Siempre me imaginé la vida en tiempos pasados como si se tratara de una película en blanco y negro. Cómo si mis ojos miraran a través de una pantalla, por cierto algo sucia y antigua, aquellos rostros ilegibles de personas que no veré nunca más, transitando en dirección contraria por una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Ésta historia no es la excepción.
Se apagan las luces.
Al encenderse nos encontramos en una calle de tierra. Pareciera ser que estamos aproximadamente más de 50 años atrás. Dos niños manejan un carro tirado por un caballo. Cirujas, linyeras, crotos, podríamos ponerle más de cien apodos. Uno de ellos, el mayor, se baja y, mientras camina, revisa la basura que encuentra a su paso. El menor sostiene las riendas con las dos manos, con un control envidiable de la monta. Suelta un poco las riendas y el caballo retoma nuevamente el paso, como si se tratara de una danza coordinada entre el animal y el pequeño jinete, donde cada uno sabe cuál será el próximo paso del otro.
Ahora el menor siente el repique constante que emite el caballo con su trote sobre el piso y se pregunta ¿Por qué? ¿Por qué me tocó esta vida a mí? Como si existiese un culpable de su desdicha.
Su pelo se está oscureciendo hacia un grisáceo opaco –recordemos que ésta historia ocurre en blanco y negro- y opone poca resistencia al viento que fuerte golpetea su cabellera. Intenta acomodarlo con sus pequeñas manos, pero el frío les ha quitado sensibilidad y apenas reconoce con el tacto la escarcha que se ha formado sobre sus cabellos. Aunque las bajas temperaturas no son nada comparado con su angustia. Siente que el dolor se le atravesó en la garganta y que su mamá lo ayudará a sacarlo como quien descorcha con sus manos una botella de vino.
Sus reflexiones se ven interrumpidas cuando su hermano mayor, Tito –apenas un año y medio mayor-, le dice que se apure: recién comenzaron y quedan muchas calles por recorrer.
Juan José Diez, quien sería Pichón para sus amigos, agita las riendas y el carro cargado de botellas y chatarra redobla la apuesta, avanzando a paso firme y demostrando que ese caballo tiene una fuerza sobrenatural. El niño todavía es muy chico pero pareciera que su cuerpo huesudo no va a mutar mucho a lo largo de su vida, da la impresión que cualquier ráfaga de viento podría doblar su cuerpo como lo hacen las palmeras ubicadas en una zona costera cuando pasa un tornado.
Pichón va haciendo ruidos con su boca, sus zapatitos golpean el piso de madera del carro al compás de la melodía que tararea. Le gusta ir jugando distraído, ya que no le gusta ver las expresiones de “las personas de bien” cuando lo ven pasar. Cada mirada es un puñal, como echándole la culpa por su propio destino. El niño busca abstraerse y se reconforta pensando que después de un largo día de trabajo su hermano le dibujará una historieta que para él será el mejor regalo del mundo.
Las ruedas oxidadas comienzan a girar, pero Pichón no puede despejarse. Hoy, al igual que otros tantos, es un día jodido. Se pregunta y re pregunta porque su papá se tuvo que ir y los abandonó. Aún no entiende el significado de ello, pero su mamá le avisó que no va a poder volver a verlo ¡Y él que lo quería tanto a su papá! ¡Papito mío ojalá estuvieras acá! Inmerso en sus pensamientos estaba cuando vislumbra a pocos metros de él una gran cantidad de hierros apilados. La felicidad en él aumenta de forma considerable y baja del carro de un solo salto como impulsado por una fuerza extraña. Sus 5 cortos años de vida parecen no ser un impedimento para que él solo suba una parte de aquel chatarrerío. Pichón sonríe: seguramente hoy su hermanito mayor le regalará un dibujo mientras lo despeina con una sonrisa cómplice.
Todo se torna obscuro nuevamente. De pronto, las luces se encienden.
Las ruedas siguen girando, pero ya pasaron algún tiempo. Pichón tiene 12 años. Es físicamente flaco. Si, esa es la definición. Nuestro presagio no estaba errado.
Le gusta pararse de espaldas al sol y mirar su sombra ínfima reflejada en el suelo. Era como una rayita fina: mirar a su sombra le hacía acordar a la figura de un fósforo. Su rostro era muy expresivo, su mirada denotaba ciertas características aguileñas. Y su sonrisa fácil dejaba en evidencia su picardía y espontaneidad.
Aquel día fue la excepción a su sonrisa. No podía parar de llorar. La primera pérdida: el abandono por parte de su padre y su posterior defunción fue tomada como algo extraño: él era muy chico y muy ajeno para entenderlo del todo. Esta vez Pichón comprendía mejor lo que estaba sucediendo. Su fiel compañero de aventuras, su caballo, había fallecido. Y con él se iban mil historias, compañero de desdichas. Con él, se iba parte de su vida.
Y quizás desde una visión un tanto sesgada y simplista pueda parecer una situación normal y de menor importancia, pero si nos sumergimos en aquella realidad donde el no tener nada lo hacía valorar todo a un niño que para comer tuvo que pelearle a la vida, teniendo como padre a un hermano, la pérdida constituye como el extravío mismo del alma propia.
En éste contexto lloraba, desconsolado el joven Pichón. Lloraba, gritaba e insultaba a la vida por haberle quitado algo que tanto quería, sentado en un descampado en la esquina de las calles Liniers y Mendoza en Luis Guillón. La tierra agrietada cedía al paso de los años y la gramilla estaba desgastada por el constante tránsito de caballos que elegían a aquel descampado como lugar para pastar. Pichón escondía su rostro entre sus rodillas mientras apretaba con su mano una ramificación de una ortiga que encontró allí.
Como por obra de mandinga o del destino –si es que son dos cosas distintas- se acercó una nena de 8 años a preguntarle al joven por qué lloraba. Cuando él le contestó que lloraba por la muerte de su caballo, la nena no pudo contener la risa y, no contenta con ello, comenzó a cargarlo diciéndole que los nenes no lloran. Pichón, en búsqueda de venganza, tomó la rama de ortiga que tenía entre las manos y golpeó fuertemente a la niña en sus piernas. La nena corrió como si de ello dependiera su vida, gritando por el dolor como consecuencia del golpe y vociferando risas por la situación al mismo tiempo. Pichón tenía otro motivo más –además de la muerte de su caballo- para seguir insultando.
Se baja nuevamente en telón negro. Al levantarse, podemos visualizar una sociedad de fomento barrial donde se está llevando a cabo una fiesta. El mismo se ubica en Llavallol y los que allí asisten lo han bautizado “La tierrita” en clara alusión a la composición de su superficie. Han pasado aproximadamente algunos años desde el último episodio. Es carnaval y muchos jóvenes de Llavallol y Guillón se encuentran en aquella cancha de fútbol de tierra, donde se nota el esfuerzo de los organizadores por decorarla y estilizarla.
De día, los muchachos gambetean rivales en una carrera estrepitosa, esquivando patadas, a veces con una estrategia elaborada y otras no tanto, corriendo desesperadamente hacia el arco rival con un objetivo claro: superar al equipo contrario y meter un gol. Se nota a primera vista que todos los jugadores son distintos, hay algunos más habilidosos que otros e incluso hay quienes tienen un don especial para ello. A éstos últimos los llamamos los distintos. De noche, la cosa no cambia mucho. Todos los jóvenes hacen muestra de su galantería y hombría, los habilidosos con mayor énfasis que los rudimentarios. Esquivan a rivales y encaran a las damas haciendo gala de sus atributos y habilidades. No siempre llegan al éxito, a veces el resultado es un fracaso rotundo, otras veces la pelota pega en palo y se va en parte responsabilidad del artillero y en parte culpa del destino, pero esas veces que se da, el goleador se enorgullece de su acierto mientras la tribuna vitorea su nombre y lo festeja como si el triunfo fuera propio.
En aquella noche, y mientras todas las parejas estaban bailando, un grupo de caqueritos (se les decía así a lo que hoy podríamos asimilar a los rockeros) entró por la puerta principal, todos montando sus respectivas motos y entraron a la pista donde se encontraban las parejas mientras daban vueltas en círculos alrededor de los testigos de tal acontecimiento. Entre los arriesgados conductores se encontraba Pichón con 18 años cumplidos. A su lado estaba Eduardo, uno de sus mejores amigos, conocido en todas las zonas aledañas por su habilidad para imitar al cantante Rosamel Araya en todos los eventos sociales a los que asistía, sumado a su gran fanfarronería.
Aquellos muchachos comprobaban que la rebeldía podía ser una de las tantas habilidades en el juego de la seducción y se preocupaban por mantener dicha reputación.
Todos descendieron de sus motos y se quedaron parados en el centro de la pista, respondiendo a las pautas de la época en la que los hombres permanecían parados sobre la pista de baile, mientras las mujeres esperaban sentadas en los laterales que algún muchacho las invitara a bailar. Para sacar a bailar a una mujer había dos maneras de hacerlo: ir a buscarla hasta donde estaba sentada y preguntarle si quería bailar o hacerle señas desde el centro de la pista para que se acercara.
María Isabel, Chabela para sus afectos, se encontraba sentada cuando su amiga le dijo que tenga cuidado con un caquerito que les tomaba el pelo a las mujeres invitándolas a bailar y que, cuando la mujer se acercaba, él se hacía el distraído y se alejaba -todo esto señalando a Pichón que se encontraba en el medio de la pista rodeado por sus amigos-.
Los “caqueritos” se vestían todos de una forma similar y con los pelos relucientes peinados con gomina hacia atrás. Sacos de pana combinados con unos pantalones que se ensanchaban a partir de la rodilla. Un look un tanto peculiar.
Pasó algún rato y Pichón invitó a Chabela a bailar. Para hacerlo optó por hacerle señas desde la distancia. Chabela, distraída, que no había recordado el consejo de su amiga, se levantó del asiento y se comenzó a aproximar a Pichón cuando éste se dio vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria como haciéndose el desentendido. Chabela reaccionó a tiempo y agarró a un conocido que cruzó a mitad del camino y se puso a bailar. La broma de Pichón no había resultado y la tribuna silbaba y vociferaba múltiples adjetivos calificativos negativos a Pichón quien se reía de la resolución de la señorita.
Silencio. Oscuridad.
Luz, actividad.
Pasó algo de tiempo, Pichón está sentado en el comedor de su casa hablando con su esposa del pasado. El ambiente no es muy grande. Está modestamente decorado. Podríamos decir que nos encontramos ante una casa de clase media-baja tipo. Sentado en la mesa, aprovecha a dialogar con su esposa mientras sus cuatro hijos duermen otorgando apenas algunas horas de tranquilidad. En el ambiente se alcanza a visualizar a lo lejos una radio que sintoniza un programa de tango, más allá, en el piso aún permanecen tirados algunos juguetes de los chicos.
Pichón comienza a hablar pausadamente mientras su boca esboza una sonrisa. Recuerda cuando se conocieron. Se nota que no perdió su sentido del humor ya que realiza bromas sobre su antiguo poder de seducción. Su esposa, contesta de forma similar.
Sin saber cómo llegaron a ese tema, comenzaron a hablar de su etapa de juventud. Su esposa le recuerda un episodio que había vivido de pequeña: una vez había visto a un nene llorar porque se le había muerto su caballo y, ante sus risas y cargadas, el niño la golpeó con una ortiga.
La cara de Pichón se transformó y, entre una mezcla de sensaciones, expresa: ¡Ese nene era yo, Chabela!
Noche.
Día.
Pichón tiene aproximadamente 40 años. Está tirado en su cama. Arriba de su cabeza y colgado sobre la pared se encuentra la figura de Cristo, clavada sobre una cruz por sus pies y manos. Él cree entender a Jesús y opina que la cruz que él debe llevar no es de madera, sino que es el cáncer que lo está devorando. Ya se realizó todos los estudios. Su familia le dijo que salió todo bien y que se va a recuperar. Su cuerpo le dice que no es así. Perdió mucho peso y casi no tiene fuerzas. Siente que el final se aproxima y que no puede hacer nada para impedirlo. Pero eso no le da miedo, no. Lo que lo asusta y por lo que pelea es porque está dejando a su familia a la deriva. Deja a su mujer y a sus cuatro hijos –todos menores de edad- en el centro de una tormenta muy fuerte. Eso lo aterra.
En medio del calvario, le pide a su mujer que llame a su hijo mayor, Marcelo, que quiere hablar a solas con él. Sabe que no le queda mucho tiempo de vida y no quiere irse sin despedirse y pedir perdón de alguna manera por lo que va a venir.
Cuando su hijo se acerca a su cuerpo cadavérico le pide que le preste atención. Le indica que quería hablar con él porque la cosa se iba a poner jodida. Que le pedía que cuide a su mamá y a sus hermanos porque la situación iba a ser muy complicada para todos. Y que le pedía disculpas por ser el responsable de lo que iba a tener que vivir. Que él no se quería morir pero no podía hacer nada por impedirlo. Su hijo se apura en contestar que todo iba a salir bien, que los médicos decían que se iba a recuperar. Pichón, entre lágrimas le dice que no es así, que en cualquier momento se va a morir y que le pedía perdón nuevamente por ello. Y por último, para tranquilizarlo, le dijo que no sufra ya que su vida iba a seguir y que debía disfrutarla siendo feliz. Y que, con el tiempo, su hijo lo iba a olvidar como se olvida a un muerto.
Se baja el telón.
Se sube el telón.
Yo no tuve el placer de conocerlo a Pichón, mi abuelo, pero puedo asegurar con toda convicción que se equivocó. Yo, que incluso no lo conocí, no puedo apartarme de la construcción que realicé sobre él. Su muerte dejó marcas, sí. Definitivamente dejó marcas en toda la familia. Como aquella piedra esculpida por los golpes del mar.
No obstante, cada vez que realizo un acto tengo el presentimiento de que mi abuelo me está espiando desde arriba y, si bien se enorgullece o se enoja –dependiendo de la situación-, siempre le dice a sus pares eternos que yo soy su nieto.
Se agotan los caracteres. En éste momento no se si poner un punto final o escribir tres puntos suspensivos.
Se apagan las luces y elijo, al final, tres puntos suspensivos…
Lucas N. Diez