Nicolás Francisco Herrero, autor y director de teatro, presentó en la Sociedad Argentina de Autores, su obra de teatro: -Carlos, 12 instantes-.
Nicolás Francisco Herrero, está considerado en Argentina como uno de los teatristas que ha despertado mayor interés por parte del la prensa especializada.
Se destacan en la producción de Nicolás Francisco Herrero, las obras: -Psicoimpact- y
-Egomanipulación-.
-Carlos, 12 instantes-, despierta en el lector interés y la obra se caracteriza por fuerte teatralidad.
Para su obra Nicolás Francisco Herrero toma como protagonista a Carlos, cuyo nombre está inspirado en la novela homónima de Pier Heller, que describe a una hermoso joven de escaso talento escénico y pocos escrúpulos que pretende el ascenso social por medio de la prostitución.
Pero el Carlos de Herrero es de signo contrario, aunque joven y de una belleza angelical, el cae en el abismo de la prostitución en pos de su ideal de ser actor.
Nunca la vemos sobre las tablas.
El ser -otro- es un sueño para una Carlos que no puede escapar de su fatídica y melodramática naturaleza humana, a ratos, inocente o manipulador, responsable de sus actos o abandonado por completo a la espiral de la auto destrucción.
Por su parte Herrero, irremediablemente enamorado de su personaje del momento, toma la historia, la retrata, se aproxima, cruza la frontera de su intimidad, y le otorga el estatus privilegiado del primer plano a su rostro, que inunda la obra.
Sus sensuales labios exhalan humo de cigarrillo o lanzan besos al aire, sus ojos, transparentes como su ser, miran al espectador para desafiar nuestra moral.
Evidentemente, Nicolás es el pintor de -El retrato ovalado- de Poe.
El director y autor, presta su voz en off para relatarle al mismísimo Carlos cómo queda absorto en su tarea de pintar a su amada mientras ella muere a su lado.
Herrero nos cuenta la tragedia de Carlos de manera capitulada, por entregas como al mejor estilo del folletín decimonónico, aunque declare abiertamente su inspiración en la teatralidad y el distanciamiento de Brecht.
Le asigna doce cuadros, como doce meses o un año de vida.
Por otra parte el espectador es testigo impasible de la decadencia de Carlos, de la decadencia de una sociedad que se erige en torno al dinero y la compra de sexo, de la decadencia del mito del amor.
Sin quererlo, al acercarnos al fatídico episodio final, Carlos filosofa en un café sobre el fin del amor con Silvia.
Aquí Nicolás hace que el filósofo obsesionado por el lenguaje se interprete a sí mismo, y en un juego dialéctico con sus fantasmas el le pregunta: -¿no debería ser el amor lo único verdadero?-.
A lo que el fantasma del padre responde, con la pausada voz de la experiencia: -sí, pero haría falta que el amor fuese siempre verdadero... para saber lo que se ama se necesita madurez-.