Una brisa marina del lánguido ponto del olvido me trae tu voz. Tu voz canora, tu voz de ensueño, tu voz azulina, cual cielo eterno para volar como un ser etéreo, como un ser sin lágrimas, sin dolor, sin suspiro, respirando y exhalando un hálito de taciturna melancolía. Tu voz, si, tu voz, como una romanza divina, un coro celestial de querubines bíblicos.
¡Es el Aria de mi Amor!
¡El Aria de mi Consuelo!
¡Aria de mi Destino!
Y también el céfiro de la blanca y pálida mañana se confabula, y al envolverme como un manto sagrado de alas de mariposa, escucho tu nombre y me siento caer en un estanque de sueños púrpura, en un lago de amor evanescente, en un cosmos de materia de oro y plata.
Trato de correr velozmente como una liebre temerosa, inerme y solitaria, pero los ojos torvos de un poeta muerto paralizan mi mente, y los demonios herrumbrosos y frenéticos de un pasado deforme me flagelan y lanzan vítores con voces aterradoras que hacen estallar mis oídos; hacen ademán de empalar mi espíritu, pero justo en ese instante, justo en ese susurro mustio, una niebla, con aroma de Jardines de Babilonia, cubre todo este averno desconocido, y empiezo a sentirme como en un mundo feérico. Los demonios herrumbrosos comienzan a desvanecerse, como la noche ante la salida del astro rey. Y cuando me iba a lanzar a la huida, percibo tu voz de nuevo, como en el inicio de la creación, clamando mi nombre. Escruto más allá de la niebla y tu figura de diosa griega se abre paso, tomas mi cuerpo maltrecho y me abrasas como en un sueño de antaño. Y olvido mi nombre… Olvido mi desazón… Olvido mi anhelo… Olvido mi habla.
Muero en tus brazos para renacer en tus ojos eternos.
¡Eres el Aria de mi Amor!
¡El Aria de mi Consuelo!
¡Aria de mi Destino!
L. Esteban Torres
¡Es el Aria de mi Amor!
¡El Aria de mi Consuelo!
¡Aria de mi Destino!
Y también el céfiro de la blanca y pálida mañana se confabula, y al envolverme como un manto sagrado de alas de mariposa, escucho tu nombre y me siento caer en un estanque de sueños púrpura, en un lago de amor evanescente, en un cosmos de materia de oro y plata.
Trato de correr velozmente como una liebre temerosa, inerme y solitaria, pero los ojos torvos de un poeta muerto paralizan mi mente, y los demonios herrumbrosos y frenéticos de un pasado deforme me flagelan y lanzan vítores con voces aterradoras que hacen estallar mis oídos; hacen ademán de empalar mi espíritu, pero justo en ese instante, justo en ese susurro mustio, una niebla, con aroma de Jardines de Babilonia, cubre todo este averno desconocido, y empiezo a sentirme como en un mundo feérico. Los demonios herrumbrosos comienzan a desvanecerse, como la noche ante la salida del astro rey. Y cuando me iba a lanzar a la huida, percibo tu voz de nuevo, como en el inicio de la creación, clamando mi nombre. Escruto más allá de la niebla y tu figura de diosa griega se abre paso, tomas mi cuerpo maltrecho y me abrasas como en un sueño de antaño. Y olvido mi nombre… Olvido mi desazón… Olvido mi anhelo… Olvido mi habla.
Muero en tus brazos para renacer en tus ojos eternos.
¡Eres el Aria de mi Amor!
¡El Aria de mi Consuelo!
¡Aria de mi Destino!
L. Esteban Torres