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Mi aventura en el palacio marino - Capítulo 3

Arte5/22/2012
*Gracias a @Rech0 por su sugerencia de incluir música que acompañe el relato









Mi aventura en el palacio marino

Capitulo 3 – La biblioteca



Apoyé mis manos sobre la manija, cuyo dorado esplendor había quedado (como en la fuente) opacado por el correr de los siglos, e hice presión para abrirla. Un pinchazo hizo que despegara urgentemente las manos: me había lastimado con uno de los crustáceos que revestía toda la superficie. No desistí, y en seguida decidí empujar la puerta con mi brazo, utilizando así el peso de mi cuerpo. Con un esfuerzo muy grande, los animalillos y algas que pegaban la puerta al marco se despegaron, las bisagras chirriaron y la puerta se abrió, en una nube de polvo que me hizo toser. Me encontré así en el interior de una inmensa biblioteca.
La luz iluminaba de la misma manera que en el resto del camino que había yo recorrido hasta ahora. Densa, pero suave, colándose por huecos en las paredes roídas y mostrando dibujos del polvo que se acababa de levantar. Inspirada por mi amor a los libros y a los lugares desconocidos, entré rápidamente, fascinada por la magia de aquel lugar.
Al mirar hacia arriba, noté que estaba dominado por una gran cúpula que alguna vez supo ser dorada, cuyo contorno era decorado por ángeles que observaban desde lo alto la actividad de los seres mortales. Allí también había pequeños orificios por donde entraba furiosa pero no agresiva, la luz del sol, cuyos rayos se concentraban en el centro de la sala como una señalación divina.



Frente a mi se extendía un largo pasillo, calcule que de al menos ochocientos o novecientos pies, resguardado en sus costados por sendos muebles altísimos y repletos de libros. Aquellos muebles, ostentosamente decorados con barrotes de madera y grabados de delfines y ostras, funcionaban, a su vez, como entrepisos, donde se podía subir por unas escalerillas al final del pasillo. En medio del corredor estaban ubicadas varias mesas de lectura junto con sillas haciendo juego, igualmente preciosas en su decorado. Parecían sus patas hechas de moluscos y cangrejos: los grabados en la madera, similares a los de la puerta, tomaban esa forma. Dispuse nuevamente mi tiempo para observar aquellos grabados perfectamente logrados. Cada ranura de cada ostra, cada relieve del caparazón de cada cangrejo, cada espiral de cada caracol, daba la impresión de que realmente eran esos seres petrificados y unidos para sostener una tabla de madera y funcionar como mesa, o agregarle un respaldo para sentarse y disfrutar de un libro.



Proseguí a ver los tomos, acomodados extraña y perfectamente en los estantes, cubiertos también por esos pequeños moluscos que revestían todo el edificio. Decidí despegar uno, no porque particularmente haya llamado mi atención, sino porque quería ver en qué estado se encontraban. El libro se llamaba “Marinis vitae”. Con dificultad y con temor a romperlas, fui separando una a una las hojas viejas, sintiendo el perfume del papel estacionado por centurias. Estaba escrito enteramente en latín y contenía ilustraciones muy antiguas de embarcaciones y cómo desenvolverse en la vida en el mar. Caminé unos pasos pausadamente, observando los tomos que integraban las colecciones hasta que me detuve y agarré otro libro. Éste en su interior decía “Dictionary piscivm vol. XXX”. En él se concentraba información sobre numerosas especies de peces, sumamente desconocidas para mi. Todas las páginas estaban, al igual que el libro anterior, escritas en latín.
Continué recorriendo toda la biblioteca, contemplando los maravillosos libros que allí descansaban, con sus pobres páginas olvidadas, pero que resguardaban una belleza única. Escuchaba los pasos de mis botas haciendo eco en el lugar vacío de sonido y personas. Seguramente era yo la única alma que habría paseado por allí desde hacía mucho tiempo. Al pasar al lado de las mesas, las acariciaba suavemente con mis dedos, procurando no volverme a lastimar con las cáscaras de los diminutos crustáceos. Nunca había contemplado yo un sitio tan maravilloso y a la vez tan extraño.



Al finalizar el recorrido ida y vuelta por el largo pasillo, me detuve en el preciso lugar donde recaían los rayos del sol, sobre el tapiz color bordó, cuidadosamente bordado y trabajado, que vestía el piso de toda la biblioteca. Instantáneamente me envolvió la luz que allí caía, me rodeé con fuerza por el mundillo de partículas de polvo que se desplegaba por doquier y algunas más grandes que flotaban lentamente llenando el rayo, circundándome en un túnel de brillante complexión.
Me sumergí en él por unos momentos, feliz de la bendición que estaba recibiendo amorosamente del sol y aproveché hasta que estuve lo suficientemente relajada como para seguir camino por aquel palacio.

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