
Ilumina mi cabeza como una lámpara. Yo sé que la vigilia se desgasta, porque alguna vez la tuve en mis manos.
Conozco todos esos rostros planos. Viejos de calvicie cerebral. Me gustaría dormir con ellos, pero mis nervios son traicioneros.
¿Cuánto duerme el hombre muerto? ¿Cuándo es la vigilia? Todavía no recuerdo, si mi insomnio es resto del mundo de ensueño. Quisiera despertar por fin, sin llegar a alguna parte. El hambre golpea sólo en puertas de deseo. El sueño sólo acoge al adormecido.
Conozco a todos los desahuciados, que sin embargo reclaman, golpeando la puerta de plástico, donde les arrojan un transformador chatarra, gris de polvo. Somos tan inútiles en nuestra búsqueda. Temíamos a las bestias, tememos la vida.
Nadie se asoma a la puerta motorizada. El respeto es algo valioso ante ella. La torre de marfil proyecta el haz tecnicolor y la muchedumbre danza en orgías Pepsi. Todo parece calculado, pero su rutinaria cadena metálica no consigue descansarme.
De a poco el mundo me digiere, sólo con su estridencia. Hace bullicio en calles pista y me regala noticias terroríficas. Adormece mi pensar y lo desvela con sus objetos mecánicos, plagados de luz y sonidos rítmicos.
Cada uno tiene su caldera, susurra el insomnio, y de nuevo maldito, me abre los ojos.
Escrito propio.