InicioArteLa orgía de la comida - 2do Relato Propio

Hola gente de T!. Este es mi segundo post; un relato metafórico que habla sobre los excesos, la hipocresía social, las locuras que pueden aparecer en una simple cena navideña.
Me inspiré mucho en las conversaciones de mucha gente y también mi mala costumbre; a veces me digo: "me morfe todo, estoy a punto de reventar, ¿Por que comi tanto?"
¿No les suele pasar a veces? Digo, ¿despues del asadito del domingo o los ravioles de la abuela?
Que lo disfruten y acepto OPINIONES y SUGERENCIAS, no criticas 0 constructivas.




La orgía de la comida
Nieve afuera, regocijante calor adentro.
Visitas, comida y felicidad.
Se acerca navidad –sólo un par de horas- para revivir el espíritu de flamante alegría del nacimiento de Jesús y por qué no, de pasada, reunirnos todos en familia y celebrar.
¡Qué alegría! ¡Qué emoción!
La noche nos acompaña y el manjar de mamá empieza a tomar forma en esa olla plateada, su humo bailarín asciende hasta el techo. Aunque sigo deleitándome con su aroma, recuerdo que navidades pasadas la comida no era tan abundante como ahora; más vegetales, restos de carne, masas se acomodan torpemente en el mesón. ¿Por qué mamá no advierte este cambio? Mejor no le pregunto, no quiero arruinar su momento.
En la cocina, papá acomoda los platos, servilletas, cubiertos para la gran velada a venir. Un momento… ¿En realidad hay 8 platos? Debí contar mal. …6, 7, ¡8! ¿Habrá más gente aquí? Voy a preguntar.
“Papá ha trabajado muy duro estos días, hijo, y por ello, la gente da un reconocimiento. No te asustes, son buenas personas, dignos de sentarse con nosotros”
Papá intenta convencerme, pero no soy ingenuo. Sé que hay algo más.
“Son buenas personas…”
¿Sería posible? El año pasado-en realidad todos los años- siempre hemos sido 3: mamá, papá y yo. Supongo que más gente no molestará, es un buen año para variar. “Cuanto más, mejor”
“Dignos de sentarse con nosotros…”
¡Riiing!
El timbre con su estridente chillido nos sobresalta.
Yo permanezco en un rincón, como escondido, en la oscuridad. Sea quien sea tendrá que verme más tarde, aún no estoy preparado. “¡Voy!” avisó papá. Mamá sigue absorta en su labor, sin consentir; cuando cocina, entrega su vida. Ese aroma…
La puerta se abre lentamente y la entrada se está oscureciendo, ese maldito foco nunca alumbró muy bien… ¡Dios mío! ¡¿Qué es eso?! ¡Papá, aléjate, es enorme!
-Señor González, qué bueno verlo, adelante…está helando, ¿no?
-Gracias, Winston. Por fin conozco tu casa… ¡Eh! ¿Quién es el pequeñín de ahí?
¡Demonios! Me ha visto. Debo moverme antes que…
-¿Por qué no saludas al señor, amor?
Mamá me atrapó con sus delicados brazos antes de poder escapar. ¿Por qué, mamá? ¿No ves que no quiero que esa cosa se me acerque?
El ogro entró como si fuera su casa. Colgó su abrigo de piel en la silla cercana, le dio una palmada en el hombro a papá y con falsa delicadeza, también a mamá. Era enorme, usaba anteojos de raras medidas y una cadena de oro (lo conozco por la abuela; “Si algo brilla, se puede tocar y quizás cuelgue de un hombre gordo, seguro es oro. No lo olvides.”)
Pero la escena recién empezaba. Mamá extendió mi brazo hacia la mano de ese tipo, como si yo fuera un juguete. Detrás de él, una señora de facciones amargas y saco ridículamente elegante se sonreía mientras entraba a casa. “Nuestra casa”
-¡Señora Clive! Un placer conocerla, mi marido me ha dicho que su casa estaba lejos, pero…-Clavó su mirada en el humo que revoloteaba en la cocina-seguro que valió la pena. Al fin nos conocemos. Me han dicho que es buena cocinera…
Hablaba como dando un discurso. No le creí una sola palabra. Y su saco no acompañaba a su rostro; era rosado, ondulante, lleno de vitalidad, el segundo, carecía de ello.
Se dirigieron a la mesa, y mientras parloteaban, se sentaron. Papá los seguía en su conversación pero lo noté incómodo, sólo un poquito. ¿Bajo presión, quizás? Al manjar le faltaban unos minutos, incesante humo bailarín, y mamá ahí, controlando.
¡Riiing!
¿Otra vez? ¿Acaso hay más gente? Pensé que era buena idea estar acompañados, pero se está yendo de los límites. Sería un caos; “Pásame eso; como les iba diciendo… ¡Hey, tú! ¿Qué estás mirando?; Déjame hablar…
Esta vez mamá será la receptora; dejó su delantal de flores y entre saltitos presurosos abre la puerta de nogal.
-¡María! ¡Tanto tiempo!
Mamá esboza una enorme sonrisa, de oreja a oreja. Me gusta verla así…y esa voz me resulta familiar ¿dónde la habré escuchado?
-Adelante Jud, ¡qué alegría verte!
¿Jud? Jud es…Mi tío. ¡Qué bueno! Iré a saludarlo; él si merece mi tiempo.
Corrí unos metros y ahí estaba, envuelto en su chalet azul. Su pelo se había tornado grisáceo y adelgazó notablemente, apenas pudo sostenerme en sus débiles brazos. Aunque envejeció, su buena costumbre y su humor no cambiaron para nada. Qué alivio comprobarlo.
Se adentró hacia el círculo de gente y se mezcló en la habladuría de los poderosos. Papá de por medio, trataba de esforzarse para crear un ambiente ameno; lo lograba pero parecía que no estaba – o no lo dejaban- involucrarse en él. “Desperdicias tu tiempo, pá. Vinieron a tu casa y parece que tú estás en la de ellos; incómodo, inseguro, vacilante. Y no es común verte así”
Los minutos pasan y el reloj parece hacerme una mueca divertida. En la sala se originó un conjunto de voces que reían, se entremezclaban entre ellas y volvían a silenciarse.
Y no se había acabado aún…
Faltaba más.
Un tercer timbrazo.
Ahora sí que estoy intrigado. Ya no sé qué esperar detrás de esa puerta.
Un señor y una señora se asoman por el umbral de la puerta, sombrío. No reconozco sus rostros pero debo ir a saludar, obligado menos con Jud, como hice con las demás visitas. ¿O extraños? El hombre llevaba una corbata, camisa elegante y sus movimientos vivaces lo dotaban de una jovialidad reluciente. La mujer le hacía competencia, era bonita y sus ojos relampagueantes parecían despreciar a ese foco en su intento de iluminar.
Quedé estupefacto ante tal pareja. Y no me molesté en disimularlo, quería que lo sepan. Pero parecía que mamá no estaba de acuerdo.
-¿En qué piensas, querido? ¿Qué observas? Mejor me ayudas con la mesa –hizo un ademán para que la siga hacia la reunión- ¿Podrías colocar los vasos restantes, amor? Yo debo terminar esta salsa. La que te gusta.
Me dio un beso en la mejilla.
Termine la tarea de los vasos (ahora vacíos, espero que no se llenen) y este círculo chillón de cabezas y cuerpos deformes no parece advertir mi presencia. ¿En qué se concentran tanto? ¿Qué es tan importante para hablar en una noche como hoy?
“Noche de paz, noche de amor…todos aquí”
“Navidad, dulce, dulce navidad”
¿Por esto estuve esperando? Pero no quiero precipitarme y mucho menos, enojarme. Disgustaría a mamá. Seguro que mejorará.
Tiene que mejorar…
¡Lo sabía! Siempre supe que me divertiría hoy.
Se está sirviendo la cena; ¡Por fin!
La espera realmente valió la pena, má.
Una suculenta salsa roja baña los spaghettis que se vuelcan en cada plato de porcelana. El humo que se eleva está más danzante que antes y se esparce por todo el salón. La mesa es para el elogio; 3 botellas de vino tinto de buen pasar están bien apostadas en cada rincón de la mesa, 4 velas envueltas en rojo y blanco se posicionaron para contemplarse, y alguien ha puesto los mejores utensilios que tiene la casa; cuchillos y tenedores de plata; vasos de vidrio artesanales y servilletas con hilillos de oro. Si bien recuerdo es lo que la abuela había dejado antes de partir…
Después de servir hasta el último plato, mamá se dispone a acompañarnos sentándose al lado del hombre gordo, desagradable presencia. Papá destapa las botellas sucesivamente e invita a beber con tímida sonrisa. Yo estoy centrado en la esquina de la mesa, observando tales personajes. Todo va bien. Por ahora.
Mientras conversan, una suave neblina (apetecible) se entromete entre sus ojos mientras se dirigen la palabra, miradas, guiños, sugerencias. Me pregunto si alguno se acuerda que hoy es Navidad, el nacimiento de Jesús…al fin y al cabo ése es el motivo de esta reunión, ¿no?
¿No?
Inadvertidamente, el reloj burló mi vigilancia y sus agujas se acercaron a medianoche.
Puedo decir que el clima ya no es el mismo.
Y tengo miedo…
Papá se durmió con los brazos cruzados, es cómico, se parece a mí cuando estoy enojado, salvo que esta vez no reacciona.
El ogro tiene los ojos rojos y de sus labios rosados cuelga un cigarro un tanto extraño; no se parece a los que consume papá. Se asemeja a un habano pero no es… ¿Qué será? La mujer de esta bestia ríe histéricamente, su risa es un chirrido molesto y agudo. Mamá lava los platos con ojos tristes y su piel empalideció.
La pareja reluciente extrañamente perdió su brillo y el tío Jud se vulgarizó junto a ellos, con un juego en el que gritaban balbuceando. Todo esto después de medianoche ¡es Navidad! ¿Acaso nadie se acuerda? ¿Están locos?
¿Por qué ese trío se ríe de cualquier cosa? Dicen fatalidades y aún se descosen de risa. Y a mí no me produce ni una sonrisa.
Se fue de las manos pero no a la manera en que temía en un principio…
Las 3 botellas perdieron su esplendor que emanaban, al igual que los cubiertos. Se encuentran dispersos en la mesa, algunos en el suelo, otros sucios y mal repartidos. Una de las botellas rueda en el suelo.
Los platos en completo desorden se ubican rodeando a la visita. Ellos eructan y se consumen en su propia lujuria.
El mantel está manchado desagradablemente, dividido; una parte yace en el suelo y otra sobre el codo de papá. El inocente humo que se desprendía de la delicia de mamá ahora se tornó negro azulado, de un aroma nada agradable que daba náuseas. Al gordo le agrada pues también ríe con un sonido; ahora llevaba su barriga al descubierto, su cinturón de cuero desabrochado mirando hacia ningún lado… Esa cara desagradable llevaba maldad también...
Parece la habitación de uno de los drogadictos que pasa el noticiero; oscuro, hostil, frío, dejado de todo rastro de emoción. ¿En qué se ha convertido esto?
Después de terminar su cigarro, el poderoso intentó levantarse de su silla, torpemente, tambaleante. Se dirigió con pasos sin gracia hacia el mesón, donde mamá se hallaba, secando los últimos trastes.
Lo seguí. No podía verlo bien y sabía que algo tramaba…algo malo. Podía saberlo por sus ojos.
Se acercó a mamá, por atrás y la sujetó, como dando un abrazo invertido.
Extraño.
Mamá reaccionó y masculló algo que no se oyó con claridad. El gordo empezó a recuperar sus energías. ¿Qué estaba haciendo? Quería dar amor, lo cual me sorprendió, pero lo que siguió a continuación fue un show atroz, cruel, incomprensible.
Empezó a desabrocharse los pantalones, y se aferró a mamá como un cazador que no quiere dejar huir a su presa. Ella lanzaba unos alaridos terribles, a mi me daban escalofríos y entre sollozos y gemidos pedía a gritos ayuda.
¿Por qué, mamá? ¿Por qué él está haciéndote daño? No logro entender…
Fui corriendo a mi cuarto y me encerré. Me oculté bajo las frías sábanas de la cama.
Ya no quería presenciar esa “fiesta”.
Ahora era espantoso.
Sentí una leve molestia en mi vientre…
Debe ser la comida. Ahora que lo pienso, también puede que los haya afectado a ellos también…
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