Relato en doce pasos
Ya había terminado el tiempo de descuento. Era el último penal, ahí estaba yo y la pelota a unos metros, nadie más.
Miedo, nervios, respiración entre cortada es lo que pasaba por mi, y eso que todavía no había levantado la mirada.
Me rasqué la nariz con la mano izquierda, y después levanté la cabeza, lo miré fijo a Fernández… miré el palo derecho, luego el izquierdo y después acomodé la mirada en el palo derecho para patear al lado izquierdo. Era una táctica que había aprendido con el tiempo y ya varios arcos de potreros habían sido víctimas.
Me acerqué al balón, lo acaricié un poco, era una forma de demostrarle respeto y cariño…eso me lo decía siempre mi viejo, “a la pelota hay que quererla”, era su frase de cabecera. Creo que fue lo único que aprendí de él y aunque nunca fui su orgullo, éste penal podría dar vuelta las cosas… es más, podría quedar en la historia del fulbo.
Pero, ¿si le erraba? De solo pensarlo me volvían los tembleques a las gambas y mi corazón palpitaba cual pique que tenía que hacer cuando el cinco me tiraba la bocha bien al corner.
Pero tenía que concentrarme, ya el árbitro había sonado el silbato y la hinchada coreaba mi nombre. Ya no podía fallar.
Me imaginé festejando el gol. Tapas de diarios, flashes, fotos, botineras.
Así que tomé coraje, caminé unos metros hacía atrás, me paré con postura de guerrero esperando al enemigo, saqué pecho con una inhalación fuerte…casi con un trote me acerqué al balón y con un lindo puntinazo a lo Romario la acomodé a la izquierda.
Fernández con las manos tipo cristo redentor se tiró a la izquierda, y con el dedo del fuck you alcanzó a tocarla y desviarla un poco. La pelota besó el palo y rodó en la línea, el arquero desesperado corrió a buscarla y mi mundo se caía poco a poco…no más fotos, no más tapas de revistas, no más nada. Yo no era nada. Y la pelota seguía rodando y el arquero corriendo y mi mundo cayendo, cuando de pronto escucho el silbato, y al árbitro gritando “¡posición adelantada del arquero!”. Y aunque Fernández se cansó de quejarse, la decisión había sido tomada.
Yo tenía una segunda oportunidad, y ésta vez no dudé. Fierrazo al medio…un clásico.
Ya había terminado el tiempo de descuento. Era el último penal, ahí estaba yo y la pelota a unos metros, nadie más.
Miedo, nervios, respiración entre cortada es lo que pasaba por mi, y eso que todavía no había levantado la mirada.
Me rasqué la nariz con la mano izquierda, y después levanté la cabeza, lo miré fijo a Fernández… miré el palo derecho, luego el izquierdo y después acomodé la mirada en el palo derecho para patear al lado izquierdo. Era una táctica que había aprendido con el tiempo y ya varios arcos de potreros habían sido víctimas.
Me acerqué al balón, lo acaricié un poco, era una forma de demostrarle respeto y cariño…eso me lo decía siempre mi viejo, “a la pelota hay que quererla”, era su frase de cabecera. Creo que fue lo único que aprendí de él y aunque nunca fui su orgullo, éste penal podría dar vuelta las cosas… es más, podría quedar en la historia del fulbo.
Pero, ¿si le erraba? De solo pensarlo me volvían los tembleques a las gambas y mi corazón palpitaba cual pique que tenía que hacer cuando el cinco me tiraba la bocha bien al corner.
Pero tenía que concentrarme, ya el árbitro había sonado el silbato y la hinchada coreaba mi nombre. Ya no podía fallar.
Me imaginé festejando el gol. Tapas de diarios, flashes, fotos, botineras.
Así que tomé coraje, caminé unos metros hacía atrás, me paré con postura de guerrero esperando al enemigo, saqué pecho con una inhalación fuerte…casi con un trote me acerqué al balón y con un lindo puntinazo a lo Romario la acomodé a la izquierda.
Fernández con las manos tipo cristo redentor se tiró a la izquierda, y con el dedo del fuck you alcanzó a tocarla y desviarla un poco. La pelota besó el palo y rodó en la línea, el arquero desesperado corrió a buscarla y mi mundo se caía poco a poco…no más fotos, no más tapas de revistas, no más nada. Yo no era nada. Y la pelota seguía rodando y el arquero corriendo y mi mundo cayendo, cuando de pronto escucho el silbato, y al árbitro gritando “¡posición adelantada del arquero!”. Y aunque Fernández se cansó de quejarse, la decisión había sido tomada.
Yo tenía una segunda oportunidad, y ésta vez no dudé. Fierrazo al medio…un clásico.