

Conduzco a la máxima velocidad permitida en Kazajistán -140 km/h-, a pesar de estar en Chile. Quizás alcance a llegar a tiempo al evento. Algunos compatriotas dirán: "Conducir a 140 km/h está re mal". Pero no creo que sea pecado universalizar las leyes de tránsito kazajistanas.
Llego a las afueras del edificio donde se llevará a cabo el espectáculo, y veo que sólo queda un espacio vacío para estacionar. Pero el espacio está reservado; dice: "Exclusivo para Madame Gabrielle". Rápidamente saco mi agenda de notas y escribo "La reencarnación es válida". Luego cierro los ojos y visualizo la sociedad francesa de algunos siglos atrás y me imagino a mí mismo (pero en versión femenina), sirviendo copas en un elegantísimo bistrot de París. Miro mi blusa; sobre ella está la placa con mi nombre: Gabrielle. Ahora que me convenzo de haber sido Madame Gabrielle en una vida pasada, me estaciono sin temer a cargos de conciencia posteriores.
Entro a la sala. Todos mis "colegas" me miran enojados por mi retraso. Busco a las personas cuyas expresiones de disgusto estén más marcadas, y les sonrío.
Voy directo a la mesa. Me siento entre dos escritoras muy buenas mozas. Agarro un bocadillo y me relajo. Pronto comenzará una hermosa exposición, donde un montón de malos escritores daremos a conocer nuestro punto de vista sobre la literatura contemporánea. El público es de aproximadamente cien personas. Se me ocurre contabilizar a los espectadores, mientras engullo más bocadillos. Hay ciento nueve interesados exactamente.
La Mesa Redonda se efectuará en una mesa rectangular. Me dispongo a reparar en ese detalle, pero me atoro con un bocadillo y sólo pude toser y dejar caer un par de lágrimas de atoro. En este pequeño lapso, recuerdo algunas lágrimas pasadas: Cuando me rompí una pierna, cuando me robaron mi cuaderno de anotaciones, cuando murió mi abuelito Misael... Las lágrimas pueden nacer de un millar de motivos personales. Pienso que está bien que la razón de los llantos no sea universal, como sí me gustaría que lo fuera el límite de velocidad kazajistano.
Por fin se me van los tosidos; pero temo hablar, pues mi garganta está sensible a cualquier esfuerzo.
Me callo y escucho a los demás. Ahora está exponiendo su punto de vista un viejecito, al cual no presto mayor atención. -A ver, para resumirles la cosa: Hablaron varios viejecitos, y a ninguno le presté atención-. Llega el turno de la señorita que está a mi lado. A ella le intento poner atención, pero no puedo. Igual asiento a todo lo que dice. Llega mi turno, y digo que "la literatura contemporánea no existe". El coordinador me pide que argumente, y yo le digo que "no, gracias" (No tengo idea cómo está la situación literaria actual. Yo sólo quise tirar una frase al estilo "Dios ha muerto", para causar un poquito de polémica, ya que la sesión estaba aburridísima).
Todos los integrantes de la sesión terminamos de exponer, por lo que ahora le toca al público hacer preguntas. Un tipo mala leche me pregunta que "qué quise decir con que la literatura contemporánea no existe". Lo miro fijo a los ojos, para intimidarlo. Él corre la mirada, por lo que yo vuelvo a mi ejercicio de degustación de bocadillos (esta vez con más cuidado, para no atorarme) y zafo de tener que responder.
Termina el infierno. Salgo del edificio, y descubro que mi auto fue remolcado; que en su lugar está el auto de la verdadera Madame Gabrielle. Pero para qué quemarse la cabeza... Me voy caminando por el centro de la ciudad. Llego a casa. Enciendo la tele. Destapo una cerveza. Lloro, quizás por el auto perdido, quizás por otra cosa.
Alexis González
