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Una mina que estaba en el Moyano...

Arte10/6/2013
MI abogado me aseguró que ahora si, que ahora puedo contarlo... igual me da miedo. Yo no entiendo demasiado eso de que pasó el tiempo, y que ya prescribió. Que pasó el tiempo, estoy seguro que si, mi falta de memoria es la mejor prueba...

Calle Brandsen al dos mil quinientos, en pleno barrio de Barracas, en esa verdadera torre de Babel que es la complicada y misteriosa Ciudad de Buenos Aires... El centenario hospicio, erguido como un abuelo artrósico lanzado por afuera de los tiempos, luchaba por mostrarse ante el mundo con una imagen más moderna, más actual y quizás, menos espantosa y menos tétrica.

Pero hay cosas que jamás podrán cambiar a pesar de los esfuerzos valerosos... quizás sean esas miles y miles de historias que albergan para siempre, sus paredes viejas y sus pasillos desgastados por el uso. Son historias de amor y de dolor, de ausencias y de olvidos, que viven entre una mezcla de sabores y colores, pegoteándose al recuerdo... a la emoción profunda, allí donde se reviven los recuerdos y vuelven a doler. A doler... muy demasiado.
- Un loquero es un loquero... - me dijo resignado el parco taxista de pelo blanco y bigotes chamuscados de tanta nicotina, mientras aguardaba que yo le abonase el precio de aquel viaje, emprendido un rato antes en la Terminal de Ómnibus y finalizado - sin finalizar - en la puerta anónima del viejo hospital neuropsiquiátrico Dr. Braulio Moyano.

Siempre pensé que el modo en que una ciudad trataba a sus individuos más débiles, era un claro y sólido exponente de su cultura y de su solidaridad. Y mirando más allá de la fachada del antiguo Moyano, tenía que reconocer que ante mis ojos, solo pasaban desfilando, mucho más esfuerzos y sudores individuales, que magros y parcos resultados de un Estado hipócrita. Gobiernos y gobiernos de escuálidos resultados, que parecían demasiado alejados, de todo lo que no tuviese conexión directa con las urnas y sufragios de políticos ampliamente cuestionados...

Cuando entró al Moyano, Alcira era un ser demasiado frágil y endeble, extremadamente parco y tímido, atiborrado de miedos fantasiosos y tan poco atractiva, que su exterior parecía reflejar exactamente el torbellino arrasador que soplaba en su interior. Se escondía temerosa debajo de unas ropas holgadas, hasta dos o tres números más grandes que su talla, en un muestrario patético de telas sucias, grises y gastadas, que colgando ridículas la afeaban aun más, sobre todo cuando alzando ella su enmarañada cabeza, pretendía mirar algo del mundo que aun giraba, detrás de unos gruesos y sucios anteojos de carey.

Al principio le costaba horrores el hablar y cuando conseguía hacerlo, tartamudeaba continuamente, en una mezcla de palabras pisoteadas y sonidos guturales. Había llegado a vivir casi como un perro abandonado en su propia casa, despreciada por su indiferente esposo desde que ella, había comenzado con su trastorno mental invalidante... Alcira, a lo sumo se dedicaba alguna vez y cada tanto, al cuidado simple de las plantas del jardín de la que fue su casa...

Pero Alcira era plenamente consciente de su locura cuando llegó para tratarse. Detrás de su desquicio tenía esa clarividencia, ese toque de intuición que paradójicamente manifiestan algunas personas marcadas por un desequilibrio mental... Hasta había momentos en que era brillante e incluso, escribía y escribía... hasta de matemáticas.

Alcira antes del suceso que la marcó como una puñalada, había sido una mujer brillante, hasta especial. Decía a sus más íntimos, que se sentía una elegida, pues a los ocho años había recibido el mensaje personal de un ángel celestial y cuando fue más grande, su inteligencia le permitía entender procesos que muchos no lograban acercarse... Quizás a causa de esa misma inteligencia, se avergonzaba ahora de su locura y de su estado... y lloraba amargamente.

Y a veces estallaba. Estallaba en comportamientos altamente destructivos. Arañaba con sus uñas transformadas en rabiosas garras, o maltrataba y golpeaba al que se interpusiese en su camino, sin detenerse ante el sufrimiento de ella misma, ni ante el dolor del resto de la gente. No era raro ver sangrar profusamente a las fornidas y expertas enfermeras o enfermeros, confundidos y agotados en el medio de un mar embravecido de agresión.

Algunos juraban que el castigo por esas desobediencias, era el manguerazo prolongado de agua fría entre los azulejos ocres - antiguamente blancos - de las duchas de los enormes pabellones... Alcira no decía nada cuando se le preguntaba si se lo habían hecho, confirmando con su resignado silencio, el atropello inhumano que se vive en esos lugares insufribles, de espalda a una ciudad que afirmaba defender los derechos del más débil.

Con la medicación que recibió, también fue venciendo poco a poco, esas alucinaciones grotescas que desintegraban su cerebro, pues a veces se imaginaba peluda y encarnando a un cuerpo de animal - como un lobo sanguinario - o llegaba a sentirse el mismo diablo, coronada con dos cabezas que escupiendo espuma y sangre, se agredían entre ellas ferozmente. Sufría y sufría de horrendas pesadillas, en las que seres desconocidos y malevos, se apropiaban caprichosamente de su cuerpo y de su mente.

Raulito murió antes de cumplir sus primeros diez años de vida. Lo atropelló una camioneta, justo en la esquina de su casa, una mañana fría de un sábado de agosto, de esos agostos malditos que te matan con gripe o sin gripe. Raulito estaba demasiado excitado, orgulloso de su alegre barrilete multicolor, que el mismo se había fabricado.

Raulito se había pasado toda la tarde entre cañitas, papel de barrilete, cola de pegar, tijeras y ovillos de hilo. Ni siquiera había podido dormir más de una hora, durante esa larga noche - abrazado al barrilete -, esperando el sol de la mañana para salir a remontar su sueño de papel. Despertó con ansias de convertirse en el único dueño de los cielos y las nubes. Y se tragó en un segundo, el enorme vaso de leche que le sirvió su madre.

Todavía resonaba el eco de las últimas palabras de Raulito: - Mama, yo ya soy grande... y puedo ir a remontar el barrilete solo a la plaza..., cuando un golpe seco y una interminable frenada, le confirmaron a Alcira que Raulito - su único y adorado hijo - estaba definitivamente muerto... Todo pasó, justo un año antes que a ella la internaran en el Moyano, con su primer brote de locura... Todo parecía normal en la vida de Alcira, hasta que su Raulito se fue, así, de golpe... inexplicablemente y para siempre. Se volvió loca, deambulando perdida dentro de su casa, entre los restos de papel de barrilete, zapatillas, guardapolvos y un álbum de figuritas, que quedó para siempre sin llenar...

Ayer le dijeron a Alcira que estaba en condiciones de alta - una verdadera utopía -, pues afuera, ella ahora no poseía ni un mínimo espacio físico, ni un solo centímetro cuadrado donde tirar sus agotados huesos, y hasta había perdido definidamente su lugar dentro de la familia, aquella que alguna vez había tenido. De su ex marido, solo se sabía que emigró a Europa cuando a ella la internaron. Los padres de ella fallecieron y hermanos, no tenía... Y en el seno de la indiferente sociedad, ahora seguramente la mirarían desconfiando, pues era una marcada - estigmatizada - por el vergonzoso antecedente de haber sido "una mina que estuvo en el Moyano".

Mientras estuvo internada, la musicoterapia para Alcira era una madre cariñosa que intentaba crearle un cómodo espacio virtual, donde ella pudiese servirse de la magia de la música, para expresar su esencia intacta de persona y así elaborar, el terremoto de emociones que bullía y bullía en su interior. En la música y la danza, ella lograba canalizar su reprimida hostilidad y elevaba su autoestima. Sobre todo cuando el apretado y numeroso conjunto de palmas, la aplaudía anunciándole que en eso y en ese lugar, era socialmente aceptada por sus pares - las otras locas, tan locas como ella -.

Las enfermas siquiátricas - un exigente público que a nadie aplaudía fácilmente - la curaban o la ayudaban, al decirle "entre nosotras... eres alguien" y así, ella tenia una percepción más adecuada de sí misma y de su mundo, mejorando sus filiformes y desgastados vínculos. Aunque sea, con las otras locas...

Incluso cuando estaba cercano al alta, ella fue invitada a resumir su experiencia de enfermedad mental, a través de algún recurso expresivo - el que quisiese, le dijeron -. Al principio pensó en una canción, pero luego eligió escribir un poema. Un poema que empezaba precisamente así... “Una mina que estaba en el Moyano...”

Cualquiera se daba cuenta en los primeros tiempos, cuando recién acababan de internarla, del deterioro global de su persona. Pero poco a poco, día a día, ante ella comenzó a ofrecerse el trabajo seductor de la expresión artística, que casi sin que ella se enterase, la ayudaba a encontrarle un sentido a su maltrecha vida y a soportar el sentimiento desgarrante de una pérdida tan súbita y atroz. A su Raulito lo esperaba en cada niño que corría por el patio, en los horarios de visita... Pero como decía alguien por ahí, todo aquello que se ha muerto, puede renacer glorioso en el interior de la obra de un artista...

Yo firmé y me hice responsable de ella. Alcira solo "era una mina que estaba en el Moyano..." y yo... yo solamente "era un ex novio de ella", que todavía la seguía amando como en el primer día en que le declaré mi amor, cuando ambos éramos estudiantes del Colegio Secundario, allá, en nuestro pequeño pueblo.

La seguía amando y mucho, cada vez más, aunque ella hacia muchos años que me había abandonado para casarse con el padre de Raulito... y aunque ahora estuviese perdida, dentro de su propio cerebro... ¿Como iba yo a poder dejarla sola, si aun la sigo amando tanto...?
Y además... aunque el Juez me dejó en libertad, nunca entendí porqué no pude frenar mi camioneta... cuando se me cruzó el Raulito con su barrilete.

Fin

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