Ella tiene la magia de la manifestación, una alquimista de la suerte y el deseo.
Ella tiene el fuego de hacer el encuentro, ella tiene la posibilidad de la receta cierta de un beso, ella tiene todos los vuelos junto a su hombre, ella lo proyecta y lo sostiene, ella equilibra sus sentidos y lo identifica lucero.
Tiene sus manos suaves llenas de actos en espera, su riqueza es imperceptible y descansa en su misteriosa seducción, su mirada lejana que mira más allá de todo, su piel que llama mil voces, y que sella en sus labios los sonidos de un canto milenario.
Ella te encuentra, ella te obliga a refugiarte en sus ojos, recorre un tiempo de amor, que es el mismo de su actual silencio.
Estoy con ella y su esencia de rarezas me cautiva, debo respirar profundo, contener el aire, para no exceder en percepciones, aunque me doy cuenta que ya tengo algo de ella dentro, mi temeridad me obliga y confieso mi amor.
Su ser tibio me invade, mas me permite volar por su cielo de primavera perpetua, un viento cálido de eternidad me eleva, ella no conoce su infinito, y por un momento la hago temblar mostrándole mi osadía, por un momento logro retenerla en mi pecho, y puede ver mi visión sin tiempo, y por un instante somos uno.
Ella sabe quebrar su formalidad con aromas de amor lluvioso, su cercanía inclina a la emoción, y hasta en su estricta ternura despierta el deseo de alcanzarla.
Ella camina sin saber el poder de sus actos, esa actitud natural que ni siquiera percibe, su ser mismo en acción. Mirarla allí, poder compartir sus elipses, sus rastros de rutina, lograr convencerla que una mirada acompañe su giro, para bordear el amor que refleja, es un acto mágico; y esto que te suena a utopía, tú que lees, te digo que no, es solamente una cuestión de entrega y soltarse, caminar con ella de su mano, y proponerse percibirla.