InicioInfoLos Endemoniados de Fiodor Dostoievski
Los Endemoniados de Fiodor Dostoievski


"Lo que escribo ahora en tendencioso. quiero expresarme con fuego.¡ Ah , los nihilistas y occidentales vociferaran contra mi! ¡ Me llamaran retrógado! Pero ¡ que el diablo se los lleva, expresare todo mi pensamiento!" Fiodor Dostoievski

Los Endemoniados de Fiodor Dostoievski


"Habia por alli una piara de muchos cerdos que pacian por el monte, y le rogaban que le consintiese entrar en ellos; y se lo consintio. Saliendo los demonios del hombre, entraron en los cerdos, y se lanzo la piara despeñadero abajo, al lago, y se ahogo. Los que los apacentaban, viendo lo acaecido, huyeron y dieron la noticia del hecho en la ciudad y por los campos. Salieron a ver lo ocurrido y vinieron a jesús; y hallaron sentado al hombre de quien habian salido los demonios, vestido y en su sano juicio, a los pies de jesús, y les entró miedo. Y les contaron, los que lo habian visto, como se vio a salvo el endemoniado."


Los endemoniados es una novela sobre un grupo de conspiradores revolucionarios que usan tácticas terroristas para conquistar sus metas. El protagonista, Stavrogin, es un personaje demoníaco y autodestructivo, con una ilimitada inclinación hacia la crueldad. Esta es una obra profética, profunda y amplísima, la más importante novela de ideas escrita por Dostoievski. Cuando fue publicada en el año 1871, nadie atinó a percatarse de su alcance. Crítica y público vieron entonces en ella una caricatura de la época, pero era en realidad una promesa atroz de otros tiempos que estaban todavía por venir. No se vislumbró que el dramático cuadro tendría pronto parecido con la historia y la sociedad rusas, porque la tragedia de la Revolución de octubre perfilaría a sangre y fuego sus últimos rasgos.

nihilismo


Todo lo que anunciaba Fiodor Dostoievski en su novela aparecería en todo el mundo, no sólo en Rusia, años más tarde. Por ello, a los ojos del lector de hoy, Los endemoniados es una obra de coherencia perfecta, a lo largo de cuyas páginas se va avanzando con el estremecimiento de horror que únicamente llega a producir la vida real.

Los demonios, de Fiodor Dostoievski
Por Christopher Domínguez Michael


revolucion


Serguéi Gennádevich Necháiev (1847-1882) murió prisionero en la fortaleza de Pedro y Pablo tras protagonizar la carrera terrorista más escalofriante del populismo ruso. Bakunin, que lo había acogido en el exilio suizo, renegó de Necháiev, francamente espantado, una vez que este último publicó el Catecismo del revolucionario (1869), cuyo célebre primer párrafo decía: "El revolucionario es un hombre perdido. No tiene intereses propios, ni causas propias, ni sentimientos, ni hábitos, ni propiedades; no tiene ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único y exclusivo interés, por un solo pensamiento, por una sola pasión: la revolución."1
El caso Necháiev escandalizó a los socialistas y anarquistas europeos, enlodando la admirada causa de los rebeldes rusos. Reclutado entre el llamado "proletariado del pensamiento", la franja más miserable del estudiantado pobre de Moscú y San Petersburgo, el grupúsculo de Necháiev se llamaba La venganza del pueblo, aunque pasó a la historia por un ajuste de cuentas criminal. Necháiev —no sabemos si con razón o sin ella— creía que Iván Ivanóvich Ivanov, su lugarteniente, estaba a punto de delatarlos. Señalado como traidor, Ivanov fue asesinado por Necháiev y cuatro de sus socios, quienes, previo tiro de gracia, lo arrojaron amarrado a un estanque donde lo encontró la policía. La escena aparece, apenas transfigurada, como uno de los nudos argumentales de Los demonios (1872) de Dostoievski.
Necháiev fue arrestado en Suiza cuando la novela de Dostoievski salía a la luz, y durante su década como prisionero el terrorista logró seducir a los soldados que lo custodiaban, quienes estuvieron a punto de facilitar su fuga. Pero el 13 de marzo de 1881 el zar Alejandro II fue asesinado por los terroristas y ese éxito privó a Necháiev de su liberación. Dostoievski había muerto un mes antes.
Dostoievski, cuando ocurrió el asesinato de Ivanov en 1869, ya había comenzado la escritura de Los demonios, su gran novela sobre el nihilismo, otro ajuste de cuentas. Con ese libro, Dostoievski hacía explícita su ruptura con el liberalismo de su propia generación, que, al dar la espalda a la Rusia del trono y del altar, habría engendrado a la joven generación terrorista. Los demonios era la respuesta a Padres e hijos (1862), la novela de Turguéniev cuya ambigüedad permitía que fuese utilizada a favor o en contra del nihilismo, el fenómeno que había bautizado. Joseph Frank, tras leer con su habitual minucia la prensa de la época, afirma que los terroristas dostoievskianos se parecen demasiado a las personalidades radicales que los inspiraron como para seguir asegurando que eran, tan sólo, una caricatura.2
J. M. Coetzee dedicó una novela (El maestro de Petersburgo, 1994) a la relación imaginaria entre Dostoievski y Necháiev. En la ficción de Coetzee, Ivanov, el estudiante asesinado, es el hijo adoptivo de Dostoievski, quien viaja clandestinamente a San Petersburgo para indagar su muerte y acabar topándose con el demiurgo Necháiev, quien pretenderá ponerlo al servicio de la causa. La parábola de Coetzee ilustra con genio lo que Dostoievski se jugaba al escribir Los demonios, un panfleto político transformado en una profecía sobre el destino de Rusia y del alma revolucionaria durante el siglo XX.
Los demonios, como dice el crítico ruso Viatcheslav Ivanov, demuestra que en una novela de Dostoievski ningún detalle es superfluo, como ninguna pieza sobra en la Ilíada, pues el novelista desarrolló una épica revestida con las formas de la tragedia religiosa. Los demonios es, para V. Ivanov, un libro fáustico: Verhovenski, trasunto de Necháiev, es un Mefistófeles, mientras que Stavogrin es un Fausto que rechaza la posibilidad de salvación.3
Entre ambos polos, Los demonios es un campo magnético donde siguen batallando las fuerzas más poderosas de la mente moderna: la fe y la incredulidad, la ideología y la religión, el fin y los medios, la razón y su consecuencia extrema, el fanatismo. Y tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la figura del terrorista regresó para adueñarse, teatral y todopoderosa, de nuestro imaginario. Las preguntas son obvias: ¿en qué medida los pilotos suicidas de Al Qaeda son la última transmigración de los posesos dostoievskianos? ¿Bin Laden es un avatar de Necháiev?
Mi primera reacción fue rehuir el paralelo, obviando las abismales diferencias históricas y tecnológicas para detenerme en la distancia moral que separa a los fanáticos islámicos de aquellos terroristas rusos. Estos últimos concitaron la admiración filosófica de Camus (El hombre rebelde, 1951), pues no sólo cambiaban su vida por otra sino que, al debatir el fin y los medios, se preguntaron si era lícito atentar contra el zar a riesgo de matar a sus inocentes hijos, discusión impensable en un antro de Al Qaeda. Esta diferencia debe explicarse en función de la historia del nihilismo ruso —que, como lo comprobó Dostoievski y más tarde sus exégetas como Berdiáiev y V. Ivanov— fue un ateísmo radical que acabó por vivir esa negación de Dios como un fanatismo religioso.
El discurso del suicida Kirillov en Los demonios presenta a los nihilistas, aun caricaturizados, como víctimas de una densa dialéctica donde la creencia y la incredulidad son dos caras de una misma moneda; sus atormentados debates provienen de la tradición filosófica judeocristiana, que Dostoievski llevó a una zona dramática absolutamente nueva. En el sentido político, Camus tiene razón y los herederos legítimos del nihilismo son los bolcheviques. Al comunismo ruso se le puede acusar de muchas cosas, menos de haber llegado al poder (y al terror de Estado) sin el precedente de una larga discusión política nutrida, como lo indicó Marx, del socialismo francés, de la economía política inglesa y de la filosofía alemana. Lenin potenció el brebaje con la herencia populista, de la que se sentía discretamente orgulloso, tanto por su hermano Alexandr Ulianov, como por Tkachev, el jacobino que sucedió a Necháiev en la escena. Y de manera involuntaria, el basto Necháiev legó a los fascismos esa combinación tan panfletaria como eficaz entre Bakunin y Nietzsche que hizo del superhombre el fin que justifica los medios.
Salvo por los métodos suicidas y la fe ciega, nada parece emparentar el nihilismo ruso con el actual fundamentalismo islámico. Empero, una vez que las biografías de los terroristas de Al Qaeda van siendo reconstruidas, el paralelo con Los demonios reaparece de manera inquietante. La vida que llevaron Mohammed Atta y sus secuaces antes de los atentados, en Saudiarabia o en los Estados Unidos, recuerda más al "proletariado del pensamiento" de la Rusia de 1869 que a las torvas milicias talibanes que los acogían en Afganistán. Como los terroristas rusos, los militantes de Al Qaeda se nutrieron de los valores técnicos y educativos del Satán a quien pretenden destruir. En sus desplazamientos por hoteles y aeropuertos de la Florida o de la Costa Brava dejaron numerosas muestras de sardónica desfachatez dostoievskiana, donde blasfemias contra el islam —como beber vodka— aparecen mezcladas con esa locura sacrificial propia de Stavogrin y de Verhovenski. Y si este par de creaturas novelescas son una caricatura del verdadero Necháiev, lo mismo puede decirse de los imitadores de los suicidas del 11 de septiembre que, como aquel viajero de Air France con una carga explosiva en los zapatos, oscilan entre el horror y el simulacro. En toda posesión política o religiosa, como lo descubrió Dostoievski en Los demonios, hay algo profundamente patético. Entre el peor de los crímenes y el más sonoro de los ridículos hay sólo un paso.
Acaso esas formas descubiertas por Dostoievski sean comunes al arquetipo (y a la profesión) del conspirador. Pero comentaristas como Ian Buruma y Amos Oz han planteado el paralelo de manera directa: los terroristas de Al Qaeda son más hijos del nihilismo occidental que de las herejías musulmanas. Así como Necháiev es un hijo adulterino de Hegel, Atta lo sería de Hollywood, y entre este último y aquel que voló el edificio federal de Oklahoma no habría mayor diferencia. Hablando de Israel, por ejemplo, el novelista israelí Oz sostiene que entre los suicidas palestinos el componente religioso es mínimo, siendo su perfil semejante —eso lo digo yo— al retratado por Dostoievski: junto a la pobreza y la desesperación, la violencia aparece como el único vínculo comunitario que, en nombre de la causa, deviene en nihilismo, negación de todos los valores. Otros analistas del islam completarían la tesis argumentando que el martirio que busca una recompensa en el paraíso es sólo una posibilidad coránica antes que una constante histórica en la historia musulmana.
En este punto quisiera detenerme. Creer en Al Qaeda como un resultado del nihilismo europeo y americano, nuestro escorpión que se pisa la cola, tiene mucho del proverbial racismo invertido con el que Occidente se autoinculpa de todos los males ocurridos entre los supuestos condenados de la tierra, esta vez encabezados por Bin Laden, multimillonario saudí, a quien el demonio del dinero convirtió en un asesino. Incluso podría decirse que la hipótesis es el colmo del eurocentrismo, pues despojaría al islam, el más retardatario de los monoteísmos, hasta de la posibilidad de generar una forma endógena de integrismo. Pero confieso que, una vez releídos Los demonios, nada me parece más dostoievskiano que el terrorista que ingresa a una escuela de pilotos y hace ostensible su desinterés en aprender cómo aterrizar. Ese ejemplo habría complacido a Dostoievski como definición del nihilismo. ~



Nihilismo


obra


El nihilismo del latín nihil, nada es la doctrina filosófica que sugiere la negación de uno o más de los supuestos sentidos de la vida. Más frecuentemente, el nihilismo se presenta en la forma de nihilismo existencial, el cual sostiene que la vida carece de significado objetivo, propósito, o valor intrínseco. El nihilismo es también una posición crítica tanto en lo social, en lo político como en lo cultural respecto a los valores, costumbres y creencias de una sociedad. La palabra fue utilizada por primera vez por Ivan Turgenev en su novela Padres e hijos: "Nihilista es la persona que no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe".

Nietzsche estructuró la conceptualización del término nihilismo, aunque ya existía como corriente en la Antigua Greciarepresentado por la Escuela cínica y en el escepticismo.
El nihilismo hace una negación a todo lo que predique una finalidad superior, objetiva o determinista de las cosas puesto que no tienen una explicación verificable; por tanto es contrario a la explicación dialéctica de la Historia o historicismo. En cambio es favorable a la perspectiva de un devenir constante o concéntrico de la historia objetiva, sin ninguna finalidad superior o lineal. Es partidario de las ideas vitalistas y lúdicas, de deshacerse de todas las ideas preconcebidas para dar paso a una vida con opciones abiertas de realización, una existencia que no gire en torno a cosas inexistentes.
En este sentido el nihilismo no significa creer "en nada", ni pesimismo ni mucho menos "terrorismo" como suele pensarse, si bien estas acepciones se le han ido dando con el tiempo a la palabra. De todas formas hay autores que al nihilismo, entendido como negación de todo dogma para dar apertura a opciones infinitas no determinadas, le llaman "nihilismo positivo", mientras que al sentido de negación de todo principio ético que conlleve la negligencia o la autodestrucción le llaman "nihilismo negativo" (También se les conoce como "activo" y "pasivo".
Una de las referencias más lejanas se encuentra en el filósofo sofista Gorgias quien afirmaba: "Nada existe, si algo existe no es cognoscible por el hombre; si fuese cognoscible, no sería comunicable" o en la actitud vital de su discípulo Diógenes de Sinope.

El nihilismo ruso

El fenómeno cultural ruso conocido como nihilismo se desarrolló durante el reinado de Alejandro II (1855 a 1881), zar de carácter liberal y reformista. La década de los sesenta es considerada como la década del nihilismo. La pérdida de la Guerra de Crimea (1854-1856), la apertura del régimen al exterior (apertura no sólo económica, sino también cultural e ideológica) y las relativas libertades concedidas por el zar –por ejemplo, en prensa– sirvieron de caldo de cultivo para esta nueva subcultura. De carácter fundamentalmente intelectual, el nihilismo representó una reacción contra las antiguas concepciones religiosas, metafísicas e idealistas. Los jóvenes nihilistas, retratados como rudos y cínicos, combatieron y ridiculizaron las ideas de sus padres. Su sinceridad rayaba la ofensa y el mal gusto, y esta actitud fue lo que más pareció definir a este movimiento. La actitud despectiva y negativa quedó perfectamente retratada en el personaje Bazarov de la novela Padres e hijos de Turgénev.5

En el extremo sentimentalismo de los padres, estos jóvenes sólo veían una forma de hipocresía. Observaban cómo sus románticos padres explotaban a sus siervos, maltrataban a sus esposas e imponían una disciplina estricta en sus hogares y, paradójicamente, luego se dedicaban a hacer poemas y exhibir un comportamiento ridículo, como ilustró posteriormente el conocido anarquista Kropotkin en sus Memorias de un revolucionario (1899). "Los nihilistas rechazaban y abandonaban, en nombre del progreso, todo lo que no podía ser justificado científicamente, como supersticiones, prejuicios y costumbres."6
Criticaban las posiciones esteticistas en el arte por recrearse con la belleza en abstracto y carecer de una utilidad social real. Adoptaron también una postura ética utilitarista denominada "egoísmo racional" por la cual buscaron redefinir las relaciones sociales en ámbitos como la amistad, el amor o el trabajo.

El Russkoe Slovo: primera etapa (1859-1862)
La tendencia nihilista fue una parte del radicalismo ruso de la época. Tuvo su medio de expresión en una publicación llamada Russkoe Slovo (la palabra rusa), creada el año 1859. Pero no fue sino hasta la incorporación del joven Dimitri Pisarev (1840–1868) el año 1860 que la publicación se convirtió en representativa de esta tendencia. Pisarev – a pesar de tener una formación de letras – se dedicó a popularizar los últimos avances en ciencias naturales, y en especial en fisiología. Los mayores referentes ideológicos fueron los materialistas alemanes, denominados vulgares por su reduccionismo y extremo determinismo. Destacó el triunvirato formado por Büchner, Moleschott y Vogt. Pisarev interpretaba las relaciones personales, afectivas o laborales e incluso el desarrollo histórico, desde una vertiente fisiológica. En uno de sus artículos sobre Moleschott, llegó a afirmar que la hostilidad en torno al progreso era consecuencia de una dieta poco nutritiva y que, al contrario, una dieta equilibrada conduciría a un desarrollo completo del potencial intelectual. Contrario al idealismo, Pisarev calificaba los ideales de alucinaciones, por no poder ser experimentados mediante los sentidos. Otra de las bases del movimiento fue el positivismo, con el que estos jóvenes compartieron su afán ilustrador y su apología del modo de pensar científico. Autores positivistas como Comte o Buckle fueron un claro referente de Pisarev y otros jóvenes nihilistas.

En su artículo "Bazarov" (febrero de 1862) Pisarev se identificó con el personaje de Padres e hijos, con el que simpatizaba en gran medida, tanto por su extremo individualismo como por su proceder científico. En este artículo Pisarev defendía que ningún tipo de conocimiento o convicción debía ser aceptado como artículo de fe. Sólo los sentidos podían constituir la base para la construcción del conocimiento, dejando de lado toda especulación y teorización vacía. El método científico, con la observación y la experimentación, nutría perfectamente esa necesidad de asimilar el conocimiento fisiológicamente. La concepción sensualista la empleaba también Pisarev para justificar la conducta de los individuos. Éstos debían guiarse por impulsos naturales y por un calculado egoísmo, despreciando convenciones y tradiciones de todo tipo. Los prejuicios y obligaciones religiosos, familiares o sociales debían también ser rechazados. Bazarov se convertía así en el referente de la publicación. “Si el bazarovismo es una enfermedad, es la enfermedad de nuestro tiempo”, sentenciaba Pisarev. El bazarovismo o nihilismo se extendía como el cólera, y nadie podía pararlo, expresaba éste.

Una oleada represiva contra las instituciones y publicaciones radicales terminó ese mismo año con el arresto de Pisarev y el cierre del Russkoe Slovo (el intelectual Chernyshevski y su publicación Sovremennik corrieron la misma suerte). Pisarev protestó desde el anonimato contra la campaña represiva y defendió al intelectual Herzen de las calumnias vertidas por un agente zarista llamado Shedo-Ferroti. Adoptó en esta ocasión un tono excesivamente violento, terminando el panfleto con una invitación –a los jóvenes “vivos y frescos”- a la aniquilación completa de la casa real –“corrupta y podrida”. No obstante, la imprenta ilegal fue detectada y las pistas obtenidas dieron con la identidad de Pisarev. El episodio terminó con la encarcelación de éste en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, donde permanecería cuatro años (1862-1866).

A pesar de este capítulo, pocos meses después se permitió la reapertura del Russkoe Slovo y fue concedido a Pisarev un permiso para continuar publicando desde el presidio.
El Russkoe Slovo: segunda etapa (1863-1866)
La segunda etapa de Russkoe Slovo la marca la incorporación del joven Varfolomei Zaitsev (1842-1882) el año 1862 y la ruptura ideológica definitiva de esta publicación con la otra publicación radical de la época, el Sovremennik (el contemporáneo). Varfolomei Zaitsev siguió una orientación similar a la de Pisarev, compartiendo las mismas bases ideológicas que éste. Destacó por el tono agresivo de sus escritos. La divergencia se inició con la identificación de Pisarev con Bazarov, quien era visto por Antonovich –uno de los redactores del Sovremennik- como un personaje frío y carente de sentimientos, y una caricatura grosera de la juventud de la época. Pero fue el enfrentamiento entre Mijaíl Saltykov-Shchedrín y Zaitsev el que determinó finalmente la división. Los jóvenes nihilistas aparecían a ojos del populista Saltykov como una panda de charlatanes cargados de pesimismo y negatividad. Y para Zaitsev y Pisarev las posturas populistas, es decir, la fe en el campesino analfabeto e ignorante como motor de todo progreso en Rusia, eran una soberana estupidez. Chocaban igualmente en algunos referentes ideológicos. En el Sovremennik se impuso la filosofía hegeliana (concretamente el hegelianismo de izquierdas representado por Feuerbach y su religión humanista) y en el Russkoe Slovo el materialismo vulgar y el cientifismo radical. Para Pisarev y Zaisev la filosofía de Hegel y la dialéctica en general constituían un cúmulo de abstracciones carentes de sentido.
Los jóvenes de Russkoe Slovo se caracterizaron por su “egoísmo racional”, que se contrapuso al altruismo y sacrificio personal que predicaron los integrantes del Sovremennik y posteriormente los populistas de la década de los setenta. En sus escritos sobre la obra de Darwin, El origen de las especies (la traducción rusa salía a la luz el año 1864), Pisarev veía justificado científicamente este egoísmo, pues cada especie actuaba únicamente en función del propio interés. Zaitsev adoptó una postura ligada al darwinismo social, sosteniendo la inferioridad de las razas de color –inspirado, sobre todo, por Karl Vogt– y negando que tuvieran una función importante en la historia. Otro de los puntos de discusión entre las dos publicaciones radicales fue el referente al arte. Para Antonovich, por ejemplo, el placer estético era una necesidad natural. Pisarev y Zaitsev criticaron, en contraposición, las posturas esteticistas en el arte (el llamado “arte por el arte”) por carecer de utilidad social.
Pisarev desarrolló toda una teoría del egoísmo racional que, sobre todo en artículos como "Realistas" (1864) o "Proletariado Pensante" (1865), se convirtió en variante del utilitarismo. Por una parte la “liberación de la personalidad”, que en sus primeros artículos representaba la depuración del propio ego de todo aquello que es artificial o impuesto por agentes externos, como deberes y obligaciones. Y por la otra, esta nueva concepción del egoísmo racional, que fue adquiriendo progresivamente un tono utilitarista, abandonando las concepciones iniciales más hedonistas. Pisarev proclamaba en “Proletariado Pensante” que el egoísmo, concebido de forma racional, no tenía porque estar reñido con el amor por la humanidad, que el interés individual podía coincidir con el bien común. Si los hombres y mujeres nuevos se dedicaban a labores de utilidad social – y Pisarev veía a los científicos como una nueva vanguardia – las contradicciones quedaban eliminadas. En "Realistas", Pisarev trataba temas como la liberación de la mujer, la necesaria industrialización en Rusia, la necesidad de popularizadores de ciencias naturales y –en oposición a la tendencia populista- lo inútil de emprender la “ida hacia el pueblo” con tan gran número de campesinos analfabetos. No era todavía la época de una “ilustración masiva”, y lo único que podía traer el progreso a Rusia eran científicos, técnicos, publicistas y otros “proletarios pensantes”.
Las posturas sensualistas, positivistas, darwinistas y extremadamente egoístas de los jóvenes del Russkoe Slovo los diferenciaron y enfrentaron, así, a los integrantes del Sovremennik, publicación en la cual se predicaba el altruismo y se mitificaba al pueblo, continuando la tradición moralista del publicista Dobroliubov, que integró también esa publicación, y que murió prematuramente el año 1861.
A pesar de que Pisarev y Zaitsev compartían muchos puntos en común con Chernyshevski, se diferenciaron de éste en sus posiciones. Posteriormente, Chernyshevski criticó las posiciones positivistas y darwinistas de esos jóvenes, aunque publicara su novela "¿Qué hacer?" (1863) inspirado por la nueva tendencia y su carácter moral. Chernyshevski es conocido por ser un partidario del socialismo agrario basado en el mir o comuna rural rusa. Pisarev, en cambio, recibió gran influencia de Saint–Simon y adoptó una postura industrialista. Siempre desde una dimensión apolítica, defendió el desarrollo económico y social pacífico a través de la labor educativa y modernizadora (industria, tecnología, etc.). Zaitsev se lamentaba del bajo nivel intelectual y educacional del campesinado ruso y, a diferencia de los posteriores populistas, era escéptico respecto a esta clase social, viendo en el obrero occidental una clase social mucho más avanzada. Zaitsev, al igual que su compañero de publicación Nikolai Sokolov, redactor económico del Russkoe Slovo, se identificó con el pensamiento del anarquista francés Pierre Joseph Proudhon.
El cierre de Russkoe Slovo e influencias posteriores
Con el atentado del populista Karakozov (abril de 1866), las publicaciones radicales de la época, el Russkoe Slovo y el Sovremennik, fueron clausuradas por alimentar tendencias subversivas. A pesar de esto, Blagosvetlov, antiguo editor del Russkoe Slovo, estaba autorizado a publicar en Delo (El Hecho), donde participaron otros componentes del Russkoe Slovo como Tkachev o Shelgunov que, a diferencia de Pisarev y Zaitsev, no eran representativos de la tendencia nihilista. Pisarev participó en esta publicación, pero tras unas disputas con Blagosvetlov, rompió con la misma. Moría supuestamente ahogado el año 1868. Se hipotetiza con el suicidio (diversos intentos en el pasado por parte de Pisarev hacen creíble esta hipótesis). Zaitsev, que tenía prohibido publicar, huía al exilio el año 1869, vinculándose a grupos anarquistas suizos. También se unía a grupos anarquistas suizos Sokolov, antiguo redactor económico del Russkoe Slovo, que escapaba en el año 1872 a su cautiverio.
La subcultura nihilista perdía así su medio de expresión y sus principales representantes. Aún así las obras de Pisarev continuaron ejerciendo una fascinación importante en la juventud rusa hasta principios del siglo XX. Se llegó a calificar el nihilismo como una etapa de la primera juventud por la que muchos pasaban. Los seguidores de Pisarev (o Pisarevtsy) fueron criticados por populistas de la década de los setenta. Mijailovski, conocido poeta radical, veía en esta corriente un egoísmo y un solipsismo contrarios al espíritu populista. El terrorista de la Naródnaya Volia Tikhomirov criticaba a los seguidores de Pisarev por basarlo todo en impulsos personales, ignorando al pueblo, y calificaba el nihilismo de pretensión aristocrática, surgida a la sombra de una nobleza decadente. Más que una adaptación del utilitarismo inglés a la realidad rusa Tikhomirov consideraba que el nihilismo ruso era una caricaturización del mismo, y que su pretendido utilitarismo sólo era una excusa para la inmoralidad y un llamamiento a la vida disoluta.

Concepto filosófico

El nihilismo tiene antecedentes muy antiguos y se encuentra ya en algunos textos filosóficos hebreos, como el Eclesiastés. Entre otros filósofos ecuménicos que han escrito sobre esta materia se incluye a Friedrich Nietzsche y a Martin Heidegger. Nietzsche describió a la cristiandad como una religión nihilista porque evadía el desafío de encontrar sentido en la vida terrenal, y que en vez de eso crea una proyección espiritual donde la mortalidad y el sufrimiento eran suprimidos en vez de transcendidos. Nietzsche creía que el nihilismo es un resultado de la muerte de Dios, e insistió en que debía ser superado, dándole de nuevo significado a una realidad monista. Buscó un idealismo pragmático en vez del idealismo cósmico de Schopenhauer.
Heidegger describió al nihilismo como el estado en el que no queda nada del ser en sí, y argumentó que el nihilismo se apoya en el reduccionismo del Ser a un mero valor. El nihilismo es el proceso que sigue la conciencia del hombre occidental y que quedaría expresado en estos tres momentos:

El nihilismo como resultado de la negación de todos los valores vigentes: es el resultado de la duda y la desorientación.

El nihilismo como autoafirmación de esa negación inicial: es el momento de la reflexión de la razón.

El nihilismo como punto de partida de una nueva valoración: es el momento de la intuición, que queda expresada en la voluntad de poder, en quien se expresa a su vez el valor de la voluntad.

Esta es la base sobre la que ha de construirse, según Nietzsche, la nueva filosofía. El hombre provoca, en primer lugar, la muerte de Dios o la destrucción de los valores caducos. En segundo lugar, el hombre toma conciencia plena del fin de estos valores o de la muerte de Dios y se reafirma en ella. En tercer lugar, y como consecuencia de todo lo anterior, el hombre se descubre a sí mismo como responsable de la destrucción de los valores o de la muerte de Dios, descubriendo, al mismo tiempo, la voluntad de poder, e intuyendo la voluntad como máximo valor; así se abre el camino a unos nuevos valores.



terroristas
Datos archivados del Taringa! original
32puntos
5,621visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

v
vaquita_🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts44
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.