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Relatos Mitológicos - Teseo y el Minotauro

Info6/28/2012
TESEO y EL MINOTAURO




Egeo, rey de Atenas, recibió un mensaje del oráculo de Delfos: -No contraigas matrimonio con una extranjera pues semejante unión traería grandes desgracias a Atenas y al pueblo atenien­se-. A pesar de estas profecías, el joven Egeo se enamoró de Etra, la hija menor del rey de Trecén, y se unió a ella sin pensar en las consecuencias. Por las noches, sin embargo, las amenazantes predicciones del oráculo lo hacían padecer grandes temores respecto al destino de su pueblo.

Egeo y Etra concibieron un hijo a quien llamaron Teseo. El rey de Atenas, agobiado por sus padecimientos, decidió regresar a su patria y hacer que el niño permaneciera en Trecén con su madre y su abuelo. Llevó entonces a su esposa a las afueras de Trecén, se detuvo junto a una inmensa roca y le habló así: -¡Etra, esposa mía! Bajo esta roca ocultaré mis sandalias y mi espada. Trae a Teseo a este lugar cuando haya crecido en altura y sabiduría y ordénale que las desentierre. Si llega a Atenas vistiendo estas prendas, sabré que es mi hijo y lo haré heredero de mi reino, al que ahora debo regresar.

Teseo se crió en el palacio de su abuelo materno sin conocer el nombre de su padre y se dice que, desde muy pequeño, recibió la especial protección de Poseidón, dios del mundo de los mares. Se destacó como un niño fuerte y valiente. Su abuelo, el rey de Trecén, le enseñó a conocer las estrellas, a lanzar la jabalina y a empuñar la espada. Un día, cuando Teseo tenía siete años, Hércules llegó de visita al palacio; para comer más cómodamente, se quitó la piel del león de Nemea -con la que siempre se cubría desde que había logrado derrotar a la fiera en una terrible lucha cuerpo a cuerpo- y la dejó sobre uno de los bancos del jardín. Algunos invitados que llegaban tarde a la mesa no osaban entrar creyendo que el animal estaba vivo pues aquel despojo parecía dotado de movimiento. Algunos niños vieron la figura de la bestia recostada sobre el banco y huyeron despavoridos gritando: -¡Un león, un león!-. Pero Teseo no tuvo miedo: arrebató un hacha a un criado y se abalanzó sobre la fiera dispuesto a vencerla. Hércules detuvo su brazo, pero le agradó la valentía del muchacho y lo animó para que siguiera sus pasos: -¡Niño Teseo! Tu nombre será siempre recordado entre los nombres de los héroes.

Como era tradición, cuando Teseo cumplió dieciséis años ofreció su cabellera al dios Apolo, pero solamente lo hizo en parte, pues entregó únicamente el pelo de la parte delantera de su cabeza. Etra, su madre, lo llevó luego hasta el lugar que Egeo había elegido como escondite y mostrándole la inmensa roca le dijo: -¡Teseo, hijo mío! Debajo de esa roca encontrarás las sandalias y la espada de tu padre que no es otro que Egeo, el rey de Atenas. Recupera esas prendas y preséntate con ellas en Atenas donde Egeo te reconocerá como su hijo-. Ante el estupor de Etra, Teseo corrió la pesada piedra. Sin esperar un minuto, se calzó las sandalias y se ciñó la espada de su padre, al tiempo que interrogaba: -¿Dónde está Atenas?-.



Para llegar a Atenas, Teseo podía seguir dos caminos: el marítimo, fácil y seguro, porque las naves de Trecén unían constantemente ambas ciudades, o el terrestre, muy peligroso por la cantidad de bandidos que infestaban su recorrido y que eran el terror de los viajeros. Teseo, para probarse a sí mismo, escogió este último e inició su viaje para ser reconocido como hijo del rey. En ningún momento el joven sintió temor por los peligros que podrían presentarse a lo largo del viaje. Al contrario, deseaba imitar las hazañas de su admirado Hércules.

El primero en experimentar la valentía de Teseo fue Perifetes, un poderoso salteador de caminos. El bandido era cojo pero manejaba con gran habilidad una enorme maza de bronce con la que aplastaba a los viajeros para robades todo lo que transportaban. -¡Forastero!, -gritó Perifetes a Teseo apareciéndose de pronto ante el joven en medio de la soledad del camino-.¡Entrégame tu morral!-. La voz del bandido era fuerte y ronca y su mirada, feroz. Todos los viajeros se sentían aterrorizados en su presencia. Teseo, en cambio, reaccionó con tal rapidez que en un segundo había logrado arrancarle la pesada maza de bronce de su mano derecha y, sorprendiendo al bandido, le asestó un golpe que lo dejó allí, tendido e inmóvil. Teseo continuó la marcha llevando consigo la maza que guardó como trofeo de su primera victoria.

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Al pasar por Corinto, Teseo se topó con el cruel bandido Sinis, a quien llamaban "el doblador de pinos". Para matar a los infelices que caían en sus manos, Sinis encorvaba dos pinos hasta juntar sus ramas y ataba a ellos los brazos de sus víctimas: al recobrar los árboles su posición normal, el pobre prisionero quedaba partido en dos. Teseo se sometió a tan terrible tortura pero salió ileso y le aplicó a Sinis el mismo suplicio.



En la costa del mar de Salamina, apostado entre las rocas, Teseo encontró a Escirón. Este malvado obligaba a los viajeros a lavarle los pies en las aguas del mar. Cuando los desgraciados llegaban al mismo borde del precipicio, debían agacharse para complacerlo; en ese momento, Escirón les pegaba un soberano puntapié que los arrojaba a las olas y gritaba: -¡Vete, viajero, a alimentar a las hambrientas tortugas!-. Cerca de la costa, verdaderamente, habitaba un grupo de tortugas de gran tamaño. Teseo logró hacer un rápido movimiento y fue Escirón el que cayó a las aguas. Se dice que una vez devorado por las tortugas, sus huesos se transformaron en los arrecifes y escollos que se hallan todavía en aquel lugar.

Poco antes de llegar a Atenas, Teseo se cruzó con Procusto, padre de Sinis, "el doblador de pinos", que ardía en deseos de vengar a su hijo. Cuando descubrió que Teseo se aproximaba a su morada, Procusto salió a su encuentro: -¡Detente, forastero!,-le dijo-. No rechaces la hospitalidad de este humilde anciano. ¡Descansa esta noche en mi casal-. Procusto utilizaba un extraño método para asesinar a los viajeros: cuando alguien aceptaba su hospitalidad, el bandido le ofrecía un lecho; si la talla del huésped era mayor que el lecho, el malvado cortaba todo lo que sobraba; si la talla era más pequeña, estiraba sus miembros mediante pesas y poleas para acomodar al viajero a las medidas de la cama. Se dice que nunca coincidió el lecho con la estatura del viajero. Procusto intentó atrapar a Teseo pero el héroe lo venció.

Entre tanto, las hazañas de Teseo habían llegado a oídos de los atenienses que creían que el joven era un sucesor de Hércules en el mundo de los héroes. Nadie pensaba, sin embargo, que Teseo fuese el hijo del rey y el heredero del trono. Un día, cuando vieron entrar por la puerta de la ciudad a un muchacho que vestía larga túnica blanca y portaba una hermosa cabellera rizada, algunos atenienses se burlaron de él: -¡Vaya, vaya, mirad al forastero!- se gritaban unos a otros. -¡Observad sus largos rizos!- ­comentaban entre risas burlonas. Teseo no respondió pero vio cerca de allí un carro muy pesado tirado a duras penas por dos bueyes. Llegó hasta él, desató a los animales y tomando el carro con ambas manos lo lanzó con fuerza: -¡A ver, valientes atenienses! ¡Mostradme cómo detenéis al carro!-. Nadie pudo detenerlo y el carro llegó a gran distancia de allí. Todos enmudecieron y Teseo siguió su camino hacia el palacio.

Durante los años transcurridos desde el nacimiento de Teseo, el rey Egeo había vuelto a contraer matrimonio. Su nueva esposa era Medea, la terrible maga que antes había sido esposa de ]asón. Medea había convencido al rey de que se casase con ella prometiendo darle un heredero a pesar de que ya era casi un anciano. Egeo pensó que las hechicerías de la maga ayudarían a cumplir su deseo y aceptó la boda depositando en Medea toda su confianza.

Teseo desconocía el nuevo matrimonio de su padre y, al enterarse, decidió esperar un poco antes de darse a conocer. Pero Medea adivinó que aquel joven podía ser un peligro para su ambición de que un hijo suyo fuese el heredero del trono de Atenas. Así que trazó un plan. El joven había acudido al palacio de incógnito. Medea, entonces, susurró al oído del rey Egeo: -¿Quién es ese extranjero de quien los atenienses relatan tantas aventuras? ¡Oh, rey, temo que llegue enviado por alguno de tus enemigos para quitarte el trono!-. De este modo, Medea fue derramando desconfianza hacia Teseo en el corazón de su padre que aún no lo había reconocido. El rey, incitado por su esposa, estaba dispuesto deshacerse del muchacho: -¡Joven forastero!, -dijo a Teseo-. Han llegado hasta mí las noticias de tus hazañas. ¿Podrás favorecer con tu fuerza a los atenienses derrotando al toro salvaje que expulsa fuego por las narices y ha causado muchas muertes en estas tierras?-. Teseo aceptó el desafío. El feroz animal había sido dominado por el mismo Hércules años antes. Teseo le salió al encuentro en la llanura de Maratón, lo capturó vivo y se paseó con él arrastrándolo por los cuernos ante la mirada atónita del pueblo de Atenas.

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Para celebrar su victoria contra la peligrosa bestia, Teseo fue invitado a un banquete en el palacio. Medea, sin embargo, persistía en su intención de asesinarlo. -¡Egeo, esposo mío!,-dijo al rey-.¡Ofrece al forastero esta copa de vino!-. La hechicera había echado veneno en aquella copa pero la casualidad salvó la vida de Teseo. Precisamente en el momento en que él rey extendía su mano para ofrecerle el vino, Teseo sacaba la espada que le había dado su madre con la intención de cortar con ella un trozo del cordero que se hallaba sobre la mesa, en una gran fuente de plata, justamente delante de Egeo. Entonces el rey reconoció la espada, volvió sus ojos hacia los pies del viajero y comprendió inmediatamente todo lo que ocurría. -¡Teseo, hijo mío, no bebas ese vino! -gritó Egeo al tiempo que alejaba la copa de los labios de su hijo. Habiendo fracasado en su empresa, Medea debió huir de Atenas expulsada por Egeo, y todo el pueblo reconoció a Teseo como legítimo heredero del rey.



La llegada de un heredero fortifcó los ánimos de los atenienses, que padecían desde hacía años una cruel tortura. La ciudad de Atenas era poco dada a las guerras y más bien sobresalía por sus éxitos en el arte y el deporte. Años antes de la llegada de Teseo, como ocurría habitualmente, se habían celebrado grandes juegos deportivos en Atenas y en ellos habían participado atletas de diversas ciudades. En esa ocasión, Androgeo, hijo de Minos, rey de Creta, resultó triunfador. Los atenienses, celosos de la fuerza y la habilidad de Androgeo, lo desafiaron a enfrentar al toro que años después caería vencido ante Teseo. Pero la bestia dio muerte al príncipe.

Minos, al conocer la trágica noticia, juró vengarse reuniendo a su ejército para enfrentar a Atenas. Los atenienses, que carecían de recursos para vencer en una guerra, decidieron consultar al oráculo: -Si queréis evitar la guerra, -sentenció el oráculo-, negociad y aceptad las condiciones que proponga el rey de Creta.

El rey cretense recibió entonces a los enviados de Egeo. -Habéis asesinado cruelmente a mi hijo, -les dijo-. Las condiciones para la paz son las siguientes: Atenas enviará cada nueve años siete jóvenes y siete doncellas a Creta, para que paguen con su vida la vida de mi hijo. Los atenienses servirán de alimento al Minotauro.

El Minotauro era un ser monstruoso. Se cuenta que, en una ocasión, Pasifae, esposa del rey Minos, desafió la ira de Poseidón. El dios, como castigo, la condenó a dar a luz al Minotauro, una bestia con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que emitía por su boca extraños sonidos no articulados, mezcla de bufido y ronquido, en los que parecía percibirse un soplo de tristeza.



A cada luna nueva, era imprescindible alimentar al Minotauro con carne humana. Para esconder al monstruo, Minos había mandado a Dédalo, el famoso arquitecto, construir un laberinto.

Minos ofreció a los atenienses una única concesión: -Si un joven ateniense logra vencer al monstruo, Atenas quedará libre de esta carga-. Los enviados se vieron obligados a aceptar aquel atroz tributo.

Dos veces habían pagado ya los atenienses el terrible precio pues dos veces siete doncellas y siete jóvenes habían navegado hacia su fatal destino. Esta vez, sin embargo, Teseo se hallaba en Atenas cuando llegó el día en que se debía sortear el nombre de las víctimas. El heredero del rey dijo: -¡Poned mi nombre en primer lugar!-. Al día siguiente, Teseo y sus compañeros se embarcaron rumbo a Creta. El rey despidió a su hijo entre lágrimas y sollozos: -¡Teseo, hijo bien amado, -dijo- que los dioses te protejan! La nave que te conduce lleva velas negras. Cuando regreses vencedor del Minotauro, cámbialas por velas blancas. De ese modo, a la distancia, conoceré la noticia de tu victoria-. Teseo prometió a su padre que cambiaría las velas como señal de su triunfo y la nave zarpó. El temido Minotauro, recluido en el laberinto, esperaba su alimento.

Desde que Teseo partió, su padre subía cada día hasta el punto más alto de la ciudad de Atenas para ver si divisaba las velas blancas del barco que lo traería de regreso.

El rey Minas recibió a los atenienses ataviado con bellas vestiduras; deseaba conocer al joven Teseo, de cuya valentía había oído hablar. Al recibirlo exclamó: -Me han dicho, Teseo, que el dios Poseidón te favorece. Si es cierto, pídele que te ayude a recuperar mi anillo-. Diciendo estas palabras, Minas arrojó su anillo al mar. Como el rey ponía en duda la protección de Poseidón, Teseo estaba dispuesto a realizar cualquier prueba. Sin embargo, él también desafió a Minas: -Demuestra tú primero que el mismo Zeus, padre de todos los dioses, te tiene bajo su protección. Zeus, que verdaderamente era protector de Minas, no se hizo esperar: desde los cielos, arrojó rayos y truenos que iluminaron el mar y levantaron olas gigantescas sacudiendo sin cesar la nave ateniense.

Teseo se arrojó entonces al mar. Poseidón lo recibió con alegría. Estaba sentado en un carro de oro tirado por grandes peces. Bastó una señal suya para que un veloz delfín recuperara el anillo y lo pusiera en manos del muchacho. Segundos después, Teseo emergió de las aguas con aspecto triunfante pues llevaba el anillo en una de sus manos y, sobre su cabeza, una magnífica corona, regalo de Poseidón.

En Creta, los jóvenes atenienses fueron alojados en una prisión a la espera del momento en que el primero de ellos ingresara al laberinto. En un momento de la primera noche, la joven Ariadna, hija del rey de Creta, una bella muchacha de cabellos rojizos, burló a los carceleros y logró acercarse a Teseo. La belleza del héroe, saliendo deslumbrante del mar, había despertado un amor incontenible en el corazón de Ariadna. -Valiente Teseo, -le dijo- toma este ovillo de hilo dorado y, cuando entres al laberinto, ata el extremo del hilo a la entrada y ve deshaciendo el ovillo poco a poco. Así tendrás un guía que te permitirá encontrar la salida-. El laberinto era una construcción sombría y tenebrosa de entrecruzados pasillos e intrincadas galerías; en él, se bifurcaban de tal modo los caminos que resultaba imposible encontrar la salida. Al separarse de Teseo, Ariadna le preguntó, con voz conmovida: -Al salvar tu vida, pongo en peligro mi propia vida; si mi padre sabe que te he ayudado, su enojo será inmenso. ¿Me salvarás tú a mí?-. Y Teseo se lo prometió.

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Al llegar la mañana, Teseo pidió ser el primero en ingresar al laberinto. Una vez allí, ató una de las puntas del ovillo a una piedra y comenzó a adentrarse lentamente por los pasillos y las galerías; fue soltando el hilo a través de su recorrido sin dejar de apretar el ovillo que se iba empequeñeciendo en una de sus manos. Con la otra, sostenía la espada de su padre. A cada paso aumentaba la oscuridad. El silencio era total hasta que, de pronto, comenzó a escuchar a lo lejos unos fuertes resoplidos. El ruido era cada vez mayor. Por un momento Teseo sintió deseos de escapar. Pero se sobrepuso al miedo e ingresó a una gran sala. Allí estaba el Minotauro.
El monstruo era terrible y aterrador como Teseo jamás hubiera imaginado. Sus mugidos llenos de ira eran ensordecedores. Con un espantoso bramido, la bestia arremetió contra el joven intentando clavarle sus cuernos y empujándolo con fuerza sobrehumana.Teseo resistió sus embates. Cuando logró separarse a una corta distancia, tomó fuerzas, se lanzó sobre él con la espada en alto y le atravesó el corazón. El Minotauro se desplomó en el suelo. Teseo lo había vencido.



Largos minutos tardó Teseo hasta que logró reponerse. Entonces tomó el ovillo y siguió el hilo dorado hasta encontrar la salida del laberinto. No sólo había conseguido salvar su vida y la de sus compañeros sino que había salvado a Atenas del horrible tributo. Al enterarse de la muerte del Minotauro, el rey Minos se encolerizó. Por eso, los atenienses debieron apresurar su huida. Antes de zarpar, Teseo introdujo en secreto a Ariadna en el barco, para cumplir su promesa. Con ella se embarcó también Fedra, la hija menor del rey, que no quería separarse de su hermana.

Una terrible tormenta azotó la nave de los atenienses en la mitad del camino y los obligó refugiarse en la isla de Naxos. Cuando los vientos se calmaron, a la hora de partir, Ariadna no aparecía. -¡Ariadna, hermana!,­llamaba la joven Fedra-. ¿Dónde estás, Ariadna? -interrogaba en vano Teseo. La buscaron incansablemente pero la princesa nunca apareció. La nave continuó su camino hacia Atenas.

Se dice que Dionisio, dios del vino y la diversión, halló por azar a Ariadna llorando afligida por el abandono de su amado Teseo. La hermosa princesa de Creta recorría con sus ojos ansiosos las rocas y las blancas arenas de la costa. Dionisio acudió a su encuentro conduciendo un carro deslumbrante tirado por fantásticas panteras aladas. Fascinado por la belleza de Ariadna, la invitó a subir al carro, la tomó por esposa y la llevó con él al Olimpo, la morada de los dioses.

Teseo, por su parte, quedó apesadumbrado por la pérdida de Ariadna. Al acercarse a las costas de Atenas, no recordó la promesa que había hecho a su padre en el momento de la partida. El barco se acercaba a la patria con sus negras velas desplegadas, en lugar de navegar con las blancas que iban a ser la señal de la victoria de Teseo sobre el Minotauro. Desde lo alto de la ciudad, Egeo vio aproximarse el barco de su hijo con el luto en sus mástiles. Su corazón se estremeció de dolor al pensar que Teseo había muerto en Creta. Sin poder soportar la pena, Egeo se arrojó al mar a ese mar que baña las costas de Grecia y que, desde entonces, lleva su nombre.



Cuando Teseo desembarcó, supo la noticia de la muerte de su padre. En medio de su gran tristeza, el joven fue recibido en Atenas como un héroe y los atenienses lo proclamaron rey. Su reinado estuvo plagado de luchas y tragedias como lo había estado toda la vida de Teseo desde su nacimiento, marcado a la vez con el signo de la gloria y con la sombra de la desgracia.


Adaptacion: Mirta Torres


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