reflexiones en primera persona
Sinceramente me dificultaba pensar en tridimensión, no lograba dejarme seducir por los materiales nobles y los no tan nobles. No lograba pensar en formas que sobresalieran en el espacio. Necesitaba un argumento que antecedería a la materia. Me ví, y supe que el feminismo del que me nutría, me daría tela que cortar. Empecé con un molde de yeso pintado de rosa y blanco, que hice tomando de modelo a una muñeca Barbie® y le incorporé el interrogante ¿Sabremos cuántas mujeres han podido repensar su destino movilizadas por la culturas de masas? Este molde aparecía roto a la mitad.

Comenzó a nacer en mí una manera de acercarme al arte. Ya no primaba la forma o el material, ahora los instrumentos eran las ideas. Armé una máquina con plaquetas de computadoras. Siempre me gustaron las botoneras, las teclas, las partes internas de los artefactos, esos cablecitos y alambres, las soldaduras de los dispositivos, y no sé cuantas conexiones y circuitos. Simulando una cinta para la producción seriada, unas muñequitas idénticas entre sí posaban sobre ella. A su derecha otra muñequita de cotillón se mostraba como modelo a seguir. Copia fiel del original se leía entre las piezas e interruptores.

Realmente no comprendí si la tarea de escultura estaba saliendo bien, sentía que no había talla ni cincel, pero lo que sí cobraba materialidad eran mis pensamientos rebeldes. Continúe estableciendo un diálogo entre los divagares feministas y los objetos que ensamblaba. En los cajones de quienes eran y son los niños y las niñas de la casa fui encontrando juguetes, adornos, souvenires, la materia prima ideal para hacerlas hablar por sí mismas. Productos de un modelo de juego que pareciera “neutral”, “natural”, “inocente”; sin embargo tan lleno de ideología. Para ellos los cochecitos, las armas para la guerra, las pelotas de fútbol; ellas las muñecas, los bebotes, el maquillaje, la escoba y la palita. Así de explícitos como se presentaban los coloqué en una maqueta que simulaba dos habitaciones.

El muñequito varón jugaría con los objetos que le corresponden a su género: una biblioteca donde guardar el conocimiento al que debe acceder como hombre, elementos deportivos; herramientas para desarrollar su capacidad técnica; vehículos para que aprenda que podrá manejar su destino con libertad. En cambio, en la habitación rosa, la muñeca aprende de las tareas domésticas, juega a ser mamá, a limpiar la casa, a maquillarse y preocuparse de la belleza para los otros. Entre ambos cuartos no sólo una pared divisoria, además existe un alambre de púas para afirmar el límite que ninguno de lxs dxs debe animarse a cruzar: la adecuación a su sexo-género. Como este proyecto, otros más fueron apareciendo en mi mente con sólo ver los productos propuestos para el esparcimiento infantil.

Esta manera de hacer arte me permitió denunciar temas que me parecían necesarios poner en agenda.
Espero que haya gustado, en otros post más obritas y más reflexiones.
Sinceramente me dificultaba pensar en tridimensión, no lograba dejarme seducir por los materiales nobles y los no tan nobles. No lograba pensar en formas que sobresalieran en el espacio. Necesitaba un argumento que antecedería a la materia. Me ví, y supe que el feminismo del que me nutría, me daría tela que cortar. Empecé con un molde de yeso pintado de rosa y blanco, que hice tomando de modelo a una muñeca Barbie® y le incorporé el interrogante ¿Sabremos cuántas mujeres han podido repensar su destino movilizadas por la culturas de masas? Este molde aparecía roto a la mitad.

Comenzó a nacer en mí una manera de acercarme al arte. Ya no primaba la forma o el material, ahora los instrumentos eran las ideas. Armé una máquina con plaquetas de computadoras. Siempre me gustaron las botoneras, las teclas, las partes internas de los artefactos, esos cablecitos y alambres, las soldaduras de los dispositivos, y no sé cuantas conexiones y circuitos. Simulando una cinta para la producción seriada, unas muñequitas idénticas entre sí posaban sobre ella. A su derecha otra muñequita de cotillón se mostraba como modelo a seguir. Copia fiel del original se leía entre las piezas e interruptores.

Realmente no comprendí si la tarea de escultura estaba saliendo bien, sentía que no había talla ni cincel, pero lo que sí cobraba materialidad eran mis pensamientos rebeldes. Continúe estableciendo un diálogo entre los divagares feministas y los objetos que ensamblaba. En los cajones de quienes eran y son los niños y las niñas de la casa fui encontrando juguetes, adornos, souvenires, la materia prima ideal para hacerlas hablar por sí mismas. Productos de un modelo de juego que pareciera “neutral”, “natural”, “inocente”; sin embargo tan lleno de ideología. Para ellos los cochecitos, las armas para la guerra, las pelotas de fútbol; ellas las muñecas, los bebotes, el maquillaje, la escoba y la palita. Así de explícitos como se presentaban los coloqué en una maqueta que simulaba dos habitaciones.

El muñequito varón jugaría con los objetos que le corresponden a su género: una biblioteca donde guardar el conocimiento al que debe acceder como hombre, elementos deportivos; herramientas para desarrollar su capacidad técnica; vehículos para que aprenda que podrá manejar su destino con libertad. En cambio, en la habitación rosa, la muñeca aprende de las tareas domésticas, juega a ser mamá, a limpiar la casa, a maquillarse y preocuparse de la belleza para los otros. Entre ambos cuartos no sólo una pared divisoria, además existe un alambre de púas para afirmar el límite que ninguno de lxs dxs debe animarse a cruzar: la adecuación a su sexo-género. Como este proyecto, otros más fueron apareciendo en mi mente con sólo ver los productos propuestos para el esparcimiento infantil.

Esta manera de hacer arte me permitió denunciar temas que me parecían necesarios poner en agenda.
Espero que haya gustado, en otros post más obritas y más reflexiones.