La tercera que debió escarmentar fue nuestra pretendida profesora de contabilidad de segundo año: Eleonora Guzmán. Era una mujer demasiado desagradable. Gritaba por cualquier nimiedad y le gustaba humillar en público a quienes se aburrían de sus explicaciones en tono monocorde. Era tan mala que la mayor parte de la clase no entendía la diferencia entre un activo y un pasivo. Huelga decir que se abstuvo de darnos educación financiera; le rehuyó como si fuera la peste. Gracias a ella, todos los años multitud de alumnos se “llevaban” Contabilidad a marzo. Yo también desaprobé. ¡Yo, que hice demasiados puntitos en mi test de coeficiente intelectual! Doña Guzmán era un desastre de profesora. Para colmo, se pintarrajeaba peor que un papagayo. Sospecho que maldecía su profesión. A veces, terminaba la clase faltando tres cuartos de hora, dejándonos con un gusto a tiempo perdido en la boca imposible de olvidar. Con ella no aprendimos nada, sólo un rechazo patológico por las leyes del debe y el haber. Eso, a la mayoría de los futuros esclavos de mi ciudad, le costó bastante caro. Pero no tan caro como a Doña Eleonora Guzmán. Pobre, la encontraron en el sillón de su casa mirando el techo con los ojos desorbitados y la boca llena de sustancia blanquecina. Los responsables de la autopsia revelaron a los medios de comunicación el valioso hallazgo: novecientos gramos de una mezcla de cobre, aluminio y níquel, en el estomago y el tracto digestivo. No podían creer la cantidad ingerida de moneditas de cinco centavos. En Pesos Argentinos eran doscientos veintidós con setenta y siete. Yo llevé la cuenta. Reconozco que fue un tedioso trabajo convencer a Doña Eleonora una y otra y otra y otra vez, pero cuando estaba a punto de batir un dorado record, la exánime humilladora tuvo la precaución de colapsar y vomitó ese espumarajo repugnante que brotaba a borbotones.
Así las cosas, luego de la tercera reconvención educativa, cundió el pánico. Querían clausurar la escuela per secula. Todos fuimos interrogados. Evidentemente, todos éramos sospechosos, o sea: ninguno en particular. Se rumoreaba la desmayada pesquisa de algún profesor suplente con desordenes mentales, y hasta de empleados nuevos y antiguos del colegio. Mal que nos pese, nuestro sistema policial está a la altura de las otras instituciones… Infelizmente, el ruinoso templo del saber fue vetado por cuarenta días, y emprendieron toda clase de peritajes. Compulsaron datos, trazaron mapas criminológicos, tomaron huellas, en fin, investigaron muchísimo y dejaron cuenta de ello con una fastuosa campaña mediática. Yo estaba bastante tranquilo, sólo temía por la flaqueza de mis dos pares. No me decepcionaron: estoicos y discretos, acataron las necesarias recomendaciones. El Cambio, La Revolución, tenía su precio y nosotros lo sabíamos. Por cierto, cabe recordar que fueron cuarenta días de inesperadas vacaciones, repletos de optimismo. Además, gracias a mis paseos por el parque, conocí a un bioquímico jubilado y, con el tiempo, entablamos amistad. Entre partida y partida de ajedrez, logré que me enseñara buenas cosas. Merced a Don Camilo, conocí el doloroso desarraigo del pueblo gallego, y aprendí también a fabricar y manipular explosivos de alta gama.