InicioArteYo fui un poeta de las cloacas

Tenia entonces como diecisiete. Mal barrio. Malas putas con la concha chorreando flujo sidoso. Mala ropa. Mal trabajo. Secundaria mediocre llena de imbéciles que se creen la gran mierda. Mala vida. Malo todo. Tan asqueroso y lleno de basura, como un río de aguas ácidas y rancias con bolsas de basura flotando, impregnando en el aire el vapor vomitivo de sus aguas vomitivas. Pero en ese pedazo de suciedad de cerdo que llamaba yo entonces vida existía algo que conseguía iluminar mi repulsivo corazón: Mis amigos. Solo tenia dos amigos a esa edad Rodrigo y Dario. Mas que amigos teníamos la misma sangre en las venas. Sangre de saber que todo era una porquería. Que había mas poesía en un charco de sangre que en un paisaje bonito. Que había mas poesía en una quema de basura que en un café en el centro de la ciudad. Lo sabíamos! Estábamos VIVOS.
No obedecíamos a estereotipos. No nos afiliábamos a ninguna moda. Si podíamos encontrar un libro que leer y unos cuantos cigarrillos de esos que son baratos y asquerosos, de esos que causan nauseas. Con tan solo eso, nos sentíamos iluminados como quien desesperado encuentra un sanguche podrido en la basura y se lo come. Era una luz oscura y asquerosa. Yo usaba una remera toda rota que decía "Dolor" con letras blancas. Pantalones raídos y botas marrones cagadas a palos. No esta demás decir que odiaba a todo el mundo. Ellos también eran muy diferentes a todos. Tal vez no los delatara la ropa, pero cuando los veían caminar la gente en seguida se quedaba asustada. Asustaban. Asustábamos. Eran de mi raza. Todas las demás personas me parecían simplemente un manojo de ratas y cucarachas hurgando la mugre, buscando dinero y enfermándose sus cerebros carcomidos por los gusanos con mierda.
Nos solíamos juntar en la casa abandonada al fondo de la mía. Es un lugar que frecuento siempre. En invierno sus cuatro paredes pobladas de ratas e insectos le agregan un genial encanto. Y en verano me recuesto sobre una pila de escombros que hay ahí al costado. Es mi lugar preferido de toda la casa. Ahí nos podíamos esconder de todo el mundo. Ser poetas nos avergonzaba. La poesía ha sido y seguirá siendo siempre terreno de gente que dice "el amor es bonito" "te quiero" "que hermosa la luna" "que preciosa lluvia" y nosotros decíamos "el amor es mierda" "me das lo mismo, puta enferma" "la luna es un charco de semen" "el meo del cielo nos intenta ahogar". No eramos unos románticos. Nos sentíamos seres raros. Criaturas emergidas de algún foso. Bichos. Jorobados desformes cabalgando bueyes mutilados y sangrantes, cojiendonos putas sucias, mirando la mugre del suelo, las colillas agolpadas y los animales muertos pudriéndose en la calle con un hedor exquisitamente nauseabundo.
No podíamos provenir de otro lado. Las cloacas... ese lugar donde culmina toda la mierda. Ese lugar donde predomina la enfermedad y la peste. Donde se agolpa el meo, los peces que tiran por el inodoro, los parásitos, los gusanos, los seres y cosas grotescas, nuestra poesía.
Todos los meses después de vagar por el centro de la ciudad pidiendo cigarrillos, una vez que habíamos reunido una cantidad considerable de varios puchos todos de diferentes marcas, íbamos a la casa abandonada. Tirábamos un cajón de verduras al suelo como mesa, por así decirlo, y prendíamos una vela. Nos imbocabamos, como un ritual. "Somos los poetas de las cloacas. Grotescos, deformes. Agonizamos de enfermedad. Adoramos la suciedad. Somos ratas de dientes amarillos que roban un pedazo de carne cruda maloliente. Somos cucarachas abriéndose paso entre la basura. Somos el asco. Somos los diferentes. Y habitamos el lugar donde nuestra pudrición lo es todo." Después empezábamos a leernos poemas unos a los otros mientras fumábamos cigarro tras cigarro apestando nuestras gargantas. Finalizado el rito repetíamos la imbocacion y nos saludábamos con un abrazo.
Todos los poemas eran de verdad. Lo sentías en la manera en que las palabras fuertes cortaban el aire a la mitad. Lo sentías en el modo en que cada flemoso verso recitado de nuestras pestilentes bocas impactaba en lo mas profundo de todo. Llorábamos. Reíamos. Hasta a veces sentíamos cosquillas en la pansa, cual absurda religión. Pero no era ni siquiera eso.
Solo conservo algunos poemas de esa época, los dejare aquí.

Árbol-Sanguijuela

Negro perfume de desgracia,
tronco oscuro estrangulado,
ramas desojadas y secas,
florece la perdición.

Velo de luto recubre su corteza,
la sangre sustituye a la sabia,
y sus raíces necrófagas se mueven,
rebuscan en la tierra un cuerpo.

Sus filamentos remueven el suelo del cementerio,
hasta encontrar un muerto fresco,
penetran el ataúd y se incan en su piel,
sorben la muerte de sus venas.

En la succión secan al difunto,
no es mas que carne seca,
humecta la madera de sus fluidos,
las raíces se retiran.

Y luego vuelven a naufragar la tierra de muerte,
en busca de otro cuerpo.



Cráneo hueco

Desgarrados los ojos,
arrancados los músculos,
la piel, la grasa,
el cuero cabelludo.

Removido de su cuerpo,
cuencas ciegas y vacías,
mucosas peladas del hueso,
la nariz cortada.

La lengua arrancada,
todo inmaculadamente extraído,
la silla turca vacía,
todo, absolutamente todo pelado.

Y un cráneo hueco sobre la mesa,
sin expresión,
sin una gota de carne o sangre,
en un blanco a luna de negro cielo.



La Horca y el basural

Reunidas las esperanzas sobre las cenizas,
Con el humo de la basura cortando el aire,
gente infecta de auto destrucción,
buscando en la quema algo que comer.


Las paredes escritas se alzan,
las casas de chapa y madera rechinan sus quejidos,
la miseria en la hoya de los condenados,
El alambre de púa represor repta.


La mugre pensativa,
las manos deseosas y subversivas,
comienza el festín,
con el publico parado entorno a la horca.


Las ultimas hadas en las que creían los niños,
cautivas hasta la soga que asfixia,
mora la muerte al rededor de sus cuellos,
la ejecución comenzó!



Pudrición

Amorfa y desparramada la causa,
hinchada por el paso del tiempo cruel,
des componedores en su trono desposeído,
adorando la carne rancia.

La pestilencia nauseabunda se potencia,
nubes de un hedor maléfico,
plagado de larvas en desarrollo,
envueltas en un cuerpo muerto.

Las crías hambrientas devoran la colación,
resurgen los hongos de la piel muerta,
y el amorfo trozo de cadáver sonríe,
las cosquillas pútridas de las plagas.

Animal fallecido y dolorido,
que reposo su cuerpo sin vida sobre la muerte,
vaga por meses en la arena del suelo,
y encuentra su descanso en el asedio de la carroña.

Paz insecticida rezan los huesos,
del ya digerido muerto,
sus despojos se entierran y erosionan,
finalmente la misma tierra lo devora.

Hundido en las profundidades de la descomposición,
encuentra el descanso eterno y el amor agusanado,
el beso frio y reseco de la naturaleza,
su partida hacia el otro mundo sin cuerpo.



Charco de sangre

Fluido que corre por las rancias venas,
amnesia de la puñalada a las tripas,
burbujea y humeante sobre la vereda,
mientras la vida es robada del cuerpo.

Infecta y llena de veneno,
como el barro de las cámaras sépticas,
insectos surgen de la tierra,
a alimentarse de su sangre.

Pálido su rostro,
empieza a templar y fluye a chorros,
humeante la bilis que gotea su abdomen,
y su boca un foso a la muerte.

Su aliento se esparce sobre el ambiente,
lo plaga de inmundicia,
mientras sus ojos se sellan en la penumbra,
el cadáver hermoso da un ultimo quejido.

Mientras la sangre continua fluyendo,
se concentra como un oasis de la vida,
se ennegrece cada vez mas,
y se coagula sin a nadie esperar.

Tóxica muñeca

Cuantas veces llené
mis entrañas con el jugo
de tu venenosa
vulva ardiente.

Cuantas veces adore tu plástico,
bese tus labios espinados,
acaricie tu pálida piel a suicidio,
y penetre tu ano agusanado.

Cuantas veces nos herimos,
nos arrancamos la carne,
y yo fui el único que sangró
- El plástico no sangra amor.

Cuantas veces consolé tus lagrimas,
besé tus plastificadas heridas,
te juzgué de piel,
y me apiadé de tus enfermizas relaciones.

Cuantas noches en vela,
cuantos envenenamientos,
cuanto carcomí mi cuerpo,
cuantas muertes he tenido!

Muñeca asesina!
me harté de tus venenos,
de tus falsas pieles,
Que otro se envenene!

Mis poemas no eran buenos. No hace falta decirlo. Pero ciertamente tienen sangre. Los sangre. Los sangrábamos todos. Cada palabra.Cada verso. Cada estrofa y cada poema. Cada letra era un latido del corazón. Cada inmunda frase un chorro de sangre. Eramos auténticos.
Tras sangrar poemas largos meses nos disolvimos. Cada quien su ruta. Pero no recuerdo mas días plagados de sensibilidad que esos.
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