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Pinturas de Paisajes de Diferentes Épocas y Culturas (1)

Arte•10/19/2011

Bienvenid@s:


Como una de las formas más antiguas y populares de pintura, la historia de la pintura de paisaje es fascinante y en ocasiones mal conocida. Como homenaje a esta gran tradición, he seleccionado 50 paisajes de diferentes épocas y culturas.

Mostradas en orden cronológico, las obras incluídas en este recorrido ofrecen una exploración en profundidad de las dos grandes tradiciones -occidental y oriental- de la pintura de paisaje.

El recorrido no pretende ser una muestra de los 50 mejores paisajes jamás creados. Se trata de encontrar un equilibrio entre Occidente y Oriente, entre pintura antigua y moderna.

El recorrido se inicia con un fresco minoico del segundo milenio a.c., y termina con una obra de Gerhard Richter del año 2005. Muestra 26 obras de artistas europeos, 16 de pintores asiáticos, 7 de artistas americanos y una obra de un pintor australiano.

* Debido al enorme tamaño del trabajo, lo dividí en dos partes.

Esta es la primera parte, al final del post está el link de la segunda parte *




Minoico

Fresco de la Primavera

Autor/es desconocido/s
c.1550 – 1500 a.c.
Pintura al fresco.
Pared central: 250x260 cm.
Paredes laterales: 250x222 y 250x188 cm.
Museo Arqueológico, Atenas



El yacimiento de Acrotiri, en la espectacular isla de Santorini, es una de las joyas de la civilización minoica. Una erupción volcánica a mediados del II milenio a.c. sepultó la ciudad, permitiendo que varios frescos de excepcional importancia llegasen hasta nuestros días en un magnífico estado de conservación. Entre ellos destacan el llamado “fresco de los antílopes”, el “fresco de los boxeadores”, el impresionante “fresco de los barcos”, y quizás el más bello de todos ellos, el “fresco de la primavera”.

Éste último ocupaba tres paredes de una sala del “sector Delta” del yacimiento, siendo el único “tríptico” hallado en todo el yacimiento. Es una obra de arte excepcional, que muestra un paisaje rocoso de vivos colores salpicado de matas de lirios en flor, y sobrevolado por golondrinas pintadas con una notable precisión.

La composición aparentemente simple encierra elementos de gran interés. Como se explica en la página web de la Thera Foundation, algunos críticos románticos quisieron ver en la pareja de golondrinas situada en la parte central del fresco la imagen de dos aves besándose, pero los ornitólogos modernos apuntan a que probablemente se trate de dos machos peleando. Los lirios en flor que dominan la composición nos ayudan a imaginar el paisaje de la volcánica Santorini antes de la erupción.

Aunque para un observador de hoy en día, acostumbrado a los magníficos paisajes de la pintura moderna, la contemplación de este fresco minoico pueda resultar monótona e incluso aburrida, debe tenerse en cuenta el excepcional hito artístico que éste representa: quizás por primera vez en la historia del arte, un artista decidió mirar a su alrededor a crear arte a partir de la belleza del paisaje que le rodeaba.

Detalle del fresco:




Romano

Paisaje de la Odisea

Autor/es desconocido/s
c.60-40 a.c.
Pintura al fresco. Altura: 180 cm.
Museos Vaticanos



El desarrollo del paisaje fue una de las principales innovaciones de la pintura romana con respecto a la griega. Lamentablemente, pocos ejemplos de este género han llegado a nuestros días, destacando un fresco encontrado en la Villa Boscotrecase de Pompeya, y, sobre todo, los “Paisajes de la Odisea”, hallados en 1848 en una casa de la colina del Esquilino, en Roma.

Estos paisajes son un claro ejemplo del llamado “Segundo estilo” o “Estilo arquitectónico”, en el que se añaden elementos arquitectónicos pintados (en este caso las dos columnas laterales), convirtiendo así las pinturas en “ventanas” a un mundo imaginario. Es notable la sensación de profundidad lograda en la pintura, teniendo en cuenta que la idea de perspectiva no se desarrollaría hasta 1.500 años después. Para lograr esta sensación, el artista ha optado por difuminar las formas y colores en las partes de la composición más “lejanas” al observador.

El ejemplo ilustrado aquí es particularmente notable por la precisión con la que se han pintado las figuras humanas y animales. Otros frescos de la serie, como “Los Lestrigones lanzando rocas a Odiseo” o “La huída de Odiseo”, son espectaculares paisajes marinos en los que la sensación de profundidad es incluso mayor. En conjunto, los “Paisajes de la Odisea” son una obra cumbre del arte romano y de la pintura de paisajes de todos los tiempos.

"Los Lestrigones preparándose para la batalla", otro fresco de la misma serie:




Gu Khaizi

Ninfa del Río Luo

Gu Kaizhi (China, c.344-406)
c.400
Tinta sobre seda, 21.7 cm x 572.8 cm
Museo Nacional, Taipei (Taiwan)



"Mirándola desde la distancia
Brillante como el sol
Sobre las nubes rosas del amanecer"
- Extracto del “Luo Shen Fu” del poeta Cao Zhi

Gu Kaizhi es considerado a menudo como el creador de la pintura tradicional china. Pintor, poeta y calígrafo, escribió tres libros sobre teoría de la pintura que marcaron profundamente la pintura china de los siglos posteriores. En cuanto a sus obras pictóricas, sobreviven tres, que han llegado a nosotros gracias a copias: “Las Mujeres Sabias y Benevolentes”, la espectacular “Admoniciones de las Institutrices del Palacio de las Damas” que se conserva en el Museo Británico, y la poética “Ninfa del Río Luo”, mostrada aquí.

“La Ninfa del Río Luo”, de la que se conservan tres copias en Taipei, Liaoning y Washington, ilustra un poema Cao Zhi, uno de los más notables poetas de la dinastía Han. Al igual que las otras dos obras de Kaizhi que han sobrevivido se trata de un rollo que debe “leerse” en sentido horizontal, mostrando la historia de amor entre el poeta y la ninfa del río, desde su encuentro hasta su despedida.

Aunque las tres copias que han sobrevivido presentan algunas diferencias de estilo, el análisis de las tres permiten hacernos la idea de una obra de gran sensibilidad, en la que las delicadas figuras parecen flotar en medio del bello paisaje fluvial.

"Ninfa del Río Lu" - Detalle de la obra:




Li Zhaodao

El viaje del Emperador Ming Huang a Shu

Li Zhaodao (China, c.675-c.750)
c.720-750
Tinta sobre seda, 55.9-81 cm.
Museo Nacional, Taipei (Taiwan)



Después de que los artistas de las Seis Dinastías (220-618 d.c.) como Xie He o el ya mencionado Gu Kaizhi sentaran las bases, los pintores de la dinastía Tang (618-907 d.c.) formaron la primera era dorada de la pintura china, en la que el paisaje fue un elemento fundamental.

Durante este periodo surgieron dos “estilos” principales. Uno de ellos es la pintura “de tinta y aguada”, que tuvo en Wang Wei a su principal exponente. A la vez, surge el qinglu o pintura de “paisaje verde y azul”, en la que la figura más conocida es Li Zhaodao, a quien se atribuye la importante pintura “El viaje del Emperador Ming Huang a Shu”, que ha llegado a nuestros días a través de tres copias, la más famosa de las cuales, creada alrededor del siglo XI, se conserva en el Museo Nacional de Taipei.

“El viaje del Emperador Ming Huang a Shu” es, en efecto, un paisaje de tonos verdes y azules, conseguidos mediante el uso de la azurita y la malaquita verde. La parte inferior de la composición muestra un paisaje “amable” dominado a partes iguales por la vegetación y las figuras de los jinetes. Sobre ellas aparecen las impresionantes siluetas de las montañas, algunas de ellas surgiendo de la niebla, un elemento típico de la pintura china de los siglos posteriores.

El emperador Ming Huang fue el séptimo y más longevo emperador de la dinastía Tang, manteniéndose en el poder desde el año 712 d.c. hasta el 756 d.c. En su reinado tuvo lugar el periodo Kaiyuan, considerado como uno de los puntos álgidos de la historia antigua de China. Pero en esta pintura, ni siquiera este importante personaje puede competir con la fuerza del paisaje, protagonista absoluto de la composición.

"El viaje del Emperador Ming Huang a Shu " - detalle:




Li Cheng

Templo solitario

Li Cheng (China, 919 - 967)
c.960
Tinta sobre seda, 111.76 x 55.88 cm.
Nelson-Atkins Museum of Art, Kansas City



Durante la dinastía Song (960–1279) el shan shui (pintura china de paisajes) alcanzó un desarrollo excepcional. La idea taoísta de que el ser humano no es más que una minúscula presencia en medio de la inmensidad del Cosmos inspiró a los pintores de la época, especialmente durante el periodo Song del Norte (960-1127). Es tal la cantidad y calidad de los paisajes de este periodo que éste debería considerarse como una de las épocas doradas de la pintura de paisajes de todos los tiempos, junto al impresionismo o el paisajismo holandés del siglo XVII.

Durante este periodo, los nuevos emperadores se interesan por la expresión artística y comienza un nuevo mecenazgo. Por otro lado, la popularización del rollo vertical permite nuevos avances en la representación del paisaje y los elementos naturales, y la investigación de los efectos espaciales y volumétricos.

Esta obra de Li Cheng es una buena muestra de todo esto. El templo budista se ha representado desde una distancia considerable que permita apreciar la grandiosidad del paisaje montañoso circundante. La evidente verticalidad se ve enfatizada por las tres poderosas cataratas que rodean el templo y alimentan el caudaloso río que dos hombres se disponen a cruzar por el pequeño puente, representado con un naturalismo excepcional. La composición es una verdadera obra maestra, y su pequeño formato no le resta fuerza ni efectividad.

"Templo Solitario" - Detalle del templo:




Fan Kuan

Viajeros entre montañas y torrentes

Fan Kuan (China, c.990–1020)
c.1010-20
Tinta sobre seda, 206.3 x 103.3 cm.
Museo Nacional, Taipei (Taiwan)



En el éxtasis artístico que supuso la Dinastía Song surgieron tres pintores extraordinarios que fueron conocidos como “los tres pintores rivales”. El primero de ellos fue el ya mencionado Li Cheng (ver obra anterior). Contemporáneo suyo es Guan Tong, maestro de la técnica “Fu Pi Cun” con la que representaba con maestría las formas angulares de las montañas. El más joven de los tres es Fan Kuan. De este último se conocen muy pocos datos biográficos, y pocas obras suyas han llegado han llegado hasta nuestros días, pero una de ellas, “Viajeros entre montañas y torrentes”, es verdaderamente excepcional.

La composición está dominada por una imponente montaña, una mole rocosa que ocupa prácticamente las dos terceras partes de la escena. Además de por su impresionante presencia, la montaña destaca por la simpleza con la que está pintada: tan solo la catarata destaca en medio de la superficie casi uniforme de la roca. En cambio, en el tercio inferior de la composición se concentran los detalles: desde el templo que aparece justo debajo de la catarata hasta el personaje apenas visible en la esquina inferior derecha –que la página web del Museo Nacional de Taipéi identifica como un autorretrato del artista- que bordea el río acompañado por un grupo de mulas.

“Viajeros entre montañas y torrentes” no representa un lugar concreto de china, sino que es un paisaje idealizado, testamento de la magnificencia de la naturaleza y la insignificancia del ser humano comparado con ella.

"Viajeros entre montañas y torrentes" - detalles:




Guo Xi

Comienzos de primavera

Guo Xi (China, c.1020–1090)
c.1070
Tinta sobre seda, 158.3 x 108.1 cm.
Museo del Palacio Nacional, Pekín



Guo Xi es uno de los grandes nombres de la cultura de la dinastía Song. Nacido y criado en la provincia de Henan, Xi fue un hombre de formación extraordinaria, oficial de corte, un teórico de la pintura cuyo libro “El poderoso mensaje del bosque y los ríos” influiría en varias generaciones de pintores. Y ante todo fue un sobresaliente pintor, autor de obras como “Profundo Valle”, “Río de otoño” o la maravillosa “Comienzos de primavera” ilustrada aquí.

“Comienzos de primavera” es la quintaesencia de la pintura de la dinastía Song. Al contrario que el “Viajeros entre montañas y torrentes” de Fan Kuan (ver obra anterior), esta obra no impresiona por su potencia sino por la complejidad de su composición y su riqueza en detalles. Xi desarrolló una técnica innovadora, llamada “Perspectiva Flotante” o “Ángulo de la Totalidad”, con la que el artista consigue representar múltiples perspectivas dentro de una misma pintura. Esto es un avance excepcional que la pintura occidental tardaría muchos siglos en desarrollar.

Xi fue también un meticuloso dibujante, lo que se pone de manifiesto en la cuidada representación de los árboles y el templo situado sobre la pequeña cascada en la parte derecha de la tela. Aunque resultan difíciles de ver a primera vista, el paisaje está salpicado de figuras humanas, desde viajeros que se dirigen al templo hasta los pastores y pescadores de la parte inferior de la pintura.

"Otoño en el río del valle" es otro importante paisaje de Guo Xi:




Ma Yuan

Bailando y cantando

también llamado "campesinos volviendo del trabajo"
Ma Yuan (China, c.1160-1225)
c.1200
Tinta sobre seda, 192.5 × 111 cm.
Museo del Palacio Nacional, Pekín



Nativo de la ciudad conocida hoy como Hangzhou, Ma Yuan (c.1160-1225) no es tan solo el gran maestro de la pintura del periodo Song del Sur, sino que la calidad de su dibujo y lo variado de sus composiciones lo colocan en la cumbre de la pintura china de cualquier era.

Pintor de corte del Emperador Guangzong, Ma Yuan provenía de una familia de pintores desde finales del periodo Song del Norte, y por ello sus obras reúnen lo mejor de los dos periodos de la dinastía Song (Norte y Sur). La grandilocuencia de los grandes paisajes del periodo Song del norte está presente en sus representaciones de las altas y rocosas montañas, como en su “contemplando la luna” o en la obra ilustrada aquí. Pero además presta una atención a los detalles típica de las obras del periodo Song del sur, creando además obras de carácter intimista como “Pescador en un lago invernal” o la sensacional “Paseo por el sendero de una montaña en primavera”, escogida para las 50 obras maestras de la pintura según theartwolf.com.

“Bailando y cantando” continúa la tradición de los paisajes verticales de los maestros de la temprana dinastía Song, pero el estilo personal de Ma Yuan es evidente en los trazos firmes y precisos con los que se representan las siluetas de las montañas y, especialmente, la gruesa rama del árbol en la parte inferior de la composición. Aunque en esta obra Ma Yuan no ha recurrido a su característica “composición en esquina” (evidente en “Paseo por el sendero de una montaña en primavera”), el vacío también forma parte de la composición.

Otro excelente paisaje de Ma Yuan: "Paseo por el sendero de una montaña en primavera":




Lorenzetti

Alegoría del Buen y del Mal Gobierno

también llamado "Efectos del buen gobierno en el campo"
Ambrogio Lorenzetti (Italia, c.1290-1348)1338-1340
Frescos en el Palacio Público de Siena, Italia



Tras la caída del Imperio Romano, la pintura de paisaje no tuvo ninguna relevancia en el mundo occidental durante la Edad Media. Entre el siglo XIII y el XIV, el impulso naturalista del gran Giotto di Bondone (de quien se cuenta que se inició en el arte dibujando con tiza ovejas sobre las rocas) comienza poco a poco a introducir el paisaje en la pintura, como puede apreciarse en sus frescos de “La huída a Egipto” o “Joaquín entre los pastores”.

Ambrogio Lorenzetti es uno de los pintores más fascinantes del trecento, a pesar de lo cual su figura se ha visto un tanto oscurecida por “los cuatro grandes” pintores de su era: Cimabue, Giotto, Duccio y Simone Martini. Este último fue su maestro, y de él recoge su gusto por el detalle y dominio del color, heredados de los miniaturistas de la época, pero dotando a sus pinturas de una mayor naturalidad.

Los frescos que Ambrogio Lorenzetti pintó en el Palacio Público de Siena son una de las primeras obras maestras de la pintura europea. Son propagandísticas “alegorías del buen y del mal gobierno”, un homenaje a los güelfos, dispuestos de tal manera que el espectador observa primero los devastadores efectos de un mal gobierno en el campo y la ciudad, para luego aliviarse con el progreso y el bienestar que el buen gobierno les proporcionará. Curiosamente, los frescos “del mal gobierno” han resultado más dañados por el paso del tiempo que los “del buen gobierno”, lo que aumenta el contraste en la escena.

Aunque la obra todavía no presenta la técnica de la perspectiva (no desarrollada hasta un siglo después), en esta pintura existe un evidente esfuerzo por crear una sensación de profundidad, reduciendo el tamaño y los detalles de las figuras (humanas, arbóreas o arquitectónicas) mas “alejadas” del espectador.

Ambrogio Lorenzetti: "Alegoría del mal gobierno":





Tabriz

Secuestro de Zal por el Simurgh

también conocido como "El Simurgh llevando a Zal a su nido en el Monte Damavand"
Del álbum Sarai de Tabriz, escuela de Tabriz (Persia)c.1370
Miniatura, Museo del Palacio de Topkapi



Los orígenes de la miniatura persa son difíciles de establecer, pero la mayoría de los historiadores están de acuerdo en que su “edad de oro” se alcanzó entre los siglos XIII y XVI. Durante el Imperio Mongol, los dirigentes llevaron a Persia a artistas procedentes de China, introduciendo varios avances como la miniatura en formato vertical. De las mismas influencias surge la presencia habitual en las miniaturas de animales legendarios, como dragones o buraqs.

Esta potente miniatura es un buen ejemplo de todos estos avances. El simurgh, criatura mitológica con forma de ave gigante, lleva al legendario guerrero Zal a su nido en el Monte Damavand (el pico más alto del actual Irán). A pesar de los brillantes colores de la cola del simurgh, resulta difícil no separar la vista del paisaje. Es evidente que el artista ha primado la expresividad sobre la naturalidad, pese a lo cual los árboles del primer plano presentan una notable atención a los detalles.

A destacar que aunque el paisajismo nunca formó parte del repertorio principal de los miniaturistas persas, esta miniatura pertenece a un álbum que también contiene otros paisajes interesantes, como “Isfandiyar luchando con los lobos”.

"Isfandiyar luchando con los lobos", otra miniatura del mismo álbum:




Josetsu

Hombre cogiendo un pez-gato

Taikō Josetsu (Japón, c.1350-1423)
c.1413
Tinta sobre papel, 111.5 × 75.8 cm
Templo Myōshin-ji, Kyoto, Japón



A Taikō Josetsu se le considera habitualmente como el padre de la pintura japonesa. Inmigrante chino, llegó a Japón hacia 1370, e introdujo en el país el arte de los grandes pintores chinos de la era. Además, fue maestro de varios pintores japoneses de su tiempo, como Tenshō Shūbun.

“Hombre pescando un pez-gato” es la obra más famosa de Josetsu. La adorable pintura, declarada Tesoro Nacional en Japón- muestra a un hombre que se esfuerza en atrapar a un escurridizo pez-gato con una calabaza. La cómica escena fue encargada por el shogun Ashikaga Yoshimochi (1386-1428), aunque se ignora si su mensaje es meramente humorístico o por el contrario pretende inspirar alguna reflexión más profunda.

El paisaje fluvial muestra claramente la influencia de los grandes pintores chinos como Ma Yuan. Al igual que en la pintura china, los protagonistas del paisaje son las montañas y los torrentes. Aún más característico es el hecho de concentrar los detalles en una parte muy concreta de la pintura. La precisión y el detalle con los que Josetsu ha pintado los brotes de bambú o incluso los bordes del río contrastan con el toque inconcluso de las montañas del fondo de la composición, tapadas parcialmente por la niebla, como ocurre en los grandes paisajes de la Dinastía Song.

Detalle del paisaje fluvial:




Sesshu

Haboku-Sansui (paisaje con tinta rota)

Sesshū Tōyō (Japón, 1420-1506)
c.1495
Tinta sobre tela, 148.6 × 32.7 cm
Museo Nacional, Tokio



Sesshū Tōyō es uno de los grandes maestros de la pintura japonesa. Nacido en el seno de una importante familia de samuráis, fue educado para llegar a ser monje budista zen, lo que logró a los 11 años. Pero en lo que realmente destacó desde niño fue en la pintura, recibiendo clases de Tenshō Shūbun (quien había sido alumno del gran Taikō Josetsu). Además, viajó durante dos años a China, donde entró en contacto con los grandes paisajistas chinos de su época.

Su popularidad, aún en vida, fue enorme, y multitud de sus discípulos usaron firmaron sus propias obras con el nombre de Sesshū, lo que dificulta la atribución de algunas obras. No obstante, se han confirmado como auténticas del maestro seis pinturas (todas ellas declaradas Tesoro Nacional en Japón), siendo la más famosa de ellas el Sansui chōkan (Rollo del largo paisaje), un colosal rollo de unos 15 metros de largo, que muestra un paisaje durante las 4 estaciones del año.

Pero quizás la obra más audaz de las que se atribuyen con certeza a Sesshū Tōyō sea el rollo vertical conocido como “Haboku-Sansui”. Este paisaje está pintado con la técnica conocida como “tinta rota” o “tinta derramada”, un método que permite crear obras de gran libertad y espontaneidad, así como un muy notable grado de abstracción de las formas. Con su magistral uso de la tinta, de la que “Haboku-Sansui” es un sensacional ejemplo, Sesshū logra crear un estilo pictórico propiamente japonés que sería continuado por los pintores nipones durante los siglos siguientes.

"Vista de Ama-no-Hashidate", una de las obras más famosas de Sesshu Tōyō, una vista aérea de un paisaje concreto:




Shen Zhou

Alta Montaña

Shen Zhou (China, 1427-1509)
c.1480
Tinta sobre seda, 193.8 x 98.1 cm.
Museo Nacional, Taipei (Taiwan)



Tras los logros alcanzados por los artistas de la dinastía Song, los artistas de la dinastía Ming continuaron el avance de la pintura china, refinando la técnica y mejorando el colorido. Entre ellos destacaron los llamados “cuatro maestros de la dinastía Ming”: Shen Zhou (1427-1509), Tang Yin (1470-1524), Wen Zhengming (1470–1559) y Qiu Ying (c. 1495-1552).

El primero de ellos, y posiblemente el más importante, fue Shen Zhou, fundador de la llamada “Escuela Wu”. Esta “escuela” apostaba por un estilo más libre, frente a la llamada “Escuela Zhe”, que pretendía recuperar el estilo de la dinastía Song del Sur.

Sin embargo, a pesar de este componente “revolucionario”, Shen Zhou conocía y admiraba las obras de los grandes artistas de la dinastía Song, y sus obras más famosas, como “Poeta en lo alto de una montaña” o “Alta montaña” muestran claras influencias de éstos, en especial de Ma Yuan.

A pesar de su gran tamaño (casi dos metros de alto), “Alta montaña” destaca por su meticulosidad y la riqueza de su colorido. La precisión en el dibujo de los árboles y el pequeño (y aparentemente peligroso) puente que cruza el río es notable. Como en otras obras del artista, la pintura va acompañada por un breve poema y una lista de los sucesivos propietarios de la obra.

"Poeta en lo alto de una montaña", otra importante obra de Shen Zhou:




Durero

Vista de Arco

Alberto Durero (Alemania, 1471-1528)
1495
Acuarela sobre papel, 22.1- 22.1 cm.
Paris, Museo del Louvre.



Cuando se habla de los pioneros de la pintura de paisajes en occidente, suelen aparecer de forma inevitable los nombres de Joachim Patinir y Albrecht Altdorfer, olvidando que, años antes, el gran Alberto Durero ya había creado paisajes de una calidad extraordinaria. ¿A que se debe este “olvido”? La explicación más lógica podría ser que la técnica de la acuarela, con la que Durero creó sus paisajes, ha sido siempre un poco menospreciada en comparación con el óleo. Otra posible explicación es que el propio Durero parece menospreciar el género del paisaje al no firmar sus extraordinarias acuarelas de paisajes. Y por último debemos tener el cuenta que el gran Durero, el Leonardo del Norte, nos dejó un legado artístico tan completo y extraordinario que calificarlo como “paisajista” sería hacer mención a tan solo una muy pequeña parte de su contribución a la pintura europea.

Como gran genio del Renacimiento, Durero se sentía atraído por la naturaleza que le rodeaba. Este interés lo llevó a estudiar con detenimiento y dibujar con increíble precisión figuras de animales (como “La joven liebre”, pintada en 1502) y plantas (“Gran mata de hierba”, 1503). Además, se conservan varias acuarelas realizadas en su regreso de su viaje a Italia en 1494-95 cuyo único tema es el paisaje. Entre estas, la más famosa es “Vista de Arco”.

“Vista de Arco” es una representación muy precisa de la localidad de Arco, en el norte de Italia. Durero ha usado una iluminación uniforme, sin ningún efecto atmosférico, centrando todos sus esfuerzos en la representación de la montaña, la naturaleza y la arquitectura. A pesar de su pequeño tamaño, la acuarela posee una cierta monumentalidad.

Al igual que otras acuarelas de Durero, como su “Estanque en el bosque” (1496) o su “Vista de Kalchreut” (1511), “Vista de Arco” es una obra adelantada a su tiempo, paisajes puros y libres que parecen anticipar las obras de los grandes paisajistas de los siglos XIX y XX.

"Estanque en el bosque", es otro sensacional paisaje de Durero (British Museum, London):




Patinir

El paso de la laguna Estigia

también llamado "Caronte cruzando la laguna Estigia"
Joachim Patinir (Flamenco, c.1484-1520)
c.1520
óleo sobre tabla, 64x103 cm.
Museo del Prado, Madrid



A menudo se considera a Patinir como el primer paisajista de la historia del arte, aunque en todo caso debería precisarse “de la historia del arte occidental”, por respeto a los grandes paisajistas chinos de la dinastía Song. Además, debemos tener en cuenta que los paisajes de Patinir son en realidad obras de temática religiosa, aunque la calidad de los paisajes sea tal que lleve al observador a ignorar cualquier otro género presente en la pintura. En cualquier caso, sus paisajes –que ya durante su tiempo despertaron la admiración del gran Alberto Durero- influyeron en gran medida en los grandes paisajistas flamencos y holandeses del siglo siguiente.

“El paso de la laguna Estigia” es la más famosa y original obra de Patinir. Representa un tema clásico de la Eneida (Virgilio) y el Inferno (Dante), en el que Caronte (figura central de la pintura) transporta un alma humana que debe decidir entre el cielo y el infierno.

Aunque la obra se desarrolla en un solo panel, la pintura presenta una composición “tríptica” que muestra paralelismos con el famosísimo “Tríptico del Jardín de las Delicias” de El Bosco, obra que sin duda Patinir conocía. Al igual que en la obra de El Bosco, el observador puede contemplar el paisaje del Edén en la parte izquierda (incluyendo la fuente del Paraíso) y el terrible aspecto del infierno en la parte derecha, al que se accede por una puerta custodiada por Cerbero, el perro de las tres cabezas.

A pesar de su gran tamaño, la obra es rica en detalles. El Paraíso está poblado por cisnes, pavos reales, ciervos y figuras de ángeles, uno de los cuales intenta llamar la atención del alma que viaja en la barca. El Infierno, por su parte, está lleno de grotescas criaturas al estilo de las obras de El Bosco. El uso del color es típico de las obras de la época, pasando de los tonos verdes a los azulados a medida que el paisaje se “aleja” del observador.

"El paso de la laguna Estigia" comparada con el “Tríptico del Jardín de las Delicias”:




Altdorfer

Paisaje del Danubio cerca de Ratisbona

Albrecht Altdorfer (Alemania, c.1480-1538)
c. 1522–25
óleo sobre tabla, 30x22 cm.
Alte Pinakothek, Munich



Máximo representante de la Escuela del Danubio, Altdorfer es uno de los primeros artistas en la historia de la pintura europea en representar el paisaje puro. Hemos visto en la obra anterior de Joachim Patinir como el paisaje era el fondo –con un protagonismo casi absoluto, pero fondo al fin y al cabo- de una obra de temática religiosa. En esta obra de Altdorfer –o en su más antiguo “Paisaje con Puente” de la Galería Nacional de Londres- el paisaje es el único motivo y protagonista de la pintura.

Se trata de una obra de pequeño formato, pintada con una notable atención a los detalles. Colocando dos árboles en los laterales de la pintura, Altdorfer emplea un doble repoussoir para dirigir la vista del espectador hacia el fondo de la composición, donde un camino serpenteante se dirige hacia el Castillo de Wörth. Sin embargo, en la pintura no aparece ninguna figura humana, aumentando la “pureza” del paisaje.

Aunque el paisaje representa un lugar concreto (las inmediaciones del Castillo de Wörth), es bastante posible que Altdorfer haya añadido toques “románticos” para aumentar la belleza de la escena.

"Paisaje con Puente", de Albrecht Altdorfer:




Bruegel

Los cazadores en la nieve

Pieter Bruegel el Viejo (Flamenco, c.1525-1569)
c. 1565
óleo sobre tabla, 117x162 cm.
Museo de Historia del Arte de Viena



Fundador de una importante familia de pintores, Pieter Bruegel “el Viejo” es uno de los primeros maestros de la pintura flamenca, un talento a menudo comparado con el de El Bosco, aunque la paranoia moralizante de éste último se ve sustituida por una irónica crítica social y un no disimulado amor por la vida campesina. Al igual que Patinir, no es un paisajista puro, en el sentido que sus paisajes siempre son un fondo para desarrollar una obra de temática popular o religiosa. Sus paisajes más importantes son los que aparecen en una serie de seis pinturas que representan diferentes épocas del año, de la cual “Los cazadores en la nieve” es la obra más conocida.

Esta pintura es uno de los primeros paisajes invernales de la historia de la pintura occidental. La obra capta el momento en el que tres cazadores, acompañados por sus perros, regresan a su pueblo tras una expedición de caza. Bruegel ha situado al observador en una posición muy cercana a la de los agotados cazadores, cuya visión del paisaje sería muy similar a la nuestra.

La composición es un complejo juego de líneas diagonales y horizontales. En primer plano predominan las líneas diagonales, destacando la diagonal principal, marcada por la base de los árboles y las figuras de los expedicionarios, que continúa hasta el fondo de la composición. El contrapunto lo pone otra diagonal casi perpendicular a ésta, que parte de la esquina inferior derecha hasta las casas del extremo izquierdo de la pintura. Sin embargo, en el fondo de la pintura destacan las líneas horizontales de los canales helados, otorgándole al paisaje una gélida placidez.

El blanco de la nieve domina la escena, sobre el cual las oscuras figuras destacan sobremanera, sensación incrementada por la ausencia total de sombras. “Los cazadores en la nieve” es una obra maestra absoluta que influiría en pintores posteriores como Hendrick Avercamp.

Detalle del paisaje de fondo:




Tohaku

Pinos (Shorin-zu-byobu)

Hasegawa Tohaku (Japón, 1539-1610)
c.1580
Tinta sobre papel, díptico, cada panel 156.8 × 356 cm.
Museo Nacional, Tokio



Hasegawa Tohaku es uno de los grandes nombres de la pintura japonesa de todos los tiempos y el más importante pintor del país durante el período Azuchi-Momoyama, junto con Kanō Eitoku, con quien mantuvo una importante rivalidad artística. Fue el fundador de la llamada Escuela Hasegawa de pintura, que mantuvo su importancia durante más de dos siglos.

El díptico de los pinos (Shorin-zu-byobu) es la obra más famosa de Tohaku, y una de las pinturas japonesas más conocidas dentro y fuera de Japón, donde han sido declaradas Tesoro Nacional. La influencia de Sesshū Tōyō y su uso libre de la tinta es evidente en este díptico, considerada una de las primeras pinturas de la historia que representan únicamente árboles como protagonistas absolutos de la composición. Tan solo en un extremo del panel de la izquierda parece asomar débilmente la cumbre de una montaña.

Aunque la obra es bella ya a primera vista, para apreciarla en su totalidad deberíamos comprender el concepto japonés del Ma, palabra sin equivalente en los idiomas occidentales, que hace referencia al espacio vacío o el espacio negativo. En palabras del filósofo taoísta Lao Tse, “Los muros y las puertas dan forma a una casa, pero el espacio dentro de ellos es la esencia de la casa”. En el Shorin-zu-byobu, las siluetas de los pinos dan forma al paisaje. El vacío es el paisaje.

Shorin-zu-byobu - panel derecho:




El Greco

Vista de Toledo

El Greco (Domenikos Theotokopoulos, Grecia, 1541-1614)
c.1604-14
óleo sobre lienzo, 121.3 cm × 108.6 cm.
Museo Metropolitano, Nueva York



El arte de Domenikos Theotokopoulos, El Greco, uno de los más originales pintores de cualquier era, se ha intentado encuadrar dentro del manierismo y el barroco, con tan poco éxito como su catalogación como pintor de la escuela griega, española o incluso italiana. En realidad, es un artista único, que maneja su propio lenguaje pictórico, un talento que solo sería comprendido con la llegada de las vanguardias del siglo XX.

Aunque es conocido principalmente por sus escenas religiosas (“El Expolio”, “El entierro del Conde de Orgaz”), fue un pintor versátil que creó inolvidables retratos (“El caballero de la mano en el pecho”), escenas mitológicas (“El Lacoonte”) y pinturas difícilmente clasificables (“Fábula”). Y entre todas estas obras también pintó uno de los mejores paisajes de la historia de la pintura, la “Vista de Toledo” que se expone en el Museo Metropolitano de Nueva York.

Ésta es una de las dos representaciones de la ciudad de Toledo pintadas por el artista (la otra, “Vista y Plano de Toledo” en el Museo de El Greco, no incluye paisaje natural). El Greco ha escogido un punto de vista muy alejado de la ciudad, cuyo núcleo no ocupa el centro de la pintura, sino que se ha desplazado hacia la derecha. Esto permite al artista recrearse en la representación del paisaje natural de los alrededores del Río Tajo. Los verdes de la vegetación dominan la parte inferior de la pintura, creando un fuerte contraste con los azules oscuros del cielo.

Oscureciendo los colores de las nubes en las zonas más próximas a la ciudad, El Greco logra destacar la impresionante arquitectura de Toledo, que presenta una atmósfera fantasmagórica que la relaciona con las obras expresionistas de George Grosz o Ludwig Meidner y con los delirantes decorados de “El Gabinete del Doctor Caligari”.

Detalle de la pintura:




Claudio

Amanecer

Claudio de Lorena (Claude Gellée, Claude Lorrain, Francia, 1600-1682)
1646-47
Óleo sobre lienzo, 102.9x134 cm.
Museo Metropolitano, Nueva York



Francés de nacimiento e italiano de formación, Claudio de Lorena es uno de los grandes paisajistas del barroco, cuyo estilo inspiró –directa o indirectamente- a otros grandes paisajistas posteriores, como los holandeses Van Goyen o Van Ruysdael, los franceses Corot o Rousseau, los ingleses Turner y Constable o incluso a los primeros pintores de la Escuela del Río Hudson en América.

Los paisajes de Claudio son paisajes clásicos, visiones idealizadas de un pasado perdido, evocadoras loas a una perfecta Antigüedad. Sus obras no buscan la representación precisa de un lugar concreto, sino manifestar la belleza de la naturaleza y la grandiosidad del mundo antiguo. En sus obras es habitual la presencia de figuras humanas, pero, al igual que ocurría en las obras de Patinir, éstas son insignificantes comparadas con su entorno natural.

El “Amanecer” del Museo Metropolitano de Nueva York es un buen ejemplo de todo esto. La pintura se desarrolla en tres planos principales. En el primer plano, tres personajes cruzan un río acompañados por varios animales. En segundo plano contemplamos, escondido entre la vegetación, la silueta de un castillo. Y en el fondo aparece un paisaje indefinido, iluminado por la luz del amanecer. El conjunto de la escena transmite una clásica placidez.

Detalle de la pintura:




Mogol

Preparativos para una caza

Autor desconocido (Mogol, India)
c.1680
Acuarela sobre papel, 16.8 x 27.9 cm.
Museo Metropolitano, Nueva York



La pintura mogol (desarrollada entre los siglos XVI y XIX) representa uno de los capítulos más interesantes dentro del arte hindú. La invasión de los líderes mongoles modificó el estilo de las pinturas, aumentando el realismo en la representación de la vegetación y los animales.

Las escenas de cacerías reales son relativamente comunes en el repertorio de la pintura Mogol, pero pocas miniaturas muestran un paisaje tan elaborado como en este ejemplo del Museo Metropolitano de Nueva York. El artista no ha incluido ningún retrato oficial del monarca, convirtiendo al paisaje en el gran protagonista de esta exquisita miniatura.

La situación muy elevada de la línea del horizonte permite una muy detallada representación del terreno, en el que predominan los tonos ocres, sobre los que destacan los verdes de la vegetación. Los animales y los cazadores, camuflados tras pantallas vegetales, se muestran como figuras estáticas, como formando parte del paisaje natural.

Detalle de la pintura:




Van Ruysdael

Vista de Haarlem con campos de blanqueo

Jacob Van Ruysdael (o Jacob van Ruisdael, Holanda, c.1628-1682)
c.1665-75
óleo sobre lienzo, 62,2 x 55,2 cm
Kunsthaus, Zurich



Jacob Isaackszoon van Ruisdael, una figura clave en una época de grandes paisajistas, estuvo en contacto con el paisajismo desde la cuna, ya que tanto su padre Isaak como su tío Salomon eran respetados pintores de paisajes. A pesar de ello, sus obras fueron poco apreciadas en su época, aunque hoy en día se le considera el más grande paisajista holandés de su tiempo junto a Meindert Hobbema, de quien fue testigo de boda.

La industria del blanqueo de telas era una de las fuentes de riquezas de la ciudad de Haarlem durante la época que vivió el pintor. Para esta tarea era necesaria una gran cantidad de agua, por lo que los humedales de los alrededores de la ciudad eran un lugar idóneo. Estos campos de blanqueo se muestran en primer plano en esta pintura, mientras que la ciudad de Haarlem, en la que destaca la enorme figura de la Grote Kerk, se muestra en el fondo de la composición.

Esta pintura podría emplearse para definir el paisajismo holandés del siglo XVII. La línea del horizonte excepcionalmente baja (estrategia similar a la empleada por Vermeer en su famosa “Vista de Delft”) permite al pintor recrearse en la representación de las nubes. Esta presencia de nubes alternándose con zonas de claro explica la cambiante iluminación del terreno. Una de las zonas de máxima iluminación coincide con los campos donde se extienden los lienzos de un blanco casi puro. Se han buscado varias interpretaciones místicas o religiosas, pero ninguna está firmemente apoyado por la evidencia.

En el Rijksmuseum de Ámsterdam se conserva otra pintura del mismo tema, de menor tamaño y sin mostrar el estanque de la parte izquierda. Otra pintura de temática similar se expone en el Museo Thyssen de Madrid.

Otra versión de la pintura en el Rijksmuseum:




Hobbema

La Avenida de Middelharnis

Meindert Hobbema (Holanda, 1638-1709)
1689
Óleo sobre lienzo, 104 × 141 cm
National Gallery, Londres



Hobbema es el último de los grandes paisajistas del siglo de oro holandés, y junto con Jacob van Ruisdael –de quien fue probablemente alumno- es probablemente el mejor de todos ellos. Las comparaciones entre estos dos pintores son comunes. Van Ruisdael es más versátil y atrevido. Hobbema, más calmado y preciso. Su estudio del paisaje holandés y de sus elementos característicos (molinos, casas rurales) recuerda al paisajismo inglés de John Constable.

Cuando se hallaba en su plenitud artística, Hobbema consiguió un bien pagado empleo como aforador de vinos, por lo que su producción pictórica se redujo considerablemente. “La Avenida de Middelharnis” es por ello una de las últimas obras del artista, y sin duda una de las más originales.

En el cuadro se muestra la aldea costera de Middelharnis, en el oeste de Holanda. Como en otras obras de este periodo de la pintura holandesa, el artista ha optado por situar la línea del horizonte en una posición muy baja, destacando la horizontalidad del paisaje holandés y cuidando la representación del cielo, aunque por desgracia esta pintura ha sufrido restauraciones desafortunadas que impiden apreciar el aspecto original del cielo.

La potente perspectiva central marcada por los árboles y la propia avenida domina la pintura. La originalidad de la composición parece presagiar los grandes paisajes impresionistas de Sisley y Pissarro.

Detalle de la esquina inferior izquierda de la pintura:




Jeong Seon

Geumgang jeondo

Vista del Monte Geumgansan / Las Montañas de Diamante
Jeong Seon (Corea, 1676–1759)
1734
Tinta y colores sobre papel, 130.7 cm × 94.1 cm
Museo de Arte Ho-Am, Yongin



Hasta la llegada de Jeong Seon, la pintura coreana estaba profundamente influenciada por la china. Pintor de orígenes humildes, Jeong Seon acostumbraba a pintar los paisajes de la zona donde trabajaba, y desarrolló una pintura propiamente coreana. Por todo ello, hoy en día se suele decir que con la figura de Jeong Seon se inicia la edad de oro de la pintura coreana.

Pintor muy prolífico, el escenario favorito de sus pinturas fue el Monte Geumgangsan (Kŭmgangsan, traducido como “Montaña de Diamante”) en lo que hoy en día es Corea del Norte. Esta pintura del Museo de Arte Ho-Am es la más conocida de todas ellas. Jeong Seon representa con minuciosidad los picos de granito y diorita de la montaña, creando una “montaña de montañas” de imponente presencia.

Esta obra es quizás la pintura más famosa de Corea, y fue clasificada como el 217º Tesoro Nacional del país.

Paisaje del Geumgangsan, Corea:




Gainsborough

El Señor y la Señora Andrews

Thomas Gainsborough (Inglés, 1727-1788)
1749
Óleo sobre lienzo, 69,8 cm × 119,4 cm
Galería Nacional, Londres



“Pinto retratos porque me pagan por ello, pinto paisajes porque me gusta hacerlo”
Thomas Gainsborough

Thomas Gainsborough, el mejor pintor inglés del siglo XVIII, pasó toda su vida dividido entre los paisajes y los retratos. Los primeros llenaban su alma, pero sólo los segundos llenaban sus bolsillos. Para solucionar tal disyuntiva recurrió en muchas ocasiones al retrato al aire libre, con los que conseguía dedicar gran parte de sus esfuerzos al paisaje asegurándose su fama entre los clientes de las clases altas.

“El señor y la señora Andrews”, pintado cuando el artista tenía apenas 22 años, es la primera obra maestra del artista. Gainsborough nos presenta a una acaudalada y joven pareja de Suffolk posando bajo un poderoso roble, acompañados por su perro de caza. Las figuras de los jóvenes esposos no ocupan el centro de la composición, sino que han sido desplazados hacia la izquierda, permitiendo al artista centrarse en la representación del paisaje.

El título de la obra dice que la pintura es un doble retrato. Cierto. Pero también podría titularse “Paisaje de Suffolk con dos personajes”. Quizás incluso “Paisaje de Suffolk con dos personajes superfluos”. Se dice que Gainsborough, a pesar de ser el pintor favorito de la aristocracia, no sentía ninguna simpatía hacia ellos, y esta pintura parece demostrarlo. La riqueza del vestido de la mujer, la pose deportiva del caballero no son comparables con el amor que Gainsborough demuestra hacia el paisaje de la campiña inglesa, sus campos de heno, su cambiante cielo de verano. Son los paisajes de Gainsborough, y no sus retratos, los que, en palabras del gran pintor John Constable, “hacen brotar lágrimas de emoción de nuestros ojos al contemplarlos”.

Detalle del paisaje de fondo:




La segunda parte con las obras 26 a la 50:














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