InicioArteEgipto y las piramides (relato e imagenes)

Egipto y las piramides (relato e imagenes)

ArteFecha desconocida



La primera sensación extraña sobre Egipto la experimenté mientras viajaba del Cairo a las Pirámides.

En el puente que atraviesa el Nilo me sentí presa de una extraña y casi terrible sensación de expectación. Algo cambiaba en mi derredor. En el aire, en los colores, en las líneas había algo de mágico que no alcanzaba yo a comprender.

El Cairo árabe y el europeo desaparecieron rápidamente, y en su lugar, en todo lo que me rodeaba, sentí el Egipto que me envolvía.

Sentí a Egipto en el aire que soplaba suavemente desde el Nilo, en los grandes botes con sus velas triangulares, en los grupos de pahuas, en los maravillosos tintes rosa de las rocas de Mokattam, en las siluetas de los camellos que atravesaban los caminos lejanos, en las figuras de las mujeres vestidas con largas túnicas negras con haces de varas sobre sus cabezas.



Y sentía yo a este Egipto como algo extraordinariamente real, como si fuera yo transportado súbitamente a otro mundo, que para sorpresa mía parecía serme muy conocido. Al mismo tiempo me daba yo cuenta de que este otro mundo era el pasado lejano. Pero aquí dejaba de ser pasado, estaba en todo, me rodeaba, se convertía en presente. Esta era una sensación poderosa y extrañamente definida.

La sensación me sorprendió aun más porque Egipto nunca me había llamado la atención particularmente; los libros y las antigüedades egipcias de los museos no lo hacían aparecer como muy interesante y aun lo hacían aparecer como tedioso. Pero aquí sentí de repente algo extraordinariamente seductor y, sobre todo, algo cercano y familiar.

Más tarde, cuando analicé mis impresiones, pude encontrar ciertas explicaciones de ellas, pero en un principio sólo me sorprendieron, y llegué a las Pirámides extrañamente agitado por todo lo que había encontrado en mi camino.

Las Pirámides aparecieron a lo lejos luego que atravesamos el puente; después se escondieron detrás de los jardines y otra vez aparecieron ante nuestra vista y se hicieron cada vez más grandes.

Cuando uno se acerca a ellas ve que las Pirámides no se encuentran al mismo nivel del plano que se extiende entre ellas y el Cairo, sino sobre una alta meseta que se eleva pronunciadamente sobre él.



Se llega a la meseta por un sinuoso y elevado camino que va siguiendo un corte de la roca. Habiendo llegado hasta el fin del camino se encuentra uno en el plano de las Pirámides, ante la llamada Pirámide de Kheops, precisamente del lado de la entrada a ella. A la derecha y a lo lejos está la segunda pirámide, y detrás de ella, la tercera.

Aquí, habiendo subido a las Pirámides, uno se encuentra en un mundo diferente, no en el mundo en que se estaba apenas diez minutos antes. Ahí, los campos, el follaje, las pahuas, todavía lo rodeaban a uno. Aquí todo es diferente, hay un paisaje distinto, un reino de piedra y arena. Esto es el desierto. La transición es violenta e inesperada.

La sensación que había yo experimentado en el camino volvió con mayor fuerza. El incomprensible pasado se convirtió en presente y me rodeó de cerca, como si pudiera yo alcanzarlo con la mano y nuestro presente desapareciera y se hiciera algo extraño, ajeno y distante.

Caminé en dirección de la segunda pirámide. Mirada de cerca se ve que está construida con grandes bloques de piedra, de tamaño poco mayor que el de la mitad del de un hombre. Casi al nivel de una casa de tres pisos hay una entrada triangular, la entrada a la pirámide.



Desde el primer momento, tan pronto como llegué a la meseta en que se encuentran las Pirámides, las vi de cerca y respiré el aire que-.las rodea, sentí el latido de su vida. Y no tuve necesidad de analizar mis pensamientos sobre esta cuestión. La sentí como una verdad real e incuestionable. Y comprendí al mismo tiempo por qué todas estas, diminutas gentes que iban a ver de cerca las Pirámides las tomaban como piedras muertas. Esto sucedía porque todas las gentes estaban, ellas mismas, muertas. Todo el que vive no puede sino sentir que las Pirámides están llenas de vida.

Ahora vi claras ésta y muchas otras cosas.

Las Pirámides son iguales a nosotros, tienen los mismos pensamientos y sentimientos, sólo que ellas son mucho muy viejas y saben mucho también. De modo que permanecen ahí y piensan y vuelven a sus recuerdos. ¡Cuántos miles de años han pasado sobre ellas! Sólo ellas lo saben.

Y naturalmente son mucho más antiguas de lo que la ciencia histórica supone.

Todo está en calma en su derredor. Ni los turistas, ni los guías, ni el campamento militar británico, que puede verse no muy lejos, alteran la paz y esa impresión de perfecta y extraordinaria quietud que las rodea. Las gentes desaparecen junto a las Pirámides. Las Pirámides son más grandes y ocupan mayor espacio del que nosotros nos imaginamos. La Gran Pirámide mide casi un kilómetro en el perímetro de su base y la segunda mide sólo un poco menos. Una persona junto a ellas no puede distinguirse. Y si todavía se sigue hasta la tercera pirámide uno se pierde totalmente en el desierto.

La primera vez que fui al lugar pasé todo un día en las Pirámides y a la mañana siguiente, muy temprano, volví allí otra vez. Y durante las dos o tres semanas que estuve en aquel tiempo en el Cairo fui a las Pirámides casi todos los días.

Me convencí de que me sentía atraído y cautivado por sensaciones que nunca antes había experimentado en ningún otro lugar. Generalmente me sentaba en la arena en algún sitio entre la segunda y la tercera pirámide y trataba de detener el curso de mis pensamientos, y a veces me parecía que escuchaba los pensamientos de las Pirámides.

No examinaba yo nada de lo que la gente generalmente examina; solamente caminaba de un lugar a otro y me adentraba en la impresión general del desierto y de este extraño rincón del mundo en el que se encuentran las Pirámides.

Aquí todo me era familiar. El sol, el viento, la arena, las piedras, todo esto junto formaba un todo del que encontré que me era difícil desprenderme. Me convencí de que no podría dejar Egipto tan fácilmente como había dejado todos los otros lugares. Había algo aquí que yo tenía que encontrar, algo que tenia que comprender.



La entrada a la Gran Pirámide se encuentra en el lado norte y a alguna altura del suelo. Esta entrada tiene la forma de un triángulo. De ella, parte un estrecho pasadizo que a poco empieza a bajar muy pronunciadamente. El piso es muy resbaladizo; no hay escalones, pero en la pulida piedra hay hendiduras horizontales, ya gastadas, sobre las que es posible ir poniendo los pies. Además, el piso está cubierto con fina arena y es muy difícil no resbalar por toda la bajada. El guía beduino va gateando a medida que baja antes que uno. Con una mano sostiene una vela encendida y con la otra trata de ayudar al visitante. Uno baja a este resbaladizo pozo siempre encorvado. Muy pronto está uno sudando por el esfuerzo y por la actitud nada familiar que adopta. El descendimiento se hace bastante largo, pero finalmente termina. Luego se encuentra uno en un lugar en el que alguna vez un macizo bloque de granito cerró la entrada, es decir, aproximadamente al nivel de la base de la pirámide. Desde aquí es posible continuar el descenso a la “cámara inferior”, que se encuentra a una considerable profundidad bajo el nivel de la roca, y se puede también subir a las llamadas “Cámaras” del Rey y la Reina, que se encuentran aproximadamente en el centro de la pirámide. Para poder hacer esto es necesario en primer lugar dar la vuelta al bloque de granito del que he hecho mención.



Alguna vez, hace mucho tiempo —de acuerdo con una leyenda, en el tiempo de los últimos faraones, y de acuerdo con otra en la época de los árabes— los conquistadores que trataron de penetrar al interior de la pirámide, donde se suponía que había tesoros fabulosos, fueron detenidos por este bloque de granito. No pudieron ni mover ni perforar el bloque, de modo que abrieron una entrada alrededor de él en la piedra más suave de la que estaba construida la pirámide.

El guía sostiene su vela. Se encuentra uno ahora en una caverna de dimensiones considerables y frente a un obstáculo que es necesario salvar para poder seguir adelante. Este obstáculo lo constituye algo como una cascada congelada o petrificada por la que hay que subir. Dos árabes se trepan y le extienden a uno las manos. Uno sube, y gateando por la “cascada”, sigue su camino ayudándose por un estrecho borde que se encuentra en medio de la pétrea, congelada cascada. Si los pies resbalan no hay nada sobre qué apoyarse. Finalmente uno llega. Ahora es necesario subir un poco más, y ante uno aparece la estrecha entrada negra de otro corredor. Este corredor conduce hacia arriba. Sosteniéndose a las paredes, respirando el asfixiante aire con dificultad y empapado en sudor, sigue uno adelante. Las velas de los guías que van por delante y por detrás de uno alumbran débilmente las irregulares paredes de piedra. La espalda empieza a doler por la posición encorvada. A todo esto se agrega la sensación de un peso que estuviera sobre las espaldas de uno, como el que se siente en el fondo de la tierra en las galerías o minas y pozos profundos.



Luego se sale otra vez a un lugar en el que se puede estar de pie. Después de un breve descanso uno mira alrededor y en la débil luz de las velas se da uno cuenta de que se encuentra ante la entrada de un estrecho corredor recto, por el cual se puede caminar sin tener que encorvarse. Este corredor lleva directamente a la “Cámara de la Reina”.

A la derecha, si uno se encuentra mirando a la entrada del corredor, se ve la negra abertura irregular de un foso, también hecho por los buscadores del Tesoro y que comunica con la cámara subterránea.

Al nivel de la cabeza, sobre la entrada del corredor que conduce a la “Cámara de la Reina”, principia otro corredor, que lleva a la “Cámara del Rey”. Pero este segundo corredor no es paralelo al primero, sino que forma un ángulo con él; es decir, va hacia arriba como una escalera empinada que empieza un poco arriba del piso.

En la construcción de esta escalera-corredor superior hay mucho que es difícil de comprender y que inmediatamente llama la atención. Al examinarla, muy pronto me di cuenta de que este corredor es la clave para la pirámide entera.

Desde el lugar en el que me encontraba, podía verse que el corredor superior estaba muy alto, y a sus lados, como el pasamano de una escalera, se encontraban anchos parapetos de piedra, que bajaban al piso, es decir, al lugar en el que yo estaba de pie. El piso del corredor no bajaba hasta el suelo, sino que se encontraba cortado, como ya lo he dicho, a una altura equivalente a la de un hombre. Para poder llegar al corredor superior desde donde yo me encontraba, era necesario primero subir por uno de los parapetos de los lados y luego saltar a la “escalera”. Llamo a este corredor una “escalera” sólo porque sube oblicuamente. No tiene escalones, sino sólo ciertas hendiduras en que pueden apoyarse los pies.

Al sentir que el piso queda lejos de uno, uno empieza a encorvarse, asiéndose a uno de los “parapetos”.

Lo que llama primero la atención es que todo en este corredor es el producto de un trabajo muy exacto y de primera clase. Las líneas son rectas, los ángulos son correctos. No hay duda de que este corredor no fue construido para caminar por él. Luego entonces ¿para qué fue hecho?



La respuesta a esto la dan los “parapetos”. Cuando uno dirige su atención a ellos, se ven en ellos divisiones labradas sobre la roca, matemáticamente correctas, y estrictamente a iguales distancias unas de otras. Estas divisiones son tan precisas que inmediatamente llaman la atención. Hay alguna idea, alguna intención en ellas. Y súbitamente se da uno cuenta de que hacia arriba y hacia abajo de este “corredor” debe haberse movido una especie de plancha de piedra o de metal, o alguna “carretilla” que, a su vez, debe haber servido de soporte a algún aparato de medir que podía ser fijado en cualquier posición. Las divisiones en el parapeto muestran claramente que fueron utilizadas para alguna clase de mediciones, para buscar ciertos ángulos.

Yo no tenía ninguna duda de que este corredor con sus parapetos era el lugar más importante de la pirámide entera. No puede encontrarse la explicación de este corredor sin la suposición de una “carretilla” que se moviera hacia arriba y hacia abajo de este plano. Y esto, a su vez, cambia totalmente toda la concepción de la pirámide y nos descubre posibilidades completamente nuevas.

En una determinada época del año los rayos de ciertas estrellas pueden penetrar a la pirámide a través de la entrada por la que nosotros nos internamos (hasta que estas estrellas son desplazadas en el curso del gran ciclo astronómico). Si suponemos que en algún lugar de la trayectoria de los rayos se fija un espejo, los rayos que penetran al interior por la entrada de la pirámide serán reflejados por el corredor sobre el aparato fijo a la carretilla movible. No cabe duda que aquí se llevaron a cabo ciertas observaciones, que aquí se registraron ciertas clases de ciclos que aquí se establecieron ciertos datos.

El bloque de granito, alrededor del cual va lo que yo he llamado la cascada de piedra, obstruye la trayectoria de estos rayos. Pero el significado, el propósito y la época de este bloque son completamente desconocidos.

Es muy difícil definir en nuestro lenguaje el objeto y el propósito de la pirámide. La pirámide fue un observatorio, pero no sólo un “observatorio” en el significado moderno de la palabra, ya que también fue un “instrumento científico”; y fue no sólo un instrumento o un conjunto de instrumentos, sino también un “tratado científico”, o más bien toda una biblioteca de Física, de Matemáticas y de Astronomía; o, para ser todavía más exacto, fue una “facultad físicomatemática” y al mismo tiempo un “depósito de medicinas”, lo que es demostrado muy claramente por las dimensiones de la pirámide, por la correlación numérica entre su altura, su base, sus lados, sus ángulos, etc.

Yo tuve conciencia plena de la idea de la pirámide posteriormente, cuando visité el famoso observatorio de Jay Singh en Jaipur, en Rajputana. El “observatorio” es un inmenso cuadrado rodeado de muros, con extraños edificios: triángulos de piedra de la altura de una gran casa; inmensos círculos con divisiones; cisternas vacías semejantes a tanques con puentes atravesándolas y con un fondo de bronce bien pulido para reflejar las estrellas; misteriosos laberintos de piedra que sirven para encontrar cierta constelación. Todos estos son gigantescos aparatos físicos y astronómicos, gnómones, cuadrantes, sextantes y demás, es decir, instrumentos que están hechos de bronce y que son guardados en cajas. Si uno se imagina todos estos aparatos, y muchos otros desconocidos para nosotros, combinados en uno, y supone que sus medidas mismas y la interrelación de sus partes expresa las relaciones fundamentales entre las medidas o dimensiones de las diferentes partes de, digamos, el sistema solar, el resultado será la idea de la pirámide.



Pero continuaré haciendo la descripción de la pirámide como yo la vi. Arriba el corredor inclinado se hace horizontal y de ahí conduce a la “Cámara del Rey”. La luz de las velas no es suficiente para alumbrar las altas y suaves paredes de piedra. El ambiente es asfixiante. En una pared hay algo que se asemeja a un sarcófago con lados altos y astillados. Pedí a los guías que se alejaran y por algunos minutos permanecí sólo. Experimenté un extraño sentimiento en esta celda pétrea dentro de la gran masa de la pirámide. La pulsación de la vida que llenaba la pirámide y que emanaba de ella se sentía aquí más poderosamente que en ninguna otra parte. Pero además de esto me pareció que esta “Cámara” me estaba diciendo algo acerca de ella. Me sentí rodeado por varias voces. Pero sus palabras parecían provenir de detrás de una pared. Podía oírlas pero no podía comprenderlas. Me parecía que era necesario hacer sólo un pequeñísimo esfuerzo y que entonces podría oír todo. Pero no pude hacer este esfuerzo y probablemente no era cuestión de ningún esfuerzo, sino que algo mucho más importante me separaba de estas voces.

“La Cámara de la Reina” se diferencia poco de la “Cámara del Rey”, pero por alguna razón no da las mismas sensaciones. La cámara subterránea inferior, a la que es mucho más difícil llegar y que es asfixiante, es un poco más grande que la “Cámara del Rey” y está también llena de pensamientos y de voces inaudibles que tratan de impresionarlo a uno.



Desde lo alto de la pirámide me llamaron la atención la Pirámide de Dashur con caras irregulares que se ve a lo lejos con catalejos, la extraña Pirámide de los Escalones más cercana, y no lejos de ella una gran pirámide blanca.

Unos cuantos días después, salí de Gizeh con rumbo a estas lejanas pirámides. No quería ver nada en particular, sino simplemente quería tener una impresión general de esta parte del desierto.

Habiendo dejado atrás a la Pirámide de Kheops y a la Esfinge llegué al ancho camino que conduce a Aboussir. En realidad no era un verdadero camino sino una ancha vereda cubierta con huellas de caballos, burros y camellos. A la izquierda, hacia el Nilo, se encontraban los campos de labranza. A la derecha se extendía una especie de muralla rocosa, tres de la cual empezaba el desierto.

Desde el primer momento en que empecé a atravesar este camino desde Gizeh principié a experimentar esta extraña sensación del pasado como presente que por alguna razón producía en mí el paisaje egipcio. Pero esta vez sentí el deseo de comprender mejor esta sensación, y observé con especial atención todo lo que me rodeaba, tratando de descifrar el secreto de esta magia del Egipto. Y llegué a la idea de que el secreto podría estar en la asombrosa inmutabilidad del paisaje egipcio y de sus colores. En otros países la naturaleza cambia de aspecto varias veces al año. Aun donde por siglos se han conservado las principales características, como en los bosques y en las estepas, la cubierta exterior de la naturaleza, el pasto, las hojas, todo es nuevo, acabado de nacer. Pero aquí esta arena y estas piedras son las mismas que han visto los hombres que construyeron las Pirámides, los faraones y los califas.



Y me parecía que en estas piedras que tanto habían visto, algo de lo que habían visto se había conservado, y que por esta razón se establecía cierto vinculo a través de ellas con la vida que se desenvolvió antes en estos lugares y que parecía estar todavía aquí presente de un modo invisible.

Mi pequeño caballo árabe gris galopaba rápidamente cerca de la pétrea muralla irregular, que se extendía a la derecha del camino, unas veces más cerca de ella, otras más alejado. Y cada vez me internaba yo más en un extraño sentimiento de liberación de todas las cosas por las que ordinariamente vivimos.

Todo el presente se alejaba, se hacía transparente como neblina, y a través de él el pasado se hacia cada vez más visible en mi derredor, sin tomar ninguna forma definida pero penetrando dentro de mi por mil diferentes sensaciones y emociones.

En ningún otro sitio había yo sentido antes tan clara y tan definitivamente la irrealidad del presente. Aquí sentí que todo lo que nosotros consideramos como realmente existente no es otra cosa que un espejismo que cubre la faz de la tierra, quizá la sombra o el reflejo de alguna otra vida, o posiblemente sólo sueños producto de nuestra imaginación, como resultado de algunos obscuros impactos y vagos sonidos que llegan a nuestra conciencia partiendo de lo Desconocido que nos rodea.

Sentí que todo se desvanecía: San Petersburgo, Londres, el Cairo, los hoteles, los ferrocarriles, los barcos, los hombres; todo se transformaba en un espejismo. Pero el desierto que me rodeaba existía, y yo existía, aun cuando en una forma muy extraña, sin ninguna conexión con el presente, pero consciente de una poderosa conexión con el ignoto pasado.

Y en todo lo que yo sentía ahí había cierto placer sutil, ya que no una comprensión inmediata.

Yo describiría este placer como la alegría de la liberación de uno mismo y el goce por la sensación de la increíble riqueza de la vida, que no muere nunca pero que existe en una infinita variedad de formas invisibles e intangibles para nosotros.



Habiendo pasado por Sakkara con la Pirámide de los Escalones y con la Pirámide Blanca, seguí adelante hacia las Pirámides de Dahshur. Aquí no había ningún camino. La arena se levantaba en pequeños gránulos que formaban lo que parecía enormes olas. Cuando llegaba a lugares planos y mi caballo empezaba a galopar parecía como si estuviera tirando dinero, pues los gránulos de arena saltaban al golpe de los cascos y sonaban como plata.

Aun la primera de las Pirámides de Dahshur produce una extraordinaria y peculiar impresión, como si estuviera sumergida en sus propios pensamientos pero luego notara la presencia de uno y pudiera hablarle clara y distintamente. Con mi caballo anduve lentamente alrededor de ella. No había un alma cerca del lugar, y nada podía verse sino la arena y la pirámide con sus caras irregulares a lo lejos.

Subí a ella. Es la pirámide más extraña de todas. Sólo sentí no haber podido ser transportado a esta pirámide directamente desde el Cairo, sin tener que haber visto y sentido nada más. Me encontraba demasiado saturado de impresiones y no podía apreciar plenamente lo que sentí aquí. Pero sentí que las piedras cobraban aquí cierta vida y estaban entregadas a una tarea determinada. La Pirámide Dahshur del sur, con las líneas irregulares de sus lados, me sorprendió por su gran exactitud, que era casi temible.

Al mismo tiempo no quería precisar en fórmulas, ni aun para mi mismo, todo lo que sentía. Tenía mucho de imaginación.

Pero mis pensamientos siguieron su curso sin obedecerme y por momentos me parecía que estaba realmente empezando a imaginar cosas. Pero la sensación era completamente diferente a la que produce la imaginación. Había algo de un inexplicable carácter real en todo. Hice volver a mi caballo y lentamente emprendí el viaje de regreso. A cierta distancia algo pareció apremiarme súbitamente. Rápidamente volteé la cabeza. La pirámide me estaba mirando como si esperara algo.

“¡Hasta la próxima vez!” dije.

No pude analizar plenamente todos los sentimientos que tuve en ese momento. Pero sentí que precisamente aquí, si sólo pudiera permanecer sin ninguna compañía por suficiente tiempo, mis pensamientos y sentimientos alcanzarían tal grado de tensión que realmente vería y escucharía lo que es ordinariamente invisible e inaudible. Hasta dónde esto estaba realmente conectado con esta extraña pirámide o hasta dónde esto era el resultado de todo un día y toda una semana de nuevas sensaciones, es cosa que no podría decir. Pero yo sentí que aquí mis sensaciones sobre Egipto alcanzaron su más alta intensidad.



En el momento presente los puntos de vista sobre las Pirámides pueden dividirse en dos clases. A la primera clase pertenece la teoría de las tumbas, y a la segunda, las teorías astronómicas y matemáticas.

La ciencia histórica, es decir, la Egiptología, permanece casi exclusivamente dentro del terreno de la teoría de las tumbas, con muy pequeñas y no muy definitivas aceptaciones en dirección de la posibilidad de la utilización de las Pirámides para observaciones astronómicas. De este modo el Profesor Petrie en su libro A History of Egypt habla de tres profundos fosos que fueron abiertos en la roca y que tenían unas dimensiones de cerca de 53 metros de largo, 7 de profundidad y no más de uno sesenta o dos metros de ancho. “La finalidad de estos fosos es completamente desconocida; pero pudieron haberse utilizado para algún sistema de observación de azimuts de estrellas por medio de una superficie de agua en el fondo y una cuerda tendida de un extremo a otro de los bordes; anotando el momento en que los reflejos de la estrella atravesaran la cuerda, se haría una observación exacta del azimut”.

Pero hablando en general, la ciencia histórica no tiene ningún interés en el significado astronómico y matemático de las Pirámides.



Si alguna vez los egiptólogos tocan este aspecto de la cuestión es sólo como meros aficionados y en este caso no se da gran importancia a sus opiniones. El libro de R. A. Proctor que cito más tarde, es un ejemplo de esto.

La descripción de la construcción de las Pirámides (especialmente de la Gran Pirámide) que se encuentra en Herodoto es aceptada como final y decisiva.

Herodoto refiere que alguien le dijo que la Gran Pirámide fue construida dos o tres mil años antes de la época en que él vivió. Dice que en los bloques de granito que cubren la pirámide fueron labradas inscripciones jeroglíficas que registran varios sucesos relacionados con la construcción. Entre otras cosas fue registrada la cantidad de ajo, cebollas y rábanos que fue comido por los esclavos que levantaron la pirámide, y de la cantidad de ajo, etc., fue posible derivar conclusiones sobre el número de esclavos y la duración del trabajo.

Herodoto dice que antes de que la Gran Pirámide fuera construida, tuvo que abrirse un camino en plano inclinado a través del desierto sobre un terraplén para el transporte del material. El mismo vio este camino o calzada, que, según sus palabras, era una construcción no menos grande que la pirámide misma.

La fecha aproximada de la construcción dada por Herodoto es, debido a la profusión de pequeños detalles apuntados por él, considerada en la Egiptología como indiscutible.



En realidad todo lo que dice Herodoto dista de ser convincente. Debe recordarse que el mismo Herodoto no podía leer jeroglíficos. Este conocimiento era cuidadosamente custodiado y era privilegio de los sacerdotes. Herodoto podía referir sólo lo que le había sido traducido, y eso sólo pudo haber sido, con toda seguridad, lo que confirmara y estableciera la versión oficial de la construcción de las Pirámides. Esta versión oficial aceptada por la Egiptología puede en realidad estar muy lejos de la verdad. Y la verdad puede ser que lo que se considera como la construcción de la Gran Pirámide fue en realidad su restauración. Las Pirámides pueden ser mucho más antiguas de lo que nosotros pensamos.

La Esfinge, que pudo haber sido construida al mismo tiempo que las Pirámides, o aun antes, es considerada muy justamente como prehistórica. ¿Qué significa esto? Significa que algunos miles de años antes de nuestra era, posiblemente muchos miles de años, el pueblo o los pueblos a los que conocemos bajo el nombre de “el antiguo Egipto” ocuparon el Valle del Nilo y encontraron, semi-enterradas en la arena, las pirámides y la Esfinge, el significado y la importancia de las cuales les fueron completamente incomprensibles. La Esfinge miraba hacia el Oriente, de modo que fue llamada la imagen de Harmakuti o el “Sol en el Horizonte”. Mucho más tarde el rey al que le fue dado el nombre de Kheops (los egiptólogos tienen, por supuesto, un nombre completamente diferente para él) restauró una de las pirámides e hizo de ella un mausoleo o sepultura para él. Más aun, las inscripciones hechas en la cara de esta pirámide describían las hazañas del rey en un tono laudatorio y exagerado, y la restauración fue por supuesto llamada construcción. Estas inscripciones confundieron a Herodoto quien las tomó como fechas históricas exactas.

La restauración de las Pirámides no fue su construcción. El hermano de Kheops, Khephren (el modo de escribir y la pronunciación de estos nombres es muy incierto e inseguro), restauró otra pirámide. Poco a poco esto se hizo una costumbre, y así sucedió que algunos faraones se construyeron nuevas pirámides, generalmente de menores dimensiones, y algunos restauraron las antiguas, que eran de mayores dimensiones. Es también posible que las primeras en haber sido restauradas hayan sido las Pirámides de Dahshur y la Pirámide de los Escalones en Satkara. Poco a poco todas las pirámides fueron transformadas en sepulturas, ya que los sepulcros eran las cosas más importantes en la vida de los egipcios de ese periodo. Pero esto sólo fue un episodio accidental en la historia de las Pirámides, que de ningún modo explica su origen.



En nuestro tiempo se han puesto en claro muchos hechos interesantes en relación con la Gran Pirámide. Pero estos descubrimientos pertenecen a los astrónomos o a los matemáticos. Y si algunos egiptólogos hablan de ellos, son muy pocos los que lo hacen y sus opiniones son generalmente refutadas por otros.

En cierta forma la razón de esto es comprensible, ya que se ha acumulado demasiado charlatanismo alrededor del estudio del significado astronómico y matemático de las pirámides. Por ejemplo, existen teorías y se publican libros que prueban que las medidas de las distintas partes de los corredores y paredes en el interior de la Gran Pirámide representan la historia entera de la humanidad desde Adán hasta “el fin de la historia general”. Según el autor de uno de estos libros las profecías contenidas en la pirámide se refieren especialmente a Inglaterra e incluso dan la duración de los gabinetes gubernamentales de la post-guerra.

La existencia de estas “teorías” demuestra naturalmente la razón de por qué la ciencia tiene miedo a los nuevos descubrimientos referentes a las Pirámides. Pero esto de ningún modo resta valor a los intentos existentes de establecer el significado astronómico y matemático de las Pirámides, en la mayor parte de los casos sólo en lo que concierne a La Gran Pirámide.

R..A. Proctor en su libro La Gran Pirámide (Londres, 1883) considera a la Pirámide como una especie de telescopio o de teodolito o anteojo. Pone especial atención en las ranuras de los parapetos de la gran galería y encuentra que fueron hechas para mover hacia arriba y hacia abajo los instrumentos inclinados utilizados para llevar a cabo ciertas observaciones. Además, señala la posible existencia de un espejo de agua en la unión de los pasajes de subida y de bajada y afirma que la Pirámide fue un reloj que usaban los sacerdotes egipcios, especialmente un reloj astronómico.

L’Abbé Moreux ha reunido en su libro Les Enigmes de la Science casi todo el material existente que considera a la Gran Pirámide como un “depósito de medidas” o como un compendio de matemáticas. La suma de los lados de la base de la Pirámide dividida por el doble de su altura da la relación de la circunferencia con el diámetro, el número π , que juega tan importante papel en la historia de las matemáticas. La altura de la pirámide es una milmillonésima parte de la distancia que hay de la tierra al sol (lo que, a propósito, fue establecido en la ciencia con suficiente exactitud sólo en la segunda mitad del siglo XIX), etc., etc.



Todo esto y muchas otras cosas demuestran la asombrosa limitación de los modernos puntos de vista científicos y la ausencia de siquiera una común curiosidad de los egiptólogos que llegan a un cierto momento en la teoría de las tumbas y en las referencias de Herodoto, y no desean saber nada más. En realidad las Pirámides encierran un gran enigma. Las Pirámides, más que cualquier otra cosa en el mundo, nos demuestran que estamos completamente equivocados al considerar que nuestros ancestros fueron unos “melenudos cuadrúpedos con cola, probablemente arbóreos en sus hábitos, y originarios del Viejo Mundo.” En realidad nuestra genealogía es mucho más interesante. Nuestros ancestros fueron hombres de gran riqueza y eminencia, y nos legaron una enorme herencia, que nosotros hemos olvidado completamente, especialmente desde el momento en que empezamos a considerarnos los descendientes de un mono.

Fragmento escrito entre 1914 y 1925,
tomado del libro: Un Nuevo Modelo del Universo
escrito por el Sr. P. D. Ouspensky.
Datos archivados del Taringa! original
51puntos
0visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
10visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

G
GokSkywalker🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts18
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.