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Cuentos de la Alhambra

Info4/29/2012
Cuentos de la Alhambra




Cuentos de la Alhambra es una novela de Washington Irving escrita en 1829 que se publicó con el título "Conjunto de cuentos y bosquejos sobre Moros y Españoles" en 1832.




El autor de la novela Cuentos de la Alhambra es el escritor norteamericano Washington Irving (1783-1859). Adscrito a la corriente del romanticismo destaca en este libro la confluencia de su interés por España y sus tradiciones (algunos le consideran el primer hispanista extranjero) y la influencia del orientalismo.
Tuvo el privilegio de vivir en la Alhambra mientras escribía el libro Cuentos de la Alhambra. Después de recoger todas las leyendas de los habitantes de la Alhambra, y tras investigar en los archivos de la Biblioteca universitaria granadina, desarrolló un género de novela fantástica de imprescindible lectura.
Entre 1829 y 1832 fue secretario de la legación americana en España, bajo las órdenes de Martin Van Buren. Durante ese tiempo viajó entre otros lugares a El Escorial, Sevilla y Granada examinando los archivos que contenían documentación especialmente sobre todo lo relativo al Nuevo Mundo. Ello le sirvió de base para escribir Colón (1828),

La Conquista de Granada (1829), Vida y viajes de Cristóbal Colón (1831). Su estancia en Granada le puso en contacto con la biblioteca de la universidad y le dio la oportunidad de alojarse durante una temporada en la propia Alhambra. Fue entonces cuando aprovechó para recopilar las leyendas y cuentos granadinos génesis de los Cuentos de la Alhambra.

Esta original novela entremezcla una serie de narraciones o cuentos con el libro de viajes y el diario. El protagonista e hilo conductor es el propio autor, Washington Irving, que tras su llegada a España inicia un recorrido por tierras andaluzas que le llevan a Granada. Allí queda extasiado por la majestuosidad de la Alhambra en cuyas habitaciones se hospedará. Durante su estancia conoce a varios personajes, entre los que hay que destacar al que se convierte en su criado, Mateo Jiménez, que le acompañarán y le darán noticia de esos cuentos y leyendas que giran en torno al monumento y su pasado árabe.

Descubre así historias como la del astrólogo árabe que contribuyó con su magia a derrotar a los ejércitos enemigos; la de las tres hermosas princesas encerradas en una torre para que no se enamoraran; la del peregrino del amor también encerrado en una torre por su celoso padre; la del legado del moro que nos habla de un fabuloso tesoro encontrado por un aguador; la de la Rosa de la Alhambra en que se nos muestra un laúd maravilloso capaz de curar la melancolía del rey.

Pero al mismo tiempo el libro avanza por el tiempo presente (1829), correspondiente a la realidad que vive el autor. Esto le permite mostrar un rico cuadro de la Granada de la época, de sus calles, sus gentes, sus costumbres, etc.




La novela está dividida en los siguientes capítulos:

El viaje
Gobierno de la Alhambra
Interior de la Alhambra
La Torre de Comares
Consideraciones sobre la dominación musulmana en España
La familia de la casa
El truhan
La habitación del autor
La Alhambra a la luz de la luna
Habitantes de la Alhambra
El Patio de los Leones
Boabdil el Chico
Recuerdos de Boabdil
El balcón
La aventura del albañil
Un paseo por las colinas
Tradiciones locales
La casa del Gallo de Viento
Leyenda del astrólogo árabe
La Torre de las Infantas
Leyenda de las tres hermosas princesas
Visitadores de La Alhambra
Leyenda del príncipe Ahmed al Kamel o El peregrino del amor
Leyenda del legado del moro
Leyenda de la Rosa de La Alhambra o El paje y el halcón
El veterano
Leyenda del Gobernador y el Escribano
Leyenda del Gobernador manco y el Soldado
Leyenda de las dos discretas estatuas
Mohamed Abu Alhamar, el fundador de La Alhambra
Yusef Abul Hagig, el finalizador de La Alhambra




La Alhambra a la luz de la luna





Ya he descrito mi departamento cuando tomé posesión de él por primera
vez, pero unas cuantas noches más produjeron un cambio total en el sitio de
mis sueños. La luna, que había estado invisible hasta entonces, fue
apareciendo poco a poco por la noche y después brillaba con todo su
esplendor sobre las torres, derramando torrentes de suave luz en los patios y
salones. El jardín de debajo de mi ventana se iluminó dulcemente; los
naranjos y limoneros se bañaron del color de la plata, y la fuente reflejó en
sus aguas los pálidos rayos de la luna, haciéndose casi perceptible el carmín
de la rosa.

Pasábame largas horas en mi ventana aspirando los aromas del jardín y
meditando en la adversa fortuna de todos aquellos cuya historia está
débilmente retratada en los elegantes testimonios que me rodeaban.
Algunas veces me salía a medianoche, cuando todo estaba en silencio, y me
paseaba por todo el edificio. ¿Quién se figurará tal como es una noche al
resplandor de la luna en este clima y en este sitio? La temperatura de una
noche de verano en Andalucía es enteramente etérea. Parecíame elevado a
una atmósfera más pura; se siente tal serenidad de corazón, tal ligereza de
espíritu y tal agilidad de cuerpo, que la existencia es un puro goce. Además,
el efecto del resplandor de la luna en la Alhambra tiene cierto mágico
encantamiento. Todas las injurias del tiempo, todas las tintas apagadas y
todas las manchas de las aguas desaparecen por completo; el mármol
recobra su primitiva blancura; las largas filas de columnas brillan a la luz
del astro de la noche; los salones se bañan de una suave claridad, y todo el
edificio semeja un encantado palacio de los cuentos árabes.

En una de estas noches subí al pabelloncito denominado el Tocador de la
Reina para gozar del extenso y variado panorama. A la derecha veía los
nevados picos de la Sierra Nevada, que brillaban como plateadas nubes
sobre el oscuro firmamento, percibiéndose, delicadamente delineado, el
perfil de la montaña. ¡Qué delicia tan inefable sentía apoyado sobre aquel
murallón del Tocador, contemplando abajo la hermosa Granada, extendida
como un plano bajo mis pies, sumida en profundo reposo y viendo el efecto
que hacían a la blanca luz de la luna sus blancos palacios y convento!
Ya oía el ruido de castañuelas de los que bailaban y se esparcía en la
alameda; otras veces llegaban hasta mí los débiles acordes de una guitarra y
la voz de algún trovador que cantaba en solitaria calle, y me figuraba que
era un gentil caballero que daba una serenata bajo la reja de su dama;
bizarra costumbre de los tiempos antiguos, ahora desgraciadamente en
desuso, excepto en las remotas ciudades y aldeas de la poética España. Con
tales escenas me entretenía largas horas vagando por los patios o asomado a
los balcones de la fortaleza, y gozando esa mezcla de ensueños y sensaciones
que enervan la existencia en los países del Mediodía, sorprendiéndome
muchas veces la alborada de la mañana antes de haberme retirado a mi
lecho, plácidamente adormecido con el susurro del agua de la fuente de Lindaraja.


El Patio de los Leones




Este antiguo y fantástico Palacio posee una magia singular, un especial
poder para hacer recordar sueños y cuadros del pasado, y para presentarnos
desnudas realidades con las ilusiones de la memoria y de la imaginación.

Sentía yo, pues, una inefable complacencia paseándome entre aquellas
«vagas sombras», buscando los sitios de la Alhambra que más se prestaban a
estas fantasmagorías de la imaginación; y nada era tan adecuado para el
caso como el Patio de los Leones y sus salones adyacentes. Aquí ha sido más
benigna la mano del tiempo: los adornos moriscos, elegantes y primorosos,
existen casi en su primitiva brillantez. Los terremotos han conmovido los
cimientos de esta fortaleza y agrietado sus más fuertes muros; sin embargo,
¡ved!, ni una de estas delgadas columnas se ha movido, ni se ha desplomado
ningún arco de ese ligero y frágil templete; toda la obra de hadas de estas
cúpulas, tan delgadas -al parecer- como los delicados cristales de la mañana
de escarcha, se conserva, después de un período de siglos, en tan perfecto
estado como si acabase de salir de la mano del artista musulmán. Escribía
yo en medio de estos recuerdos del pasado, en las plácidas horas de la
mañana y en el fatal Salón de los Abencerrajes; la fuente manchada de
sangre, monumento legendario de la degollación de aquellos magnates,
estaba delante de mí, y el elevado surtidor de ella salpicaba sus gotas sobre
mi escrito. ¡Cuán difícil se hacía el armonizar la antigua tradición de sangre
y de violencia con la dulce y apacible escena que me rodeaba! Todo parecía
preparado de antemano para inspirar buenos y dulces sentimientos, porque
todo era allí delicado y bello: la luz penetraba plácidamente por lo alto, al
través de las ventanas de una cúpula pintada y decorada como de mano de
hadas; por el amplio y labrado arco del pórtico contemplaba el Patio de los
Leones iluminado por el sol, que enviaba sus rayos a lo largo del peristilo,
reverberando en las aguas de la fuente; la alegre golondrinilla revoloteaba
en torno del patio y después se elevaba y partía trinando melodiosamente
por encima de los tejados; la laboriosa abeja libaba zumbando por los
jardines, y las pintadas mariposas giraban de flor en flor, jugando unas con
otras en el embalsamado ambiente. No se necesitaba más que un débil
esfuerzo de la imaginación para figurarse alguna pensativa beldad de harén
paseándose por aquella apartada mansión de la voluptuosidad oriental.
Sin embargo, el que quiera contemplar este sitio bajo un aspecto más
conforme con sus vicisitudes, visítelo cuando las sombras de la noche roban
su luz a aquel hermoso patio y echan también un velo a los salones
contiguos. Entonces nada hay tan dulcemente melancólico ni tan en armonía
con la historia de su pasada grandeza.

A esas horas del ocaso visité en cierto día la Sala de la Justicia, cuyas
soberbias y oscurecidas arcadas se extienden a un extremo del patio. En tal
sitio se celebró ante Fernando e Isabel y su triunfante comitiva la solemne
ceremonia de una misa de gracias al tomar posesión de la Alhambra. La
cruz puede todavía verse en el punto donde se levantó el altar y en el que
ofició el gran cardenal de España y otros dignatarios eclesiásticos del país.
Me imaginaba yo entonces la escena que presentaría esta regia estancia
cuando se vio ocupada por los ufanos conquistadores; la mezcla de mitrados
obispos y tonsurados frailes, caballeros cubiertos de acero y cortesanos
vestidos de seda, el cómo cruces y báculos y religiosos estandartes se
confundirían con los arrogantes pendones y banderas de los altos personajes
de Aragón y de Castilla, desplegados en señal de triunfo en los moriscos
salones; me figuraba también a Colón, al futuro descubridor del Nuevo
Mundo, humilde y olvidado espectador de la fiesta, ocupando un modesto
sitio en un apartado rincón; y veía, por último, allá en mi mente, a los
Católicos Soberanos postrándose delante del altar elevando un himno en
acción de gracias por su victoria, y resonando en las bóvedas los sagrados
acordes y la grave entonación del Tedeum.

Pero la pasajera ilusión, el vano fantasma de la imaginación huyó, como los
pobres musulmanes sobre quienes habían triunfado. El salón donde se
celebró la victoria estaba derruido y solitario, no oyéndose sino el aleteo del
murciélago en las oscuras bóvedas, o la lechuza lanzando sus gritos
siniestros desde la vecina Torre de Comares.
Al entrar en el Patio de los Leones uno de los días siguientes me sorprendí
sobremanera viendo un moro cubierto con su turbante, pacíficamente
sentado junto a la fuente. Creí al pronto ver tornada en realidad alguna de
las supersticiones de aquel sitio y que algún antiguo habitante de la
Alhambra habría roto el manto de los siglos, volviéndose ser visible. Pero no
tardé en reconocer que era un simple mortal, un tetuaní de Berbería, que
tenía una tienda en el Zacatín de Granada, donde vendía ruibarbo, quincalla
y perfumes. Hablaba correctamente el español, y conversé con él,
pareciéndome despejado e inteligente. Me dijo que subía la Cuesta muy a
menudo en el verano para pasar una parte del día en la Alhambra, en donde
recordaba los antiguos palacios de Berbería construidos y ornamentados de
un modo semejante, aunque nunca con tanta magnificencia.

Mientras nos paseábamos por el Palacio, me llamó él la atención sobre
algunas inscripciones arábigas, que encerraban gran belleza poética.
-¡Ah, señor! -me dijo-. Cuando los moros dominaban en Granada eran una
gente más alegre que hoy. No se cuidaban más que del amor, de la música y
de la poesía. Componían versos con pasmosa facilidad, y los cantaban al son
de la música. Los que hacían mejores estrofas y los que tenían mejor voz
podían estar seguros de obtener favor y preferencia. En aquellos tiempos, si
alguno pedía pan, se le respondía que compusiese una canción, y el más
pobre mendigo, si pedía limosna en verso, era recompensado a menudo con
una moneda de oro.
-Y esa afición popular a la poesía -le pregunté-, ¿se ha perdido
completamente entre ustedes?
-De ningún modo, señor; la gente de Berbería, aun los de las clases más
bajas, componen todavía canciones bastante buenas, como en otros tiempos,
pero no se recompensa hoy el talento como entonces; el rico prefiere en la
actualidad el sonido del oro al de la poesía y la música.
Hallábase hablando así cuando se fijó en una de las inscripciones que
profetizaban el poderío y la imperecedera gloria de los monarcas
musulmanes, señores de esta fortaleza. Movió su cabeza, se encogió de
hombros y la vertió al español.
-Así hubiera sucedido -exclamó-, y los musulmanes reinarían todavía en la
Alhambra, si Boabdil no hubiese sido un traidor y no hubiera entregado la
ciudad a los cristianos; pues los Monarcas Católicos no habrían podido
nunca conquistarla por la fuerza.
Traté de vindicar la memoria del desgraciado Boabdil contra esta
difamación, y demostrar que las disensiones que acarrearon la caída del
trono musulmán fueron debidas a la crueldad de su padre, que tenía el
corazón de un tigre; pero el moro no admitió esta disculpa.
-Muley Hassan -dijo- pudo ser cruel; pero fue bravo, activo y patriota. Si le
hubieran ayudado, Granada sería todavía nuestra; pero su hijo Boabdil
desbarató sus planes, quebrantó su poder y sembró la traición en su Palacio
y la discordia en sus huestes. ¡La maldición de Dios caiga sobre él por su
traición!

Pronunciadas estas palabras, el moro se retiró de la Alhambra.
La indignación de mi compañero el del turbante venía bien con la siguiente
anécdota que me contó un amigo mío, y fue: «que durante un viaje por
Berbería tuvo una entrevista con el Pachá de Tetuán. El gobernador morisco
le significó particular interés en sus preguntas sobre este país, y con
especialidad en lo que concernía a las hermosas provincias de Andalucía, a
las delicias de Granada y a los restos de la regia Alhambra. Las respuestas
de mi amigo despertaron en él todos esos recuerdos, tan profundamente
adorados por los moros, del poder y esplendor de su antiguo imperio en
España; y, volviéndose a sus servidores musulmanes, el Pachá se mesó la
barba y exhaló tristes y apasionadas lamentaciones porque centro tan
poderoso se hubiera caído de las manos de los verdaderos creyentes. Se
consoló, sin embargo, cuando supo que el poder y prosperidad de la nación
española estaban en decadencia, creyendo que vendría un tiempo en que los
moros reconquistarían sus perdidos dominios, no estando quizá muy lejano
el día en que los ritos de Mahoma se celebrarían en la Mezquita de Córdoba,
y en que algún príncipe mahometano tuviera de nuevo su trono en la
Alhambra».

Tal es el deseo y la creencia general de los moros de Berbería. Ellos
consideran a España, y especialmente a Andalucía, como su legítimo
patrimonio, del cual fueron despojados por traición y violencia. Estas ideas
se confirman y perpetúan entre los descendientes de los proscritos moros de
Granada diseminados por las ciudades de Berbería. Algunos de ellos residen
en Tetuán, conservando sus antiguos nombres, tales como Páez y Medina, y
uniéndose en matrimonio con familias que presumen ser del mismo elevado
origen. Su ponderado linaje es mirado con cierta popular deferencia, rara
vez demostrada entre las familias mahometanas por ningún rango
hereditario, excepto por la familia real.

Los vástagos de estas estirpes -según se dice- continúan suspirando por el
terrestre paraíso de sus antecesores, y entonan preces en sus mezquitas
todos los viernes, implorando de Allah que llegue el tiempo en que Granada
vuelva a ser restituida a los fieles, suceso que esperan con tanta avidez y
confianza como tenían los cruzados cristianos en recobrar el Santo Sepulcro.
Añadamos aún que algunos de ellos conservan los antiguos planos y
escrituras de las posesiones y jardines de sus antepasados de Granada, y
aún tienen las llaves de sus casas, enseñándolas como testimonio de su
hereditario derecho, para presentarlas en el soñado día de la restauración.

El Patio de los Leones tiene también su repertorio de leyendas maravillosas.
Ya he mencionado la vulgar creencia en los lúgubres ecos y ruidos de
cadenas producidos de noche por los espíritus de los degollados
Abencerrajes. En una de las reuniones nocturnas en la casa de doña Antonia
contó Mateo Jiménez un hecho que ocurrió en tiempos de su abuelo, el
famoso sastre:
«Había un soldado inválido que estaba encargado de enseñar la Alhambra a
los extranjeros. Cierta noche, entre dos luces, pasando por el Patio de los
Leones, oyó pasos en la Sala de los Abencerrajes.

»Suponiendo que se hallaba dentro algún curioso, se llegó para acompañarle,
cuando vio con gran asombro cuatro moros ricamente vestidos, con
brillantes corazas y cimitarras y puñales cuajados de piedras preciosas.
Movíanse de un lado a otro con paso grave y solemne, súbitamente se
pararon y le hicieron señas para que se acercase; pero el viejo militar echó a
correr, y no pudo nadie hacer que volviera a entrar jamás en la Alhambra.»

De este modo los hombres vuelven algunas veces la espalda a la fortuna,
pues -según la firme opinión de Mateo- los moros querían revelarle el sitio
donde se hallaban escondidos sus tesoros. «Un descendiente del inválido fue
más avisado que él; vino a la Alhambra, pobre; y, al cabo de un año, se fue a
Málaga, compró casas, echó carruaje, y todavía vive allí, siendo uno de los
hombres más respetados y poderosos de aquella ciudad.» Todo lo cual -según
sospechaba sabiamente Mateo- fue por consecuencia de haber encontrado el
tesoro de los fantásticos moros aparecidos.












Narciso Yepes - Recuerdos de la Alhambra


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