Memorias

Estaba asustado, comenzó a correr histérico. Esto ya le había sucedido repetidas veces, pero ninguna había alcanzado semejante magnitud. Félix nunca se sintió así, tan acongojado, superado por las circunstancias y aterrado por lo sucedido. Libraba la más dura de sus batallas. Esta vez el enemigo era notablemente más poderoso que las anteriores, parecía una sombra acechando para dar el gran golpe.
Miró en todas las direcciones y escapó atolondrado, chocando con cuanto encontraba a su paso. Su respiración agitada lo alteraba aun más, como si el hecho de estar nervioso lo pusiere aun más nervioso, derivando en un círculo que parecía no tener coto. Félix no podría haber descripto con palabras lo sucedido ni aunque lo intentase. Víctima del pánico, aumentaba la velocidad de su andar sin poder alejarse de la escena que él mismo había provocado. Corría en un confuso laberinto de espejos. La persecución de su enemigo lo estaba volviendo loco.
Había logrado desatar un caos. Ni el más hábil de los especialistas podría haber desentrañado aquella maraña sináptica inocentemente desatada por Félix. Cómo librarse de su inteligente cazador. No encontraba el camino ni la respuesta. Hábil ingeniero de su memorias, e inteligente artifice de su futuro, él, lloraba sin remedio al compás de ave marías y padre nuestros. Esa fue su perdición, pues no queda vuelta atras voluntaria, consciente y lógica, una vez entregado al milagro.
Él era el culpable y la única victima de aquel hecho. Corrió durante algunos años pero nunca pudo alejarse de su peor pesadilla. Nunca logró escapar de Félix. Su mente era ahora su campo de batalla.
Por alguna razón que él desconocía, él no se alejaba de él. Todo lo contrario, la angustia y la confusión parecían acercarlo aun más a sus temores y encerrarlo en una suerte de jaula blindada. Una jaula hábilmente diseñada con un proposito: salvarlo.
Y allí comprendió todo. Su mente se iluminó. Parecía haber alcanzado una verdad absoluta, de esas que a uno lo estremecen y lo hacen replantearse toda su vida. Félix no quería destruir a Félix, solo deseaba salvarlo. Estaba convencido. Aquel hábil ingeniero de pensamientos y memorias había descubierto la formula para una maquinaria perfecta. Esa era la solución a todos los enigmas y problemas que alguna vez se había planteado. Le parecía maravilloso haberse topado de esa forma con la respuesta, tanto tiempo frente a sus ojos, pero nunca la había logrado entender. Tomó un arma que guardaba de sus tiempos de combatiente y apuntó con firmeza a Félix. De esa manera todo encontraría el rumbo que había perdido, simplemente debía eliminar a su contendiente. Reía de alegría al haber encontrádo la respuesta. Empuñó fuerte su boleto a la liberación y con solo un certero disparo fue suficiente para desencadenar y concluir en un mismo acto su plan. La guerra al fin había terminado.