InicioArteMi aventura en el palacio marino - Capítulo 4

Mi aventura en el palacio marino - Capítulo 4

Arte7/21/2012

Mi aventura en el palacio marino 

Capitulo 4 – Las vitrinas – Los mapas




Ya renovada con la energía que había obtenido del Sol en la biblioteca, me dispuse a salir. Me encaminé hacia la puerta y eché un último vistazo general al paisaje que apreciaba, recordé la felicidad que me dieron los rayos de sol y los volúmenes de la maravillosa literatura que allí continuaría durmiendo y decidí recordarlo para siempre. Lentamente salí de la biblioteca, oyendo mis pasos una vez más, resonando en un disparejo compás. Una vez afuera, envolví mis manos en las mangas de mi buzo negro y tomé la pesada manija que terminaba en forma de espiral. La alejé de mi, no sin esfuerzo, y usando el peso de todo mi cuerpo la deslicé hasta cerrarla. Las bisagras volvieron a chirriar en un sonido de despedida y la puerta se cerró en un golpe seco. El ruido retumbó a lo largo del pasillo, y así lo oí disiparse. También, se levantó una nube de polvo que me hizo toser. Parecía que el polvo me había tomado cariño, ya que en seguida me rodeó y tuve que alejarme de él para aliviar mis pulmones; se había acostumbrado a sentir mi presencia seguirlo por toda la casa.

Era hora de continuar camino. Miré fijamente una vez más el decorado de la puerta y me despedí de los seres que la resguardaban con una sonrisa y un cordial “adiós” que les dirigí mentalmente (puesto que lo oirían mejor que si lo pronunciara), preguntándome si ellos también me recordarían.

Me rodeé con mis brazos procurándome compañía y caminé lentamente por el pasillo, junto a las ventanas de cristal, observándolas en conjunto al pasar.



Cuando hube avanzado aproximadamente diez pies, sobre la misma pared donde se encontraba la puerta de la biblioteca, encontré ubicadas unas al lado de las otras, tres vitrinas enanas de madera prolongadas a lo largo, que me llegaban hasta la cintura. Eran preciosas, de alguna forma fueron construidas con perfecta proporción por un ebanista magnífico. Las patas terminaban en forma de bucle y los vidrios estaban totalmente llenos de polvo y se mantenían cerradas por medio de una perilla que se levantaba y desbloqueaba el cerrojo de la puertita. En seguida se despertó mi curiosidad: tenía la singular oportunidad de revisarlas. Entonces, así, me incliné en cuclillas y abrí la primera. Despegué la perilla del pequeño mostrador haciendo fuerza hacia arriba para que cedieran las algas, y en seguida pude ver lo que había allí dentro, aunque no supe en primera instancia qué era.

Los tres estantes estaban repletos de rollos de papel amarillento y lleno de polvo, atado prolijamente con cintas sedosas de colores también envejecidas por el tiempo. Decidí abrir algunos sin provocar desorden, ya que se veían tan cuidadosamente encimados unos a otros y guardados con tanto esmero, que no quería estropearlos ni sacarlos de su orden, sean de quien fuesen, y sean lo que fueren. Tomé, del primer estante, el que se encontraba en la cima de la pila y me propuse quitar la cinta que lo mantenía enrollado. El papel estaba muy seco y quebradizo, así que procuré quitar el lazo con mucho cuidado. Eso me tomó un buen rato, ya que el tiempo había hecho que el nudo de la cinta quedara fijo en su lugar, así que lo deslicé hasta el final del rollo y lo retiré sin desanudarlo. Desplegué cuidadosamente el viejo papel, y descubrí lo que era: un mapa, cuyo titulo rezaba “Sinvm Mexico”. Al desplegarlo noté que el aroma que desprendía era mucho más fuerte que el de los viejos libros de la biblioteca. El plano estaba dividido en forma de cuadrícula, de aproximadamente 2 pulgadas cada una. Allí, a lo que a groso modo pude identificar como trazos de plumín, yacía el dibujo del golfo de México y de específicos puntos del mapa, se soltaban diagonales que se extendían hacia los cuatro puntos cardinales a lo largo del papel. Había siete líneas más entre cada punto cardinal. Me quedé observando aquel pergamino un rato, y logré memorizar algunos de los nombres que allí aparecían, orientados en el mapa: Aqvilonem mare, Lvcayans insvlas, Insvla Cvba, Florida Peninsvla, Nova Hispania...



Investigué largo rato el plano que rescaté de la estantería. No encontré muchos más detalles, era un plano bastante simple. A medida que mis ojos recorrían los bordes de la tierra dibujada, fantaseaba con viajes lejanos. Veía la tierra desde el cielo, y el camino avanzar muy rápidamente a mis pies; el viento sacudiéndome pero manteniéndome firme; las olas del océano que se batían con fuerza a mi lado y debajo de mi, con la hermosa ferocidad que personaliza a la naturaleza. Sentía el aroma salado de las costas y me refrescaba con el rocío que se producía al romperse las olas. Viajé y recorrí todo el Golfo, hasta que mi mente no pudo más.

Con mucha precaución de no resquebrajar los bordes del delicado papel, lo enrollé más aún de lo que estaba cuando lo encontré; lo introduje en la cinta que no había desanudado y dejé que se desenrollara hasta quedar atado nuevamente. Volví a guardarlo cuidadosamente en el primer estante, en el lugar de donde lo había sacado. Acaricié cariñosamente con mis dedos los bordes de los rollos del primer estante, y luego hice lo mismo con los del segundo, hasta que instintivamente, o sólo por azar, me detuve en uno de ellos. Lo saqué y nuevamente deslicé el listón que lo mantenía preso, para luego desenrollarlo. También era un mapa, cuyo título enunciaba “Nova Orbis Terrarvm – Delineatio Singvlari Rvdolphi – Ratione Accommodavm Asthonomicarvm”, pero bastante distinto al anterior: este mapa estaba dividido en tres. La primera parte la formaba una mitad derecha de un círculo, donde estaban representadas América del Norte, América Central y un pequeño sector de América del Sur. La parte del medio era un círculo completo donde se veían dibujadas el sector restante de América del Sur, Europa, África y una parte de Asia.



La última parte era la mitad izquierda del globo. Allí reposaban el resto de Asia y Oceanía. Se asemejaba muchísimo a la representación de las fases lunares: menguante, llena y creciente. Las partes eran igualmente divididas por el Ecuador. Del borde superior del círculo central, salían hacia la derecha y hacia la izquierda, por fuera de los círculos, dos largos cuellos con cabezas de aves coronadas, sosteniendo con sus picos una inscripción que no logro recordar. Las tres figuras geométricas estaban rodeadas con ilustraciones de las alas de esos seres, envolviendo todo el fondo del mapa. Llamó mi atención aquella ave cuyas dos cabezas estaban coronadas, y las imaginé contentas y chillando, trasladándome en su lomo por el espacio, viendo desde las alturas todo el mundo; sintiéndome elevada, libre y superior por primera vez en mi vida. Bajé de golpe pero feliz a la realidad, volví a enrollar el mapa, y lo deposité prolijamente en el segundo estante. Acaricié cuidadosamente y sin cambiar de lugar ninguno, los rollos de los tres estantes, pensando cuántas veces se habrán usado, cuántos lugares se habrán recorrido con su ayuda...

Datos archivados del Taringa! original
20puntos
350visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

A
Aedra🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts36
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.