…DEMENCIA NECIA
León herido, te revuelcas en tu propia sangre ígnea…
¡Insolente, insolente, eres tormento y soledad!
Y ciertamente, tú mismo abriste tus heridas, rascándote las pulgas y las ronchas.
¡Eres león, dragón, quimera desmedrada! Deambulas a través de la noche, sonando tus ominosas cadenas por doquier.
Criatura ignota, ¿no ves que la lepra se está apoderando de tu ser?
Un animal más, es el hombre; y siempre le huye a lo mórbido, ¡siempre le huye a la demencia necia!
Qué Dios se apiade de su alma…
¡Qué usted se apiade de su propia alma!
MALDITOS…
La nada, la maldita ausencia de la virtud, el nefasto y lúgubre vacio de la muerte, esa es nuestra oratoria, ese en nuestro sendero, esa es nuestra maldita gloria, nuestra maldita estrella, nuestro maldito vacío…
HUERFANO
Besos yertos entre los rosales marchitos de tu ser. ¡Oh, desventurado huérfano! Imaginas el afable calor de tu madre entre aquellos jardines ya ennegrecidos, cuasi babilónicos y algo envanecidos. Pero que sueño más hirsuto. ¿Está tu santa madre entre aquellas rosas secas? Ciertamente, ella está; con sus manos frías, con su beldad opaca y su cabello gris como la tarde mustia de otoño.
¡Búscala, búscala sin descanso, hermano mío!
Y permite que tu tristeza descanse en un bello sueño profundo.
León herido, te revuelcas en tu propia sangre ígnea…
¡Insolente, insolente, eres tormento y soledad!
Y ciertamente, tú mismo abriste tus heridas, rascándote las pulgas y las ronchas.
¡Eres león, dragón, quimera desmedrada! Deambulas a través de la noche, sonando tus ominosas cadenas por doquier.
Criatura ignota, ¿no ves que la lepra se está apoderando de tu ser?
Un animal más, es el hombre; y siempre le huye a lo mórbido, ¡siempre le huye a la demencia necia!
Qué Dios se apiade de su alma…
¡Qué usted se apiade de su propia alma!
MALDITOS…
La nada, la maldita ausencia de la virtud, el nefasto y lúgubre vacio de la muerte, esa es nuestra oratoria, ese en nuestro sendero, esa es nuestra maldita gloria, nuestra maldita estrella, nuestro maldito vacío…
HUERFANO
Besos yertos entre los rosales marchitos de tu ser. ¡Oh, desventurado huérfano! Imaginas el afable calor de tu madre entre aquellos jardines ya ennegrecidos, cuasi babilónicos y algo envanecidos. Pero que sueño más hirsuto. ¿Está tu santa madre entre aquellas rosas secas? Ciertamente, ella está; con sus manos frías, con su beldad opaca y su cabello gris como la tarde mustia de otoño.
¡Búscala, búscala sin descanso, hermano mío!
Y permite que tu tristeza descanse en un bello sueño profundo.