Juego peligroso
La situación era caótica, la gente no encontraba trabajo y la esperanza no prevalecía. La corrupción cubría a las instituciones como la codicia a sus representantes. El frío y la lluvia cubrían la capital de la provincia. El Hambre y la Muerte recorrían las calles tomados de la mano, arrebatando las almas de aquellos pobres infelices que no podían
resistir una lucha sin cuartel. Mientras que la Guerra y la Peste asolaban la tierra, preparando la llegada del fin de todo…Y la Luna, como única testigo del aquelarre mefistofélico de los caballeros de la oscuridad, yacía imponente e inasequible en lo alto del firmamento.
Una mañana de mayo, fría y seca; mientras escuchaba la radio, Rafael tuvo una revelación. Debía irse del país porque atravesaba un mal momento económico y creía que tendría más posibilidades afuera. Entonces muchos pensamientos cruzaron por su cabeza.
Nombres de amigos y conocidos que le serían útiles para su propósito. Se presentó a trabajar como lo hacía todos los días, pero sabía que este sería el último día en que iría a la empresa, daría el presente, y recogería sus cosas. Le dijo a su jefe que se mudaba a España, a lo de su abuela en Madrid. Al principio le molestó que uno de sus mejores empleados se fuera; luego comprendió que éste no desistiría de su decisión. Rafael ordenó sus papeles y se despidió con un sincero adiós.
Al llegar a su casa le propuso su idea a su esposa, ella no pudo más que sonreír y continuar con sus deberes. Le tomó a él toda la noche y parte de la mañana siguiente convencerla de realizar el viaje, al final lo logró. Pasaron tres días de organización en completo desorden. Maletas; cajas; bolsas que iban y venían. La ropa; los recuerdos; suspiros y lamentos; quejas y corridas. Parecía una evacuación, y quizás así lo era…
Su hijo estaba aburrido. Sus padres sólo se ocupaban de los preparativos para el viaje. Vió a su madre planchando ropa y quiso pedirle permiso para ir a jugar con sus amigos, dirigió su vista hacia el reloj, era muy temprano. Pensó que jugar con sus juguetes sería lo mejor, por lo menos se distraería un poco. No pensaría tanto en que no vería más a sus amigos. Buscó y buscó; pero no encontraba un juguete que le habían regalado para la navidad pasada. Le preguntó a su mamá donde estaba. La habían guardado. Triste y sin saber que hacer, el pequeño se sentó en la mesa observando a su madre.
Mientras tanto, su papá trabajaba en el sótano acomodando algunas bolsas cuando de pronto un golpe seco en su pierna le obligó a mirar, con cierto recelo, hacia abajo. No pudo más que tomar su extremidad y proferir un insulto que hubiera dejado sordo al más pícaro de los curas. Tanteando sintió algo punzante cerca de su rodilla, miró bien y, para peor de las suertes se trató de la punta de una caja grande y pesada. Le costó moverla hacia un oscuro rincón. Juntó algunas cosas y subió a descansar.
Su mujer seguía planchando algunas camisas, continuó con unas remeras y terminó con un pantalón. Dobló y guardó cuidadosamente la ropa en una valija. Puso esta con las demás. Matías, inquieto, tomó una pelota y la pateó tan fuerte y con tanta puntería que le pegó a un cuadro en la repisa del comedor. Gritando, Mariana lo reprendió severamente por su acción. Ella levantó el cuadro y se reconoció a si misma, más joven, abrazada a su abuelo, un hombre bonachón que había muerto hacía tiempo. En el reverso se podía leer: “Aquel que descuida a la familia, se condena a sí mismo a la infelicidad”. Una fecha acompañaba al retrato: 1985, un año feliz se recordó para su interior. Siguió con sus quehaceres.
El niño tuvo una idea espectacular, tomó su tamborcito y comenzó a golpearlo frenéticamente. El perro se hecho a ladrar y con el dúo formado, se encaminaron hacia la cocina. Allí se topó con Mariana, quien hábilmente le quitó el tamborcito. El infante le pidió a ella que se lo devolviera. Su madre le propuso otro juego. Le dijo que se escondiera en cualquier lugar, ella lo buscaría y si no lo encontraba le daría un premio. Pensando que con esto estaría tranquila, siguió acomodando y guardando. Matías, cegado con la visión de una jugosa recompensa, se refugió en su mejor escondite. Corrió rápidamente por el pasillo y bajó al sótano.
Rafael salió para el aeropuerto a ultimar los detalles de la partida y de paso verificar la validez de los pasaportes.
Cuando volvía hacia su casa se encontró con un amigo del trabajo, se saludaron y partieron hacia un café cercano. La charla transcurrió sin interrupciones; recordando tiempos pasados entre risas. Las horas habían pasado y recordó que debía volver a su casa a terminar de empacar. Grande fue su sorpresa cuando al llegar Mariana lo esperaba con una terrible noticia: el chico había desaparecido. Salieron juntos a la calle donde estaban jugando un grupo de pibes. Pero no estaba por ningún lado.
El reloj marcó las doce en punto y el nene no aparecía, la tensión iba en aumento. Nadie sabía donde podía estar, no lo habían visto. La policía y varias agencias de detectives privados ahora lo buscaban en todo el país. Pasaron dos días desde que el caso por averiguación de paradero fuera abierto y las noticias eran las mismas. Los días se hicieron semanas; los preocupados padres agotaron todas las opciones, ahora solo cabía esperar. Al mes de la desaparición del pequeño la desesperación; la desesperanza hundía la voluntad del barrio en la búsqueda. No existía explicación factible ni satisfactoria para los desconsolados padres.
Mes y medio más tarde; ya derrotados, el matrimonio decidió que para bien se mudarían a la casa de la tía materna de Mariana. Pasó cuando se encontraban desalojando la casa, cuando ella bajaba las escaleras que no mucho tiempo atrás su hijo recorría. Se movió lentamente en la oscuridad, sin saber bien donde estaba el interruptor de la luz, cuando tropezó con algo grande y pesado. La caja le tapaba el paso.
Él llevaba lo que quedaba de importancia en su antigua casa; aquella que lo vio tener a su primer y único hijo, aquel que seguía sin aparecer. Sólo unas cajas más y listo, se iría de ese lugar que últimamente le traía tristes recuerdos. Empapado en sudor, se adentró en la cocina, donde su esposa debería estar, aunque no estaba, pero no le importó. Pensaba que debía estar llevando más cajas afuera. Mientras guardaba los cuchillos y demás cubiertos, percibió un olor nauseabundo y penetrante. Lo siguió con su nariz y descubrió que provenía del sótano. Descendió a la vez que tanteaba la pared tratando de encender la luz. La lámpara se prendió y su primera reacción fue gritar, gritó de una forma en la que nunca lo había hecho. El sonido penetró hasta los más recónditos niveles del infierno.
Trató de reanimar a su esposa, pero fue inútil, su cuerpo yacía en el helado suelo con una mueca de horror que deformaba el rostro una vez hermoso y alegre de Mariana. A pesar del shock en el cual se encontraba, notó que los ojos y un brazo señalaban en una dirección concreta. La caja estaba abierta. Miró con cuidado, a pesar del olor que le hacía llorar los ojos. Una sensación de terror lo invadió, y él sabía que se volvería loco, eso volvería loco a cualquiera. Lo supo desde el momento que observó que algo colgaba de la caja , era un pedazo de tela; para ser más preciso: esa remera que tanto le gustaba a su hijo, la misma con la que había desaparecido esa tarde de mayo…
Y de nuevo la Luna, en lo alto, brillando con todo su esplendor. Pero esta vez reflejando un rostro sonriente y satisfecho. La Muerte, fría y solemne, que miraba a través de sus cuencas vacías a todo el Universo en su amplitud.