama y pase a saludar.
Estaban comiendo e idiotizándose con algún programa de esos donde discuten si el hijo de fulanita o menganito tiene pie de atleta. Que estupidez. Que deprimente. Cuando la vida anda mal no tienen mejor idea que husmear una vida ajena, así se pueden evitar el trabajo de pensar y escapar de este dolor que acongoja mi ser, moviéndome como una serpiente decapitada, deslizándome así a través de otro y otro día tortuoso de existencia. Comí un plato de guiso y al fin mis entrañas se sintieron agradables. Mi cuerpo se sintió agradable. Todo era agradable. Podría decir, si me preguntaran en ese instante que la vida no podría irme mejor.
Me fui a mi habitación y me lleve conmigo los libros que mi madre saco de la mesa para poner el mantel. Tome uno al azar y lo leí. Me toco "El malvado Demiurgo" de Emil Cioran. Leí un par de frases y no lograba concentrarme. Desde mi tétrica habitación oía las risas imbéciles de la televisión y mis padres. Encendí la radio. Los tape con música clásica a todo volumen. Al fin en mi conciencia se hizo silencio y pude degustar cada palabra del filosofo rumano como si fuera ese precioso plato de guiso todo aguado y atiborrado de queso que acababa de comer. Una vez hube finalizado el segundo capitulo, lo marque con un trozo de papel y me eche sobre la cama. Apague la radio. Permanecí un rato en silencio. "Eh, Ignacio, teléfono". Atendí. "Hola?" "Hola nene,cuando te veo?" "Pronto..." "Siempre me decís así y nunca nos vemos, hace una semana que no te veo" "Tranquila, me ando sintiendo mal, no te preocupes" " Bueno..." "Hey tengo que dejarte, mis padres me necesitan". Colgué. "Esta enamorada de vos... no seas así..." Dijo mi mama. "Ma, yo no le digo a papa y vos en que posición del kama sutra cojer, déjame tranquilo." Se callo. Me volví a mi pieza a fumar un par de cigarrillos. Yo no quería saber nada con nadie. Ni tomar una cerveza con los demás empleados, ni charlar con mama y papa, ni andar correteando cual imbécil tras el decaído culo de una pendeja del barrio. Solo quería encerrarme ahí y si pudiera lo haría por siempre, cualquier cosa con tal de no volver a ver jamas otra vez esa película repetida miles de veces. Pero no podía. Bien sabia que en breves instantes la cama me cobijaría otro par de horas y de vuelta a lo mismo. Me sentía mal, muy mal. Era caminar sobre las simas de la desesperación absoluta y sobrenatural de mi penumbrosa habitación. Que hacer? Como escapar? Aun me lo sigo preguntando, pero... no encontré una respuesta
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