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Oro y Plomo(Parte 2).

Arte12/9/2013
Oro y Plomo(Parte 2).


Corrimos durante un tiempo saliendo de la plaza y comenzamos a adentrarnos en el bosque, la luz del sol se filtraba entre las hojas de los árboles y sus rayos nos bañaban hasta que llegamos a un lugar despejado en donde descansaba una roca, nos sentamos en ella y nos quedamos por un momento callados viendo el cielo, era de un azul claro. Ella me pregunto -¿Conoces la historia de la dama de oro?-, a lo que yo conteste –Realmente no, en la escuela solo nos enseñan a pelear-, ella emocionada me pregunto -¿Quieres que te cuente la historia?-, a lo que con un leve movimiento de la cabeza asentí que sí.

“En los principios de los tiempos los hombres estaban sumidos en la oscuridad, asolados por los dragones de las tinieblas. No había esperanza, hasta que una mujer nació, sus cabellos eran dorados como los rayos del sol y podía iluminar su alrededor con su luz. El tiempo paso, como iba transcurriendo su luz se volvía cada vez más brillante y cálida hasta el punto que los dragones comenzaron a temer a su poder. Ella no estaba sola, tenía un valiente caballero que luchaba contra todo aquel que intentara apagar su luz, pero él no era lo suficientemente fuerte para defenderla de todos sus enemigos, por lo cual ella invoco un guardián inmortal que la protegía de todos los embates que hacían en su contra, pero si bien su brillo iluminaba una gran parte del mundo, aún existía mucha oscuridad.

Ella quería desterrar la oscuridad del mundo de los hombres, así que un día utilizo toda su energía en un hechizo, comenzó a temblar y como la primavera, sus rayos comenzaron a tocar toda la superficie de la tierra desterrando a los dragones a las profundidades del mundo. Pero ese hechizo tuvo un costo, ella termino convertida en una estatua de oro y su caballero en una de plomo, solo quedo el guardián que se mantuvo protegiendo el lugar donde ella lanzo el hechizo previniendo que las tinieblas se apoderaban del recinto sagrado y él está ahí protegiéndonos a todos desde entonces”.

Yo le dije, con cierta tristeza –Me da un poco de pena su caballero, él no la podía proteger como seguramente él quería y tuvo que dejarla en manos del guardián- a lo que contesto –Pero él la ayudo a cumplir su deseo, que es lo importante- y me sonrío intentando quitarme el sentimiento que me embargaba, yo la mire y me perdí en su sonrisa, solo podía pensar que era la cosa más hermosa que había visto en mi vida. Seguimos durante varias horas platicando, hasta que el sol comenzó a ponerse en el horizonte y de repente llegaron varios hombres vestidos con unas glamorosas armaduras plateadas y con un estandarte con un triángulo dorado, eran la guardia real.

Ella se levantó y me dijo -¡Nos vemos pronto!- fue hacia el contingente de hombres y se perdió entre los árboles, dos de ellos se quedaron conmigo y me dijeron que ellos me escoltarían hasta el internado. El camino fue bastante silencioso, yo solo estaba pensando en aquella niña de los cabellos dorados cuando por fin llegamos me dijeron que fuera por mis cosas, que a partir de ese momento viviría en otro lugar. Yo nunca había estado por las calles de la cuidad, estaba maravillado, caminábamos un buen tiempo por las calles de la cuidad. Toda la cuidad consistía en edificios de cuatro a cinco pisos, en donde a cada pared que tenían estaba llena de ventanas y en ellas se encontraban frecuentemente adornados con plantas de distintos tipos de tamaños y formas, las fachadas eran multicolores aunque el color blanco era el más común de todos.

Los techos eran de teja de color naranja brillante, bastante empinados a decir verdad y en alguno de ellos se encontraban pequeñas estatuas de mármol centrados con la puerta de entrada a los edificios. La calles estaban hechas de adoquines y había unas esferas que flotaban sobre unos pilares, distanciados de forma uniforme con las calles las cuales que conforme se iba oscureciendo, comenzaban a brillar, intrigado le pregunte a uno de los escoltas -¿Qué son esas pelotas?- me respondió de forma seca –Se llaman esferas de luz, son objetos mágicos que absorben la luz del sol y la liberan cuando se oscurece su alrededor- cuando termino de decir eso no pude evitar en pensar en la mujer de oro.
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