SEGUIMOS CON EL GRAN TOSCO,,
Días amargos
Los días siguientes a nuestra salida de la casa deEpifanio Díaz marcan para mí, personalmente, la etapa más penosa de la guerra.Estas notas tratan de dar una idea de lo que fue para el total de loscombatientes la primera parte de nuestra lucha revolucionaria; si en estepasaje de los recuerdos tengo que referirme, más que en el resto, a miparticipación personal, es porque tiene conexión con los siguientes episodios yno era posible desligarlos sin que se perdiera unidad en el relato.
Después de la salida de la casa de Epifanio,nuestro grupo revolucionario se componía de 17 hombres del ejército primigenioy tres nuevos compañeros incorporados: Gil, Sotolongo y Raúl Díaz. Estos trescompañeros llegaron en el Granma; habían estado escondidos durante ciertotiempo en las cercanías de Manzanillo y, al conocer de nuestra existencia,decidieron incorporarse al grupo. Su historia era la misma de todos nosotros;habían podido evadir la persecución de los guardias, refugiarse en la casa deun campesino, después en la de otro, llegar a Manzanillo y ocultarse. Ahoraunían su suerte a la de toda la columna. En esta época, como se ve, era muydifícil incrementar nuestro ejército; venían algunos hombres nuevos, pero seiban otros; las condiciones físicas de la lucha eran muy duras, pero lascondiciones morales lo eran mucho más todavía y se vivía bajo la impresión delcontinuo asedio.
En aquellos momentos caminábamos sin rumbo fijo ya marcha lenta, escondidos en pequeños cayos de monte, en una zona donde ya laganadería ha avanzado sobre la vegetación y apenas quedan restos pequeños demonte. Una de esas noches, en la pequeña radio de Fidel escuchábamos la noticiade la captura de uno de los compañeros del Granma, que se había retirado conCrescencio Pérez. Nosotros teníamos ya noticias de que había sido apresado, porconfesión de Eutimio, pero no se había dado la información oficial; alconocerla pudimos percatarnos de que vivía. No siempre se podía salir con vidadel interrogatorio del ejército de Batista. A cada rato se oían, en distintasregiones, disparos de ametralladoras hechos por los guardias contra los cayosde monte donde, por lo general, si bien tiraba abundante parque, no penetrabala tropa enemiga.
En mi diario de campaña anotaba, el día 22 defebrero, que tenía los primeros síntomas de lo que podía ser un fuerte ataquede asma, porque me faltaba mi líquido antiasmático. La fecha del nuevo contactoera el día 5 de marzo, de modo que teníamos que esperar unos días.
En esta época caminábamos muy lentamente, noteníamos un rumbo fijo y estabámos, simplemente, haciendo tiempo para quellegara la nueva fecha del 5 de marzo, día en que Frank País nos debía enviarel grupo de hombres armados. Se había resuelto ya que primero debíafortificarse nuestro pequeño frente, antes de aumentarlo en número y, por lotanto, todas las armas disponibles en Santiago debían subir a la SierraMaestra.
Una noche nos tomó el amanecer sobre la margen deun pequeño riachuelo donde casi no había vegetación; pasamos un precario día enaquel lugar, en un valle cercano a Las Mercedes, que creo se llamaba La Majagua(los nombres son ahora un poco imprecisos en mi memoria) y llegamos por lanoche a la casa del viejo Emiliano, otro de los tantos campesinos que enaquella época recibían un enorme susto al vernos en cada oportunidad, pero sejugaban la vida por nosotros, valientemente, y contribuían con su trabajo aldesarrollo de nuestra Revolución. Era época de lluvia en la Sierra y todas lasnoches nos empapábamos por lo que llegábamos a las casas campesinas, a pesardel peligro, pues la zona estaba infectada de guardias.
El asma era tan fuerte que no me dejaba avanzarbien y tuvimos que dormir en un pequeño cayo de café, cercano a una casacampesina donde restablecimos fuerzas. Ese día que estoy narrando, 27 ó 28 defebrero, se había levantado la censura en el país y la radio daba continuamentenoticias de todo lo ocurrido durante los meses transcurridos. Se hablaba de losactos terroristas y de la entrevista de Matthews con Fidel: en aquel momento elMinistro de Defensa hizo su famosa afirmación de que la entrevista de Matthewsera una patraña y el reto a que se publicara la foto.
Hermes era un guajiro hijo del viejo Emiliano yfue el compañero que en aquellos momentos nos ayudaba con comidas y nosindicaba, por lo menos, la ruta que debíamos seguir. Pero por la mañana del día28 no efectúo su habitual recorrido y Fidel ordenó inmediatamente evacuar ellugar y posesionarnos en otro punto donde dominábamos los caminos de la zona,pues no se sabía lo que pasaría. Como a las 4 de la tarde, Luis Crespo yUniverso Sánchez estaban mirando los caminos y este último, por el lugar delcamino que viene de Las Vegas vio una numerosa tropa de soldados que veníancaminando precisamente para ocupar el firme. Había que correr rápidamente parallegar al borde de la loma y cruzar al otro lado antes de que las tropas noscortaran el paso; no era una tarea difícil, dado que los habíamos visto contiempo. Ya empezaban los morteros y las ametralladoras a sonar en dirección adonde estábamos, lo que probaba que había conocimiento por parte del ejércitobatistiano de nuestra presencia allí. Todos pudieron fácilmente llegar a lacumbre y sobrepasarla; pero para mí fue una tarea tremenda. Pude llegar, perocon un ataque tal de asma que, prácticamente, dar un paso para mí era difícil.En aquellos momentos, recuerdo los trabajos que pasaba para ayudarme a caminarel guajiro Crespo; cuando yo no podía más y pedía que me dejaran, el guajiro, conel léxico especial de nuestras tropas, me decía: «Argentino de... vas a caminaro te llevo a culatazos.» Además de decir esto cargaba con todo su peso, con elde mi propio cuerpo y el de mi mochila para ir caminando en las difícilescondiciones de la loma, con un diluvio sobre nuestras espaldas.
Llegamos así a un pequeño bohío, enterándonos deque estábamos en el lugar llamado Purgatorio. Allí Fidel pasó como elcomandante González, del ejército de Batista, que estaba buscando a losalzados. El dueño de la casa, fríamente cortés, nos la ofreció y nos atendió;pero había otro habitante, un amigo de un bohío cercano que era de unaguataquería extraordinaria. Mi estado físico me impidió gozar el sabrosísimodiálogo de Fidel, en su papel de comandante González, del ejército de Batista,y el guajiro que le daba consejos y hablaba de por qué ese muchacho, FidelCastro, estaba en la loma tirando tiros.
Había que tomar alguna decisión, pues me eraimposible seguir. Cuando se fue el indiscreto vecino, Fidel le dijo al dueño dela casa quién era. El hombre lo abrazó inmediatamente, diciéndole que eraortodoxo, que seguía siempre a Chibás y que podía ordenar. En aquel momentohabía que enviar al campesino a Manzanillo y establecer contacto; por lo menos,comprar las medicinas; y había que dejarme cerca de la casa sin que supiera nisiquiera la mujer de él, que yo estaba allí.
El último compañero incorporado a la tropa, unhombre de dudosa moralidad pero muy fuerte, me fue asignado como compañero.Fidel, en un gesto de desprendimiento, me dio un fusil Johnson de repetición,una de las joyas de nuestra guerrilla, para defendernos. Hicimos el amago desalir todos juntos en una dirección y a los pocos pasos este compañero (al quellamábamos El maestro) y yo nos internamos en el monte, en el lugar convenido,esperando los acontecimientos. Las noticias de aquel día fueron que Matthewshabía hablado por teléfono y había anunciado que se publicarían las famosasfotos. Díaz Tamayo había anunciado que no podía ser, que nadie podía cruzar elcerco de tropas. Armando Hart estaba preso, acusado de ser el segundo jefe delMovimiento. Era el 28 de Febrero.
El campesino cumplió el encargo y me proveyó deadrenalina suficiente. De ahí en adelante pasaron diez de los días más amargosde la lucha en la Sierra. Caminando apoyándome de árbol en árbol y en la culatadel fusil, acompañado de un soldado amedrentado que temblaba cada vez que seiniciaba un tiroteo y sufría un ataque de nervios cada vez que mi asma meobligaba a toser en algún punto peligroso; fuimos haciendo lo que constituíapoco más de una jornada de camino para llegar en diez largos días a casa deEpifanio nuevamente. La fecha convenida para el encuentro era el 5 de marzo,pero fue imposible estar. El cerco de los soldados en la zona y laimposibilidad de los movimientos rápidos, hicieron que solamente el día 11 demarzo apareciéramos en la hospitalaria casa de Epifanio Díaz.
Habían pasado algunos acontecimientos conocidos yapor los habitantes de la casa. El grupo de 18 hombres de Fidel se habíaseparado por un error al pensar que iban a ser atacados nuevamente por losguardias, en el lugar llamado Altos de Meriño; doce hombres habían seguido conFidel y seis con Ciro Frías. Después, Ciro Frías había caído en una emboscada,aunque salieron ilesos todos ellos y se encontraban bien en las inmediaciones.Solamente uno, Yayo, que volvía sin su fusil, había pasado por la casa deEpifanio Díaz rumbo a Manzanillo; por él nos enteramos de todo. Además, yaestaba lista la tropa que debía mandar Frank, aunque éste se encontraba presoen Santiago. Tuvimos una entrevista con el jefe de la tropa; se llamaba JorgeSotús y traía el grado de capitán. No pudo llegar el día 5, pues se habíainfiltrado la noticia y los caminos estaban completamente custodiados.Establecimos todas las medidas para que se produjera rápidamente la llegada delos hombres cuyo número era alrededor de cincuenta.
El refuerzo
El día 13 de marzo, mientras esperábamos a lanueva tropa revolucionaria, se dio la noticia por la radio de que se habíaintentado asesinar a Batista y se daban los nombres de algunos de los muertos.En primer lugar, José Antonio Echeverría, líder de los estudiantes, y despuésotros, como el de Menelao Mora. También personas ajenas al suceso caerían; al díasiguiente se sabía que Pelayo Cuervo Navarro, luchador de la ortodoxia quehabía mantenido una actitud erecta frente a Batista, era asesinado y su cuerpoarrojado en el aristocrático rincón del Country Club conocido por El Laguito.Es bueno apuntar, como extraña paradoja, que los asesinos de Pelayo CuervoNavarro y los hijos del muerto, vinieron juntos en la fracasada invasión dePlaya Girón para «liberar» a Cuba del «oprobio comunista».
En medio de la cortina de la censura se escapabanalgunos detalles del fracasado ataque que el pueblo de Cuba recuerda bien.Personalmente, no había conocido al líder estudiantil pero sí a sus compañeros,en México, en ocasión del acuerdo para la acción común a que llegaron el 26 deJulio y el Directorio Estudiantil. Estos compañeros eran: el hoy embajador enla URSS, comandante Faure Chomón, Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook, todosellos participantes en el ataque.
Como se recordará, sólo faltó un poco de impulsopara llegar al tercer piso donde estaba el dictador, pero lo que pudo ser ungolpe exitoso se convirtió en una masacre de todo el que no pudo salir a tiempode la ratonera en que se convirtió el Palacio Presidencial.
Para el día 15 estaba anunciado el arribo delrefuerzo; esperamos largas horas en el lugar convenido, en el cañón de unarroyo donde el camino se hunde y era fácil trabajar oculto, pero no llegónadie. Después nos explicaron que hubo algunos inconvenientes. Posteriormente,el día 16, llegaron al amanecer, muy cansados, apenas pudo esta tropa caminar unospasos y descansar en un cayo del monte para esperar el día. El dueño de loscamiones era un arrocero de la zona que, atemorizado por las implicaciones delhecho, se asiló y fue a Costa Rica de donde vino convertido en héroe en elavión que trajera unas armas desde ese país; su nombre: Hubert Matos.
Unos cincuenta hombres era el refuerzo, de loscuales solamente una treintena estaba armada; venían dos fusiles ametralladora,un Madzen y un Johnson. En los pocos meses vividos en la Sierra, nos habíamosconvertido en veteranos y veíamos en la nueva tropa todos los defectos quetenía la original del Granma: falta de disciplina, falta de acomodo a lasdificultades mayores, falta de decisión, incapacidad de adaptarse todavía aesta vida. El grupo de cincuenta estaba dirigido por Jorge Sotús, con el gradode capitán, y dividido en cinco escuadras de diez hombres cada una cuyo jefeera un teniente; estos grados estaban dados por la organización del llano ypendientes de ratificación. Las escuadras eran dirigidas por un compañero deapellido Domínguez, creo, muerto en Pino del Agua poco tiempo después; elcompañero René Ramos Latour, muerto heroicamente en combate, en laspostrimerías de la ofensiva final de la dictadura, organizador de las miliciasen el llano; Pedrín Soto, nuestro viejo compañero del Granma, que al fin selograba incorporar a nosotros, muerto también en combate y ascendidopóstumamente a comandante por Raúl Castro, en el Segundo Frente Oriental «FrankPaís»; además, el compañero Pena, estudiante santiaguero que alcanzó el gradode comandante y pusiera fin a su vida después de la Revolución y el tenienteHermo, único jefe de grupo que pudo sobrevivir a los casi dos años de laguerra.
De todos los problemas que había, uno de losmayores era la falta de capacidad para caminar; el jefe, Jorge Sotús, era unode los que peor lo hacía y se quedaba constantemente atrás dando un mal ejemplopara la tropa; además, se me había ordenado que me hiciera cargo de esta tropa,pero al hablar de ello con Sotús me manifestó que él tenía órdenes deentregarla a Fidel y que no la podía entregar antes a nadie, que seguía siendoel jefe, &c., &c. En aquella época todavía yo sentía mi complejo deextranjero, y no quise extremar las medidas, aunque se veía un malestar muy grandeen la tropa. Después de caminatas muy cortas pero que se hacían larguísimas porel estado deficiente de preparación, llegamos a un lugar en La Derecha dondedebíamos esperar a Fidel Castro. Allí estaba el pequeño grupo de compañeros quese había separado de Fidel, anteriormente; Manuel Fajardo, Guillermo García,Juventino, Pesant, tres hermanos Sotomayor, Ciro Frías y yo.
En esos días se notaba la diferencia enorme entrelos dos grupos: el nuestro, disciplinado, compacto, aguerrido; el de losbisoños, padeciendo todavía las enfermedades de los primeros tiempos; noestaban acostumbrados a hacer una sola comida al día y si no sabía bien laración no la comían. Traían los bisoños sus mochilas cargadas de cosas inútilesy al pesarles demasiado en las espaldas preferían, por ejemplo, entregar unalata de leche condensada a deshacerse de una toalla (crimen de lesa guerrilla),y allí aprovechábamos para cargar las latas y todos los alimentos que dejaranen el camino. Después de instalados en La Derecha hubo una situación muy tensaprovocada por las fricciones constantes entre Jorge Sotús, espíritu autoritarioy sin don de gentes, y la tropa en general; tuvimos que tomar precaucionesespeciales y René Ramos, cuyo nombre de guerra era Daniel, quedó encargado de laescuadra de ametralladora en la salida de nuestro refugio para que existierauna garantía de que no sucedería nada.
Tiempo después, Jorge Sotús era enviado en misiónespecial a Miami. Allí traicionó la Revolución aliándose a Felipe Pazos, cuyadesmedida ambición de poder le hizo olvidar sus compromisos, y postularse comopresidente provisional en un «cocinado» donde el Departamento de Estado jugó unimportante papel.
Con el tiempo, el capitán Sotús dio señales dequerer rehabilitarse y Raúl Castro le dio la oportunidad que esta Revolución nonegó a nadie. Sin embargo, empezó a conspirar contra el Gobierno Revolucionarioy fue condenado a veinte años de prisión, pudiendo escapar gracias a lacomplicidad de uno de sus carceleros que huyó con él a la guarida ideal de losgusanos: Estados Unidos.
En aquel momento, sin embargo, tratamos deayudarlo lo más posible, de limar las asperezas con los nuevos compañeros y deexplicarle las necesidades de la disciplina. Guillermo García fue a buscar enla zona de Caracas a Fidel, mientras yo hacía un pequeño recorrido para recogera Ramiro Valdés, repuesto a medias de su lesión en la pierna. El día 24 demarzo, por la noche, llegó Fidel; fue impresionante su arribo con los docecompañeros que en ese momento se mantenían firmes a su lado. Era notable ladiferencia entre la gente barbuda, con sus mochilas hechas de cualquier cosa yatadas como pudieran y los nuevos soldados con sus uniformes todavía limpios,mochilas iguales y pulcras y las caras rasuradas. Expliqué a Fidel losproblemas que habíamos afrontado y se estableció un pequeño consejo paradecidir la actitud futura. Estaba integrado por el mismo Fidel, Raúl, Almeida,Jorge Sotús, Ciro Frías, Guillermo García, Camilo Cienfuegos, Manuel Fajardo yyo. Allí se criticó por parte de Fidel mi actitud al no imponer la autoridadque me había sido conferida y dejarla en manos del recién llegado Sotús, contraquien no se tenía ninguna animosidad, pero cuya actitud, a juicio de Fidel, nodebió haberse permitido en aquel momento. Se formaron también los nuevospelotones, integrándose toda la tropa para formar tres grupos a cargo de loscapitanes Raúl Castro, Juan Almeida y Jorge Sotús; Camilo Cienfuegos mandaríala vanguardia y Efigenio Ameijeiras, la retaguardia; mi cargo era de médico enel Estado Mayor, donde Universo Sánchez trabajaba como jefe de la escuadra delEstado Mayor.
Nuestra tropa adquiría una nueva prestancia conesta cantidad de hombres incorporados y, además, teníamos ya dos fusilesametralladora, aunque de dudosa eficacia por lo viejos y maltratados; sinembargo, ya éramos una fuerza considerable. Se discutió qué podíamos hacerinmediatamente; mi opinión fue atacar el primer puesto de vigilancia paratemplar en la lucha a los compañeros nuevos. Pero Fidel y todos los demásmiembros del consejo estimaron mejor hacerlos marchar durante un tiempo paraque se habituaran a los rigores de la vida en la selva y las montañas y a lascaminatas entre cerros abruptos. Fue así como se decidió salir en direcciónEste y caminar lo más posible buscando la oportunidad de sorprender algún grupode guardias, después de tener una elemental escuela práctica de guerrillas.
La tropa se preparó con gran entusiasmo y salió acumplir la tarea que le correspondía y cuyo bautizo de sangre sería El Uvero.
Adquiriendo el temple
Los meses de marzo y abril de 1957 fueron dereestructuración y aprendizaje para las tropas rebeldes. Después de recibido elrefuerzo al partir del lugar denominado La Derecha, nuestro ejército tenía unos80 hombres y estaba formado así:
La vanguardia, dirigida por Camilo, tenía cuatrohombres. El pelotón siguiente lo llevaba Raúl Castro y tenía tres tenientes conuna escuadra cada uno; eran éstos, Julito Díaz, Ramiro Valdés y Nano Díaz.Estos dos compañeros, Díaz de apellido, que murieron heroicamente en El Uvero,no tenían ningún parentesco entre sí. Uno de ellos era natural de Santiago; larefinería Hermanos Díaz, en esa ciudad, se honra con ese nombre en recuerdo deNano y otro hermano que cayera en Santiago de Cuba. El otro, un compañero deArtemisa, veterano del Granma y del Moncada, que cumplió su último deber en elataque a Uvero. Con Jorge Sotús, capitán a la sazón, iban de tenientes CiroFrías, muerto luego en el frente Frank País; Guillermo García, Jefe del Ejércitode Occidente en la actualidad y René Ramos Latour, muerto con el grado decomandante en la Sierra Maestra. Después venía el Estado Mayor o Comandancia,que estaba integrada por Fidel, Comandante en Jefe; Ciro Redondo; ManuelFajardo, hoy comandante del Ejército; el guajiro Crespo, comandante; UniversoSánchez, hoy comandante y yo, como médico.
El pelotón que habitualmente seguía, en la marchalineal de la columna, era el de Almeida, capitán en esa época cuyos tenienteseran Hermo, Guillermo Domínguez, muerto en Pino del Agua, y Peña. EfigenioAmeijeiras, con el grado de teniente, con tres hombres, cerraban la marcha yhacían la retaguardia.
La gente empezaba a aprender a cocinar porescuadras, pues nuestro grupo combativo era de esa dimensión, de tal modo quese distribuían los alimentos, la medicina y el parque, en esa forma. Más amenos en todas las escuadras, y, en todo caso, en todos los pelotones, habíaveteranos que enseñaban a los nuevos el arte de cocinar, de sacarle el máximoprovecho a los alimentos; el arte de acondicionar mochilas y la forma decaminar en la Sierra.
El camino entre la zona de La Derecha, del Lomón yUvero puede hacerse en algunas horas de automóvil, pero para nosotros significómeses de camino lento, con precauciones, llevando la misión fundamental depreparar a la gente para los combates y la vida posterior. Fue así como pasamosnuevamente por Altos de Espinosa, donde los viejos hicimos una guardia de honorante la tumba de Julio Zenón, caído algún tiempo antes. Allí encontré un pedazode mi frazada, todavía prendido en las zarzas como recuerdo de la «retiradaestratégica» a toda velocidad. Lo metí en mi mochila, haciéndome la firmeproposición de no perder nunca más un equipo en esa forma.
Se me fió un nuevo compañero —Paulino se llamaba—como ayudante para cargar las medicinas, de tal manera que mi tarea estaba unpoco aliviada y podía dedicarme durante algunos minutos en el día, después delas caminatas, a atender la salud de nuestra tropa. Volvimos a pasar por laLoma de Caracas, donde tan desagradable encuentro habíamos tenido con laaviación enemiga gracias a la traición de Guerra y encontramos un fusil deaquellos que sobraban y que algún soldado nuestro dejara en la retirada paramarcharse mejor. Ya no le sobraban fusiles a la tropa; al contrario, lefaltaban. Estábamos en una nueva época. Se había producido un cambiocualitativo; había toda una zona donde el ejército enemigo trataba de noincursionar para no topar con nosotros, aunque es cierto que nosotros tampocodemostrábamos todavía mucho interés en chocar con ellos. La situación políticapor aquellos momentos estaba llena de matices de oportunismo. Los conocidosvozarrones de Pardo Llada, Conte Agüero y otras auras de la misma calaña,abundaban en exabruptos demagógicos, llamando a la concordia y a la paz y,tímidamente, criticando al gobierno. Había hablado el gobierno de paz; el nuevoprimer Ministro, Rivero Agüero, manifestaba que iría, si fuera necesario, a laSierra Maestra para lograr pacificar el país. Sin embargo, pocos días después,Batista manifestó que no era necesario hablar con Fidel o con los alzados; queFidel Castro no estaba en la Sierra, decía, y que allí no había nadie; por lotanto, no había por qué hablar «con un grupo de forajidos».
Así se manifestaba por la parte batistiana lavoluntad de seguir la lucha, única cosa en que nos poníamos fácilmente deacuerdo, pues también era nuestra decisión la de continuarla a todo trance. Enesos días nombraban Jefe de Operaciones al coronel Barrera, muy conocido por sugula para con las raciones de los soldados, el que después viera extinguirse elfenómeno batistiano tranquilamente, desde Caracas, la capital de Venezuela,donde era agregado militar.
Teníamos por aquel momento unas figuras simpáticasque sirvieron para la propaganda, casi comercial, de nuestro movimiento, en losEstados Unidos, y que nos trajeron, dos de ellos sobre todo, algunosinconvenientes. Eran los tres muchachos yanquis escapados a sus padres de laBase Naval de Guantánamo, que se habían incorporado a la lucha. Dos de ellosnunca oyeron un tiro en la Sierra y, agotados por el clima y las privaciones,bastante grandes, se retiraron llevados por el periodista Bob Taber. El otroparticipó en la batalla de Uvero y después se retiró también, enfermo, peroactuó en un combate. Los muchachos, ideológicamente, no estaban preparados parauna revolución y, simplemente, saciaron su afán de aventuras en nuestracompañía durante algunos meses. Los vimos ir con afecto, pero también conalegría. Sobre todo yo, personalmente, pues en mi calidad de médico caíanfrecuentemente sobre mis espaldas debido a que no aguantaban los rigores de lavida de aquella época.
En aquellos mismos días, el gobierno paseó, en unavión del ejército, a varios miles de metros de altura, a los periodistas,demostrándoles que no había nadie en la Sierra Maestra. Fue una curiosaoperación que no convenció a nadie y una demostración de la forma que utilizabael gobierno batistiano para engañar a la opinión pública con la ayuda de todoslos Conte Agüero disfrazados de revolucionarios que hablaban cotidianamente,engañando al pueblo. Durante estos días de prueba, a mí me llegó por fin laoportunidad de una hamaca de lona. La hamaca es un bien preciado que no habíaconseguido antes por la rigurosa ley de la guerrilla que establecía dar las delona a los que ya se habían hecho su hamaca de saco, para combatir laharaganería. Todo el mundo podía hacerse una hamaca de saco, y, el tenerla, ledaba derecho a adquirir la próxima de lona que viniera. Sin embargo, no podíayo usar la hamaca de saco debido a mi afección alérgica; la pelusa me afectabamucho y me veía obligado a dormir en el suelo. Al no tener la de saco, no mecorrespondía la de lona. Estos pequeños actos cotidianos son la parte de la tragediaindividual de cada guerrilla y de su uso exclusivo; pero Fidel se dio cuenta yrompió el orden para adjudicarme una hamaca. Siempre me acuerdo que fue en lasorillas del río La Plata, subiendo ya las últimas estribaciones para llegar aPalma Mocha y un día después de comer nuestro primer caballo.
El caballo fue más que un alimento de lujo,especie de prueba de fuego de la capacidad de adaptación de la gente. Losguajiros de nuestra guerrilla, indignados, se negaron a comer su ración decaballo, y algunos consideraban casi un asesino a Manuel Fajardo, cuyo oficioen la paz, matarife, era utilizado en acontecimientos como este cuandosacrificó el primer animal.
Este primer caballo perteneció a un campesinollamado Popa, del otro lado del río La Plata. Popa debe ya saber leer, despuésde esta campaña de alfabetización, y podrá entonces, si llega a sus manos larevista Verde Olivo, recordar aquella noche en que tres guerrillerospatibularios golpearon las puertas de su bohío, lo confundieron además, injustamente,con un chivato y le quitaron aquel caballo viejo, con grandes mataduras en ellomo, que fuera nuestra pitanza horas después y cuya carne constituyera unmanjar exquisito para algunos y una prueba para los estómagos prejuiciados delos campesinos, que creían estar cometiendo un acto de canibalismo, mientrasmasticaban al viejo amigo del hombre.
Una entrevista famosa
A mediados de abril de 1957, volvíamos con nuestroejército en entrenamiento a las regiones de Palma Mocha, en la vecindad delTurquino. Por aquella época nuestros hombres más valiosos para la lucha en lamontaña eran los de extracción campesina.
Guillermo García y Ciro Frías, con patrullas decampesinos, iban y venían de uno a otro lugar de la Sierra, trayendo noticias,haciendo exploraciones, consiguiendo alimentos; en fin, constituían lasverdaderas vanguardias móviles de nuestra columna. Por aquellos días, estábamosnuevamente en la zona del Arroyo del Infierno, testigo de uno de nuestroscombates y los campesinos que venían a saludarnos nos enteraban de toda latragedia ocurrida anteriormente; de quien había sido el hombre que habíallevado directamente los guardias a presencia nuestra, de los muertos quehabía; en fin, los campesinos duchos en el arte de traspasar la noticia oral,nos informaban ampliamente de toda la vida de la zona.
Fidel, que en esos momentos estaba sin radio,pidió uno a un campesino de la zona que se lo cedió, y así podíamos escuchar,en un radio grande transportado en la mochila de un combatiente, las noticiasdirectas de La Habana. Se volvía a hablar más claramente por radio dado elrestablecimiento de las llamadas garantías.
Guillermo García con un atuendo tremendo de cabodel ejército batistiano y dos compañeros disfrazados de soldados, fueron abuscar al chivato que guiara al ejército enemigo, «de orden del Coronel» y conél volvieron al día siguiente. El hombre había venido engañado, pero cuando vioel ejército andrajoso ya supo lo que le esperaba. Con gran cinismo nos contótodo lo relativo a sus relaciones con el ejército y cómo le había dicho al«cabrón de Casillas», según sus palabras, que él podía agarrarnos perfectamentey que llevaba al ejército donde estábamos, pues ya nos había espiado; sinembargo, no le hicieron caso.
Un día de aquellos, en una de aquellas lomas,murió el chivato y en un firme de la Maestra quedó enterrado. En esos días,llegó un mensaje de Celia donde hacía el anuncio de que vendría con dosperiodistas norteamericanos para hacer una entrevista a Fidel, con el pretextode los gringuitos. Y además, enviaba algún dinero recogido entre lossimpatizantes del Movimiento.
Se resolvió que Lalo Sardiñas trajera a losnorteamericanos por la zona de Estrada Palma, que conocía bien como antiguocomerciante de la zona. En esos momentos nosotros dedicábamos nuestro tiempo ala tarea de hacer contacto con campesinos que sirvieran de enlace y quepudieran mantener campamentos permanentes, donde se pudieran crear centros decontacto con la zona que ya se estaba agrandando; así íbamos localizando lascasas que servían de abastecimiento a nuestras tropas, y allí instalábamos losalmacenes de donde se trasladaban los abastecimientos según nuestrosrequerimientos. Estos lugares servían también de postas para las rápidasdiligencias humanas que se trasladaban por el filo de la Maestra de un lugar aotro de la Sierra.
Los caminadores de la Sierra demuestran unacapacidad extraordinaria para cubrir distancias larguísimas en poco tiempo y deahí que, constantemente, nos viéramos engañados por sus afirmaciones, allí amedia hora de camino, «al cantío de un gallo», como se ha caricaturizado engeneral este tipo de información que casi siempre para los guajiros resultaexacta, aunque sus nociones sobre el reloj y lo que es una hora no tiene mayorparecido con la del hombre de la ciudad.
Tres días después de la orden dada a LaloSardiñas, llegaron noticias de que venían subiendo seis personas por la zona deSanto Domingo; estas personas eran dos mujeres, dos gringos, los periodistas, ydos acompañantes que no se sabía quiénes eran; sin embargo, los datos quellegaban eran contradictorios, se decía que los guardias habían tenido noticiasde su presencia por un chivato y que habían rodeado la casa donde estaban. Lasnoticias van y vienen con una extraordinaria rapidez en la Sierra, pero sedeforman también. Camilo salió con un pelotón con orden de liberar de todasmaneras a los norteamericanos y a Celia Sánchez, que sabíamos venía en elgrupo. Llegaron, sin embargo, sanos y salvos; la falsa alarma se debió a unmovimiento de guardias provocado por una denuncia que en aquella época erafácil que se produjera por parte de los campesinos atrasados.
El día 23 de abril, el periodista Bob Taber, y uncamarógrafo llegaban a nuestra presencia; junto a ellos venían las compañerasCelia Sánchez y Haydée Santamaría y los enviados del Movimiento en el llano,Marcos o Nicaragua, el comandante Iglesias, hoy gobernador de Las Villas y enaquella época encargado de acción en Santiago y Marcelo Fernández, que fuecoordinador del Movimiento y actualmente vicepresidente del Banco Nacional,como intérprete por sus conocimientos del inglés.
Aquellos días se pasaron protocolarmente tratandode demostrar a los norteamericanos nuestra fuerza y tratando de eludircualquier pregunta demasiado indiscreta; no sabíamos quiénes eran losperiodistas; sin embargo, se realizaron las entrevistas con los tresnorteamericanos que respondieron muy bien a todas las preguntas según el nuevoespíritu que habían desarrollado en esa vida primitiva a nuestro lado, aún cuandono pudieran aclimatarse a ella y no tenían nada de común con nosotros.
En aquellos días se incorporó también uno de losmás simpáticos y queridos personajes de nuestra guerra revolucionaria, ElVaquerito. El Vaquerito, junto con otro compañero, nos encontró un día ymanifestó estar más de un mes buscándonos, dijo ser camagüeyano, de Morón, ynosotros, como siempre se hacía en estos casos, procedimos a su interrogatorioy a darle un rudimento de orientación política, tarea que frecuentemente metocaba. El Vaquerito no tenía ninguna idea política ni parecía ser otra cosaque un muchacho alegre y sano, que veía todo esto como una maravillosaaventura. Venía descalzo y Celia Sánchez le prestó unos zapatos que lesobraban, de manufactura o de tipo mexicano, grabados. Estos eran los únicoszapatos que le servían a El Vaquerito dada su pequeña estatura. Con los nuevoszapatos y un gran sombrero de guajiro, parecía un vaquero mexicano y de allínació el nombre de El Vaquerito.
Como es bien sabido El Vaquerito no pudo ver elfinal de la lucha revolucionaria, pues siendo jefe del pelotón suicida de lacolumna 8, murió un día antes de la toma de Santa Clara. De su vida entrenosotros recordamos todos su extraordinaria alegría, su jovialidadininterrumpida y la forma extraña y novelesca que tenía de afrontar el peligro.El Vaquerito era extraordinariamente mentiroso, quizás nunca había sostenidouna conversación donde no adornara tanto la verdad que era prácticamenteirreconocible, pero en sus actividades, ya fuera como mensajero en los primerostiempos, como soldado después, o jefe del pelotón suicida, El Vaqueritodemostraba que la realidad y la fantasía para él no tenían fronterasdeterminadas y los mismos hechos que su mente ágil inventaba, los realizaba enel campo de combate; su arrojo extremo se había convertido en tema de leyendacuando llegó el final de toda aquella epopeya que él no pudo ver.
Una vez se me ocurrió interrogar a El Vaqueritodespués de una de las sesiones nocturnas de lectura que teníamos en la columna,tiempo después de incorporado a ella; El Vaquerito empezó a contar su vida ycomo quien no quiere la cosa nosotros a hacer cuentas con un lápiz. Cuandoacabó, después de muchas anécdotas chispeantes le preguntamos cuántos añostenía. El Vaquerito en aquella época tenía poco más de 20 años, pero delcálculo de todas sus hazañas y trabajos se desprendía que había comenzado atrabajar cinco años antes de nacer.
El compañero Nicaragua traía noticias de más armasexistentes en Santiago, remanentes del asalto a Palacio. 10 ametralladoras, 11fusiles Johnson y 6 mosquetones, según declaraba. Había algunas más pero sepensaba establecer otro frente en la zona del Central Miranda. Fidel se oponíaa esta idea y sólo les permitió algunas armas para este segundo frente, dandoórdenes que todas las posibles subieran a reforzar el nuestro. Seguimos lamarcha, para alejarnos de la incómoda compañía de unos guardias que merodeabancerca, pero antes decidimos subir al Turquino, era una operación casi místicaésta de subir nuestro pico máximo y por otra parte estábamos ya por toda lacresta de la Maestra muy cerca de su cumbre.
El Pico Turquino fue subido por toda la columna yallí arriba finalizó la entrevista que Bob Taber hiciera al Movimiento,preparando una película que fue televisada en los Estados Unidos cuando noéramos tan temidos. (Un hecho ilustrativo: un guajiro que se nos unió,manifestó que Casillas le había ofrecido $300 y una vaca parida si mataba aFidel.) No eran los norteamericanos solos los equivocados sobre el precio denuestro máximo dirigente.
Según un altímetro de campaña que llevábamos connosotros, el Turquino tenía 1.850 metros sobre el nivel del mar; lo apunto comodato curioso, pues nunca comprobamos este aparato; pero, sin embargo, al nivel delmar trabajaba bien y esta cifra de la altura del Turquino difiere bastante delas dadas por los textos oficiales.
Como una compañía del ejército continuaba trasnuestras huellas, Guillermo fue enviado con un grupo de compañeros atirotearla; dado mi estado asmático que me obligaba a caminar a la cola de lacolumna y no permitía esfuerzos extra se me quitó la ametralladora que portaba,la Thompson, ya que yo no podía ir al tiroteo. Como tres días tardaron endevolvérmela y fueron de los más amargos que pasé en la Sierra, encontrándomedesarmado cuando todos los días podíamos tener encuentros con los guardias.
Por aquellos días, mayo de 1957, dos de losnorteamericanos abandonaron la columna con el periodista Bob Taber, que habíaacabado su reportaje, y llegaron sanos y salvos a Guantánamo. Nosotros seguimosnuestro lento camino por la cresta de la Maestra o sus laderas; haciendocontactos, explorando nuevas regiones y difundiendo la llama revolucionaria yla leyenda de nuestra tropa de barbudos por otras regiones de la Sierra. Elnuevo espíritu se comunicaba a la Maestra. Los campesinos venían sin tantotemor a saludarnos y nosotros no temíamos la presencia campesina, puesto quenuestra fuerza relativa había aumentado considerablemente y nos sentíamos más seguroscontra cualquier sorpresa del ejército batistiano y más amigos de nuestrosguajiros.
Jornadas de marcha
Los primeros 15 días del mes de mayo fueron demarcha continua hacia nuestro objetivo. Al iniciarse el mes, estábamos en unaloma perteneciente a la cresta de la Maestra, cercana al pico Turquino; fuimoscruzando zonas que después resultaron teatro de muchos sucesos de laRevolución. Pasamos por Santa Ana, por El Hombrito; después Pico Verde,encontramos la casa de Escudero en la Maestra, y seguimos hasta la loma delBurro. El viaje en esta dirección que sigue el rumbo Este, se producía parabuscar unas armas que se dijo iban a llegar de Santiago y a depositarse en lazona de la loma del Burro relativamente cerca del Oro de Guisa. Durante esterecorrido, que duró un par de semanas, una noche, al ir a cumplir un cometidointrascendente, equivoqué los caminos y estuve perdido tres días hasta volver aencontrar a la gente en un paraje denominado El Hombrito. En aquel momento pudedarme cuenta de que llevábamos en las espaldas todo lo necesario para bastarnosa nosotros mismos. La sal y el aceite, tan importantes; algunas comidasenlatadas, entre las que había leche; todo lo necesario para dormir, hacerfuego y la comida y un aditamento en que confiaba mucho hasta ese momento, labrújula.
Al encontrarme perdido, la mañana siguiente de lanoche en que ocurriera, tomé la brújula y guiándome por ella seguí un día ymedio hasta darme cuenta de que cada vez estaba más perdido, me acerqué a unacasa campesina y allí me encaminaron hasta el campamento rebelde. Despuésnosotros nos percataríamos de que en lugares tan escabrosos como la SierraMaestra, la brújula solamente puede servir de orientación general, nunca paramarcar rumbos definidos; el rumbo hay que trazarlo con guías o conociendo porsí mismo el terreno, como lo conocimos después al tocarme a mí precisamenteoperar en la zona de El Hombrito.
Fue muy emocionante el reencuentro con la columnaen aquella zona por el caluroso recibimiento que se me hizo. Cuando llegué seacababa de realizar un juicio popular en que tres chivatos fueron juzgados yuno de ellos, Nápoles de apellido, condenado a muerte. Camilo fue el presidentedel tribunal.
En aquella época tenía que cumplir mis deberes demédico y en cada pequeño poblado o lugar donde llegábamos realizaba miconsulta. Era monótona pues no tenía muchos medicamentos que ofrecer y nopresentaban una gran diferencia los casos clínicos de la Sierra; mujeresprematuramente avejentadas, sin dientes, niños de vientres enormes,parasitismo, raquitismo, avitaminosis en general, eran los signos de la SierraMaestra. Todavía hoy se mantienen, pero en mucho menores proporciones. Loshijos de estas madres de la Sierra han ido a estudiar a la ciudad escolar«Camilo Cienfuegos»; ya están crecidos, saludables, son otros muchachosdiferentes a los primeros escuálidos pobladores de nuestra pionera CiudadEscolar.
Recuerdo que una niña estaba presenciando lasconsultas que daba a las mujeres de la zona, las que iban con mentalidad casireligiosa a conocer el motivo de sus padecimientos; la niñita, cuando llegó sumamá, después de varios turnos anteriores a los que había asistido con todaatención en la única pieza del bohío que me servía de consultorio, lechismoseó: «Mamá, este doctor a todas les dice lo mismo.»
Y era una gran verdad; mis conocimientos no dabanpara mucho más, pero, además, todas tenían el mismo cuadro clínico y contabanla misma historia desgarradora sin saberlo. ¿Qué hubiera pasado si el médico enese momento hubiera interpretado que el cansancio extraño que sufría la jovenmadre de varios hijos, cuando subía una lata de agua del arroyo hasta la casa,se debía simplemente a que era mucho trabajo para tan poca y tan baja calidadde comida? Ese agotamiento es algo inexplicable porque toda su vida la mujer hallevado las mismas latas de agua hasta el mismo destino y sólo ahora se sientecansada. Es que las gentes de la Sierra brotan silvestres y sin cuidado y sedesgastan rápidamente, en un trajín sin recompensa. Allí, en aquellos trabajosempezaba a hacerse carne en nosotros la conciencia de la necesidad de un cambiodefinitivo en la vida del pueblo. La idea de la reforma agraria se hizo nítiday la comunión con el pueblo dejó de ser teoría para convertirse en parte definitivade nuestro ser.
La guerrilla y el campesinado se iban fundiendo enuna sola masa, sin que nadie pueda decir en qué momento del largo camino seprodujo, en qué momento se hizo íntimamente verídico lo proclamado y fuimosparte del campesinado. Sólo sé, en lo que a mí respecta, que aquellas consultasa los guajiros de la Sierra convirtieron la decisión espontánea y algo líricaen una fuerza de distinto valor y más serena. Nunca han sospechado aquellossufridos y leales pobladores de la Sierra Maestra el papel que desempeñaroncomo forjadores de nuestra ideología revolucionaria.
En aquel mismo lugar Guillermo García fueascendido a capitán y se hizo cargo de todos los campesinos que ingresarannuevos a las columnas. Tal vez el compañero Guillermo no recuerde esa fecha;está anotada en mi diario de combatiente: 6 de mayo de 1957.
Al día siguiente Haydée Santamaría se iba conprecisas indicaciones de Fidel a hacer los contactos necesarios, pero, un díamás tarde, llegó la noticia de la detención de Nicaragua, el comandanteIglesias, que era el encargado de traernos las armas. Esto provocó un grandesconcierto entre nosotros, pues no nos podíamos imaginar cómo se haría ahorapara traerlas; sin embargo, resolvimos seguir caminando con el mismo destino.
Llegamos a un lugar cercano a Pino del Agua, unapequeña hondonada con una «tumba» abandonada en el mismo filo de la SierraMaestra; había allí dos bohíos deshabitados. Cerca de un camino real, unapatrulla nuestra tomó prisionero a un cabo del ejército. Este cabo era unindividuo conocido por sus crímenes desde la época de Machado, por lo quealgunos de la tropa propusimos ejecutarlo, pero Fidel se negó a hacerle nada;simplemente lo dejamos prisionero custodiado por los nuevos reclutas, sin armaslargas todavía y con la prevención de que cualquier intento de fuga le costaríala vida.
La mayoría de nosotros siguió el camino con el finde ver si las armas habían llegado al lugar convenido y, si estaban,transportarlas. Fue una larga caminata, aunque sin peso, ya que nuestrasmochilas completas quedaron en el campamento donde estaba el prisionero. Lamarcha, sin embargo, no nos dio ningún resultado; no habían llegado los equiposy lo atribuimos, naturalmente, a la detención de Nicaragua. Pudimos comprarbastante alimento en una tienda existente y volver, con distinta pero tambiénbien recibida carga hacia el lugar de partida.
Volvíamos por el mismo camino, a paso lento,cansón, bordeando las crestas de la Sierra Maestra y cruzando con cuidado loslugares pelados. Oímos de pronto disparos en dirección de nuestra marcha, loque nos preocupó porque uno de nuestros compañeros se había adelantado parallegar cuanto antes al campamento; era Guillermo Domínguez, teniente de nuestratropa y uno de los que habían llegado con el refuerzo de Santiago. Nospreparamos para cualquier contingencia mientras mandábamos una exploración.Después de un tiempo prudencial aparecieron los exploradores y venía con ellosun compañero llamado Fiallo, que pertenecía al grupo de Crescencio, incorporadonuevamente a la guerrilla en el intervalo de nuestra ausencia. Venía delcampamento base nuestro y nos explicó que había un muerto en el camino y quehabían tenido un encuentro con los guardias, los que se habían retirado endirección a Pino del Agua, donde había un destacamento mayor y que quedababastante cerca. Avanzamos con muchas precauciones encontrándonos un cadáver alque me tocó reconocer.
Era Guillermo Domínguez, precisamente; estabadesnudo de la cintura para arriba y presentaba un orificio de bala en el codoizquierdo, un bayonetazo en la zona supramamilar izquierda y la cabezaliteralmente destrozada por el disparo, al parecer, de su propia escopeta.Algunas municiones eran el testimonio en las carnes laceradas de nuestroinfortunado compañero.
Pudimos reconstruir los hechos analizandodiferentes datos: los guardias, parece que en un recorrido buscando a sucompañero prisionero, el cabo, oyeron llegar a Domínguez, que venía a ladelantera, confiado, pues había pasado por allí mismo el día anterior, y lohicieron prisionero, pero algunos de los hombres de Crescencio venían a hacercontacto con nosotros por la otra dirección del camino (todo esto se produce enlas mismas alturas de la Maestra). Al sorprender por la espalda a los guardias,la gente de Crescencio hizo fuego y éstos se retiraron asesinando antes de huira nuestro compañero Domínguez.
Pino del Agua es un aserrío en plena Sierra y elcamino seguido por los guardias es una vieja trocha de acarrear madera quenosotros debíamos atravesar luego de caminar 100 metros por ella, para seguirnuestro estrecho sendero del firme de la divisoria de las aguas. Nuestrocompañero no tomó las precauciones elementales en estos casos y tuvo la malasuerte de coincidir con los guardias. Su amargo destino nos sirvió deexperiencia para el futuro.
Agencia Walsh
QUE LO DISFRUTEN COMO YO
comenten y den puntos,,
gracias por tomarse el tiempo de leer,,
informarse es poder,,
varios escritos de él a continuación,,,
gracias por entrar en este humilde post,,
Días amargos
Los días siguientes a nuestra salida de la casa deEpifanio Díaz marcan para mí, personalmente, la etapa más penosa de la guerra.Estas notas tratan de dar una idea de lo que fue para el total de loscombatientes la primera parte de nuestra lucha revolucionaria; si en estepasaje de los recuerdos tengo que referirme, más que en el resto, a miparticipación personal, es porque tiene conexión con los siguientes episodios yno era posible desligarlos sin que se perdiera unidad en el relato.
Después de la salida de la casa de Epifanio,nuestro grupo revolucionario se componía de 17 hombres del ejército primigenioy tres nuevos compañeros incorporados: Gil, Sotolongo y Raúl Díaz. Estos trescompañeros llegaron en el Granma; habían estado escondidos durante ciertotiempo en las cercanías de Manzanillo y, al conocer de nuestra existencia,decidieron incorporarse al grupo. Su historia era la misma de todos nosotros;habían podido evadir la persecución de los guardias, refugiarse en la casa deun campesino, después en la de otro, llegar a Manzanillo y ocultarse. Ahoraunían su suerte a la de toda la columna. En esta época, como se ve, era muydifícil incrementar nuestro ejército; venían algunos hombres nuevos, pero seiban otros; las condiciones físicas de la lucha eran muy duras, pero lascondiciones morales lo eran mucho más todavía y se vivía bajo la impresión delcontinuo asedio.
En aquellos momentos caminábamos sin rumbo fijo ya marcha lenta, escondidos en pequeños cayos de monte, en una zona donde ya laganadería ha avanzado sobre la vegetación y apenas quedan restos pequeños demonte. Una de esas noches, en la pequeña radio de Fidel escuchábamos la noticiade la captura de uno de los compañeros del Granma, que se había retirado conCrescencio Pérez. Nosotros teníamos ya noticias de que había sido apresado, porconfesión de Eutimio, pero no se había dado la información oficial; alconocerla pudimos percatarnos de que vivía. No siempre se podía salir con vidadel interrogatorio del ejército de Batista. A cada rato se oían, en distintasregiones, disparos de ametralladoras hechos por los guardias contra los cayosde monte donde, por lo general, si bien tiraba abundante parque, no penetrabala tropa enemiga.
En mi diario de campaña anotaba, el día 22 defebrero, que tenía los primeros síntomas de lo que podía ser un fuerte ataquede asma, porque me faltaba mi líquido antiasmático. La fecha del nuevo contactoera el día 5 de marzo, de modo que teníamos que esperar unos días.
En esta época caminábamos muy lentamente, noteníamos un rumbo fijo y estabámos, simplemente, haciendo tiempo para quellegara la nueva fecha del 5 de marzo, día en que Frank País nos debía enviarel grupo de hombres armados. Se había resuelto ya que primero debíafortificarse nuestro pequeño frente, antes de aumentarlo en número y, por lotanto, todas las armas disponibles en Santiago debían subir a la SierraMaestra.
Una noche nos tomó el amanecer sobre la margen deun pequeño riachuelo donde casi no había vegetación; pasamos un precario día enaquel lugar, en un valle cercano a Las Mercedes, que creo se llamaba La Majagua(los nombres son ahora un poco imprecisos en mi memoria) y llegamos por lanoche a la casa del viejo Emiliano, otro de los tantos campesinos que enaquella época recibían un enorme susto al vernos en cada oportunidad, pero sejugaban la vida por nosotros, valientemente, y contribuían con su trabajo aldesarrollo de nuestra Revolución. Era época de lluvia en la Sierra y todas lasnoches nos empapábamos por lo que llegábamos a las casas campesinas, a pesardel peligro, pues la zona estaba infectada de guardias.
El asma era tan fuerte que no me dejaba avanzarbien y tuvimos que dormir en un pequeño cayo de café, cercano a una casacampesina donde restablecimos fuerzas. Ese día que estoy narrando, 27 ó 28 defebrero, se había levantado la censura en el país y la radio daba continuamentenoticias de todo lo ocurrido durante los meses transcurridos. Se hablaba de losactos terroristas y de la entrevista de Matthews con Fidel: en aquel momento elMinistro de Defensa hizo su famosa afirmación de que la entrevista de Matthewsera una patraña y el reto a que se publicara la foto.
Hermes era un guajiro hijo del viejo Emiliano yfue el compañero que en aquellos momentos nos ayudaba con comidas y nosindicaba, por lo menos, la ruta que debíamos seguir. Pero por la mañana del día28 no efectúo su habitual recorrido y Fidel ordenó inmediatamente evacuar ellugar y posesionarnos en otro punto donde dominábamos los caminos de la zona,pues no se sabía lo que pasaría. Como a las 4 de la tarde, Luis Crespo yUniverso Sánchez estaban mirando los caminos y este último, por el lugar delcamino que viene de Las Vegas vio una numerosa tropa de soldados que veníancaminando precisamente para ocupar el firme. Había que correr rápidamente parallegar al borde de la loma y cruzar al otro lado antes de que las tropas noscortaran el paso; no era una tarea difícil, dado que los habíamos visto contiempo. Ya empezaban los morteros y las ametralladoras a sonar en dirección adonde estábamos, lo que probaba que había conocimiento por parte del ejércitobatistiano de nuestra presencia allí. Todos pudieron fácilmente llegar a lacumbre y sobrepasarla; pero para mí fue una tarea tremenda. Pude llegar, perocon un ataque tal de asma que, prácticamente, dar un paso para mí era difícil.En aquellos momentos, recuerdo los trabajos que pasaba para ayudarme a caminarel guajiro Crespo; cuando yo no podía más y pedía que me dejaran, el guajiro, conel léxico especial de nuestras tropas, me decía: «Argentino de... vas a caminaro te llevo a culatazos.» Además de decir esto cargaba con todo su peso, con elde mi propio cuerpo y el de mi mochila para ir caminando en las difícilescondiciones de la loma, con un diluvio sobre nuestras espaldas.
Llegamos así a un pequeño bohío, enterándonos deque estábamos en el lugar llamado Purgatorio. Allí Fidel pasó como elcomandante González, del ejército de Batista, que estaba buscando a losalzados. El dueño de la casa, fríamente cortés, nos la ofreció y nos atendió;pero había otro habitante, un amigo de un bohío cercano que era de unaguataquería extraordinaria. Mi estado físico me impidió gozar el sabrosísimodiálogo de Fidel, en su papel de comandante González, del ejército de Batista,y el guajiro que le daba consejos y hablaba de por qué ese muchacho, FidelCastro, estaba en la loma tirando tiros.
Había que tomar alguna decisión, pues me eraimposible seguir. Cuando se fue el indiscreto vecino, Fidel le dijo al dueño dela casa quién era. El hombre lo abrazó inmediatamente, diciéndole que eraortodoxo, que seguía siempre a Chibás y que podía ordenar. En aquel momentohabía que enviar al campesino a Manzanillo y establecer contacto; por lo menos,comprar las medicinas; y había que dejarme cerca de la casa sin que supiera nisiquiera la mujer de él, que yo estaba allí.
El último compañero incorporado a la tropa, unhombre de dudosa moralidad pero muy fuerte, me fue asignado como compañero.Fidel, en un gesto de desprendimiento, me dio un fusil Johnson de repetición,una de las joyas de nuestra guerrilla, para defendernos. Hicimos el amago desalir todos juntos en una dirección y a los pocos pasos este compañero (al quellamábamos El maestro) y yo nos internamos en el monte, en el lugar convenido,esperando los acontecimientos. Las noticias de aquel día fueron que Matthewshabía hablado por teléfono y había anunciado que se publicarían las famosasfotos. Díaz Tamayo había anunciado que no podía ser, que nadie podía cruzar elcerco de tropas. Armando Hart estaba preso, acusado de ser el segundo jefe delMovimiento. Era el 28 de Febrero.
El campesino cumplió el encargo y me proveyó deadrenalina suficiente. De ahí en adelante pasaron diez de los días más amargosde la lucha en la Sierra. Caminando apoyándome de árbol en árbol y en la culatadel fusil, acompañado de un soldado amedrentado que temblaba cada vez que seiniciaba un tiroteo y sufría un ataque de nervios cada vez que mi asma meobligaba a toser en algún punto peligroso; fuimos haciendo lo que constituíapoco más de una jornada de camino para llegar en diez largos días a casa deEpifanio nuevamente. La fecha convenida para el encuentro era el 5 de marzo,pero fue imposible estar. El cerco de los soldados en la zona y laimposibilidad de los movimientos rápidos, hicieron que solamente el día 11 demarzo apareciéramos en la hospitalaria casa de Epifanio Díaz.
Habían pasado algunos acontecimientos conocidos yapor los habitantes de la casa. El grupo de 18 hombres de Fidel se habíaseparado por un error al pensar que iban a ser atacados nuevamente por losguardias, en el lugar llamado Altos de Meriño; doce hombres habían seguido conFidel y seis con Ciro Frías. Después, Ciro Frías había caído en una emboscada,aunque salieron ilesos todos ellos y se encontraban bien en las inmediaciones.Solamente uno, Yayo, que volvía sin su fusil, había pasado por la casa deEpifanio Díaz rumbo a Manzanillo; por él nos enteramos de todo. Además, yaestaba lista la tropa que debía mandar Frank, aunque éste se encontraba presoen Santiago. Tuvimos una entrevista con el jefe de la tropa; se llamaba JorgeSotús y traía el grado de capitán. No pudo llegar el día 5, pues se habíainfiltrado la noticia y los caminos estaban completamente custodiados.Establecimos todas las medidas para que se produjera rápidamente la llegada delos hombres cuyo número era alrededor de cincuenta.
El refuerzo
El día 13 de marzo, mientras esperábamos a lanueva tropa revolucionaria, se dio la noticia por la radio de que se habíaintentado asesinar a Batista y se daban los nombres de algunos de los muertos.En primer lugar, José Antonio Echeverría, líder de los estudiantes, y despuésotros, como el de Menelao Mora. También personas ajenas al suceso caerían; al díasiguiente se sabía que Pelayo Cuervo Navarro, luchador de la ortodoxia quehabía mantenido una actitud erecta frente a Batista, era asesinado y su cuerpoarrojado en el aristocrático rincón del Country Club conocido por El Laguito.Es bueno apuntar, como extraña paradoja, que los asesinos de Pelayo CuervoNavarro y los hijos del muerto, vinieron juntos en la fracasada invasión dePlaya Girón para «liberar» a Cuba del «oprobio comunista».
En medio de la cortina de la censura se escapabanalgunos detalles del fracasado ataque que el pueblo de Cuba recuerda bien.Personalmente, no había conocido al líder estudiantil pero sí a sus compañeros,en México, en ocasión del acuerdo para la acción común a que llegaron el 26 deJulio y el Directorio Estudiantil. Estos compañeros eran: el hoy embajador enla URSS, comandante Faure Chomón, Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook, todosellos participantes en el ataque.
Como se recordará, sólo faltó un poco de impulsopara llegar al tercer piso donde estaba el dictador, pero lo que pudo ser ungolpe exitoso se convirtió en una masacre de todo el que no pudo salir a tiempode la ratonera en que se convirtió el Palacio Presidencial.
Para el día 15 estaba anunciado el arribo delrefuerzo; esperamos largas horas en el lugar convenido, en el cañón de unarroyo donde el camino se hunde y era fácil trabajar oculto, pero no llegónadie. Después nos explicaron que hubo algunos inconvenientes. Posteriormente,el día 16, llegaron al amanecer, muy cansados, apenas pudo esta tropa caminar unospasos y descansar en un cayo del monte para esperar el día. El dueño de loscamiones era un arrocero de la zona que, atemorizado por las implicaciones delhecho, se asiló y fue a Costa Rica de donde vino convertido en héroe en elavión que trajera unas armas desde ese país; su nombre: Hubert Matos.
Unos cincuenta hombres era el refuerzo, de loscuales solamente una treintena estaba armada; venían dos fusiles ametralladora,un Madzen y un Johnson. En los pocos meses vividos en la Sierra, nos habíamosconvertido en veteranos y veíamos en la nueva tropa todos los defectos quetenía la original del Granma: falta de disciplina, falta de acomodo a lasdificultades mayores, falta de decisión, incapacidad de adaptarse todavía aesta vida. El grupo de cincuenta estaba dirigido por Jorge Sotús, con el gradode capitán, y dividido en cinco escuadras de diez hombres cada una cuyo jefeera un teniente; estos grados estaban dados por la organización del llano ypendientes de ratificación. Las escuadras eran dirigidas por un compañero deapellido Domínguez, creo, muerto en Pino del Agua poco tiempo después; elcompañero René Ramos Latour, muerto heroicamente en combate, en laspostrimerías de la ofensiva final de la dictadura, organizador de las miliciasen el llano; Pedrín Soto, nuestro viejo compañero del Granma, que al fin selograba incorporar a nosotros, muerto también en combate y ascendidopóstumamente a comandante por Raúl Castro, en el Segundo Frente Oriental «FrankPaís»; además, el compañero Pena, estudiante santiaguero que alcanzó el gradode comandante y pusiera fin a su vida después de la Revolución y el tenienteHermo, único jefe de grupo que pudo sobrevivir a los casi dos años de laguerra.
De todos los problemas que había, uno de losmayores era la falta de capacidad para caminar; el jefe, Jorge Sotús, era unode los que peor lo hacía y se quedaba constantemente atrás dando un mal ejemplopara la tropa; además, se me había ordenado que me hiciera cargo de esta tropa,pero al hablar de ello con Sotús me manifestó que él tenía órdenes deentregarla a Fidel y que no la podía entregar antes a nadie, que seguía siendoel jefe, &c., &c. En aquella época todavía yo sentía mi complejo deextranjero, y no quise extremar las medidas, aunque se veía un malestar muy grandeen la tropa. Después de caminatas muy cortas pero que se hacían larguísimas porel estado deficiente de preparación, llegamos a un lugar en La Derecha dondedebíamos esperar a Fidel Castro. Allí estaba el pequeño grupo de compañeros quese había separado de Fidel, anteriormente; Manuel Fajardo, Guillermo García,Juventino, Pesant, tres hermanos Sotomayor, Ciro Frías y yo.
En esos días se notaba la diferencia enorme entrelos dos grupos: el nuestro, disciplinado, compacto, aguerrido; el de losbisoños, padeciendo todavía las enfermedades de los primeros tiempos; noestaban acostumbrados a hacer una sola comida al día y si no sabía bien laración no la comían. Traían los bisoños sus mochilas cargadas de cosas inútilesy al pesarles demasiado en las espaldas preferían, por ejemplo, entregar unalata de leche condensada a deshacerse de una toalla (crimen de lesa guerrilla),y allí aprovechábamos para cargar las latas y todos los alimentos que dejaranen el camino. Después de instalados en La Derecha hubo una situación muy tensaprovocada por las fricciones constantes entre Jorge Sotús, espíritu autoritarioy sin don de gentes, y la tropa en general; tuvimos que tomar precaucionesespeciales y René Ramos, cuyo nombre de guerra era Daniel, quedó encargado de laescuadra de ametralladora en la salida de nuestro refugio para que existierauna garantía de que no sucedería nada.
Tiempo después, Jorge Sotús era enviado en misiónespecial a Miami. Allí traicionó la Revolución aliándose a Felipe Pazos, cuyadesmedida ambición de poder le hizo olvidar sus compromisos, y postularse comopresidente provisional en un «cocinado» donde el Departamento de Estado jugó unimportante papel.
Con el tiempo, el capitán Sotús dio señales dequerer rehabilitarse y Raúl Castro le dio la oportunidad que esta Revolución nonegó a nadie. Sin embargo, empezó a conspirar contra el Gobierno Revolucionarioy fue condenado a veinte años de prisión, pudiendo escapar gracias a lacomplicidad de uno de sus carceleros que huyó con él a la guarida ideal de losgusanos: Estados Unidos.
En aquel momento, sin embargo, tratamos deayudarlo lo más posible, de limar las asperezas con los nuevos compañeros y deexplicarle las necesidades de la disciplina. Guillermo García fue a buscar enla zona de Caracas a Fidel, mientras yo hacía un pequeño recorrido para recogera Ramiro Valdés, repuesto a medias de su lesión en la pierna. El día 24 demarzo, por la noche, llegó Fidel; fue impresionante su arribo con los docecompañeros que en ese momento se mantenían firmes a su lado. Era notable ladiferencia entre la gente barbuda, con sus mochilas hechas de cualquier cosa yatadas como pudieran y los nuevos soldados con sus uniformes todavía limpios,mochilas iguales y pulcras y las caras rasuradas. Expliqué a Fidel losproblemas que habíamos afrontado y se estableció un pequeño consejo paradecidir la actitud futura. Estaba integrado por el mismo Fidel, Raúl, Almeida,Jorge Sotús, Ciro Frías, Guillermo García, Camilo Cienfuegos, Manuel Fajardo yyo. Allí se criticó por parte de Fidel mi actitud al no imponer la autoridadque me había sido conferida y dejarla en manos del recién llegado Sotús, contraquien no se tenía ninguna animosidad, pero cuya actitud, a juicio de Fidel, nodebió haberse permitido en aquel momento. Se formaron también los nuevospelotones, integrándose toda la tropa para formar tres grupos a cargo de loscapitanes Raúl Castro, Juan Almeida y Jorge Sotús; Camilo Cienfuegos mandaríala vanguardia y Efigenio Ameijeiras, la retaguardia; mi cargo era de médico enel Estado Mayor, donde Universo Sánchez trabajaba como jefe de la escuadra delEstado Mayor.
Nuestra tropa adquiría una nueva prestancia conesta cantidad de hombres incorporados y, además, teníamos ya dos fusilesametralladora, aunque de dudosa eficacia por lo viejos y maltratados; sinembargo, ya éramos una fuerza considerable. Se discutió qué podíamos hacerinmediatamente; mi opinión fue atacar el primer puesto de vigilancia paratemplar en la lucha a los compañeros nuevos. Pero Fidel y todos los demásmiembros del consejo estimaron mejor hacerlos marchar durante un tiempo paraque se habituaran a los rigores de la vida en la selva y las montañas y a lascaminatas entre cerros abruptos. Fue así como se decidió salir en direcciónEste y caminar lo más posible buscando la oportunidad de sorprender algún grupode guardias, después de tener una elemental escuela práctica de guerrillas.
La tropa se preparó con gran entusiasmo y salió acumplir la tarea que le correspondía y cuyo bautizo de sangre sería El Uvero.
Adquiriendo el temple
Los meses de marzo y abril de 1957 fueron dereestructuración y aprendizaje para las tropas rebeldes. Después de recibido elrefuerzo al partir del lugar denominado La Derecha, nuestro ejército tenía unos80 hombres y estaba formado así:
La vanguardia, dirigida por Camilo, tenía cuatrohombres. El pelotón siguiente lo llevaba Raúl Castro y tenía tres tenientes conuna escuadra cada uno; eran éstos, Julito Díaz, Ramiro Valdés y Nano Díaz.Estos dos compañeros, Díaz de apellido, que murieron heroicamente en El Uvero,no tenían ningún parentesco entre sí. Uno de ellos era natural de Santiago; larefinería Hermanos Díaz, en esa ciudad, se honra con ese nombre en recuerdo deNano y otro hermano que cayera en Santiago de Cuba. El otro, un compañero deArtemisa, veterano del Granma y del Moncada, que cumplió su último deber en elataque a Uvero. Con Jorge Sotús, capitán a la sazón, iban de tenientes CiroFrías, muerto luego en el frente Frank País; Guillermo García, Jefe del Ejércitode Occidente en la actualidad y René Ramos Latour, muerto con el grado decomandante en la Sierra Maestra. Después venía el Estado Mayor o Comandancia,que estaba integrada por Fidel, Comandante en Jefe; Ciro Redondo; ManuelFajardo, hoy comandante del Ejército; el guajiro Crespo, comandante; UniversoSánchez, hoy comandante y yo, como médico.
El pelotón que habitualmente seguía, en la marchalineal de la columna, era el de Almeida, capitán en esa época cuyos tenienteseran Hermo, Guillermo Domínguez, muerto en Pino del Agua, y Peña. EfigenioAmeijeiras, con el grado de teniente, con tres hombres, cerraban la marcha yhacían la retaguardia.
La gente empezaba a aprender a cocinar porescuadras, pues nuestro grupo combativo era de esa dimensión, de tal modo quese distribuían los alimentos, la medicina y el parque, en esa forma. Más amenos en todas las escuadras, y, en todo caso, en todos los pelotones, habíaveteranos que enseñaban a los nuevos el arte de cocinar, de sacarle el máximoprovecho a los alimentos; el arte de acondicionar mochilas y la forma decaminar en la Sierra.
El camino entre la zona de La Derecha, del Lomón yUvero puede hacerse en algunas horas de automóvil, pero para nosotros significómeses de camino lento, con precauciones, llevando la misión fundamental depreparar a la gente para los combates y la vida posterior. Fue así como pasamosnuevamente por Altos de Espinosa, donde los viejos hicimos una guardia de honorante la tumba de Julio Zenón, caído algún tiempo antes. Allí encontré un pedazode mi frazada, todavía prendido en las zarzas como recuerdo de la «retiradaestratégica» a toda velocidad. Lo metí en mi mochila, haciéndome la firmeproposición de no perder nunca más un equipo en esa forma.
Se me fió un nuevo compañero —Paulino se llamaba—como ayudante para cargar las medicinas, de tal manera que mi tarea estaba unpoco aliviada y podía dedicarme durante algunos minutos en el día, después delas caminatas, a atender la salud de nuestra tropa. Volvimos a pasar por laLoma de Caracas, donde tan desagradable encuentro habíamos tenido con laaviación enemiga gracias a la traición de Guerra y encontramos un fusil deaquellos que sobraban y que algún soldado nuestro dejara en la retirada paramarcharse mejor. Ya no le sobraban fusiles a la tropa; al contrario, lefaltaban. Estábamos en una nueva época. Se había producido un cambiocualitativo; había toda una zona donde el ejército enemigo trataba de noincursionar para no topar con nosotros, aunque es cierto que nosotros tampocodemostrábamos todavía mucho interés en chocar con ellos. La situación políticapor aquellos momentos estaba llena de matices de oportunismo. Los conocidosvozarrones de Pardo Llada, Conte Agüero y otras auras de la misma calaña,abundaban en exabruptos demagógicos, llamando a la concordia y a la paz y,tímidamente, criticando al gobierno. Había hablado el gobierno de paz; el nuevoprimer Ministro, Rivero Agüero, manifestaba que iría, si fuera necesario, a laSierra Maestra para lograr pacificar el país. Sin embargo, pocos días después,Batista manifestó que no era necesario hablar con Fidel o con los alzados; queFidel Castro no estaba en la Sierra, decía, y que allí no había nadie; por lotanto, no había por qué hablar «con un grupo de forajidos».
Así se manifestaba por la parte batistiana lavoluntad de seguir la lucha, única cosa en que nos poníamos fácilmente deacuerdo, pues también era nuestra decisión la de continuarla a todo trance. Enesos días nombraban Jefe de Operaciones al coronel Barrera, muy conocido por sugula para con las raciones de los soldados, el que después viera extinguirse elfenómeno batistiano tranquilamente, desde Caracas, la capital de Venezuela,donde era agregado militar.
Teníamos por aquel momento unas figuras simpáticasque sirvieron para la propaganda, casi comercial, de nuestro movimiento, en losEstados Unidos, y que nos trajeron, dos de ellos sobre todo, algunosinconvenientes. Eran los tres muchachos yanquis escapados a sus padres de laBase Naval de Guantánamo, que se habían incorporado a la lucha. Dos de ellosnunca oyeron un tiro en la Sierra y, agotados por el clima y las privaciones,bastante grandes, se retiraron llevados por el periodista Bob Taber. El otroparticipó en la batalla de Uvero y después se retiró también, enfermo, peroactuó en un combate. Los muchachos, ideológicamente, no estaban preparados parauna revolución y, simplemente, saciaron su afán de aventuras en nuestracompañía durante algunos meses. Los vimos ir con afecto, pero también conalegría. Sobre todo yo, personalmente, pues en mi calidad de médico caíanfrecuentemente sobre mis espaldas debido a que no aguantaban los rigores de lavida de aquella época.
En aquellos mismos días, el gobierno paseó, en unavión del ejército, a varios miles de metros de altura, a los periodistas,demostrándoles que no había nadie en la Sierra Maestra. Fue una curiosaoperación que no convenció a nadie y una demostración de la forma que utilizabael gobierno batistiano para engañar a la opinión pública con la ayuda de todoslos Conte Agüero disfrazados de revolucionarios que hablaban cotidianamente,engañando al pueblo. Durante estos días de prueba, a mí me llegó por fin laoportunidad de una hamaca de lona. La hamaca es un bien preciado que no habíaconseguido antes por la rigurosa ley de la guerrilla que establecía dar las delona a los que ya se habían hecho su hamaca de saco, para combatir laharaganería. Todo el mundo podía hacerse una hamaca de saco, y, el tenerla, ledaba derecho a adquirir la próxima de lona que viniera. Sin embargo, no podíayo usar la hamaca de saco debido a mi afección alérgica; la pelusa me afectabamucho y me veía obligado a dormir en el suelo. Al no tener la de saco, no mecorrespondía la de lona. Estos pequeños actos cotidianos son la parte de la tragediaindividual de cada guerrilla y de su uso exclusivo; pero Fidel se dio cuenta yrompió el orden para adjudicarme una hamaca. Siempre me acuerdo que fue en lasorillas del río La Plata, subiendo ya las últimas estribaciones para llegar aPalma Mocha y un día después de comer nuestro primer caballo.
El caballo fue más que un alimento de lujo,especie de prueba de fuego de la capacidad de adaptación de la gente. Losguajiros de nuestra guerrilla, indignados, se negaron a comer su ración decaballo, y algunos consideraban casi un asesino a Manuel Fajardo, cuyo oficioen la paz, matarife, era utilizado en acontecimientos como este cuandosacrificó el primer animal.
Este primer caballo perteneció a un campesinollamado Popa, del otro lado del río La Plata. Popa debe ya saber leer, despuésde esta campaña de alfabetización, y podrá entonces, si llega a sus manos larevista Verde Olivo, recordar aquella noche en que tres guerrillerospatibularios golpearon las puertas de su bohío, lo confundieron además, injustamente,con un chivato y le quitaron aquel caballo viejo, con grandes mataduras en ellomo, que fuera nuestra pitanza horas después y cuya carne constituyera unmanjar exquisito para algunos y una prueba para los estómagos prejuiciados delos campesinos, que creían estar cometiendo un acto de canibalismo, mientrasmasticaban al viejo amigo del hombre.
Una entrevista famosa
A mediados de abril de 1957, volvíamos con nuestroejército en entrenamiento a las regiones de Palma Mocha, en la vecindad delTurquino. Por aquella época nuestros hombres más valiosos para la lucha en lamontaña eran los de extracción campesina.
Guillermo García y Ciro Frías, con patrullas decampesinos, iban y venían de uno a otro lugar de la Sierra, trayendo noticias,haciendo exploraciones, consiguiendo alimentos; en fin, constituían lasverdaderas vanguardias móviles de nuestra columna. Por aquellos días, estábamosnuevamente en la zona del Arroyo del Infierno, testigo de uno de nuestroscombates y los campesinos que venían a saludarnos nos enteraban de toda latragedia ocurrida anteriormente; de quien había sido el hombre que habíallevado directamente los guardias a presencia nuestra, de los muertos quehabía; en fin, los campesinos duchos en el arte de traspasar la noticia oral,nos informaban ampliamente de toda la vida de la zona.
Fidel, que en esos momentos estaba sin radio,pidió uno a un campesino de la zona que se lo cedió, y así podíamos escuchar,en un radio grande transportado en la mochila de un combatiente, las noticiasdirectas de La Habana. Se volvía a hablar más claramente por radio dado elrestablecimiento de las llamadas garantías.
Guillermo García con un atuendo tremendo de cabodel ejército batistiano y dos compañeros disfrazados de soldados, fueron abuscar al chivato que guiara al ejército enemigo, «de orden del Coronel» y conél volvieron al día siguiente. El hombre había venido engañado, pero cuando vioel ejército andrajoso ya supo lo que le esperaba. Con gran cinismo nos contótodo lo relativo a sus relaciones con el ejército y cómo le había dicho al«cabrón de Casillas», según sus palabras, que él podía agarrarnos perfectamentey que llevaba al ejército donde estábamos, pues ya nos había espiado; sinembargo, no le hicieron caso.
Un día de aquellos, en una de aquellas lomas,murió el chivato y en un firme de la Maestra quedó enterrado. En esos días,llegó un mensaje de Celia donde hacía el anuncio de que vendría con dosperiodistas norteamericanos para hacer una entrevista a Fidel, con el pretextode los gringuitos. Y además, enviaba algún dinero recogido entre lossimpatizantes del Movimiento.
Se resolvió que Lalo Sardiñas trajera a losnorteamericanos por la zona de Estrada Palma, que conocía bien como antiguocomerciante de la zona. En esos momentos nosotros dedicábamos nuestro tiempo ala tarea de hacer contacto con campesinos que sirvieran de enlace y quepudieran mantener campamentos permanentes, donde se pudieran crear centros decontacto con la zona que ya se estaba agrandando; así íbamos localizando lascasas que servían de abastecimiento a nuestras tropas, y allí instalábamos losalmacenes de donde se trasladaban los abastecimientos según nuestrosrequerimientos. Estos lugares servían también de postas para las rápidasdiligencias humanas que se trasladaban por el filo de la Maestra de un lugar aotro de la Sierra.
Los caminadores de la Sierra demuestran unacapacidad extraordinaria para cubrir distancias larguísimas en poco tiempo y deahí que, constantemente, nos viéramos engañados por sus afirmaciones, allí amedia hora de camino, «al cantío de un gallo», como se ha caricaturizado engeneral este tipo de información que casi siempre para los guajiros resultaexacta, aunque sus nociones sobre el reloj y lo que es una hora no tiene mayorparecido con la del hombre de la ciudad.
Tres días después de la orden dada a LaloSardiñas, llegaron noticias de que venían subiendo seis personas por la zona deSanto Domingo; estas personas eran dos mujeres, dos gringos, los periodistas, ydos acompañantes que no se sabía quiénes eran; sin embargo, los datos quellegaban eran contradictorios, se decía que los guardias habían tenido noticiasde su presencia por un chivato y que habían rodeado la casa donde estaban. Lasnoticias van y vienen con una extraordinaria rapidez en la Sierra, pero sedeforman también. Camilo salió con un pelotón con orden de liberar de todasmaneras a los norteamericanos y a Celia Sánchez, que sabíamos venía en elgrupo. Llegaron, sin embargo, sanos y salvos; la falsa alarma se debió a unmovimiento de guardias provocado por una denuncia que en aquella época erafácil que se produjera por parte de los campesinos atrasados.
El día 23 de abril, el periodista Bob Taber, y uncamarógrafo llegaban a nuestra presencia; junto a ellos venían las compañerasCelia Sánchez y Haydée Santamaría y los enviados del Movimiento en el llano,Marcos o Nicaragua, el comandante Iglesias, hoy gobernador de Las Villas y enaquella época encargado de acción en Santiago y Marcelo Fernández, que fuecoordinador del Movimiento y actualmente vicepresidente del Banco Nacional,como intérprete por sus conocimientos del inglés.
Aquellos días se pasaron protocolarmente tratandode demostrar a los norteamericanos nuestra fuerza y tratando de eludircualquier pregunta demasiado indiscreta; no sabíamos quiénes eran losperiodistas; sin embargo, se realizaron las entrevistas con los tresnorteamericanos que respondieron muy bien a todas las preguntas según el nuevoespíritu que habían desarrollado en esa vida primitiva a nuestro lado, aún cuandono pudieran aclimatarse a ella y no tenían nada de común con nosotros.
En aquellos días se incorporó también uno de losmás simpáticos y queridos personajes de nuestra guerra revolucionaria, ElVaquerito. El Vaquerito, junto con otro compañero, nos encontró un día ymanifestó estar más de un mes buscándonos, dijo ser camagüeyano, de Morón, ynosotros, como siempre se hacía en estos casos, procedimos a su interrogatorioy a darle un rudimento de orientación política, tarea que frecuentemente metocaba. El Vaquerito no tenía ninguna idea política ni parecía ser otra cosaque un muchacho alegre y sano, que veía todo esto como una maravillosaaventura. Venía descalzo y Celia Sánchez le prestó unos zapatos que lesobraban, de manufactura o de tipo mexicano, grabados. Estos eran los únicoszapatos que le servían a El Vaquerito dada su pequeña estatura. Con los nuevoszapatos y un gran sombrero de guajiro, parecía un vaquero mexicano y de allínació el nombre de El Vaquerito.
Como es bien sabido El Vaquerito no pudo ver elfinal de la lucha revolucionaria, pues siendo jefe del pelotón suicida de lacolumna 8, murió un día antes de la toma de Santa Clara. De su vida entrenosotros recordamos todos su extraordinaria alegría, su jovialidadininterrumpida y la forma extraña y novelesca que tenía de afrontar el peligro.El Vaquerito era extraordinariamente mentiroso, quizás nunca había sostenidouna conversación donde no adornara tanto la verdad que era prácticamenteirreconocible, pero en sus actividades, ya fuera como mensajero en los primerostiempos, como soldado después, o jefe del pelotón suicida, El Vaqueritodemostraba que la realidad y la fantasía para él no tenían fronterasdeterminadas y los mismos hechos que su mente ágil inventaba, los realizaba enel campo de combate; su arrojo extremo se había convertido en tema de leyendacuando llegó el final de toda aquella epopeya que él no pudo ver.
Una vez se me ocurrió interrogar a El Vaqueritodespués de una de las sesiones nocturnas de lectura que teníamos en la columna,tiempo después de incorporado a ella; El Vaquerito empezó a contar su vida ycomo quien no quiere la cosa nosotros a hacer cuentas con un lápiz. Cuandoacabó, después de muchas anécdotas chispeantes le preguntamos cuántos añostenía. El Vaquerito en aquella época tenía poco más de 20 años, pero delcálculo de todas sus hazañas y trabajos se desprendía que había comenzado atrabajar cinco años antes de nacer.
El compañero Nicaragua traía noticias de más armasexistentes en Santiago, remanentes del asalto a Palacio. 10 ametralladoras, 11fusiles Johnson y 6 mosquetones, según declaraba. Había algunas más pero sepensaba establecer otro frente en la zona del Central Miranda. Fidel se oponíaa esta idea y sólo les permitió algunas armas para este segundo frente, dandoórdenes que todas las posibles subieran a reforzar el nuestro. Seguimos lamarcha, para alejarnos de la incómoda compañía de unos guardias que merodeabancerca, pero antes decidimos subir al Turquino, era una operación casi místicaésta de subir nuestro pico máximo y por otra parte estábamos ya por toda lacresta de la Maestra muy cerca de su cumbre.
El Pico Turquino fue subido por toda la columna yallí arriba finalizó la entrevista que Bob Taber hiciera al Movimiento,preparando una película que fue televisada en los Estados Unidos cuando noéramos tan temidos. (Un hecho ilustrativo: un guajiro que se nos unió,manifestó que Casillas le había ofrecido $300 y una vaca parida si mataba aFidel.) No eran los norteamericanos solos los equivocados sobre el precio denuestro máximo dirigente.
Según un altímetro de campaña que llevábamos connosotros, el Turquino tenía 1.850 metros sobre el nivel del mar; lo apunto comodato curioso, pues nunca comprobamos este aparato; pero, sin embargo, al nivel delmar trabajaba bien y esta cifra de la altura del Turquino difiere bastante delas dadas por los textos oficiales.
Como una compañía del ejército continuaba trasnuestras huellas, Guillermo fue enviado con un grupo de compañeros atirotearla; dado mi estado asmático que me obligaba a caminar a la cola de lacolumna y no permitía esfuerzos extra se me quitó la ametralladora que portaba,la Thompson, ya que yo no podía ir al tiroteo. Como tres días tardaron endevolvérmela y fueron de los más amargos que pasé en la Sierra, encontrándomedesarmado cuando todos los días podíamos tener encuentros con los guardias.
Por aquellos días, mayo de 1957, dos de losnorteamericanos abandonaron la columna con el periodista Bob Taber, que habíaacabado su reportaje, y llegaron sanos y salvos a Guantánamo. Nosotros seguimosnuestro lento camino por la cresta de la Maestra o sus laderas; haciendocontactos, explorando nuevas regiones y difundiendo la llama revolucionaria yla leyenda de nuestra tropa de barbudos por otras regiones de la Sierra. Elnuevo espíritu se comunicaba a la Maestra. Los campesinos venían sin tantotemor a saludarnos y nosotros no temíamos la presencia campesina, puesto quenuestra fuerza relativa había aumentado considerablemente y nos sentíamos más seguroscontra cualquier sorpresa del ejército batistiano y más amigos de nuestrosguajiros.
Jornadas de marcha
Los primeros 15 días del mes de mayo fueron demarcha continua hacia nuestro objetivo. Al iniciarse el mes, estábamos en unaloma perteneciente a la cresta de la Maestra, cercana al pico Turquino; fuimoscruzando zonas que después resultaron teatro de muchos sucesos de laRevolución. Pasamos por Santa Ana, por El Hombrito; después Pico Verde,encontramos la casa de Escudero en la Maestra, y seguimos hasta la loma delBurro. El viaje en esta dirección que sigue el rumbo Este, se producía parabuscar unas armas que se dijo iban a llegar de Santiago y a depositarse en lazona de la loma del Burro relativamente cerca del Oro de Guisa. Durante esterecorrido, que duró un par de semanas, una noche, al ir a cumplir un cometidointrascendente, equivoqué los caminos y estuve perdido tres días hasta volver aencontrar a la gente en un paraje denominado El Hombrito. En aquel momento pudedarme cuenta de que llevábamos en las espaldas todo lo necesario para bastarnosa nosotros mismos. La sal y el aceite, tan importantes; algunas comidasenlatadas, entre las que había leche; todo lo necesario para dormir, hacerfuego y la comida y un aditamento en que confiaba mucho hasta ese momento, labrújula.
Al encontrarme perdido, la mañana siguiente de lanoche en que ocurriera, tomé la brújula y guiándome por ella seguí un día ymedio hasta darme cuenta de que cada vez estaba más perdido, me acerqué a unacasa campesina y allí me encaminaron hasta el campamento rebelde. Despuésnosotros nos percataríamos de que en lugares tan escabrosos como la SierraMaestra, la brújula solamente puede servir de orientación general, nunca paramarcar rumbos definidos; el rumbo hay que trazarlo con guías o conociendo porsí mismo el terreno, como lo conocimos después al tocarme a mí precisamenteoperar en la zona de El Hombrito.
Fue muy emocionante el reencuentro con la columnaen aquella zona por el caluroso recibimiento que se me hizo. Cuando llegué seacababa de realizar un juicio popular en que tres chivatos fueron juzgados yuno de ellos, Nápoles de apellido, condenado a muerte. Camilo fue el presidentedel tribunal.
En aquella época tenía que cumplir mis deberes demédico y en cada pequeño poblado o lugar donde llegábamos realizaba miconsulta. Era monótona pues no tenía muchos medicamentos que ofrecer y nopresentaban una gran diferencia los casos clínicos de la Sierra; mujeresprematuramente avejentadas, sin dientes, niños de vientres enormes,parasitismo, raquitismo, avitaminosis en general, eran los signos de la SierraMaestra. Todavía hoy se mantienen, pero en mucho menores proporciones. Loshijos de estas madres de la Sierra han ido a estudiar a la ciudad escolar«Camilo Cienfuegos»; ya están crecidos, saludables, son otros muchachosdiferentes a los primeros escuálidos pobladores de nuestra pionera CiudadEscolar.
Recuerdo que una niña estaba presenciando lasconsultas que daba a las mujeres de la zona, las que iban con mentalidad casireligiosa a conocer el motivo de sus padecimientos; la niñita, cuando llegó sumamá, después de varios turnos anteriores a los que había asistido con todaatención en la única pieza del bohío que me servía de consultorio, lechismoseó: «Mamá, este doctor a todas les dice lo mismo.»
Y era una gran verdad; mis conocimientos no dabanpara mucho más, pero, además, todas tenían el mismo cuadro clínico y contabanla misma historia desgarradora sin saberlo. ¿Qué hubiera pasado si el médico enese momento hubiera interpretado que el cansancio extraño que sufría la jovenmadre de varios hijos, cuando subía una lata de agua del arroyo hasta la casa,se debía simplemente a que era mucho trabajo para tan poca y tan baja calidadde comida? Ese agotamiento es algo inexplicable porque toda su vida la mujer hallevado las mismas latas de agua hasta el mismo destino y sólo ahora se sientecansada. Es que las gentes de la Sierra brotan silvestres y sin cuidado y sedesgastan rápidamente, en un trajín sin recompensa. Allí, en aquellos trabajosempezaba a hacerse carne en nosotros la conciencia de la necesidad de un cambiodefinitivo en la vida del pueblo. La idea de la reforma agraria se hizo nítiday la comunión con el pueblo dejó de ser teoría para convertirse en parte definitivade nuestro ser.
La guerrilla y el campesinado se iban fundiendo enuna sola masa, sin que nadie pueda decir en qué momento del largo camino seprodujo, en qué momento se hizo íntimamente verídico lo proclamado y fuimosparte del campesinado. Sólo sé, en lo que a mí respecta, que aquellas consultasa los guajiros de la Sierra convirtieron la decisión espontánea y algo líricaen una fuerza de distinto valor y más serena. Nunca han sospechado aquellossufridos y leales pobladores de la Sierra Maestra el papel que desempeñaroncomo forjadores de nuestra ideología revolucionaria.
En aquel mismo lugar Guillermo García fueascendido a capitán y se hizo cargo de todos los campesinos que ingresarannuevos a las columnas. Tal vez el compañero Guillermo no recuerde esa fecha;está anotada en mi diario de combatiente: 6 de mayo de 1957.
Al día siguiente Haydée Santamaría se iba conprecisas indicaciones de Fidel a hacer los contactos necesarios, pero, un díamás tarde, llegó la noticia de la detención de Nicaragua, el comandanteIglesias, que era el encargado de traernos las armas. Esto provocó un grandesconcierto entre nosotros, pues no nos podíamos imaginar cómo se haría ahorapara traerlas; sin embargo, resolvimos seguir caminando con el mismo destino.
Llegamos a un lugar cercano a Pino del Agua, unapequeña hondonada con una «tumba» abandonada en el mismo filo de la SierraMaestra; había allí dos bohíos deshabitados. Cerca de un camino real, unapatrulla nuestra tomó prisionero a un cabo del ejército. Este cabo era unindividuo conocido por sus crímenes desde la época de Machado, por lo quealgunos de la tropa propusimos ejecutarlo, pero Fidel se negó a hacerle nada;simplemente lo dejamos prisionero custodiado por los nuevos reclutas, sin armaslargas todavía y con la prevención de que cualquier intento de fuga le costaríala vida.
La mayoría de nosotros siguió el camino con el finde ver si las armas habían llegado al lugar convenido y, si estaban,transportarlas. Fue una larga caminata, aunque sin peso, ya que nuestrasmochilas completas quedaron en el campamento donde estaba el prisionero. Lamarcha, sin embargo, no nos dio ningún resultado; no habían llegado los equiposy lo atribuimos, naturalmente, a la detención de Nicaragua. Pudimos comprarbastante alimento en una tienda existente y volver, con distinta pero tambiénbien recibida carga hacia el lugar de partida.
Volvíamos por el mismo camino, a paso lento,cansón, bordeando las crestas de la Sierra Maestra y cruzando con cuidado loslugares pelados. Oímos de pronto disparos en dirección de nuestra marcha, loque nos preocupó porque uno de nuestros compañeros se había adelantado parallegar cuanto antes al campamento; era Guillermo Domínguez, teniente de nuestratropa y uno de los que habían llegado con el refuerzo de Santiago. Nospreparamos para cualquier contingencia mientras mandábamos una exploración.Después de un tiempo prudencial aparecieron los exploradores y venía con ellosun compañero llamado Fiallo, que pertenecía al grupo de Crescencio, incorporadonuevamente a la guerrilla en el intervalo de nuestra ausencia. Venía delcampamento base nuestro y nos explicó que había un muerto en el camino y quehabían tenido un encuentro con los guardias, los que se habían retirado endirección a Pino del Agua, donde había un destacamento mayor y que quedababastante cerca. Avanzamos con muchas precauciones encontrándonos un cadáver alque me tocó reconocer.
Era Guillermo Domínguez, precisamente; estabadesnudo de la cintura para arriba y presentaba un orificio de bala en el codoizquierdo, un bayonetazo en la zona supramamilar izquierda y la cabezaliteralmente destrozada por el disparo, al parecer, de su propia escopeta.Algunas municiones eran el testimonio en las carnes laceradas de nuestroinfortunado compañero.
Pudimos reconstruir los hechos analizandodiferentes datos: los guardias, parece que en un recorrido buscando a sucompañero prisionero, el cabo, oyeron llegar a Domínguez, que venía a ladelantera, confiado, pues había pasado por allí mismo el día anterior, y lohicieron prisionero, pero algunos de los hombres de Crescencio venían a hacercontacto con nosotros por la otra dirección del camino (todo esto se produce enlas mismas alturas de la Maestra). Al sorprender por la espalda a los guardias,la gente de Crescencio hizo fuego y éstos se retiraron asesinando antes de huira nuestro compañero Domínguez.
Pino del Agua es un aserrío en plena Sierra y elcamino seguido por los guardias es una vieja trocha de acarrear madera quenosotros debíamos atravesar luego de caminar 100 metros por ella, para seguirnuestro estrecho sendero del firme de la divisoria de las aguas. Nuestrocompañero no tomó las precauciones elementales en estos casos y tuvo la malasuerte de coincidir con los guardias. Su amargo destino nos sirvió deexperiencia para el futuro.
Agencia Walsh
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