La desconfianza es amiga de uno mismo para no caer en la mentira de los otros. Enredado y sin fuerzas el ser se puede convertir en un crédulo punto de manipulación. Si entran en juego los sentimientos lo que obtiene es llegar a ser una ilusión de lo que no se es pero se pretende ¿Quién pierde más el engañado o el que se recrea una quimera de sí mismo?
Mientras se juega, el emulador se expande, hace proezas que en la realidad solo imagina, inventa, construye, distorsiona.
El crédulo se enamora, idealiza, eleva sin importar incoherencias.
Luego adviene la inevitable caída del dios que ha jugado a ser grande cuando solo es un proyecto de sueños.
El juez emite dictamen; culpable.
El engañado llora y sin consuelo reclama la verdad que sabía y se engañaba en creer mentiras.
Uno es cobarde; el otro ilusionista. Se pierde quien es quien en la proyección de culpas.
El que ha sido estafado se convierte en la desconfianza y mide, calcula, proyecta, cavila, en otros para que no vuelva a ocurrirle. Sus bolsillos se secan. El corazón se agrieta. La sangre es espesa y el dolor memoria.
El mentiroso sigue en procesión de su “novela”, a los incautos atrapará para ser nuevamente nadie.
He aquí la trágica locura del embaucado: no cree en nada ni nadie, pierde la espontaneidad, la belleza de la ingenuidad. Es descubridor de los mundos secretos pero el suyo no lo capta. Lleva equipaje pesado, experiencia que no pretende repetir, muletas para no cojear. Es hábil en el descubrimiento del que lo encuentra sin que se halle el mismo, está demasiado ocupado en desovillar el nudo que ata a su partener.
La desconfianza es enemiga del amor y el deseo.
Auténtico es quien no pide y sabe que recibe y da sin quererlo.