PREPARATIVOS PARA LA MISA DE LAS ONCE
Son las diez de la mañana. Me siento en la cama, pongo los pies dentro de las pantuflas y me aliso el camisón. En algún lugar de la planta baja, Roberto, mi marido, le ordena a Mónica, la mucama, que le sirva otro té. Hoy debemos ir a la misa de las once, y luego tenemos programado un almuerzo con un representante del bloque de concejales por la Unión Central.
Voy hasta la ventana y corro las cortinas. En el parque, junto a la escalerilla de la piscina, duerme el doberman que nos regaló el Padre Cristóbal, obispo de Cabo Grande. Puro, hijo de campeones, nos dijo apenas lo trajo, háganle cortar las orejas y la cola así parece más malo de lo que es. Pero Roberto no le hizo caso. Debe ser porque cree que la maldad, al igual que la hipocresía, surte mayor efecto cuando es inesperada. Roberto dice que hoy le ofrecerán postularse a la intendencia. Estoy segura de que si se lo propusiera llegaría a ser Presidente de la Nación.
Me dirijo hacia el baño. Las ganas de orinar me hacen doler el bajo vientre. Mientras abro las llaves de la ducha, me observo en el espejo del botiquín: alrededor de mis ojos las arrugas se han profundizado. Roberto me ha dicho que pida una cita con el doctor Gastaldi. Estás dañando mi imagen, argumentó. Me quito el camisón y me paro debajo del agua tibia.
Comienzo por enjabonarme el cabello con un pan de jabón Federal, al que mi marido es alérgico. Analizo el modo en que se fueron desencadenando los hechos, y la sagacidad de Roberto vuelve a admirarme. En vida, mi padre había preparado a Edgardo, mi hermano mayor, para que lo sucediera al frente de la inmobiliaria. Pero al morir, en su caja fuerte encontraron un testamento en el cual le legaba todo a mi marido. Yo me había casado con él hacía muy poco tiempo, y el escándalo familiar fue enorme. Edgardo intentó dejar sin efecto ese testamento. Roberto manejó aquella situación con lucidez. Yo, para no empeorar las cosas, no le comenté a nadie que mi padre, dos días antes de su muerte, me había dicho que dejaría la inmobiliaria en manos de Edgardo. Y mi padre nunca me mentía.
Bajo la cabeza y me enjuago el cabello; sólo con los muslos muy apretados logro contener las ganas de orinar. Ahora, con el jabón Federal me froto el cuerpo; siento su rispidez abriendo mis poros, su olor amargo perfumándome la piel. Como cada domingo, en este preciso instante escucho el tono de amabilidad comercial en la voz de Roberto, conminándome a salir rápido del baño porque estamos retrasados. Aliviada, le contesto que ya terminé. Es el momento en que me gusta separar las piernas, imaginar su rostro entre mis pies y con un movimiento brusco del abdomen dar inicio a mi propia misa; a mi propia ceremonia.
Del libro Relatos agónicos
relatosagonicos.blogspot.com