Él sonreía por dentro. Lo sabía, indudablemente saldría perdiendo nuevamente. Sin embargo, eso no causaba sufrimiento en él, sino que sentía una satisfacción placentera; había actuado de manera correcta.
Analiza la situación y comprende la realidad. Sabe que tiene posibilidades, no obstante, su conciencia le pide a gritos que haga lo correcto, lo que define la situación.
Siente un pesar en él, cree que su destino es terminar perdiendo aunque tenga posibilidades de triunfar. Pero no lo hace por desconfianza en si mismo, lo hace por amor. Exacto, amor. No el amor como todos lo creen conocer, ese amor vulgar y sin valor verdadero. Sino el amor puro, fraternal, hacia si mismo y hacia los demás.
No podía vencer a su conciencia. Sin embargo, luego de actuar, se sentía traicionado por sí mismo.
Le dolía de verdad, pero el consuelo de haber actuado de manera correcta lo gratificaba de una manera inexplicable. Él tenía la certeza de que iría al cielo. Sonará tonto, pero eso es lo que el creía.
Tenía una visión única del mundo y sus valores. Había creado una interpretación propia de la religión. El abismo, inmenso y atormentador, se expandía dentro de sí, carcomiendo sus pensamientos, convirtiéndolos en dudas.
¿Por qué tengo que ser así? ¿Por qué a mí? Sabía que debía pagar un precio muy grande por lo recibido, pero no sabía que tan grande tenía que ser la cuantía.
¿Hasta cuando uno debe resignarse? ¿Era resignarse? La seguridad en sí mismo decía presente y le susurraba al oído: actuaste de manera regia. ¿Eso le alcanzaba? A veces creía que si, a veces que no. Era un tormento eterno. Sin embargo, su entrega lo hacía feliz. A veces creía que el problema era que su corazón y su cerebro no se ponían de acuerdo. Debía definirse: si ser un ser racional, o ser un ser sentimental. Claro, como si fuera tan fácil. Esa elección no sería tan difícil si todo fuera blanco o negro, bueno o malo. No había elección errónea, como tampoco elección correcta.
Ansiaba un día despertarse y pensar lo básico. Ser un inocente romántico. Pero no, él sabía que nunca iba a ocurrirle. Por eso mismo, hizo un contrato con su alter ego, ese ser que convivía dentro suyo y le hacía hacer el bien: dejaría todo en manos del destino.
Porque quiera o no, las galimatías que brotan de él en formas de palabras, también se presentan en formas de actos.
Se engaña a sí mismo y se esfuerza por convertirse en un ingenuo.
Luego de un período, mientras camina tranquilamente, va pensando, casi como un inocente romántico, que los corazones no se rompen porque si, seguramente Cupido está preso por varios homicidios culposos.
Lucas N. Diez