Es de todas las artes la Arquitectura la que más se relaciona, por pura
lógica, con el Urbanismo. La ciudad medieval no tiene cabida en la
mente del humanista, y por eso en las ciudades del Qattrocento
italiano se llevan a cabo una serie de transformaciones para remodelar
principalmente calles y plazas y acabar con el aire medieval. Esta es una de las
partes de la renovación, pero también hay algunos arquitectos más audaces
que prefieren, en vez de trabajar y transformar lo ya hecho, dar vida a ciudades
de nueva planta. De ambos casos nos ocuparemos ahora.
Se ve la plaza ciudadana como la evolución del Foro romano, y en ambos
casos es un lugar en el que se reúne la población, como ya antes lo había sido
el Ágora en Grecia. La idea persistirá en el Barroco. Para acabar con la
anarquía medieval en el Qattrocento se pretende dotar a la plaza de una cierta
uniformidad en las fachadas y que se atenga a una figura geométrica
reconocible. Las proporciones estarán presentes siempre en el diseño urbano.
Vamos a ocuparnos ahora de algunos casos concretos:
La plaza de Pío II en Siena es obra de
Rosellini. Se le da forma de trapecio para
que se acomoden los edificios,
agrupados jerárquicamente según su
tamaño. En el lado mayor va el Domo,
la catedral del obispado con doble arco de
triunfo en la fachada, y en el lado menor
está el palacio comunal con la logia en la planta baja. A los otros lados se
acomodan los palacios de Borgia y Picolomini, por lo cual en la misma plaza se
agrupa el poder político y el religioso. En el plano vemos la plaza con la
catedral y los tres palacios (Piccolomini, episcopal y público) que la forman. La
forma trapezoidal de la plaza, que se abre al campo por los lados de la
catedral, contribuye a lograr un efecto de perspectiva que agranda el espacio al
alejar visualmente los edificios si nos colocamos en la puerta de la iglesia. Ese
efecto resulta acentuado por el dibujo del pavimento.
La plaza ducal de Vigevano en Lombardía está rodeada de loggias, a la
manera del foro romano, ya que se basa en las descripciones de Vitrubio
acerca de la antigua Roma. Se atribuye el proyecto a Bramante, aunque
algunos dicen que puede ser incluso de Leonardo. Es de planta
rectangular, cerrada, donde las entradas quedan señaladas por unos
arcos triunfales pintados como trampantojos. Presenta también
similitudes con el castillo de Ludovico el Moro, porque hay una torre que
sobresale y sirve de referencia visual.
Fue transformada por decisión de Ludovico el Moro a fines del
Quattrocento. Los derribos de casas para construir la nueva plaza se
iniciaron en 1492. Es una plaza porticada, al igual que los foros de la
Antigüedad y al igual que las propuestas por los tratadistas. Aunque quien
la realizó fue Ambrogio da Corte, el proyecto ha sido atribuido tanto a
Leonardo como a Bramante, siendo por este último por el que se inclinan la
mayoría de los historiadores. De nuevo aquí aparece la plaza como el
elemento de cohesión entre palacio e iglesia. En su origen, además, en la
zona de la torre, que era por donde se entraba al palacio ducal, los pórticos
se interrumpían para dejar penetrar en la plaza la rampa y escalera por las
que se accedía al castillo. Enfrente de esa entrada una calle desembocaba
en la plaza y, frente de la iglesia -situada en el lado menor de la plaza-,
también entraba otra calle, con lo cual dos ejes de circulación relacionaban
la ciudad con los edificios representativos de los dos poderes que en la
plaza tenían un escenario. Esto permaneció así hasta el siglo XVII, cuando
se demolió la rampa, se dio continuidad en esa zona a los pórticos y se
construyó la fachada de la catedral. A pesar de esas transformaciones,
sigue siendo un ejemplo de primer orden para conocer la cultura urbanística
del Quattrocento.
El duque de Ferrara quiso ampliar la ciudad en lo que se llamó Edizione
Erculea, porque había aumentado la población y también se necesitaba
mejorar la defensa. El castillo pasó a ocupar el centro de la ciudad,
acentuando el poderío de la familia ducal. Primero se hizo la Adicione di
Borso, con la desecación del Delta del Po y se trazó una calle recta en la
que desembocarían otras más cortas. Con la Adicione se construye también
una nueva plaza que actúa como centro comercial de la ciudad, según
algunos por el arquitecto Rosetti, que también es autor del recinto
amurallado. Se separa la circulación peatonal del tráfico de carruajes, y se
consigue una buena articulación de la ciudad antigua y la de nueva
creación.
Roma fue transformada durante los papados de Nicolás V y Sixto IV, porque
se necesitaba que la ciudad respondiese a una doble función: sede del
pontificado y lugar de encuentro con la antigüedad romana. En realidad ya
es el papa Martín V quien restaura la ciudad y reorganiza los edificios del
Capitolio, pero es con los papas mencionados con quienes se logran los
mayores éxitos. Nicolás V fue el protector de Alberti y un gran humanista,
fundador de la Biblioteca Vaticana. Se preocupa de restaurar la mayoría de
los acueductos y crea una auténtica ciudad fortificada en la sede vaticana,
ampliando San Pedro. Aunque en contrapartida hay que decir que no
siempre respetó los monumentos importantes y utilizó el Foro, el Coliseo y
el Aventino como cantera. Sixto V fue más respetuoso con el pasado y
realizó un puente sobre el Tíber, además de Santa María de la Paz y Santa
María del Pueblo.
Existe también la idea de crear una ciudad siguiendo un tratado teórico, y
Alberti se muestra partidario de una ciudad circular, tal y como Jerusalén se
había descrito. Pensaba que la ciudad debía ser protegida por dos murallas
muy altas, que se relacionasen a través de muros a modo de contrafuertes.
Analiza para ello diferentes ciudades históricas situadas en lugares
distintos: montaña, mar, llanura. Piensa que las calles, al igual que en la
Edad Media, no deben ser rectas, para dar mayor sensación de amplitud.
La plaza debe ser porticada y rectangular y los edificios tendrán una altura
proporcionada a la anchura de la parte descubierta de la plaza. Hay que
guardar siempre las normas de simetría, tan propias del Qattrocento.
Además de Alberti, también Il Filarete se imagina la ciudad ideal, a la que
llama Sfrozinda, en honor a la familia Sforza, que estaría situada en un valle
entre colinas y junto a un río. La forma ideal sería estrellada, formada por la
concurrencia de un círculo con dos cuadrados inscritos. Quedaría protegida
exteriormente por un foso circular. Las torres se situarían en los ángulos del
recinto amurallado. Tendría 16 calles principales en forma radial, que
partirían de las ocho puertas y las ocho torres de la gran plaza central. En el
centro de esta plaza estaría el palacio comunal, con arcadas en la planta
baja y una gran torre central. Quedarían cubiertos en un mismo espacio los
poderes político, religioso y económico.
E
lógica, con el Urbanismo. La ciudad medieval no tiene cabida en la
mente del humanista, y por eso en las ciudades del Qattrocento
italiano se llevan a cabo una serie de transformaciones para remodelar
principalmente calles y plazas y acabar con el aire medieval. Esta es una de las
partes de la renovación, pero también hay algunos arquitectos más audaces
que prefieren, en vez de trabajar y transformar lo ya hecho, dar vida a ciudades
de nueva planta. De ambos casos nos ocuparemos ahora.
Se ve la plaza ciudadana como la evolución del Foro romano, y en ambos
casos es un lugar en el que se reúne la población, como ya antes lo había sido
el Ágora en Grecia. La idea persistirá en el Barroco. Para acabar con la
anarquía medieval en el Qattrocento se pretende dotar a la plaza de una cierta
uniformidad en las fachadas y que se atenga a una figura geométrica
reconocible. Las proporciones estarán presentes siempre en el diseño urbano.
Vamos a ocuparnos ahora de algunos casos concretos:
La plaza de Pío II en Siena es obra de
Rosellini. Se le da forma de trapecio para
que se acomoden los edificios,
agrupados jerárquicamente según su
tamaño. En el lado mayor va el Domo,
la catedral del obispado con doble arco de
triunfo en la fachada, y en el lado menor
está el palacio comunal con la logia en la planta baja. A los otros lados se
acomodan los palacios de Borgia y Picolomini, por lo cual en la misma plaza se
agrupa el poder político y el religioso. En el plano vemos la plaza con la
catedral y los tres palacios (Piccolomini, episcopal y público) que la forman. La
forma trapezoidal de la plaza, que se abre al campo por los lados de la
catedral, contribuye a lograr un efecto de perspectiva que agranda el espacio al
alejar visualmente los edificios si nos colocamos en la puerta de la iglesia. Ese
efecto resulta acentuado por el dibujo del pavimento.
La plaza ducal de Vigevano en Lombardía está rodeada de loggias, a la
manera del foro romano, ya que se basa en las descripciones de Vitrubio
acerca de la antigua Roma. Se atribuye el proyecto a Bramante, aunque
algunos dicen que puede ser incluso de Leonardo. Es de planta
rectangular, cerrada, donde las entradas quedan señaladas por unos
arcos triunfales pintados como trampantojos. Presenta también
similitudes con el castillo de Ludovico el Moro, porque hay una torre que
sobresale y sirve de referencia visual.
Fue transformada por decisión de Ludovico el Moro a fines del
Quattrocento. Los derribos de casas para construir la nueva plaza se
iniciaron en 1492. Es una plaza porticada, al igual que los foros de la
Antigüedad y al igual que las propuestas por los tratadistas. Aunque quien
la realizó fue Ambrogio da Corte, el proyecto ha sido atribuido tanto a
Leonardo como a Bramante, siendo por este último por el que se inclinan la
mayoría de los historiadores. De nuevo aquí aparece la plaza como el
elemento de cohesión entre palacio e iglesia. En su origen, además, en la
zona de la torre, que era por donde se entraba al palacio ducal, los pórticos
se interrumpían para dejar penetrar en la plaza la rampa y escalera por las
que se accedía al castillo. Enfrente de esa entrada una calle desembocaba
en la plaza y, frente de la iglesia -situada en el lado menor de la plaza-,
también entraba otra calle, con lo cual dos ejes de circulación relacionaban
la ciudad con los edificios representativos de los dos poderes que en la
plaza tenían un escenario. Esto permaneció así hasta el siglo XVII, cuando
se demolió la rampa, se dio continuidad en esa zona a los pórticos y se
construyó la fachada de la catedral. A pesar de esas transformaciones,
sigue siendo un ejemplo de primer orden para conocer la cultura urbanística
del Quattrocento.
El duque de Ferrara quiso ampliar la ciudad en lo que se llamó Edizione
Erculea, porque había aumentado la población y también se necesitaba
mejorar la defensa. El castillo pasó a ocupar el centro de la ciudad,
acentuando el poderío de la familia ducal. Primero se hizo la Adicione di
Borso, con la desecación del Delta del Po y se trazó una calle recta en la
que desembocarían otras más cortas. Con la Adicione se construye también
una nueva plaza que actúa como centro comercial de la ciudad, según
algunos por el arquitecto Rosetti, que también es autor del recinto
amurallado. Se separa la circulación peatonal del tráfico de carruajes, y se
consigue una buena articulación de la ciudad antigua y la de nueva
creación.
Roma fue transformada durante los papados de Nicolás V y Sixto IV, porque
se necesitaba que la ciudad respondiese a una doble función: sede del
pontificado y lugar de encuentro con la antigüedad romana. En realidad ya
es el papa Martín V quien restaura la ciudad y reorganiza los edificios del
Capitolio, pero es con los papas mencionados con quienes se logran los
mayores éxitos. Nicolás V fue el protector de Alberti y un gran humanista,
fundador de la Biblioteca Vaticana. Se preocupa de restaurar la mayoría de
los acueductos y crea una auténtica ciudad fortificada en la sede vaticana,
ampliando San Pedro. Aunque en contrapartida hay que decir que no
siempre respetó los monumentos importantes y utilizó el Foro, el Coliseo y
el Aventino como cantera. Sixto V fue más respetuoso con el pasado y
realizó un puente sobre el Tíber, además de Santa María de la Paz y Santa
María del Pueblo.
Existe también la idea de crear una ciudad siguiendo un tratado teórico, y
Alberti se muestra partidario de una ciudad circular, tal y como Jerusalén se
había descrito. Pensaba que la ciudad debía ser protegida por dos murallas
muy altas, que se relacionasen a través de muros a modo de contrafuertes.
Analiza para ello diferentes ciudades históricas situadas en lugares
distintos: montaña, mar, llanura. Piensa que las calles, al igual que en la
Edad Media, no deben ser rectas, para dar mayor sensación de amplitud.
La plaza debe ser porticada y rectangular y los edificios tendrán una altura
proporcionada a la anchura de la parte descubierta de la plaza. Hay que
guardar siempre las normas de simetría, tan propias del Qattrocento.
Además de Alberti, también Il Filarete se imagina la ciudad ideal, a la que
llama Sfrozinda, en honor a la familia Sforza, que estaría situada en un valle
entre colinas y junto a un río. La forma ideal sería estrellada, formada por la
concurrencia de un círculo con dos cuadrados inscritos. Quedaría protegida
exteriormente por un foso circular. Las torres se situarían en los ángulos del
recinto amurallado. Tendría 16 calles principales en forma radial, que
partirían de las ocho puertas y las ocho torres de la gran plaza central. En el
centro de esta plaza estaría el palacio comunal, con arcadas en la planta
baja y una gran torre central. Quedarían cubiertos en un mismo espacio los
poderes político, religioso y económico.
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