matiastejeda
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ACA LES DEJO UN ESCRITO DE TOSCO,, y entrevistas espero que los disfruten como yo )) Una revolución que comienza La historia de la agresión militar que se consumó el 10 de marzo de 1952 —golpe incruento dirigido por Fulgencio Batista— no empieza, naturalmente, el mismo día del cuartelazo. Sus antecedentes habría que buscarlos muy atrás en la historia de Cuba: mucho más atrás que la intervención del embajador norteamericano Summer Welles, en el año 1933; más atrás aún que la Enmienda Platt, del año 1901; más atrás que el desembarco del héroe Narciso López, enviado directo de los anexionista norteamericanos, hasta llegar a la raíz del tema en los tiempos de John Quincy Adams, quien a principios del siglo dieciocho enunció la constante de la política de su país respecto a Cuba: una manzana que, desgajada de España, debía caer fatalmente en manos del Uncle Sam. Son eslabones de una larga cadena de agresiones continentales que no se ejercen solamente sobre Cuba. Esta marea, este fluir y refluir del oleaje imperial, se marca por las caídas de gobiernos democráticos o por el surgimiento de nuevos gobiernos ante el empuje incontenible de las multitudes. La historia tiene características parecidas en toda América Latina: los gobiernos dictatoriales representan una pequeña minoría y suben por un golpe de estado; los gobiernos democráticos de amplia base popular ascienden laboriosamente y, muchas veces, antes de asumir el poder, ya están estigmatizados por la serie de concesiones previas que han debido hacer para mantenerse. Y, aunque la Revolución cubana marca, en ese sentido, una excepción en toda América, era preciso señalar los antecedentes de todo este proceso, pues el que esto escribe, llevado y traído por las olas de los movimientos sociales que convulsionan a América, tuvo oportunidad de conocer, debido a estas causas, a otro exilado americano: a Fidel Castro. Lo conocí en una de esas frías noches de México, y recuerdo que nuestra primera discusión versó sobre política internacional. A las pocas horas de la misma noche —en la madrugada— era yo uno de los futuros expedicionarios. Pero me interesa aclarar cómo y por qué conocí en México al actual Jefe del Gobierno en Cuba. Fue en el reflujo de los gobiernos democráticos en 1954, cuando la última democracia revolucionaria americana que se mantenía en pie en esta área —la de Jacobo Arbenz Guzmán— sucumbía ante la agresión meditada, fría, llevada a cabo por los Estados Unidos de Norteamérica tras la cortina de humo de su propaganda continental. Su cabeza visible era el Secretario de Estado, Foster Dulles, que por rara coincidencia también era abogado y accionista de United Fruit Company, la principal empresa imperialista existente en Guatemala. De allí regresaba uno en derrota, unido por el dolor a todos los guatemaltecos, esperando, buscando la forma de rehacer un porvenir para aquella patria angustiada. Y Fidel venía a México a buscar un terreno neutral donde preparar a sus hombres para el gran impulso. Ya se había producido una escisión interna, luego del asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, separándose todos los de ánimo flojo, todos los que por uno u otro motivo se incorporaron a partidos políticos o grupos revolucionarios, que exigían menos sacrificio. Ya las nuevas promociones ingresaban en las flamantes filas del llamado «Movimiento 26 de Julio», fecha que marcaba el ataque al cuartel Moncada, en 1953. Empezaba una tarea durísima para los encargados de adiestrar a esa gente, en medio de la clandestinidad imprescindible en México, luchando contra el gobierno mexicano, contra los agentes del FBI norteamericano y los de Batista, contra estas tres combinaciones que se conjugaban de una u otra manera, y donde mucho intervenía el dinero y la venta personal. Además, había que luchar contra los espías de Trujillo, contra la mala selección hecha del material humano —sobre todo en Miami— y, después de vencer todas estas dificultades, debíamos lograr algo importantísimo: salir... y, luego... llegar, y lo demás que, en ese momento, nos parecía difícil. Hoy aquilatamos lo que aquello costó en esfuerzos, en sacrificios y vidas. Fidel Castro, auxiliado por un pequeño equipo de íntimos, se dio con toda su vocación y su extraordinario espíritu de trabajo a la tarea de organizar las huestes armadas que saldrían hacia Cuba. Casi nunca dio clases de táctica militar, porque el tiempo le resultaba corto para ello. Los demás pudimos aprender bastante con el general Alberto Bayo. Mi impresión casi instantánea, al escuchar las primeras clases, fue la posibilidad de triunfo que veía muy dudosa al enrolarme con el comandante rebelde, al cual me ligaba, desde el principio, un lazo de romántica simpatía aventurera y la consideración de que valía la pena morir en una playa extranjera por un ideal tan puro. Así fueron pasando varios meses. Nuestra puntería empezó a perfilarse y salieron los maestros tiradores. Hallamos un rancho en México, donde bajo la dirección del general Bayo —estando yo como jefe de personal— se hizo el último apronte, para salir en marzo de 1956. Sin embargo, en esos días dos cuerpos policíacos mexicanos, ambos pagados por Batista, estaban a la caza de Fidel Castro, y uno de ellos tuvo la buenaventura económica de detenerle, cometiendo el absurdo error —también económico— de no matarlo, después de hacerlo prisionero. Muchos de sus seguidores cayeron en pocos días más; también cayó en poder de la policía nuestro rancho, situado en las afueras de la ciudad de México y fuimos todos a la cárcel. Aquello demoró el inicio de la última parte de la primera etapa. Hubo quienes estuvieron en prisión cincuenta y siete días, contados uno a uno, con la amenaza perenne de la extradición sobre nuestras cabezas (somos testigos el comandante Calixto García y yo). Pero, en ningún momento perdimos nuestra confianza personal en Fidel Castro. Y es que Fidel tuvo algunos gestos que, casi podríamos decir, comprometían su actitud revolucionaria en pro de la amistad. Recuerdo que le expuse específicamente mi caso: un extranjero, ilegal en México, con toda una serie de cargos encima. Le dije que no debía de manera alguna pararse por mi la revolución, y que podía dejarme; que yo comprendía la situación y que trataría de ir a pelear desde donde me lo mandaran y que el único esfuerzo debía hacerse para que me enviaran a un país cercano y no a la Argentina. También recuerdo la respuesta tajante de Fidel: «Yo no te abandono.» Y así fue, porque hubo que distraer tiempo y dinero preciosos para sacarnos de la cárcel mexicana. Esas actitudes personales de Fidel con la gente que aprecia son la clave del fanatismo que crea a su alrededor, donde se suma a una adhesión de principios, una personal, que hace de este Ejército Rebelde un bloque indivisible. Pasaron los días, trabajando en la clandestinidad, escondiéndonos donde podíamos, rehuyendo en lo posible toda presencia pública, casi sin salir a la calle. Pasados unos meses, nos enteramos de que había un traidor en nuestras filas, cuyo nombre no conocíamos, y que había vendido un cargamento de armas. Sabíamos también que había vendido el yate y un transmisor, aunque todavía no estaba hecho el «contrato legal» de la venta. Esta primera entrega sirvió para demostrar a las autoridades cubanas que, efectivamente, el traidor conocía nuestras interioridades. Fue también lo que nos salvó, al demostrarnos lo mismo. Una actividad febril hubo de ser desarrollada a partir de ese momento: el Granma fue acondicionado a una velocidad extraordinaria; se amontonaron cuantas vituallas conseguimos, bien pocas por cierto, y uniformes, rifles, equipos, dos fusiles antitanques casi sin balas. En fin, el 25 de noviembre de 1956, a las dos de la madrugada, empezaban a hacerse realidad las frases de Fidel, que habían servido de mofa a la prensa oficialista: «En el año 1956 seremos libres o seremos mártires.» Salimos, con las luces apagadas, del puerto de Tuxpan en medio de un hacinamiento infernal de materiales de toda clase y de hombres. Teníamos muy mal tiempo y, aunque la navegación estaba prohibida, el estuario del río se mantenía tranquilo. Cruzamos la boca del puerto yucateco, y a poco más, se encendieron las luces. Empezamos la búsqueda frenética de los antihistamínicos contra el mareo, que no aparecían; se cantaron los himnos nacional cubano y del 26 de Julio, quizá durante cinco minutos en total, y después el barco entero presentaba un aspecto ridículamente trágico: hombres con la angustia reflejada en el rostro, agarrándose el estómago. Unos con la cabeza metida dentro de un cubo y otros tumbados en las más extrañas posiciones, inmóviles y con las ropas sucias por el vómito. Salvo dos o tres marinos y cuatro o cinco personas más, el resto de los ochenta y tres tripulantes se marearon. Pero al cuarto o quinto día el panorama general se alivió un poco. Descubrimos que la vía de agua que tenía el barco no era tal, sino una llave de los servicios sanitarios abierta. Ya habíamos botado todo lo innecesario, para aligerar el lastre. La ruta elegida comprendía una vuelta grande por el sur de Cuba, bordeando Jamaica, las islas del Gran Caimán, hasta el desembarco en algún lugar cercano al pueblo de Niquero, en la provincia de Oriente. Los planes se cumplían con bastante lentitud: el día 30 oímos por radio la noticia de los motines de Santiago de Cuba que había provocado nuestro gran Frank País, considerando sincronizarlos con el arribo de la expedición. Al día siguiente, primero de diciembre, en la noche, poníamos la proa en línea recta hacia Cuba, buscando desesperadamente el faro de Cabo Cruz, carentes de agua, petróleo y comida. A las dos de la madrugada, con una noche negra, de temporal, la situación era inquietante. Iban y venían los vigías buscando la estela de luz que no aparecía en el horizonte. Roque, ex teniente de la marina de guerra, subió una vez más al pequeño puente superior, para atisbar la luz del Cabo, y perdió pie, cayendo al agua. Al rato de reiniciada la marcha, ya veíamos la luz, pero, el asmático caminar de nuestra lancha hizo interminables las últimas horas del viaje. Ya de día arribamos a Cuba por el lugar conocido por Belic, en la playa de Las Coloradas. Un barco de cabotaje nos vio, comunicando telegráficamente el hallazgo al ejército de Batista. Apenas bajamos, con toda premura y llevando lo imprescindible, nos introducimos en la ciénaga, cuando fuimos atacados por la aviación enemiga. Naturalmente, caminando por los pantanos cubiertos de manglares no éramos vistos ni hostilizados por la aviación, pero ya el ejército de la dictadura andaba sobre nuestros pasos. Tardamos varias horas en salir de la ciénaga, a donde la impericia e irresponsabilidad de un compañero que se dijo conocedor nos arrojara. Quedamos en tierra firme, a la deriva, dando traspiés, constituyendo un ejército de sombras, de fantasmas, que caminaban como siguiendo el impulso de algún oscuro mecanismo psíquico. Habían sido siete días de hambre y de mareo continuos durante la travesía, sumados a tres días más, terribles, en tierra. A los diez días exactos de la salida de México, el 5 de diciembre de madrugada, después de una marcha nocturna interrumpida por los desmayos y las fatigas y los descansos de la tropa, alcanzamos un punto conocido paradójicamente por el nombre de Alegría de Pío. Era un pequeño cayo de monte, ladeando un cañaveral por un costado y por otros abierto a unas abras, iniciándose más lejos el bosque cerrado. El lugar era mal elegido para campamento pero hicimos un alto para pasar el día y reiniciar la marcha en la noche inmediata. [Fragmento inicial de «Una Revolución que comienza», publicado en O Cruzeiro, 16 de junio, 1° de julio y 16 julio de 1959.] Alegría de Pío Alegría de Pío es un lugar de la provincia de Oriente, municipio de Niquero, cerca de Cabo Cruz, donde fuimos sorprendidos el día 5 de diciembre de 1956 por las tropas de la dictadura. Veníamos extenuados después de una caminata no tan larga como penosa. Habíamos desembarcado el 2 de diciembre en el lugar conocido por playa de Las Coloradas, perdiendo casi todo nuestro equipo y caminando durante interminables horas por ciénagas de agua de mar, con botas nuevas; esto había provocado ulceraciones en los pies de casi toda la tropa. Pero no era nuestro único enemigo el calzado o las afecciones fúngicas. Habíamos llegado a Cuba después de siete días de marcha a través del Golfo de México y el Mar Caribe, sin alimentos, con el barco en malas condiciones, casi todo el mundo mareado por falta de costumbre de navegación, después de salir el 25 de noviembre del puerto de Tuxpan, un día de norte, en que la navegación estaba prohibida. Todo esto había dejado sus huellas en la tropa integrada por bisoños que nunca habían entrado en combate. Ya no quedaba de nuestros equipos de guerra nada más que el fusil, la canana y algunas balas mojadas. Nuestro arsenal médico había desaparecido, nuestras mochilas se habían quedado en los pantanos, en su gran mayoría. Caminamos de noche, el día anterior, por las guardarrayas de las cañas del Central Niquero, que pertenecía a Julio Lobo en aquella época. Debido a nuestra inexperiencia, saciábamos nuestra hambre y nuestra sed comiendo cañas a la orilla del camino y dejando allí el bagazo; pero además de eso, no necesitaron los guardias el auxilio de pesquisas indirectas, pues nuestro guía, según nos enteramos años después, fue el autor principal de la traición, llevándolos hasta nosotros. Al guía se le había dejado en libertad la noche anterior, cometiendo un error que repetiríamos algunas veces durante la lucha, hasta aprender que los elementos de la población civil cuyos antecedentes se desconocen deben ser vigilados siempre que se esté en zonas de peligro. Nunca debimos permitirle irse a nuestro falso guía. En la madrugada del día 5, eran pocos los que podían dar un paso más; la gente desmayada, caminaba pequeñas distancias para pedir descansos prolongados. Debido a ello, se ordenó un alto a la orilla de un cañaveral, en un bosquecito ralo, relativamente cercano al monte firme. La mayoría de nosotros durmió aquella mañana. Señales desacostumbradas empezaron a ocurrir a mediodía, cuando los aviones Biber y otros tipos de avionetas del ejército y de particulares empezaron a rondar por las cercanías. Algunos de nuestro grupo, tranquilamente, cortaban cañas mientras pasaban los avienes sin pensar en lo visibles que eran dadas la baja altura y poca velocidad a que volaban los aparatos enemigos. Mi tarea en aquella época, como médico de la tropa, era curar las llagas de los pies heridos. Creo recordar mi última cura en aquel día. Se llamaba aquel compañero Humberto Lamotte y ésa era su última jornada. Está en mi memoria la figura cansada y angustiada llevando en la mano los zapatos que no podía ponerse mientras se dirigía del botiquín de campaña hasta su puesto. El compañero Montané y yo estábamos recostados contra un tronco, hablando de nuestros respectivos hijos; comíamos la magra ración —medio chorizo y dos galletas— cuando sonó un disparo; una diferencia de segundos solamente y un huracán de balas —o al menos eso pareció a nuestro angustiado espíritu durante aquella prueba de fuego— se cernía sobre el grupo de 82 hombres. Mi fusil no era de los mejores, deliberadamente lo había pedido así porque mis condiciones físicas eran deplorables después de un largo ataque de asma soportado durante toda la travesía marítima y no quería que fuera a perder una arma buena en mis manos. No sé en qué momento ni cómo sucedieron las cosas; los recuerdos ya son borrosos. Me acuerdo que, en medio del tiroteo, Almeida —en ese entonces capitán— vino a mi lado para preguntar las órdenes que había pero ya no había nadie allí para darlas. Según me enteré después, Fidel trató en vano de agrupar a la gente en el cañaveral cercano, al que había que llegar cruzando la guardarraya solamente. La sorpresa había sido demasiado grande, las balas demasiado nutridas. Almeida volvió a hacerse cargo de su grupo, en ese momento un compañero dejó una caja de balas casi a mis pies, se lo indiqué y el hombre me contestó con cara que recuerdo perfectamente, por la angustia que reflejaba, algo así como «no es hora para cajas de balas», e inmediatamente siguió el camino del cañaveral (después murió asesinado por uno de los esbirros de Batista). Quizá ésa fue la primera vez que tuve planteado prácticamente ante mí el dilema de mi dedicación a la medicina o a mi deber de soldado revolucionario. Tenía delante una mochila de medicamentos y una caja de balas, las dos eran mucho peso para transportarlas juntas; tomé la caja de balas, dejando la mochila para cruzar el claro que me separaba de las cañas. Recuerdo perfectamente a Faustino Pérez, de rodillas en la guardarraya, disparando su pistola ametralladora. Cerca de mí un compañero llamado Arbentosa, caminaba hacia el cañaveral. Una ráfaga que no se distinguió de las demás, nos alcanzó a los dos. Sentí un fuerte golpe en el pecho y una herida en el cuello; me di a mí mismo por muerto. Arbentosa, vomitando sangre por la nariz, la boca y la enorme herida de la bala cuarenta y cinco, gritó algo así como «me mataron» y empezó a disparar alocadamente pues no se veía a nadie en aquel momento. Le dije a Faustino, desde el suelo, «me fastidiaron» (pero más fuerte la palabra), Faustino me echó una mirada en medio de su tarea y me dijo que no era nada, pero en sus ojos se leía la condena que significaba mi herida. Quedé tendido, disparé un tiro hacia el monte siguiendo el mismo oscuro impulso del herido. Inmediatamente, me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte por congelación, en las zonas heladas de Alaska. Es la única imagen que recuerdo. Alguien, de rodillas, gritaba que había que rendirse y se oyó atrás una voz, que después supe pertenecía a Camilo Cienfuegos, gritando: «Aquí no se rinde nadie...» y una palabrota después. Ponce se acercó agitado, con la respiración anhelante, mostrando un balazo que aparentemente le atravesaba el pulmón. Me dijo que estaba herido y le manifesté, con toda indiferencia, que yo también. Siguió Ponce arrastrándose hacia el cañaveral, así como otros compañeros ilesos. Por un momento quedé solo, tendido allí esperando la muerte. Almeida llegó hasta mí y me dio ánimos para seguir; a pesar de los dolores, lo hice y entramos en el cañaveral. Allí vi al gran compañero Raúl Suárez, con su dedo pulgar destrozado por una bala y Faustino Pérez vendándoselo junto a un tronco; después todo se confundía en medio de las avionetas que pasaban bajo, tirando algunos disparos de ametralladora, sembrando más confusión en medio de escenas a veces dantescas y a veces grotescas, como la de un corpulento combatiente que quería esconderse tras de una cañas, y otro que pedía silencio en medio de la batahola tremenda de los tiros, sin saberse bien para qué. Se formó un grupo que dirigía Almeida y en el que estábamos además el hoy comandante Ramiro Valdés, en aquella época teniente, y los compañeros Chao y Benítez; con Almeida a la cabeza, cruzarnos la última guardarraya del cañaveral para alcanzar un monte salvador. En ese momento se oían los primeros gritos: «fuego», en el cañaveral se levantaban columnas de humo y fuego; aunque esto no lo puedo asegurar, porque pensaba más en la amargura de la derrota y en la inminencia de mi muerte, que en los acontecimientos de la lucha. Caminamos hasta que la noche nos impidió avanzar y resolvimos dormir todos juntos, amontonados, atacados por los mosquitos, atenazados por la sed y el hambre. Así fue nuestro bautismo de fuego, el día 5 de diciembre de 1956, en las cercanías de Niquero. Así se inició la forja de lo que sería el Ejército Rebelde. A la deriva Al día siguiente de la sorpresa de Alegría de Pío, caminábamos en medio de montes en que se alternaba la tierra roja con el «diente de perro», oyendo descargas aisladas en todas direcciones y sin atinar ningún rumbo específico. Chao, que era veterano de la guerra española, opinó que esa forma de caminar nos conduciría inevitablemente a caer en alguna emboscada enemiga y propuse buscar algún lugar adecuado para esperar la noche y caminar entonces. Estábamos prácticamente sin agua, con la única lata de leche que teníamos había ocurrido el percance de que Benítez, encargado de su custodia, la había cargado en el bolsillo de su uniforme al revés, vale decir, con los huequitos hechos para absorberla hacia abajo, de tal manera que, al ir a tomar nuestra ración —consistente en un tubo vacío de vitaminas que llenábamos con leche condensada y un trago de agua— vimos con dolor que toda estaba en el bolsillo y en el uniforme de Benítez. Logramos establecernos en una especie de cueva que ofrecía visión amplia a un lado, pero, tenía el defecto que no se podía prever el avance enemigo por el otro. Sin embargo, nosotros pensábamos más en que no nos vieran que en defendernos y resolvimos mantenernos allí durante el día, aunque con el compromiso expresamente tomado por los cinco de luchar hasta la muerte. Quienes hiciéramos ese pacto nos llamamos: Ramiro Valdés, Juan Almeida, Chao, Benítez y el que esto relata. Todos sobrevivimos la terrible experiencia de la derrota y la lucha posterior. Por la noche salimos a caminar. Establecí cuál era la Estrella Polar, según mis conocimientos en la materia, y durante un par de días fuimos caminando guiándonos por ella hacia el Este y llegar a la Sierra Maestra. (Mucho tiempo después me enteraría que la estrella que nos permitió guiarnos hacia el Este no era la Polar y que simplemente por casualidad, habíamos ido llevando aproximadamente este rumbo hasta amanecer en unos acantilados ya muy cerca de la costa.) El mar se veía abajo; nos separaba de él un farallón cortado a pico de unos cincuenta metros de altura y la tentadora imagen de una fosa de agua, al parecer dulce, sobresalía abajo. Nuestro tormento mayor era la sed; esa noche había aparecido una multitud de cangrejos e impulsados por el hambre matamos algunos, pero como no podíamos hacer fuego, sorbimos crudas sus partes gelatinosas, lo que nos provocó una sed angustiosa. Después de mucho buscar encontramos un paso practicable donde bajar en busca del agua pero, en los trajines de ida y venida, la fosa observada desde lo alto se nos perdió y solamente pudimos mitigar la sed gracias a las pequeñas cantidades de agua restantes de lluvias anteriores que quedaban en los huecos del «diente de perro», allí la buscábamos y la extraíamos mediante la bombita de un nebulizador antiasmático; tomamos sólo algunas gotas de líquido cada uno. Ibamos caminando con desgano, sin rumbo fijo; de vez en cuando un avión pasaba por el mar. Caminar entre los arrecifes era muy fatigoso y algunos proponían ir pegados a los acantilados de la costa, pero había allí un inconveniente grave: nos podían ver. En definitiva nos quedamos tirados a la sombra de algunos arbustos esperando que bajara el sol. Al anochecer encontramos una playita y nos bañamos. Hice un intento de repetir algo que había leído en algunas publicaciones semicientíficas o en alguna novela en que se explicaba que el agua dulce mezclada con un tercio de agua de mar da un agua potable muy buena y aumenta la cantidad de líquido; hicimos así con lo que quedaba de una cantimplora y el resultado fue lamentable; un brebaje salobre que me valió la crítica de todos los compañeros. Algo refrescados por el baño seguimos caminando. Era de noche y creo recordar que había una luna bastante buena. Almeida y yo, que íbamos a la cabeza, observamos de pronto, en una de esas pequeñas chozas que los pescadores hacen a la orilla del mar para resguardarse de la intemperie, una sombra de gente durmiendo. Creímos que eran soldados, pero estábamos demasiado cerca ya para retroceder y avanzamos rápidamente; Almeida fue a intimar la rendición a los dormidos, cuando nos encontramos con una sorpresa agradable: eran tres expedicionarios del Granma, Camilo Cienfuegos, Pancho González y Pablo Hurtado. En seguida iniciamos un intercambio de opiniones, de experiencias, de noticias de lo poco que sabía cada uno de los otros o cada uno del combate. Mientras que el grupo de Camilo nos obsequiaba con un pedazo de caña que había arrancado antes de huir y que sirvió para engañar al estómago con algo dulce y jugoso, ellos masticaban desaprensivamente los cangrejos. Habían encontrado la forma de mitigar la sed sorbiendo directamente el agua de los hoyitos con algún tubito o palo hueco. Seguimos nuestro camino todos juntos. Ocho era ahora el número de combatientes del ejército remanente del Granma y no teníamos noticias de que hubiera más supervivientes. Pensábamos, con lógica, que debía haber más grupos como el nuestro, pero no teníamos siquiera idea de dónde estábamos, todo lo que sabíamos era que caminando con el mar a nuestra derecha íbamos hacia el Este, es decir a la Sierra Maestra, el lugar donde teníamos que refugiarnos. No se nos escapaba el hecho de que los acantilados a pico y el mar cerraban completamente nuestras posibilidades de fuga, en caso de toparnos con una tropa enemiga. No recuerdo ahora si fue uno o dos días que caminamos por la costa, sólo sé que comimos algunos pequeños frutos de tuna que crecían en las orillas, uno o dos por cabeza, lo que no engañaba al hambre, y que la sed era atenazante, pues las contadas gotas de agua debían racionarse al máximo. Una madrugada, ya sumamente cansados, llegamos a la orilla del mar y quedamos dormitando hasta que se viera por dónde pasar porque parecía que de pronto los acantilados hubieran caído a pico. Apenas amaneció iniciamos una exploración y apareció ante nuestros ojos una casa grande de guano con la apariencia de pertenecer a algún campesino de una posición acomodada. Mi opinión inmediata fue no acercarnos a una casa de ese tipo, pues presumiblemente serían nuestros enemigos o tal vez el ejército la ocupara. Benítez opinó todo lo contrario y al final avanzamos los dos hacia la casa. Yo me quedaba afuera mientras él cruzaba una cerca de alambre de púas (nos acompañaba alguien más que no recuerdo), de pronto percibí claramente en la penumbra la imagen de un hombre uniformado con una carabina M-1 en la mano, pensé que habían llegado nuestros últimos minutos, al menos los de Benítez, a quien ya no podía avisar porque estaba más cerca del hombre que de mi posición; Benítez llegó casi al lado del soldado y se volvió por donde había venido, diciéndome con toda ingenuidad que él volvía porque había visto «un señor con una escopeta» y no le pareció prudente preguntarle nada. Realmente, Benítez y todos nosotros nacimos de nuevo, pero allí no paró nuestra odisea; después de dar un rodeo prudencial, tratamos de ir trepando por el acantilado mucho más bajo aquí, pues llegábamos a la zona denominada Ojo de Buey, donde un pequeño río cae al mar y por lo tanto lo perfora en ese lugar. El día nos sorprendió antes de lograr traspasar la loma y solamente atinamos a llegar a una cueva desde la cual se observaba perfectamente todo el panorama: éste era de absoluta tranquilidad; una embarcación de la marina desembarcaba hombres, mientras otros embarcaban, al parecer, en una operación de relevo. Pudimos contar cerca de treinta y después supimos que eran los hombres de Laurent, el temido asesino de la Marina de Guerra que, después de haber cumplido su macabra misión de asesinar a un grupo de compañeros, estaba relevando a sus hombres. Ante los ojos asombrados de Benítez aparecieron los «señores de la escopeta» con toda su trágica realidad. La situación era bastante mala; en el caso de ser descubiertos, no había la menor posibilidad de salvación y sólo restaba luchar allí hasta el final. Pasamos el día sin probar bocado, racionando rigurosamente el agua que distribuíamos en el ocular de una mirilla telescópica para que fuera exacta la medida para cada uno de nosotros y por la noche emprendimos nuevamente el camino para alejarnos de esta zona donde vivimos uno de los días más angustiosos de la guerra, entre la sed y el hambre, el sentimiento de nuestra derrota y la inminencia de un peligro palpable e ineludible que nos hacía sentir como ratas acorraladas. Después de algunas peripecias fuimos a caer al arroyo que desembocaba en el mar, o a algún afluente de este; tirados en el suelo bebimos ávidamente, como caballos, durante un largo rato, hasta que nuestro estómago vacío de alimentos, se resistió a recibir más agua. Llenamos las cantimploras y seguimos nuestro viaje. Por la madrugada llegamos a la punta de un pequeño cerrito en el cual había unos cuantos árboles. Nos distribuimos allí como para hacer resistencia y para poder ocultarnos lo mejor posible y pasamos todo el día viendo pasar avionetas a muy baja altura sobre nuestras cabezas, con altoparlantes que emitían sonidos incomprensibles pero que Almeida y Benítez, veteranos del Moncada, entendían que era una intimación de rendición. Por el bosque de vez en cuando se oían algunos gritos inidentificables. Esa noche seguimos nuestro peregrinaje hasta llegar a las cercanías de una casa donde se oía el ruido de una orquesta. Una vez más se suscitó la discusión; Ramiro, Almeida y yo opinábamos que no se debía ir de ninguna manera a un baile o algo así, puesto que los campesinos inmediatamente, aunque no fuera más que por indiscreción natural, harían conocer nuestra presencia en la zona; Benítez y Camilo Cienfuegos opinaban que había que ir de todas maneras y comer. Al final Ramiro y yo fuimos comisionados para la tarea de llegar hasta la casa, obtener noticias y lograr comida. Cuando llegábamos cerca cesó la música y se oyó distante la voz de un hombre que decía algo así como: «vamos a brindar ahora por todos nuestros compañeros de armas que tan brillante actuación» &c., &c. Nos bastó para volver lo más rápido y sigilosamente posible a informar a nuestros compañeros de quiénes eran los que se estaban divirtiendo en aquella fiesta. Seguimos nuestro camino, pero con la gente cada vez más negada a caminar; esa noche, o tal vez la siguiente, casi todas los compañeros se resistieron a seguir y tuvimos que llamar entonces a las puertas de un campesino, en las orillas de un camino real, en el lugar llamado Puercas Gordas, nueve días después de la sorpresa. Nos recibieron en forma amable y seguidamente un festival ininterrumpido de comida se realizó en aquella choza campesina. Horas y horas pasamos comiendo hasta que nos sorprendió el día y ya no podíamos salir de allí. Por la mañana llegaban campesinos avisados de nuestra presencia que, curiosos y solícitos, venían a conocernos y a darnos algo de comer o traernos algún presente. La pequeña casa en que estábamos pronto se convertía en un infierno: Almeida iniciaba el fuego de la diarrea y luego ocho intestinos desagradecidos demostraban su ingratitud, envenenando aquel pequeño recinto; algunos llegaban a vomitar. Pablo Hurtado agotado par los días de marcha, de cansancio, de mareo, de hambre y sed acumulados, no podía levantarse. Resolvimos seguir par la noche. Los campesinos dijeron que tenían noticias de que Fidel estaba vivo y que podían llevarnos a algunas zonas en las cuales presumiblemente estaría con Crescencio Pérez, pero teníamos que dejar los uniformes y las armas. Almeida y yo conservamos unas pistolas ametralladoras Star; los ocho fusiles y todas las balas quedaron en resguardo en casa del campesino, mientras nosotros nos dividíamos en dos grupos, de tres y cuatro hombres, para alojarnos en casa de los campesinos y de allí ir ganando, en sucesivas etapas, la Maestra. El grupo nuestro estaba integrado si mal no recuerdo, por Pancho González, Ramiro Valdés, Almeida y yo; el otro por Camilo, Benítez y Chao; Pablo Hurtado quedaba enfermo en la casa. Apenas nos fuimos, el dueño de la casa no pudo resistir la tentación de comunicar la noticia a un amigo para discutir donde escondía las armas; éste le convenció de que podían venderse, entrando en tratos con un tercero, el que hizo la denuncia al ejército y, pocas horas después de haber dejado la primera hospitalaria mansión de Cuba, el enemigo irrumpió, tomaba preso a Pablo Hurtado y capturaba todas las armas. Nosotros estábamos en casa de un adventista llamado Argelio Rosabal a quien todos conocían como El Pastor. Este compañero, al enterarse de la infausta noticia hizo contacto rápidamente con otro campesino de la zona, muy conocedor de ella y que decía simpatizaba con los rebeldes. Esa noche nos sacaban de allí y nos llevaban a otro refugio más seguro. El campesino que conociéramos aquel día se llamaba Guillermo García, hoy jefe del Ejército de Occidente y miembro de la Dirección Nacional de nuestro Partido. Después estuvimos en algunas otras casas campesinas; Carlos Mas, incorporado al ejército más tarde, Perucho, otros compañeros cuyos nombres no recuerdo. Una madrugada, después de cruzar la carretera de Pilón, y caminar sin guía alguno, llegábamos hasta la finca de Mongo Pérez, hermano de Crescencio, donde estaban todos los expedicionarios sobrevivientes y en libertad —hasta el momento— de nuestras tropas desembarcadas; a saber, Fidel Castro, Universo Sánchez, Faustino Pérez, Raúl Castro, Ciro Redondo, Efigenio Ameijeiras, René Rodríguez y Armando Rodríguez. Pocos días después se nos incorporarían Morán, Crespo, Julito Díaz, Calixto García, Calixto Morales y Bermúdez. Nuestra pequeña tropa se presentaba sin uniformes y sin armamentos, pues las dos pistolas era todo lo que habíamos logrado salvar del desastre y la reconvención de Fidel fue muy violenta. Durante toda la campaña, y aún hoy, recordamos su admonición: «No han pagado la falta que cometieron, porque el dejar los fusiles en estas circunstancias se paga con la vida; la única esperanza de sobrevivir que tenían en caso de que el ejército topara con ustedes eran sus armas. Dejarlas fue un crimen y una estupidez.» Combate de La Plata El ataque a un pequeño cuartel que existía en la desembocadura del río de La Plata, en la Sierra Maestra, constituyó nuestra primera victoria y tuvo cierta resonancia, más lejana que la abrupta región donde se realizó. Fue un llamado de atención a todos, la demostración de que el Ejército Rebelde existía y estaba dispuesto a luchar y, para nosotros, la reafirmación de nuestras posibilidades de triunfo final. El día 14 de enero de 1957, poco más de un mes después de la sorpresa de Alegría de Pío, paramos en el río Magdalena que está separado de La Plata por un firme que sale de la Maestra y muere en el mar dividiendo las dos pequeñas cuencas. Allí hicimos algunos ejercicios de tiro, ordenados por Fidel para entrenar algo a la gente; algunos tiraban por primera vez en su vida. Allí nos bañamos también, después de muchos días de ignorar la higiene y, los que pudieron, cambiaron sus ropas. En aquel momento había veintitrés armas efectivas; nueve fusiles con mirilla telescópica, cinco semiautomáticos, cuatro de cerrojo, dos ametralladoras Thompson, dos pistolas ametralladoras y una escopeta calibre 16. Por la tarde de ese día subimos la última loma antes de llegar a las inmediaciones de La Plata. Seguíamos un angosto trillo del bosque transitado por muy pocas personas y marcado especialmente para nosotros a punta de machete por un campesino de la región, llamado Melquiades Elías. Este nombre nos fue dado por nuestro guía Eutimio, que en esa época era imprescindible para nosotros y la imagen del campesinado rebelde; pero algún tiempo después fue apresado por Casilla, quien en vez de matarlo lo compró con la oferta de $10.000 y un grado en el ejército si mataba a Fidel. Estuvo muy cerca de su intento, pero le faltó valor para hacerlo; sin embargo, muy importante fue su acción, delatando nuestros campamentos. En aquella época, Eutimio nos servía lealmente; era uno de los tantos campesinos que luchaban por sus tierras contra los terratenientes de la región, y quien luchara contra los terratenientes, luchaba al mismo tiempo contra la guardia que era la servidora de aquella clase. Durante el camino de ese día, tomamos dos campesinos prisioneros que resultaron ser parientes del guía: uno de ellos fue puesto en libertad pero el otro fue retenido, como medida de precaución. Al día siguiente, 15 de enero, avistamos el cuartel de La Plata, a medio construir, con sus láminas de zinc y vimos un grupo de hombres semidesnudos en los que se adivinaba, sin embargo, el uniforme enemigo. Pudimos observar cómo, a las seis de la tarde, antes de caer el sol, llegaba una lancha cargada de guardias, bajando unos y subiendo otros. Como no comprendimos bien las evoluciones decidimos dejar el ataque para el día siguiente. Desde el amanecer del 16 se puso observación sobre el cuartel. Se había retirado el guardacostas por la noche; se iniciaron labores de exploración pero no se veían soldados por ninguna parte. A las tres de la tarde, decidimos ir acercándonos al camino que sube del cuartel bordeando el río para tratar de observar algo; al anochecer, cruzamos el río de La Plata que no tiene profundidad alguna y nos apostamos en el camino; a los cinco minutos, tomamos prisioneros a dos campesinos. Uno de los hombres tenía algunos antecedentes de chivato; al saber quiénes éramos y expresarles que no teníamos buenas intenciones si no hablaban claro, dieron informaciones valiosas. Había unos soldados en el cuartel, aproximadamente una quincena, y, además, al rato debía pasar uno de los tres famosos mayorales de la región: Chicho Osorio. Estos mayorales pertenecían al latifundio de la familia Laviti que había creado un enorme feudo y lo mantenía mediante el terror con la ayuda de individuos como Chicho Osorio. Al poco rato, apareció el nombrado Chicho, borracho, montado en un mulo y con un negrito a horcajadas. Universo Sánchez, le dio el alto en nombre de la guardia rural, y éste rápidamente contestó: «mosquito»; era la contraseña. A pesar de nuestro aspecto patibulario, quizás por el grado de embriaguez de ese sujeto, pudimos engañar a Chicho Osorio. Fidel, con aire indignado, le dijo que era un coronel del ejército, que venía a investigar por qué razón no se había liquidado ya a los rebeldes, que él sí se metía en el monte, por eso estaba barbudo, que era una «basura» lo que estaba haciendo el ejército; en fin, habló bastante mal de la ejecutividad de las fuerzas enemigas. Con gran sumisión, Chicho Osorio contó que, efectivamente, los guardias se la pasaban en el cuartel, que solamente comían, sin actuar; que hacían recorridos sin importancia; manifestó enfáticamente que había que liquidar a todos los rebeldes. Se empezó a hacer discretamente una relación de la gente amiga y enemiga en la zona, preguntándole por ella a Chicho Osorio y, naturalmente poniéndolo al revés, cuando Chicho decía que alguno era malo, ya teníamos una base para decir que era bueno. Así se juntaron veintitantos nombres, y el chivato seguía hablando; nos contó como habían muerto dos hombres en esos lugares; «pero mi general Batista me dejó libre enseguida»; nos dijo cómo acababa de darles unas bofetadas a unos campesinos que se habían puesto «un poco malcriados» y que, además, según sus propias palabras, los guardias eran incapaces de hacer eso; los dejaban hablar sin castigarlos. Le preguntó Fidel qué cosa haría él con Fidel Castro en caso de agarrarlo, y entonces contestó con un gesto explicativo que había que partirle los... igualmente opinó de Crescencio. Mire, dijo, mostrando los zapatos de nuestra tropa, de factura mexicana, «de uno de esos hijos de... que matamos». Allí, sin saberlo, Chicho Osorio había firmado su propia sentencia de muerte. Al final, ante la insinuación de Fidel, accedió a guiarnos para sorprender a todos los soldados y demostrarles que estaban muy mal preparados y que no cumplían con su deber. Nos acercamos hacia el cuartel, teniendo como guía a Chicho Osorio, aunque personalmente no estaba muy seguro de que aquel hombre no se hubiera percatado ya de la estratagema. Sin embargo, siguió con toda ingenuidad, pues estaba tan borracho que no podía discernir; al cruzar nuevamente el río para acercarnos al cuartel, Fidel le dijo que las ordenanzas militares establecían que el prisionero debía estar amarrado; el hombre no opuso resistencia, siguió como prisionero, aunque sin saberlo. Explicó que la única guardia establecida era una entrada en el cuartel en construcción y la casa de otro de los mayorales llamado Honorio, y nos guió hasta un lugar cercano al cuartel por donde pasaba el camino al Macío. El compañero Luis Crespo, hoy comandante, fue enviado a explorar y volvió con la noticia de que eran exactos los informes del mayoral, pues se veían las dos construcciones y el punto rojo de los cigarros de la guardia en el medio. Cuando estábamos listos para acercarnos tuvimos que escondernos y dejar pasar a tres guardias a caballo que pasaban, arriando como una mula a un prisionero de a pie. Al lado mío pasó, y recuerdo las palabras del pobre campesino que decía: «Yo soy como ustedes» y la contestación de un hombre, que después identificamos como el cabo Basol, «cállate y sigue antes de que te haga caminar a latigazos». Nosotros creíamos que ese campesino quedaba fuera de peligro al no estar en el cuartel, expuesto a nuestras balas en el momento del ataque; sin embargo, al día siguiente, cuando se enteraron del combate y sus resultados fue asesinado vilmente en el Macío. Teníamos preparado el ataque con veintidós armas disponibles. Era un momento importante, pues teníamos muy pocas balas; había que tomar el cuartel de todas maneras, el no tomarlo significaba gastar todo el parque, quedar prácticamente indefensos. El compañero teniente Julito Díaz, caído gloriosamente en El Uvero, con Camilo Cienfuegos, Benítez y Calixto Morales, con fusiles semiautomáticos, cercarían la casa de guano por la extrema derecha. Fidel, Universo Sánchez, Luis Crespo, Calixto García, Fajardo —hoy comandante del mismo apellido que nuestro médico, Piti Fajardo, caído en Escambray— y yo, atacaríamos por el centro. Raúl con su escuadra y Almeida con la suya, el cuartel, por la izquierda. Así fuimos acercándonos a las posiciones enemigas hasta llegar a unos cuarenta metros. Había buena luna. Fidel inició el tiroteo con dos ráfagas de ametralladora y fue seguido por todos los fusiles disponibles. Inmediatamente, se invitó a rendirse a los soldados, pero sin resultado alguno. En el momento de iniciarse el tiroteo fue ajusticiado el chivato y asesino Chicho Osorio. El ataque se había iniciado a las dos y cuarenta de la madrugada y los guardias hicieron más resistencia de la esperada, había un sargento que tenía un M-1, y respondía con una descarga cada vez que le intimábamos la rendición; se dieron órdenes de disparar nuestras viejas granadas de tipo brasileño; Luis Crespo tiró la suya, yo la que me pertenecía. Sin embargo, no estallaron. Raúl Castro tiró dinamita sin niple y ésta no hizo ningún efecto. Había entonces que acercarse y quemar los casas aun a riesgo de la propia vida; en aquellos momentos Universo Sánchez trató de hacerlo primero y fracasó, después Camilo Cienfuegos tampoco pudo hacerlo, y al final, Luis Crespo y yo nos acercamos a un rancho que este compañero incendió. A la luz del incendio pudimos ver que era simplemente un lugar donde guardaban los frutos del cocotal cercano, pero intimidamos a los soldados que abandonaron la lucha. Uno huyendo fue casi a chocar contra el fusil de Luis Crespo que lo hirió en el pecho, le quitó el arma y seguimos disparando contra la casa. Camilo Cienfuegos, parapetado detrás de un árbol, disparó contra el sargento que huía y agotó los pocos cartuchos de que disponía. Los soldados, casi sin defensa, eran inmisericordemente heridos por nuestras balas. Camilo Cienfuegos entró primero, por nuestro lado, a la casa de donde llegaban gritos de rendición. Hicimos rápidamente el balance que había dejado el combate en armas: ocho Springfield, una ametralladora Thompson y unos mil tiros; nosotros habíamos gastado unos quinientos tiros aproximadamente. Además, teníamos cananas, combustible, cuchillos, ropas, alguna comida. El recuento de bajas: ellos tenían dos muertos y cinco heridos, además tres prisioneros. Algunos junto con el chivato Honorio, habían huido. Por nuestra parte, ni un rasguño. Se los dio fuego a las casas de los soldados y nos retiramos, luego de atender lo mejor posible a los heridos, tres de ellos de mucha gravedad, que luego murieron, según nos enteramos después de la victoria final, los dejamos al cuidado de los soldados prisioneros. Uno de estos soldados, se incorporó después a los tropas del comandante Raúl Castro y alcanzó el grado de teniente, muriendo en un accidente aéreo ya después de ganada la guerra. Siempre contrastaba nuestra actitud con los heridos y la del ejército, que no sólo asesinaba a nuestros heridos sino que abandonaba a los suyos. Esta diferencia fue haciendo su efecto con el tiempo y constituyó uno de los factores de triunfo. Allí, con mucho dolor para mí, que sentía como médico la necesidad de mantener reservas para nuestras tropas, ordenó Fidel que se entregaran a los prisioneros todas las medicinas disponibles para el cuidado de los soldados heridos, y así lo hicimos. Dejamos también en libertad a los civiles y, a las cuatro y treinta de la mañana del día 17, salíamos rumbo a Palma Mocha, a donde llegamos al amanecer internándonos rápidamente, buscando las zonas más abruptas de la Maestra. Un espectáculo lastimoso se ofrecía a nuestros ojos; un cabo y un mayoral habían afirmado la víspera, a todas las familias presentes, que la aviación bombardearía todo aquello y entonces iniciaron un éxodo hacia la costa. Como nadie conocía nuestra estancia en el lugar, era claramente una maniobra entre los mayorales y la guardia rural para despojar a los guajiros de sus tierras y pertenencias, pero la mentira de ellos había coincidido con nuestro ataque y ahora se hacia verdad, de modo que el terror se sembró en ese momento y fue imposible detener el éxodo campesino. Este fue el primer combate victorioso de los ejércitos rebeldes; en éste y el combate siguiente, fue el único momento de la vida de nuestra tropa donde nosotros hayamos tenido más armas que hombres... El campesino no estaba preparado para incorporarse a la lucha y la comunicación con las bases de la ciudad prácticamente no existía. Fin de un traidor Después de reunido este pequeño ejército, se resolvió dejar la región de El Lomón y dirigirse a otras nuevas; mientras tanto, íbamos haciendo contactos con campesinos de la zona y estableciendo las bases necesarias para nuestra subsistencia. Al mismo tiempo, nos separábamos de la Sierra Maestra y fuimos caminando hacia la zona del llano, hacia lugares donde teníamos que ver a la gente de la organización de las ciudades. Pasamos por un poblado llamado La Montería y después acampamos en un pequeño cayo de monte en las cercanías de un arroyo, finca perteneciente a un señor llamado Epifanio Díaz, cuyos hijos militaban en la Revolución. Nos acercábamos para poder establecer contacto más estrecho con el Movimiento, pues nuestra vida nómada y clandestina hacía imposible un intercambio entre las dos partes del Movimiento 26 de Julio. Prácticamente, eran dos grupos separados, con tácticas y estrategia diferentes. Todavía no se habían producido las hondas divisiones que meses más tarde pondrían en peligro la unidad del Movimiento, pero ya se veía que los conceptos eran diferentes. En esa misma finca vimos a las figuras más importantes del Movimiento en la ciudad; entre ellas, tres mujeres conocidas hoy por todo el pueblo de Cuba: Vilma Espín, hoy Presidente de la Federación de Mujeres y compañera de Raúl; Haydée Santamaría, Presidenta de la Casa de las Américas y compañera de Armando Hart y Celia Sánchez, nuestra querida compañera de todos los momentos de la lucha que, un tiempo después, se incorporara definitivamente a las guerrillas para no dejarnos más. Otra figura llegada era Faustino Pérez, un viejo conocido nuestro, compañero del Granma, que había ido a cumplir algunas misiones en la ciudad y retornaba a informar, para seguir en su misión urbana. (Poco después caería preso.) Además conocimos a Armando Hart y para mí fue la única oportunidad de tener contacto con el gran dirigente de Santiago, Frank País. Frank País era uno de esos hombres que se imponen en la primera entrevista; su semblante era más o menos parecido al que muestran las fotos actuales, pero tenía unos ojos de una profundidad extraordinaria. Difícil es hoy referirse a un compañero muerto, que se conoció una sola vez y cuya historia está en manos del pueblo. Yo sólo podría precisar en estos momentos que sus ojos mostraban enseguida al hombre poseído por una causa, con fe en la misma y además, que ese hombre era un ser superior. Hoy se le llama «el inolvidable Frank País»; para mí que lo vi una vez, es así. Frank es otro de los tantos compañeros cuya vida tronchada en flor hoy hubiera estado dedicada a la tarea común de la Revolución socialista; es parte del duro precio que pagó el pueblo para lograr su libertad. Nos dio una callada lección de orden y disciplina, limpiando nuestros fusiles sucios, contando las balas y ordenándolas para que no se perdieran. Desde ese día, me hice el propósito de cuidar más mi arma (y lo cumplí, aunque no puedo decir que fuera un modelo de meticulosidad tampoco). Pero también fue escenario de otros acontecimientos ese pequeño cayo de monte. Por primera vez nos iba a visitar un periodista y ese periodista era extranjero; se trataba del famoso Matthews, que solamente llevó a la conversación una pequeña camarita de cajón, con la que sacó las fotos tan difundidas luego y controvertidas por las manifestaciones estúpidas de un ministro de Batista. El traductor fue en aquella época Javier Pazos, que luego se incorporaría también a las guerrillas, donde permaneció algún tiempo. Matthews, según me contara Fidel, porque yo no fui testigo presencial de esa entrevista, hizo preguntas concretas y ninguna capciosa, se mostró como un simpatizante de la Revolución. Recuerdo los comentarios de Fidel, cómo él le había contestado afirmativamente la pregunta de si era antimperialista y cómo había objetado la entrega de armas a Batista demostrándole que esas armas no serían para la defensa intercontinental, sino solamente para oprimir al pueblo. La visita de Matthews, naturalmente, fue muy fugaz. Inmediatamente quedamos solos; estábamos listos para marcharnos. Sin embargo nos avisaron que redobláramos la vigilancia, pues Eutimio estaba en los alrededores; rápidamente se le ordenó a Almeida que fuera a tomarlo preso. La patrulla estaba integrada, además, por Julito Díaz, Ciro Frías, Camilo Cienfuegos y Efigenio Ameijeiras. Ciro Frías fue el encargado de dominarlo, tarea muy sencilla, y fue traído a presencia nuestra donde se le encontró una pistola 45, 3 granadas y un salvoconducto de Casillas. Naturalmente, después de verse preso y de habérsele encontrado esas pertenencias, ya no le cupo duda de su suerte. Cayó de rodillas ante Fidel, y simplemente pidió que lo mataran. Dijo que sabía que merecía la muerte. En aquel momento parecía haber envejecido, en sus sienes se veía un buen número de canas, cosa que nunca había notado antes. Este momento era de una tensión extraordinaria. Fidel le increpó duramente su traición y Eutimio quería solamente que lo mataran, reconociendo su falta. Para todos los que lo vivimos es inolvidable aquel momento en que Ciro Frías, compadre suyo, empezó a hablarle; cuando le recordó todo lo que había hecho por él, pequeños favores que él y su hermano hicieron por la familia de Eutimio, y cómo éste había traicionado, primero haciendo matar al hermano de Frías —denunciado por Eutimio y asesinado por los guardias unos días antes— y luego tratando de exterminar a todo el grupo. Fue una larga y patética declamación que Eutimio escuchó en silencio con la cabeza gacha: Se le preguntó si quería algo, y él contestó que sí, que quería que la Revolución, o, mejor dicho, que nosotros nos ocupáramos de sus hijos. La Revolución cumplió. El de Eutimio Guerra es un nombre que ahora resurge al recuerdo de estas notas, pero que ya ha sido olvidado quizás hasta por sus hijos; éstos van con otro nombre a una de las tantas escuelas y reciben el tratamiento de todos los hijos del pueblo, preparándose para una vida mejor, pero algún día tendrán que saber que su padre fue ajusticiado por el poder revolucionario debido a su traición. También es de justicia que sepan que aquel campesino que se dejó tentar por la corrupción e intentó cometer una felonía impulsado por el afán de gloria y dinero, además de reconocer su falta, de no pedir ni por asomo una clemencia que sabía no merecía, se acordó en el último minuto de sus hijos y para ellos pidió un trato benevolente y la preocupación de nuestro jefe. En esos minutos se desató una tormenta muy fuerte y oscureció totalmente: en medio de un aguacero descomunal, cruzado el cielo por relámpagos y por el ruido de los truenos, al estallar uno de estos rayos con su trueno consiguiente en la cercanía, acabó la vida de Eutimio Guerra sin que ni los compañeros cercanos pudieran oír el ruido del disparo. Al día siguiente, lo enterramos allí mismo y hubo un pequeño incidente que recuerdo. Manuel Fajardo quiso ponerle una cruz y yo me negué porque era muy peligroso para los dueños de la hacienda que quedara ese testimonio del ajusticiamiento. Entonces grabó sobre uno de los árboles cercanos una pequeña cruz. Y esa es la señal que indica dónde están enterrados los restos del traidor. El gallego A. Morán se separó de nosotros en esos momentos, él sabía lo poco que lo apreciábamos ya, y todos lo considerábamos un desertor en potencia (había desaparecido dos o tres días con el pretexto que había corrido tras las huellas de Eutimio y se perdiera en el monte). En el momento que nos aprestábamos a partir sonó un disparo y encontramos a Morán con la pierna atravesada por una bala. Los compañeros que estaban cerca sostuvieron, en esos días, enconadas discusiones, pues unos decían que el tiro fue casual y otros que se lo dio para no seguir. La historia posterior de Morán, con su traición y su muerte a manos de los revolucionarios en Guantánamo, indica que muy probablemente se dio el tiro intencionalmente. Al salir, quedó Frank País en mandar un grupo de hombres para los primeros días del mes de marzo siguiente; el punto de reunión sería la casa de Epifanio Díaz en las cercanías del Jíbaro. Agencia Walsh espero que les gusteee!! desde ya gracias x su tiempo,, comenten y sumen puntos,, abrazosss revolucionarios!!

SEGUIMOS CON EL GRAN TOSCO,, varios escritos de él a continuación,,, gracias por entrar en este humilde post,, Días amargos Los días siguientes a nuestra salida de la casa deEpifanio Díaz marcan para mí, personalmente, la etapa más penosa de la guerra.Estas notas tratan de dar una idea de lo que fue para el total de loscombatientes la primera parte de nuestra lucha revolucionaria; si en estepasaje de los recuerdos tengo que referirme, más que en el resto, a miparticipación personal, es porque tiene conexión con los siguientes episodios yno era posible desligarlos sin que se perdiera unidad en el relato. Después de la salida de la casa de Epifanio,nuestro grupo revolucionario se componía de 17 hombres del ejército primigenioy tres nuevos compañeros incorporados: Gil, Sotolongo y Raúl Díaz. Estos trescompañeros llegaron en el Granma; habían estado escondidos durante ciertotiempo en las cercanías de Manzanillo y, al conocer de nuestra existencia,decidieron incorporarse al grupo. Su historia era la misma de todos nosotros;habían podido evadir la persecución de los guardias, refugiarse en la casa deun campesino, después en la de otro, llegar a Manzanillo y ocultarse. Ahoraunían su suerte a la de toda la columna. En esta época, como se ve, era muydifícil incrementar nuestro ejército; venían algunos hombres nuevos, pero seiban otros; las condiciones físicas de la lucha eran muy duras, pero lascondiciones morales lo eran mucho más todavía y se vivía bajo la impresión delcontinuo asedio. En aquellos momentos caminábamos sin rumbo fijo ya marcha lenta, escondidos en pequeños cayos de monte, en una zona donde ya laganadería ha avanzado sobre la vegetación y apenas quedan restos pequeños demonte. Una de esas noches, en la pequeña radio de Fidel escuchábamos la noticiade la captura de uno de los compañeros del Granma, que se había retirado conCrescencio Pérez. Nosotros teníamos ya noticias de que había sido apresado, porconfesión de Eutimio, pero no se había dado la información oficial; alconocerla pudimos percatarnos de que vivía. No siempre se podía salir con vidadel interrogatorio del ejército de Batista. A cada rato se oían, en distintasregiones, disparos de ametralladoras hechos por los guardias contra los cayosde monte donde, por lo general, si bien tiraba abundante parque, no penetrabala tropa enemiga. En mi diario de campaña anotaba, el día 22 defebrero, que tenía los primeros síntomas de lo que podía ser un fuerte ataquede asma, porque me faltaba mi líquido antiasmático. La fecha del nuevo contactoera el día 5 de marzo, de modo que teníamos que esperar unos días. En esta época caminábamos muy lentamente, noteníamos un rumbo fijo y estabámos, simplemente, haciendo tiempo para quellegara la nueva fecha del 5 de marzo, día en que Frank País nos debía enviarel grupo de hombres armados. Se había resuelto ya que primero debíafortificarse nuestro pequeño frente, antes de aumentarlo en número y, por lotanto, todas las armas disponibles en Santiago debían subir a la SierraMaestra. Una noche nos tomó el amanecer sobre la margen deun pequeño riachuelo donde casi no había vegetación; pasamos un precario día enaquel lugar, en un valle cercano a Las Mercedes, que creo se llamaba La Majagua(los nombres son ahora un poco imprecisos en mi memoria) y llegamos por lanoche a la casa del viejo Emiliano, otro de los tantos campesinos que enaquella época recibían un enorme susto al vernos en cada oportunidad, pero sejugaban la vida por nosotros, valientemente, y contribuían con su trabajo aldesarrollo de nuestra Revolución. Era época de lluvia en la Sierra y todas lasnoches nos empapábamos por lo que llegábamos a las casas campesinas, a pesardel peligro, pues la zona estaba infectada de guardias. El asma era tan fuerte que no me dejaba avanzarbien y tuvimos que dormir en un pequeño cayo de café, cercano a una casacampesina donde restablecimos fuerzas. Ese día que estoy narrando, 27 ó 28 defebrero, se había levantado la censura en el país y la radio daba continuamentenoticias de todo lo ocurrido durante los meses transcurridos. Se hablaba de losactos terroristas y de la entrevista de Matthews con Fidel: en aquel momento elMinistro de Defensa hizo su famosa afirmación de que la entrevista de Matthewsera una patraña y el reto a que se publicara la foto. Hermes era un guajiro hijo del viejo Emiliano yfue el compañero que en aquellos momentos nos ayudaba con comidas y nosindicaba, por lo menos, la ruta que debíamos seguir. Pero por la mañana del día28 no efectúo su habitual recorrido y Fidel ordenó inmediatamente evacuar ellugar y posesionarnos en otro punto donde dominábamos los caminos de la zona,pues no se sabía lo que pasaría. Como a las 4 de la tarde, Luis Crespo yUniverso Sánchez estaban mirando los caminos y este último, por el lugar delcamino que viene de Las Vegas vio una numerosa tropa de soldados que veníancaminando precisamente para ocupar el firme. Había que correr rápidamente parallegar al borde de la loma y cruzar al otro lado antes de que las tropas noscortaran el paso; no era una tarea difícil, dado que los habíamos visto contiempo. Ya empezaban los morteros y las ametralladoras a sonar en dirección adonde estábamos, lo que probaba que había conocimiento por parte del ejércitobatistiano de nuestra presencia allí. Todos pudieron fácilmente llegar a lacumbre y sobrepasarla; pero para mí fue una tarea tremenda. Pude llegar, perocon un ataque tal de asma que, prácticamente, dar un paso para mí era difícil.En aquellos momentos, recuerdo los trabajos que pasaba para ayudarme a caminarel guajiro Crespo; cuando yo no podía más y pedía que me dejaran, el guajiro, conel léxico especial de nuestras tropas, me decía: «Argentino de... vas a caminaro te llevo a culatazos.» Además de decir esto cargaba con todo su peso, con elde mi propio cuerpo y el de mi mochila para ir caminando en las difícilescondiciones de la loma, con un diluvio sobre nuestras espaldas. Llegamos así a un pequeño bohío, enterándonos deque estábamos en el lugar llamado Purgatorio. Allí Fidel pasó como elcomandante González, del ejército de Batista, que estaba buscando a losalzados. El dueño de la casa, fríamente cortés, nos la ofreció y nos atendió;pero había otro habitante, un amigo de un bohío cercano que era de unaguataquería extraordinaria. Mi estado físico me impidió gozar el sabrosísimodiálogo de Fidel, en su papel de comandante González, del ejército de Batista,y el guajiro que le daba consejos y hablaba de por qué ese muchacho, FidelCastro, estaba en la loma tirando tiros. Había que tomar alguna decisión, pues me eraimposible seguir. Cuando se fue el indiscreto vecino, Fidel le dijo al dueño dela casa quién era. El hombre lo abrazó inmediatamente, diciéndole que eraortodoxo, que seguía siempre a Chibás y que podía ordenar. En aquel momentohabía que enviar al campesino a Manzanillo y establecer contacto; por lo menos,comprar las medicinas; y había que dejarme cerca de la casa sin que supiera nisiquiera la mujer de él, que yo estaba allí. El último compañero incorporado a la tropa, unhombre de dudosa moralidad pero muy fuerte, me fue asignado como compañero.Fidel, en un gesto de desprendimiento, me dio un fusil Johnson de repetición,una de las joyas de nuestra guerrilla, para defendernos. Hicimos el amago desalir todos juntos en una dirección y a los pocos pasos este compañero (al quellamábamos El maestro) y yo nos internamos en el monte, en el lugar convenido,esperando los acontecimientos. Las noticias de aquel día fueron que Matthewshabía hablado por teléfono y había anunciado que se publicarían las famosasfotos. Díaz Tamayo había anunciado que no podía ser, que nadie podía cruzar elcerco de tropas. Armando Hart estaba preso, acusado de ser el segundo jefe delMovimiento. Era el 28 de Febrero. El campesino cumplió el encargo y me proveyó deadrenalina suficiente. De ahí en adelante pasaron diez de los días más amargosde la lucha en la Sierra. Caminando apoyándome de árbol en árbol y en la culatadel fusil, acompañado de un soldado amedrentado que temblaba cada vez que seiniciaba un tiroteo y sufría un ataque de nervios cada vez que mi asma meobligaba a toser en algún punto peligroso; fuimos haciendo lo que constituíapoco más de una jornada de camino para llegar en diez largos días a casa deEpifanio nuevamente. La fecha convenida para el encuentro era el 5 de marzo,pero fue imposible estar. El cerco de los soldados en la zona y laimposibilidad de los movimientos rápidos, hicieron que solamente el día 11 demarzo apareciéramos en la hospitalaria casa de Epifanio Díaz. Habían pasado algunos acontecimientos conocidos yapor los habitantes de la casa. El grupo de 18 hombres de Fidel se habíaseparado por un error al pensar que iban a ser atacados nuevamente por losguardias, en el lugar llamado Altos de Meriño; doce hombres habían seguido conFidel y seis con Ciro Frías. Después, Ciro Frías había caído en una emboscada,aunque salieron ilesos todos ellos y se encontraban bien en las inmediaciones.Solamente uno, Yayo, que volvía sin su fusil, había pasado por la casa deEpifanio Díaz rumbo a Manzanillo; por él nos enteramos de todo. Además, yaestaba lista la tropa que debía mandar Frank, aunque éste se encontraba presoen Santiago. Tuvimos una entrevista con el jefe de la tropa; se llamaba JorgeSotús y traía el grado de capitán. No pudo llegar el día 5, pues se habíainfiltrado la noticia y los caminos estaban completamente custodiados.Establecimos todas las medidas para que se produjera rápidamente la llegada delos hombres cuyo número era alrededor de cincuenta. El refuerzo El día 13 de marzo, mientras esperábamos a lanueva tropa revolucionaria, se dio la noticia por la radio de que se habíaintentado asesinar a Batista y se daban los nombres de algunos de los muertos.En primer lugar, José Antonio Echeverría, líder de los estudiantes, y despuésotros, como el de Menelao Mora. También personas ajenas al suceso caerían; al díasiguiente se sabía que Pelayo Cuervo Navarro, luchador de la ortodoxia quehabía mantenido una actitud erecta frente a Batista, era asesinado y su cuerpoarrojado en el aristocrático rincón del Country Club conocido por El Laguito.Es bueno apuntar, como extraña paradoja, que los asesinos de Pelayo CuervoNavarro y los hijos del muerto, vinieron juntos en la fracasada invasión dePlaya Girón para «liberar» a Cuba del «oprobio comunista». En medio de la cortina de la censura se escapabanalgunos detalles del fracasado ataque que el pueblo de Cuba recuerda bien.Personalmente, no había conocido al líder estudiantil pero sí a sus compañeros,en México, en ocasión del acuerdo para la acción común a que llegaron el 26 deJulio y el Directorio Estudiantil. Estos compañeros eran: el hoy embajador enla URSS, comandante Faure Chomón, Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook, todosellos participantes en el ataque. Como se recordará, sólo faltó un poco de impulsopara llegar al tercer piso donde estaba el dictador, pero lo que pudo ser ungolpe exitoso se convirtió en una masacre de todo el que no pudo salir a tiempode la ratonera en que se convirtió el Palacio Presidencial. Para el día 15 estaba anunciado el arribo delrefuerzo; esperamos largas horas en el lugar convenido, en el cañón de unarroyo donde el camino se hunde y era fácil trabajar oculto, pero no llegónadie. Después nos explicaron que hubo algunos inconvenientes. Posteriormente,el día 16, llegaron al amanecer, muy cansados, apenas pudo esta tropa caminar unospasos y descansar en un cayo del monte para esperar el día. El dueño de loscamiones era un arrocero de la zona que, atemorizado por las implicaciones delhecho, se asiló y fue a Costa Rica de donde vino convertido en héroe en elavión que trajera unas armas desde ese país; su nombre: Hubert Matos. Unos cincuenta hombres era el refuerzo, de loscuales solamente una treintena estaba armada; venían dos fusiles ametralladora,un Madzen y un Johnson. En los pocos meses vividos en la Sierra, nos habíamosconvertido en veteranos y veíamos en la nueva tropa todos los defectos quetenía la original del Granma: falta de disciplina, falta de acomodo a lasdificultades mayores, falta de decisión, incapacidad de adaptarse todavía aesta vida. El grupo de cincuenta estaba dirigido por Jorge Sotús, con el gradode capitán, y dividido en cinco escuadras de diez hombres cada una cuyo jefeera un teniente; estos grados estaban dados por la organización del llano ypendientes de ratificación. Las escuadras eran dirigidas por un compañero deapellido Domínguez, creo, muerto en Pino del Agua poco tiempo después; elcompañero René Ramos Latour, muerto heroicamente en combate, en laspostrimerías de la ofensiva final de la dictadura, organizador de las miliciasen el llano; Pedrín Soto, nuestro viejo compañero del Granma, que al fin selograba incorporar a nosotros, muerto también en combate y ascendidopóstumamente a comandante por Raúl Castro, en el Segundo Frente Oriental «FrankPaís»; además, el compañero Pena, estudiante santiaguero que alcanzó el gradode comandante y pusiera fin a su vida después de la Revolución y el tenienteHermo, único jefe de grupo que pudo sobrevivir a los casi dos años de laguerra. De todos los problemas que había, uno de losmayores era la falta de capacidad para caminar; el jefe, Jorge Sotús, era unode los que peor lo hacía y se quedaba constantemente atrás dando un mal ejemplopara la tropa; además, se me había ordenado que me hiciera cargo de esta tropa,pero al hablar de ello con Sotús me manifestó que él tenía órdenes deentregarla a Fidel y que no la podía entregar antes a nadie, que seguía siendoel jefe, &c., &c. En aquella época todavía yo sentía mi complejo deextranjero, y no quise extremar las medidas, aunque se veía un malestar muy grandeen la tropa. Después de caminatas muy cortas pero que se hacían larguísimas porel estado deficiente de preparación, llegamos a un lugar en La Derecha dondedebíamos esperar a Fidel Castro. Allí estaba el pequeño grupo de compañeros quese había separado de Fidel, anteriormente; Manuel Fajardo, Guillermo García,Juventino, Pesant, tres hermanos Sotomayor, Ciro Frías y yo. En esos días se notaba la diferencia enorme entrelos dos grupos: el nuestro, disciplinado, compacto, aguerrido; el de losbisoños, padeciendo todavía las enfermedades de los primeros tiempos; noestaban acostumbrados a hacer una sola comida al día y si no sabía bien laración no la comían. Traían los bisoños sus mochilas cargadas de cosas inútilesy al pesarles demasiado en las espaldas preferían, por ejemplo, entregar unalata de leche condensada a deshacerse de una toalla (crimen de lesa guerrilla),y allí aprovechábamos para cargar las latas y todos los alimentos que dejaranen el camino. Después de instalados en La Derecha hubo una situación muy tensaprovocada por las fricciones constantes entre Jorge Sotús, espíritu autoritarioy sin don de gentes, y la tropa en general; tuvimos que tomar precaucionesespeciales y René Ramos, cuyo nombre de guerra era Daniel, quedó encargado de laescuadra de ametralladora en la salida de nuestro refugio para que existierauna garantía de que no sucedería nada. Tiempo después, Jorge Sotús era enviado en misiónespecial a Miami. Allí traicionó la Revolución aliándose a Felipe Pazos, cuyadesmedida ambición de poder le hizo olvidar sus compromisos, y postularse comopresidente provisional en un «cocinado» donde el Departamento de Estado jugó unimportante papel. Con el tiempo, el capitán Sotús dio señales dequerer rehabilitarse y Raúl Castro le dio la oportunidad que esta Revolución nonegó a nadie. Sin embargo, empezó a conspirar contra el Gobierno Revolucionarioy fue condenado a veinte años de prisión, pudiendo escapar gracias a lacomplicidad de uno de sus carceleros que huyó con él a la guarida ideal de losgusanos: Estados Unidos. En aquel momento, sin embargo, tratamos deayudarlo lo más posible, de limar las asperezas con los nuevos compañeros y deexplicarle las necesidades de la disciplina. Guillermo García fue a buscar enla zona de Caracas a Fidel, mientras yo hacía un pequeño recorrido para recogera Ramiro Valdés, repuesto a medias de su lesión en la pierna. El día 24 demarzo, por la noche, llegó Fidel; fue impresionante su arribo con los docecompañeros que en ese momento se mantenían firmes a su lado. Era notable ladiferencia entre la gente barbuda, con sus mochilas hechas de cualquier cosa yatadas como pudieran y los nuevos soldados con sus uniformes todavía limpios,mochilas iguales y pulcras y las caras rasuradas. Expliqué a Fidel losproblemas que habíamos afrontado y se estableció un pequeño consejo paradecidir la actitud futura. Estaba integrado por el mismo Fidel, Raúl, Almeida,Jorge Sotús, Ciro Frías, Guillermo García, Camilo Cienfuegos, Manuel Fajardo yyo. Allí se criticó por parte de Fidel mi actitud al no imponer la autoridadque me había sido conferida y dejarla en manos del recién llegado Sotús, contraquien no se tenía ninguna animosidad, pero cuya actitud, a juicio de Fidel, nodebió haberse permitido en aquel momento. Se formaron también los nuevospelotones, integrándose toda la tropa para formar tres grupos a cargo de loscapitanes Raúl Castro, Juan Almeida y Jorge Sotús; Camilo Cienfuegos mandaríala vanguardia y Efigenio Ameijeiras, la retaguardia; mi cargo era de médico enel Estado Mayor, donde Universo Sánchez trabajaba como jefe de la escuadra delEstado Mayor. Nuestra tropa adquiría una nueva prestancia conesta cantidad de hombres incorporados y, además, teníamos ya dos fusilesametralladora, aunque de dudosa eficacia por lo viejos y maltratados; sinembargo, ya éramos una fuerza considerable. Se discutió qué podíamos hacerinmediatamente; mi opinión fue atacar el primer puesto de vigilancia paratemplar en la lucha a los compañeros nuevos. Pero Fidel y todos los demásmiembros del consejo estimaron mejor hacerlos marchar durante un tiempo paraque se habituaran a los rigores de la vida en la selva y las montañas y a lascaminatas entre cerros abruptos. Fue así como se decidió salir en direcciónEste y caminar lo más posible buscando la oportunidad de sorprender algún grupode guardias, después de tener una elemental escuela práctica de guerrillas. La tropa se preparó con gran entusiasmo y salió acumplir la tarea que le correspondía y cuyo bautizo de sangre sería El Uvero. Adquiriendo el temple Los meses de marzo y abril de 1957 fueron dereestructuración y aprendizaje para las tropas rebeldes. Después de recibido elrefuerzo al partir del lugar denominado La Derecha, nuestro ejército tenía unos80 hombres y estaba formado así: La vanguardia, dirigida por Camilo, tenía cuatrohombres. El pelotón siguiente lo llevaba Raúl Castro y tenía tres tenientes conuna escuadra cada uno; eran éstos, Julito Díaz, Ramiro Valdés y Nano Díaz.Estos dos compañeros, Díaz de apellido, que murieron heroicamente en El Uvero,no tenían ningún parentesco entre sí. Uno de ellos era natural de Santiago; larefinería Hermanos Díaz, en esa ciudad, se honra con ese nombre en recuerdo deNano y otro hermano que cayera en Santiago de Cuba. El otro, un compañero deArtemisa, veterano del Granma y del Moncada, que cumplió su último deber en elataque a Uvero. Con Jorge Sotús, capitán a la sazón, iban de tenientes CiroFrías, muerto luego en el frente Frank País; Guillermo García, Jefe del Ejércitode Occidente en la actualidad y René Ramos Latour, muerto con el grado decomandante en la Sierra Maestra. Después venía el Estado Mayor o Comandancia,que estaba integrada por Fidel, Comandante en Jefe; Ciro Redondo; ManuelFajardo, hoy comandante del Ejército; el guajiro Crespo, comandante; UniversoSánchez, hoy comandante y yo, como médico. El pelotón que habitualmente seguía, en la marchalineal de la columna, era el de Almeida, capitán en esa época cuyos tenienteseran Hermo, Guillermo Domínguez, muerto en Pino del Agua, y Peña. EfigenioAmeijeiras, con el grado de teniente, con tres hombres, cerraban la marcha yhacían la retaguardia. La gente empezaba a aprender a cocinar porescuadras, pues nuestro grupo combativo era de esa dimensión, de tal modo quese distribuían los alimentos, la medicina y el parque, en esa forma. Más amenos en todas las escuadras, y, en todo caso, en todos los pelotones, habíaveteranos que enseñaban a los nuevos el arte de cocinar, de sacarle el máximoprovecho a los alimentos; el arte de acondicionar mochilas y la forma decaminar en la Sierra. El camino entre la zona de La Derecha, del Lomón yUvero puede hacerse en algunas horas de automóvil, pero para nosotros significómeses de camino lento, con precauciones, llevando la misión fundamental depreparar a la gente para los combates y la vida posterior. Fue así como pasamosnuevamente por Altos de Espinosa, donde los viejos hicimos una guardia de honorante la tumba de Julio Zenón, caído algún tiempo antes. Allí encontré un pedazode mi frazada, todavía prendido en las zarzas como recuerdo de la «retiradaestratégica» a toda velocidad. Lo metí en mi mochila, haciéndome la firmeproposición de no perder nunca más un equipo en esa forma. Se me fió un nuevo compañero —Paulino se llamaba—como ayudante para cargar las medicinas, de tal manera que mi tarea estaba unpoco aliviada y podía dedicarme durante algunos minutos en el día, después delas caminatas, a atender la salud de nuestra tropa. Volvimos a pasar por laLoma de Caracas, donde tan desagradable encuentro habíamos tenido con laaviación enemiga gracias a la traición de Guerra y encontramos un fusil deaquellos que sobraban y que algún soldado nuestro dejara en la retirada paramarcharse mejor. Ya no le sobraban fusiles a la tropa; al contrario, lefaltaban. Estábamos en una nueva época. Se había producido un cambiocualitativo; había toda una zona donde el ejército enemigo trataba de noincursionar para no topar con nosotros, aunque es cierto que nosotros tampocodemostrábamos todavía mucho interés en chocar con ellos. La situación políticapor aquellos momentos estaba llena de matices de oportunismo. Los conocidosvozarrones de Pardo Llada, Conte Agüero y otras auras de la misma calaña,abundaban en exabruptos demagógicos, llamando a la concordia y a la paz y,tímidamente, criticando al gobierno. Había hablado el gobierno de paz; el nuevoprimer Ministro, Rivero Agüero, manifestaba que iría, si fuera necesario, a laSierra Maestra para lograr pacificar el país. Sin embargo, pocos días después,Batista manifestó que no era necesario hablar con Fidel o con los alzados; queFidel Castro no estaba en la Sierra, decía, y que allí no había nadie; por lotanto, no había por qué hablar «con un grupo de forajidos». Así se manifestaba por la parte batistiana lavoluntad de seguir la lucha, única cosa en que nos poníamos fácilmente deacuerdo, pues también era nuestra decisión la de continuarla a todo trance. Enesos días nombraban Jefe de Operaciones al coronel Barrera, muy conocido por sugula para con las raciones de los soldados, el que después viera extinguirse elfenómeno batistiano tranquilamente, desde Caracas, la capital de Venezuela,donde era agregado militar. Teníamos por aquel momento unas figuras simpáticasque sirvieron para la propaganda, casi comercial, de nuestro movimiento, en losEstados Unidos, y que nos trajeron, dos de ellos sobre todo, algunosinconvenientes. Eran los tres muchachos yanquis escapados a sus padres de laBase Naval de Guantánamo, que se habían incorporado a la lucha. Dos de ellosnunca oyeron un tiro en la Sierra y, agotados por el clima y las privaciones,bastante grandes, se retiraron llevados por el periodista Bob Taber. El otroparticipó en la batalla de Uvero y después se retiró también, enfermo, peroactuó en un combate. Los muchachos, ideológicamente, no estaban preparados parauna revolución y, simplemente, saciaron su afán de aventuras en nuestracompañía durante algunos meses. Los vimos ir con afecto, pero también conalegría. Sobre todo yo, personalmente, pues en mi calidad de médico caíanfrecuentemente sobre mis espaldas debido a que no aguantaban los rigores de lavida de aquella época. En aquellos mismos días, el gobierno paseó, en unavión del ejército, a varios miles de metros de altura, a los periodistas,demostrándoles que no había nadie en la Sierra Maestra. Fue una curiosaoperación que no convenció a nadie y una demostración de la forma que utilizabael gobierno batistiano para engañar a la opinión pública con la ayuda de todoslos Conte Agüero disfrazados de revolucionarios que hablaban cotidianamente,engañando al pueblo. Durante estos días de prueba, a mí me llegó por fin laoportunidad de una hamaca de lona. La hamaca es un bien preciado que no habíaconseguido antes por la rigurosa ley de la guerrilla que establecía dar las delona a los que ya se habían hecho su hamaca de saco, para combatir laharaganería. Todo el mundo podía hacerse una hamaca de saco, y, el tenerla, ledaba derecho a adquirir la próxima de lona que viniera. Sin embargo, no podíayo usar la hamaca de saco debido a mi afección alérgica; la pelusa me afectabamucho y me veía obligado a dormir en el suelo. Al no tener la de saco, no mecorrespondía la de lona. Estos pequeños actos cotidianos son la parte de la tragediaindividual de cada guerrilla y de su uso exclusivo; pero Fidel se dio cuenta yrompió el orden para adjudicarme una hamaca. Siempre me acuerdo que fue en lasorillas del río La Plata, subiendo ya las últimas estribaciones para llegar aPalma Mocha y un día después de comer nuestro primer caballo. El caballo fue más que un alimento de lujo,especie de prueba de fuego de la capacidad de adaptación de la gente. Losguajiros de nuestra guerrilla, indignados, se negaron a comer su ración decaballo, y algunos consideraban casi un asesino a Manuel Fajardo, cuyo oficioen la paz, matarife, era utilizado en acontecimientos como este cuandosacrificó el primer animal. Este primer caballo perteneció a un campesinollamado Popa, del otro lado del río La Plata. Popa debe ya saber leer, despuésde esta campaña de alfabetización, y podrá entonces, si llega a sus manos larevista Verde Olivo, recordar aquella noche en que tres guerrillerospatibularios golpearon las puertas de su bohío, lo confundieron además, injustamente,con un chivato y le quitaron aquel caballo viejo, con grandes mataduras en ellomo, que fuera nuestra pitanza horas después y cuya carne constituyera unmanjar exquisito para algunos y una prueba para los estómagos prejuiciados delos campesinos, que creían estar cometiendo un acto de canibalismo, mientrasmasticaban al viejo amigo del hombre. Una entrevista famosa A mediados de abril de 1957, volvíamos con nuestroejército en entrenamiento a las regiones de Palma Mocha, en la vecindad delTurquino. Por aquella época nuestros hombres más valiosos para la lucha en lamontaña eran los de extracción campesina. Guillermo García y Ciro Frías, con patrullas decampesinos, iban y venían de uno a otro lugar de la Sierra, trayendo noticias,haciendo exploraciones, consiguiendo alimentos; en fin, constituían lasverdaderas vanguardias móviles de nuestra columna. Por aquellos días, estábamosnuevamente en la zona del Arroyo del Infierno, testigo de uno de nuestroscombates y los campesinos que venían a saludarnos nos enteraban de toda latragedia ocurrida anteriormente; de quien había sido el hombre que habíallevado directamente los guardias a presencia nuestra, de los muertos quehabía; en fin, los campesinos duchos en el arte de traspasar la noticia oral,nos informaban ampliamente de toda la vida de la zona. Fidel, que en esos momentos estaba sin radio,pidió uno a un campesino de la zona que se lo cedió, y así podíamos escuchar,en un radio grande transportado en la mochila de un combatiente, las noticiasdirectas de La Habana. Se volvía a hablar más claramente por radio dado elrestablecimiento de las llamadas garantías. Guillermo García con un atuendo tremendo de cabodel ejército batistiano y dos compañeros disfrazados de soldados, fueron abuscar al chivato que guiara al ejército enemigo, «de orden del Coronel» y conél volvieron al día siguiente. El hombre había venido engañado, pero cuando vioel ejército andrajoso ya supo lo que le esperaba. Con gran cinismo nos contótodo lo relativo a sus relaciones con el ejército y cómo le había dicho al«cabrón de Casillas», según sus palabras, que él podía agarrarnos perfectamentey que llevaba al ejército donde estábamos, pues ya nos había espiado; sinembargo, no le hicieron caso. Un día de aquellos, en una de aquellas lomas,murió el chivato y en un firme de la Maestra quedó enterrado. En esos días,llegó un mensaje de Celia donde hacía el anuncio de que vendría con dosperiodistas norteamericanos para hacer una entrevista a Fidel, con el pretextode los gringuitos. Y además, enviaba algún dinero recogido entre lossimpatizantes del Movimiento. Se resolvió que Lalo Sardiñas trajera a losnorteamericanos por la zona de Estrada Palma, que conocía bien como antiguocomerciante de la zona. En esos momentos nosotros dedicábamos nuestro tiempo ala tarea de hacer contacto con campesinos que sirvieran de enlace y quepudieran mantener campamentos permanentes, donde se pudieran crear centros decontacto con la zona que ya se estaba agrandando; así íbamos localizando lascasas que servían de abastecimiento a nuestras tropas, y allí instalábamos losalmacenes de donde se trasladaban los abastecimientos según nuestrosrequerimientos. Estos lugares servían también de postas para las rápidasdiligencias humanas que se trasladaban por el filo de la Maestra de un lugar aotro de la Sierra. Los caminadores de la Sierra demuestran unacapacidad extraordinaria para cubrir distancias larguísimas en poco tiempo y deahí que, constantemente, nos viéramos engañados por sus afirmaciones, allí amedia hora de camino, «al cantío de un gallo», como se ha caricaturizado engeneral este tipo de información que casi siempre para los guajiros resultaexacta, aunque sus nociones sobre el reloj y lo que es una hora no tiene mayorparecido con la del hombre de la ciudad. Tres días después de la orden dada a LaloSardiñas, llegaron noticias de que venían subiendo seis personas por la zona deSanto Domingo; estas personas eran dos mujeres, dos gringos, los periodistas, ydos acompañantes que no se sabía quiénes eran; sin embargo, los datos quellegaban eran contradictorios, se decía que los guardias habían tenido noticiasde su presencia por un chivato y que habían rodeado la casa donde estaban. Lasnoticias van y vienen con una extraordinaria rapidez en la Sierra, pero sedeforman también. Camilo salió con un pelotón con orden de liberar de todasmaneras a los norteamericanos y a Celia Sánchez, que sabíamos venía en elgrupo. Llegaron, sin embargo, sanos y salvos; la falsa alarma se debió a unmovimiento de guardias provocado por una denuncia que en aquella época erafácil que se produjera por parte de los campesinos atrasados. El día 23 de abril, el periodista Bob Taber, y uncamarógrafo llegaban a nuestra presencia; junto a ellos venían las compañerasCelia Sánchez y Haydée Santamaría y los enviados del Movimiento en el llano,Marcos o Nicaragua, el comandante Iglesias, hoy gobernador de Las Villas y enaquella época encargado de acción en Santiago y Marcelo Fernández, que fuecoordinador del Movimiento y actualmente vicepresidente del Banco Nacional,como intérprete por sus conocimientos del inglés. Aquellos días se pasaron protocolarmente tratandode demostrar a los norteamericanos nuestra fuerza y tratando de eludircualquier pregunta demasiado indiscreta; no sabíamos quiénes eran losperiodistas; sin embargo, se realizaron las entrevistas con los tresnorteamericanos que respondieron muy bien a todas las preguntas según el nuevoespíritu que habían desarrollado en esa vida primitiva a nuestro lado, aún cuandono pudieran aclimatarse a ella y no tenían nada de común con nosotros. En aquellos días se incorporó también uno de losmás simpáticos y queridos personajes de nuestra guerra revolucionaria, ElVaquerito. El Vaquerito, junto con otro compañero, nos encontró un día ymanifestó estar más de un mes buscándonos, dijo ser camagüeyano, de Morón, ynosotros, como siempre se hacía en estos casos, procedimos a su interrogatorioy a darle un rudimento de orientación política, tarea que frecuentemente metocaba. El Vaquerito no tenía ninguna idea política ni parecía ser otra cosaque un muchacho alegre y sano, que veía todo esto como una maravillosaaventura. Venía descalzo y Celia Sánchez le prestó unos zapatos que lesobraban, de manufactura o de tipo mexicano, grabados. Estos eran los únicoszapatos que le servían a El Vaquerito dada su pequeña estatura. Con los nuevoszapatos y un gran sombrero de guajiro, parecía un vaquero mexicano y de allínació el nombre de El Vaquerito. Como es bien sabido El Vaquerito no pudo ver elfinal de la lucha revolucionaria, pues siendo jefe del pelotón suicida de lacolumna 8, murió un día antes de la toma de Santa Clara. De su vida entrenosotros recordamos todos su extraordinaria alegría, su jovialidadininterrumpida y la forma extraña y novelesca que tenía de afrontar el peligro.El Vaquerito era extraordinariamente mentiroso, quizás nunca había sostenidouna conversación donde no adornara tanto la verdad que era prácticamenteirreconocible, pero en sus actividades, ya fuera como mensajero en los primerostiempos, como soldado después, o jefe del pelotón suicida, El Vaqueritodemostraba que la realidad y la fantasía para él no tenían fronterasdeterminadas y los mismos hechos que su mente ágil inventaba, los realizaba enel campo de combate; su arrojo extremo se había convertido en tema de leyendacuando llegó el final de toda aquella epopeya que él no pudo ver. Una vez se me ocurrió interrogar a El Vaqueritodespués de una de las sesiones nocturnas de lectura que teníamos en la columna,tiempo después de incorporado a ella; El Vaquerito empezó a contar su vida ycomo quien no quiere la cosa nosotros a hacer cuentas con un lápiz. Cuandoacabó, después de muchas anécdotas chispeantes le preguntamos cuántos añostenía. El Vaquerito en aquella época tenía poco más de 20 años, pero delcálculo de todas sus hazañas y trabajos se desprendía que había comenzado atrabajar cinco años antes de nacer. El compañero Nicaragua traía noticias de más armasexistentes en Santiago, remanentes del asalto a Palacio. 10 ametralladoras, 11fusiles Johnson y 6 mosquetones, según declaraba. Había algunas más pero sepensaba establecer otro frente en la zona del Central Miranda. Fidel se oponíaa esta idea y sólo les permitió algunas armas para este segundo frente, dandoórdenes que todas las posibles subieran a reforzar el nuestro. Seguimos lamarcha, para alejarnos de la incómoda compañía de unos guardias que merodeabancerca, pero antes decidimos subir al Turquino, era una operación casi místicaésta de subir nuestro pico máximo y por otra parte estábamos ya por toda lacresta de la Maestra muy cerca de su cumbre. El Pico Turquino fue subido por toda la columna yallí arriba finalizó la entrevista que Bob Taber hiciera al Movimiento,preparando una película que fue televisada en los Estados Unidos cuando noéramos tan temidos. (Un hecho ilustrativo: un guajiro que se nos unió,manifestó que Casillas le había ofrecido $300 y una vaca parida si mataba aFidel.) No eran los norteamericanos solos los equivocados sobre el precio denuestro máximo dirigente. Según un altímetro de campaña que llevábamos connosotros, el Turquino tenía 1.850 metros sobre el nivel del mar; lo apunto comodato curioso, pues nunca comprobamos este aparato; pero, sin embargo, al nivel delmar trabajaba bien y esta cifra de la altura del Turquino difiere bastante delas dadas por los textos oficiales. Como una compañía del ejército continuaba trasnuestras huellas, Guillermo fue enviado con un grupo de compañeros atirotearla; dado mi estado asmático que me obligaba a caminar a la cola de lacolumna y no permitía esfuerzos extra se me quitó la ametralladora que portaba,la Thompson, ya que yo no podía ir al tiroteo. Como tres días tardaron endevolvérmela y fueron de los más amargos que pasé en la Sierra, encontrándomedesarmado cuando todos los días podíamos tener encuentros con los guardias. Por aquellos días, mayo de 1957, dos de losnorteamericanos abandonaron la columna con el periodista Bob Taber, que habíaacabado su reportaje, y llegaron sanos y salvos a Guantánamo. Nosotros seguimosnuestro lento camino por la cresta de la Maestra o sus laderas; haciendocontactos, explorando nuevas regiones y difundiendo la llama revolucionaria yla leyenda de nuestra tropa de barbudos por otras regiones de la Sierra. Elnuevo espíritu se comunicaba a la Maestra. Los campesinos venían sin tantotemor a saludarnos y nosotros no temíamos la presencia campesina, puesto quenuestra fuerza relativa había aumentado considerablemente y nos sentíamos más seguroscontra cualquier sorpresa del ejército batistiano y más amigos de nuestrosguajiros. Jornadas de marcha Los primeros 15 días del mes de mayo fueron demarcha continua hacia nuestro objetivo. Al iniciarse el mes, estábamos en unaloma perteneciente a la cresta de la Maestra, cercana al pico Turquino; fuimoscruzando zonas que después resultaron teatro de muchos sucesos de laRevolución. Pasamos por Santa Ana, por El Hombrito; después Pico Verde,encontramos la casa de Escudero en la Maestra, y seguimos hasta la loma delBurro. El viaje en esta dirección que sigue el rumbo Este, se producía parabuscar unas armas que se dijo iban a llegar de Santiago y a depositarse en lazona de la loma del Burro relativamente cerca del Oro de Guisa. Durante esterecorrido, que duró un par de semanas, una noche, al ir a cumplir un cometidointrascendente, equivoqué los caminos y estuve perdido tres días hasta volver aencontrar a la gente en un paraje denominado El Hombrito. En aquel momento pudedarme cuenta de que llevábamos en las espaldas todo lo necesario para bastarnosa nosotros mismos. La sal y el aceite, tan importantes; algunas comidasenlatadas, entre las que había leche; todo lo necesario para dormir, hacerfuego y la comida y un aditamento en que confiaba mucho hasta ese momento, labrújula. Al encontrarme perdido, la mañana siguiente de lanoche en que ocurriera, tomé la brújula y guiándome por ella seguí un día ymedio hasta darme cuenta de que cada vez estaba más perdido, me acerqué a unacasa campesina y allí me encaminaron hasta el campamento rebelde. Despuésnosotros nos percataríamos de que en lugares tan escabrosos como la SierraMaestra, la brújula solamente puede servir de orientación general, nunca paramarcar rumbos definidos; el rumbo hay que trazarlo con guías o conociendo porsí mismo el terreno, como lo conocimos después al tocarme a mí precisamenteoperar en la zona de El Hombrito. Fue muy emocionante el reencuentro con la columnaen aquella zona por el caluroso recibimiento que se me hizo. Cuando llegué seacababa de realizar un juicio popular en que tres chivatos fueron juzgados yuno de ellos, Nápoles de apellido, condenado a muerte. Camilo fue el presidentedel tribunal. En aquella época tenía que cumplir mis deberes demédico y en cada pequeño poblado o lugar donde llegábamos realizaba miconsulta. Era monótona pues no tenía muchos medicamentos que ofrecer y nopresentaban una gran diferencia los casos clínicos de la Sierra; mujeresprematuramente avejentadas, sin dientes, niños de vientres enormes,parasitismo, raquitismo, avitaminosis en general, eran los signos de la SierraMaestra. Todavía hoy se mantienen, pero en mucho menores proporciones. Loshijos de estas madres de la Sierra han ido a estudiar a la ciudad escolar«Camilo Cienfuegos»; ya están crecidos, saludables, son otros muchachosdiferentes a los primeros escuálidos pobladores de nuestra pionera CiudadEscolar. Recuerdo que una niña estaba presenciando lasconsultas que daba a las mujeres de la zona, las que iban con mentalidad casireligiosa a conocer el motivo de sus padecimientos; la niñita, cuando llegó sumamá, después de varios turnos anteriores a los que había asistido con todaatención en la única pieza del bohío que me servía de consultorio, lechismoseó: «Mamá, este doctor a todas les dice lo mismo.» Y era una gran verdad; mis conocimientos no dabanpara mucho más, pero, además, todas tenían el mismo cuadro clínico y contabanla misma historia desgarradora sin saberlo. ¿Qué hubiera pasado si el médico enese momento hubiera interpretado que el cansancio extraño que sufría la jovenmadre de varios hijos, cuando subía una lata de agua del arroyo hasta la casa,se debía simplemente a que era mucho trabajo para tan poca y tan baja calidadde comida? Ese agotamiento es algo inexplicable porque toda su vida la mujer hallevado las mismas latas de agua hasta el mismo destino y sólo ahora se sientecansada. Es que las gentes de la Sierra brotan silvestres y sin cuidado y sedesgastan rápidamente, en un trajín sin recompensa. Allí, en aquellos trabajosempezaba a hacerse carne en nosotros la conciencia de la necesidad de un cambiodefinitivo en la vida del pueblo. La idea de la reforma agraria se hizo nítiday la comunión con el pueblo dejó de ser teoría para convertirse en parte definitivade nuestro ser. La guerrilla y el campesinado se iban fundiendo enuna sola masa, sin que nadie pueda decir en qué momento del largo camino seprodujo, en qué momento se hizo íntimamente verídico lo proclamado y fuimosparte del campesinado. Sólo sé, en lo que a mí respecta, que aquellas consultasa los guajiros de la Sierra convirtieron la decisión espontánea y algo líricaen una fuerza de distinto valor y más serena. Nunca han sospechado aquellossufridos y leales pobladores de la Sierra Maestra el papel que desempeñaroncomo forjadores de nuestra ideología revolucionaria. En aquel mismo lugar Guillermo García fueascendido a capitán y se hizo cargo de todos los campesinos que ingresarannuevos a las columnas. Tal vez el compañero Guillermo no recuerde esa fecha;está anotada en mi diario de combatiente: 6 de mayo de 1957. Al día siguiente Haydée Santamaría se iba conprecisas indicaciones de Fidel a hacer los contactos necesarios, pero, un díamás tarde, llegó la noticia de la detención de Nicaragua, el comandanteIglesias, que era el encargado de traernos las armas. Esto provocó un grandesconcierto entre nosotros, pues no nos podíamos imaginar cómo se haría ahorapara traerlas; sin embargo, resolvimos seguir caminando con el mismo destino. Llegamos a un lugar cercano a Pino del Agua, unapequeña hondonada con una «tumba» abandonada en el mismo filo de la SierraMaestra; había allí dos bohíos deshabitados. Cerca de un camino real, unapatrulla nuestra tomó prisionero a un cabo del ejército. Este cabo era unindividuo conocido por sus crímenes desde la época de Machado, por lo quealgunos de la tropa propusimos ejecutarlo, pero Fidel se negó a hacerle nada;simplemente lo dejamos prisionero custodiado por los nuevos reclutas, sin armaslargas todavía y con la prevención de que cualquier intento de fuga le costaríala vida. La mayoría de nosotros siguió el camino con el finde ver si las armas habían llegado al lugar convenido y, si estaban,transportarlas. Fue una larga caminata, aunque sin peso, ya que nuestrasmochilas completas quedaron en el campamento donde estaba el prisionero. Lamarcha, sin embargo, no nos dio ningún resultado; no habían llegado los equiposy lo atribuimos, naturalmente, a la detención de Nicaragua. Pudimos comprarbastante alimento en una tienda existente y volver, con distinta pero tambiénbien recibida carga hacia el lugar de partida. Volvíamos por el mismo camino, a paso lento,cansón, bordeando las crestas de la Sierra Maestra y cruzando con cuidado loslugares pelados. Oímos de pronto disparos en dirección de nuestra marcha, loque nos preocupó porque uno de nuestros compañeros se había adelantado parallegar cuanto antes al campamento; era Guillermo Domínguez, teniente de nuestratropa y uno de los que habían llegado con el refuerzo de Santiago. Nospreparamos para cualquier contingencia mientras mandábamos una exploración.Después de un tiempo prudencial aparecieron los exploradores y venía con ellosun compañero llamado Fiallo, que pertenecía al grupo de Crescencio, incorporadonuevamente a la guerrilla en el intervalo de nuestra ausencia. Venía delcampamento base nuestro y nos explicó que había un muerto en el camino y quehabían tenido un encuentro con los guardias, los que se habían retirado endirección a Pino del Agua, donde había un destacamento mayor y que quedababastante cerca. Avanzamos con muchas precauciones encontrándonos un cadáver alque me tocó reconocer. Era Guillermo Domínguez, precisamente; estabadesnudo de la cintura para arriba y presentaba un orificio de bala en el codoizquierdo, un bayonetazo en la zona supramamilar izquierda y la cabezaliteralmente destrozada por el disparo, al parecer, de su propia escopeta.Algunas municiones eran el testimonio en las carnes laceradas de nuestroinfortunado compañero. Pudimos reconstruir los hechos analizandodiferentes datos: los guardias, parece que en un recorrido buscando a sucompañero prisionero, el cabo, oyeron llegar a Domínguez, que venía a ladelantera, confiado, pues había pasado por allí mismo el día anterior, y lohicieron prisionero, pero algunos de los hombres de Crescencio venían a hacercontacto con nosotros por la otra dirección del camino (todo esto se produce enlas mismas alturas de la Maestra). Al sorprender por la espalda a los guardias,la gente de Crescencio hizo fuego y éstos se retiraron asesinando antes de huira nuestro compañero Domínguez. Pino del Agua es un aserrío en plena Sierra y elcamino seguido por los guardias es una vieja trocha de acarrear madera quenosotros debíamos atravesar luego de caminar 100 metros por ella, para seguirnuestro estrecho sendero del firme de la divisoria de las aguas. Nuestrocompañero no tomó las precauciones elementales en estos casos y tuvo la malasuerte de coincidir con los guardias. Su amargo destino nos sirvió deexperiencia para el futuro. Agencia Walsh QUE LO DISFRUTEN COMO YO comenten y den puntos,, gracias por tomarse el tiempo de leer,, informarse es poder,,