(Fuente de la foto)
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Hace un par de años pude ver la fastuosa puerta principal de la región de Atlantis. No me sentí preparado para ingresar, pero logré ver a través de los muros transparentes que resguardaban la ciudad; y vi sirenas y peces extravagantes, vi bufones bailando para sus reyes, vi lluvias de fuego azul y muchas otras cosas parecidas.
Les voy a contar todos los sucesos que precedieron a mi enorme placer visual de descubrir estas tierras hundidas:
En aquella época, vivía yo en un pequeño y silencioso pueblito costero llamado Concón. Me gustaba frecuentar un sector de olas calmas, repleto de arena y rocas. La simétrica distribución de estas rocas me provocaba siempre una extraña sensación de ansiedad.
La fantástica aventura comenzó en una madrugada de domingo. El frío era insoportable, sin embargo, desperté empapado en sudor y acalorado como consecuencia de lo que acababa de soñar. Había fantaseado con una gran cruz pintada de rojo (quizás sangre, quizás pintura acrílica) que estaba sobre la arena de aquella "playa secreta" que describí en el párrafo anterior.
Me podría haber quedado acostado en las exquisitas sábanas tibias, oyendo la música que tocaba la naturaleza del plácido día; pero para esa fecha ya había leído muchos libros de ficción, y entendí el sueño como una señal innegable. Me levanté y en ropa interior corrí hacia el lugar, evadiendo las burlas de los transeúntes. Llegué fatigado, y me dejé caer en el lugar exacto donde visualicé la cruz. Las olas venían con una furia distinta a la usual, pero yo permanecí tranquilo. Ni siquiera me inmuté cuando una ola gigantesca cubrió toda la arena que estaba delante de mí, y se fue llevándose toda la basura que había, pero dejando en sustitución una botella con un papel. Me levanté y caminé suavemente hacia la botella. La abrí y saqué el papel, el cual tenía inscrito los siguientes códigos:
">><"
_No entiendo un sorete -pensé.
Pero la vida me había enseñado que lo que no entendemos por nosotros mismos, es explicado por fuerzas exógenas. Al poco rato, saltó majestuoso un pez desde las olas, diciéndome que “me acompañaría en un viaje hasta tierras sagradas, y que además, sería mi traductor”.
_ ¿Qué dice el papel que saqué de la botella? -le pregunté.
_ Dice: "Eres muy afortunado" -y luego añadió -¡Sígueme!
El pez se internó en el mar, en sentido recto. Lo seguí. 'A los peces dorados mágicos parlanchines que te invitan a descubrir tierras sumergidas hay que seguirlos' profesa el dicho popular.
Me interné en el mar. Iba feliz, hasta que mis pulmones me reprocharon por aire.
_ ¡Hey Pececito! ¡No puedo respirar bajo el agua. Soy humano! -le grité, tragando varios litros de agua.
_Ahora puedes -me dijo, e inmediatamente sentí como un campo impenetrable de aire rodeó mi cuerpo. El pez iba a un par de metros delante de mí. Yo me dediqué a observar las profundidades submarinas con dedicación. ¡Cuánta hermosura! Mientras me embelesaba con todo ese azul insaciable, vi otra botella, nadando en sentido contrario al mío. El pez me gritó:
_ ¡Cógela! ¡Cógela!
_Mejor di “tómala” Suena más bonito -le respondí al pez y fui a buscar la botella. La destapé. El papel decía:
"><>"
El pez se acercó y leyó.
_"¡Que tengas buena suerte!" Es lo que dice el papel -me dijo aleteando con alegría, y continuamos mar adentro, avanzando a gran velocidad. Ahí pude advertir que el desafío consistía en encontrar botellas. Recordé a mi madre, al psiquiatra, las camillas, la clínica. Pero todos eran recuerdos difusos. Avancé un par de horas en silencio con mis recuerdos, hasta que por fin vi otra botella. Saqué el papel:
"<"
Justo al terminar de leer, un tiburón me engulló a mí y a mi pececito. Todo se oscureció. Estábamos dentro del cuerpo de una gigantesca bestia. Las antenas de mi pez guía funcionaron como linternas, y él mismo se acercó a mí para traducir los códigos.
_"Cuidado con el tiburón". Eso dice el papel -susurró haciendo pucheros.
Comencé a caminar entre los órganos internos de la bestia y vi muy escondida en el hígado; una botella. La abrí. En el papel estaban estos códigos:
">>>><>><<>><>><<<<<><"
_ ¡¿Qué dice?! -pregunté exaltado.
_ Dice: "Pelotudo" -me informó el pez.
_ ¡Oh!
*[Lectores, les pido mis más sinceras disculpas, pero esta parte de la historia es muy desagradable para mí y prefiero omitirla. Evidentemente, logré salir del cuerpo del tiburón (yo solo, sin mi pececito guía), pero no me gustaría explicar los detalles]*
Seguí recorriendo el océano, respirando el inmenso mar, alejándome cada vez más de la cochina tierra. De repente, una botella ascendió hacia mí con violencia y me pegó en las pelotas. Abrí la botella. Saqué el papel. El papel se mojó, y no pude leerlo (Claro, tiene mucha lógica: ¿Cómo podría un papel permanecer intacto al estar sumergido en el mar?).
Continué mi camino sin papeles, sin botellas, sin pez, sin nada; hasta que vi, al frente mío, la puerta principal de Atlantis. No me sentí preparado para ingresar, pero logré ver a través de los muros transparentes que resguardaban la ciudad; y vi sirenas y peces extravagantes, vi bufones bailando para sus reyes, vi lluvias de fuego azul, vi a mi padre y a mi madre caminando por un parque, vi a mis hermanos practicando fútbol, vi a mis amigos jugando póker y tomando pisco. Sin mí.
Alexis González
