Artaud sube al estrado y empieza a hablar: "El teatro y la Peste". Me pidió que me sentara en primera fila. Me parece que no pide más que intensidad, una manera más alta de sentir y de vivir. ¿Trata de recordarnos que fue durante la Peste cuando llegaron a producirse tantas obras maravillosas de arte y de teatro, porque el hombre, fustigado por el miedo a la muerte, persigue la inmortalidad, la evasión, superarse a sí mismo? Pero luego, casi imperceptiblemente, abandonó el hilo que seguíamos y empezó a actuar como alguien que se estuviera muriendo de peste. Nadie se enteró cuándo empezó exactamente aquello. Para ilustrar su conferencia Artaud representaba una agonía. "La Peste", en francés, es una expresión mucho más terrible que The Plague en inglés. Pero no hay palabras capaces de describir lo que representaba Artaud en el estrado de la Sorbona. Se olvidó de su conferencia, del teatro, de sus ideas, del doctor Allendy sentado junto a él, del público, de los estudiantes, de su esposa, los profesores y los directores.
Su rostro estaba contorsionado de angustia; sus cabellos empapados de sudor. Los ojos se le dilataban, se le tensaban los músculos, y sus dedos pugnaban por conservar su flexibilidad. Nos hacía sentir que tenía la garganta reseca y ardiente, el sufrimiento, la fiebre, la quemazón de sus entrañas. Estaba torturado. Gritaba. Deliraba. Representaba su propia muerte, su propia crucifixión.
Al principio la gente contuvo la respiración. Después se puso a reír. ¡Todo el mundo reía! Silbaban. Luego, de uno en uno, empezaron a irse ruidosamente protestando, hablando. Al salir, daban un portazo [...] Más protestas. Más abucheos. Pero Artaud continuó, hasta el último aliento. Y quedó tendido en el suelo. Después, cuando la sala estuvo vacía y sólo quedaba allí un pequeño grupo de amigos, se levantó, vino directamente hacia mí, y me besó la mano. Me pidió que le acompañara a un café [...] Artaud y yo paseamos bajo la fina llovizna. Anduvimos y anduvimos por calles oscuras. Él se sentía herido, duramente afectado y desconcertado por los abucheos... Y escupió su ira:
"Siempre quieren oír hablar de; quieren escuchar una conferencia objetiva sobre ‘El Teatro y la Peste’, y yo lo que quiero es darles la experiencia misma de ello, la peste misma, para que se aterroricen y despierten. Quiero despertarlos. No se dan cuenta de que están muertos. Su muerte es completa, como una sordera, una ceguera. Lo que yo les mostré es la agonía. La mía, sí, y la de todos los que viven."
La lluvia caía sobre su cara, él se apartaba el cabello de la frente. Parecía tenso y obsesionado, pero hablaba ya sosegadamente.
"Nunca he encontrado a nadie que sintiera lo que mismo que yo. Hace quince años que me drogo con opio. Me lo dieron por primera vez cuando era muy joven, para calmar los terribles dolores de cabeza que sufría. A veces creo que, en vez de escribir, lo que hago es describir la pugna por escribir, la pugna por nacer."
Para él, morir víctima de la peste no es peor que ser víctima de la mediocridad, el espíritu comercial y la corrupción que nos rodea. Quiere que la gente tenga conciencia de que se está muriendo. Forzarla a entrar en un estado poético.
"Su hostilidad demostró únicamente que usted les había inquietado", le dije.
Cuando miré su boca, con las comisuras ennegrecidas por el láudano, una boca que no quería besar, por una curiosa estratagema de superimposición… supe que de nuevo me sentía empujada a la muerte, al final, a las culminaciones, a las locuras.
“La gente cree que estoy loco”. Y supe en aquel momento, mirando sus ojos, que lo estaba y que yo amaba su locura…”No había esperado encontrar en ti mi locura”, me dijo. Hablaba como un poeta y me reí de mí cuando pensé en mi enorme ansia de poesía. ¿Estaba yo sentada allí, con Artaud, porque destilaba poesía, porque creía en la magia, porque se identificaba con Heliogábalo, el loco emperador romano, porque su teatro, su escritura y su ser estaban entretejidos, porque en el taxi hablaba como Hamlet y se apartaba el cabello del rostro sudoroso y deteriorado? Se ha apoderado de mi imaginación. Manda en ella. Camina, habla, lee, evoca momias, decadencia romana, drogas, locura, muerte. De nuevo, trataba de iniciar una experiencia, pasar por ella sin entregarme, y cada vez era más difícil… Y ahora me adentro cautelosamente en las regiones fantásticas de Artaud, y él, también, pone sobre mí sus pesadas manos, sobre mi cuerpo, y como la mandrágora al contacto con las manos humanas, grito.
No pienso en Artaud como cuerpo. De su cuerpo sólo conozco sus ojos. Me gustan su delgadez, sus gestos. Se parecen a sus pensamientos. No quiero estar cerca de su cuerpo. Estoy enamorada de su mente, de la más sutil de las inteligencias, de todas las manifestaciones sobrenaturales. Hablamos apasionadamente de nuestra costumbre de condensar y tamizar con rigor las cosas, de buscar lo esencial, de nuestra afición a quitaesenciar todo en la vida y en la literatura, incansablemente. Discutimos sobre el psicoanálisis, al principio agresivamente. Me gustaría solo escribirle, no estar con él.
Siento una inmensa piedad por Artaud, porque siempre sufre…Sé que los nervios y la sensibilidad de Artaud se alivian aquí. Es la oscuridad, la amargura de Artaud lo que quiero curar. Físicamente no quiero tocarlo. Amo la llama y el genio que lleva dentro. No tiene nada de extraño que me conmuevan los sentimientos de Artaud, su falta de autoestima. Sabía que Artaud era un hombre enloquecido, enfermo, atormentado, y me interesaba, pero no humanamente.
Carta a Antonin Artaud
Nanaqui, ojalá pudiera volver a vivir mil veces ese momento en los muelles y cada hora de esa noche. Quiero sentir otra vez tu violencia y tu dulzura, tus amenazas, tu despótico poder espiritual… el miedo que me provocas y las alegrías punzantes. Miedo porque esperas tanto de mí… eternidad, lo eterno, Dios… esas palabras… todas tus preguntas. Quisiera responderlas con ternura. Si te parecí esquiva, fue solo porque tenía mucho que decir. Siento que la vida es un ciclo, una larga serie de sucesos, un círculo y no puedo separar un fragmento porque me parece que los fragmentos no significan nada. Pero todo parece resolverse, fundirse en un abrazo, en la confianza en los instintos, en la tibieza y fusión de los cuerpos. Creo totalmente en lo que sentimos cuando estamos juntos. Creo en ese momento en que perdemos toda noción de realidad, en la separación y enajenación de nuestros seres. Cuando cayeron los libros, sentí alivio. Después, todo se volvió tan sencillo… hermoso y dulce. El tú que casi causa dolor, porque el lazo es tan apretado… el tú y todo lo que me dijiste… Recuerdo la ternura y recuerdo que estabas feliz. El resto es solo la tortura de nuestras mentes, fantasmas que creamos… porque para nosotros, el amor tiene repercusiones inmensas. Debe crear; tiene significado profundo, contiene y dirige todo. Para nosotros tiene la importancia de estar mezclado con nuestros impulsos. ¡Es demasiado importante…! Lo confundimos con la magia, con la religión…
Cuando nos sentamos en el café, ¿Por qué pensaste que me distanciaba de ti? ¿Sólo porque estaba alegre, jubilosa…? ¿Jamás aceptarás esas corrientes subterráneas mías…? Nanaqui, debes creer en el eje de mi vida: la expansión de mi yo es inmensa; engañosa sólo en la forma. Ojalá pudieras leer mi diario de infancia para saber lo fiel que he sido a ciertos valores. Por ejemplo, cuando reconocí en tí a un ser majestuoso en un reino que me ha perseguido toda la vida.
Nanaqui, esta noche no quiero agitar ciertas ideas… sólo quiero tu presencia. ¿No te pasa lo mismo, esto de elegir un momento amado (nuestro abrazo en los muelles) y aferrarte a él? Cierro los ojos y lo evoco intensamente, como en trance, y ya no percibo la vida presente, nada, nada sino ese momento. Y después la noche, la sucesión de tus gestos, la fiebre, el desasosiego, la necesidad de volver a verte, una gran impaciencia…
ANAÏS, 18 de junio de 1933
Su rostro estaba contorsionado de angustia; sus cabellos empapados de sudor. Los ojos se le dilataban, se le tensaban los músculos, y sus dedos pugnaban por conservar su flexibilidad. Nos hacía sentir que tenía la garganta reseca y ardiente, el sufrimiento, la fiebre, la quemazón de sus entrañas. Estaba torturado. Gritaba. Deliraba. Representaba su propia muerte, su propia crucifixión.
Al principio la gente contuvo la respiración. Después se puso a reír. ¡Todo el mundo reía! Silbaban. Luego, de uno en uno, empezaron a irse ruidosamente protestando, hablando. Al salir, daban un portazo [...] Más protestas. Más abucheos. Pero Artaud continuó, hasta el último aliento. Y quedó tendido en el suelo. Después, cuando la sala estuvo vacía y sólo quedaba allí un pequeño grupo de amigos, se levantó, vino directamente hacia mí, y me besó la mano. Me pidió que le acompañara a un café [...] Artaud y yo paseamos bajo la fina llovizna. Anduvimos y anduvimos por calles oscuras. Él se sentía herido, duramente afectado y desconcertado por los abucheos... Y escupió su ira:
"Siempre quieren oír hablar de; quieren escuchar una conferencia objetiva sobre ‘El Teatro y la Peste’, y yo lo que quiero es darles la experiencia misma de ello, la peste misma, para que se aterroricen y despierten. Quiero despertarlos. No se dan cuenta de que están muertos. Su muerte es completa, como una sordera, una ceguera. Lo que yo les mostré es la agonía. La mía, sí, y la de todos los que viven."
La lluvia caía sobre su cara, él se apartaba el cabello de la frente. Parecía tenso y obsesionado, pero hablaba ya sosegadamente.
"Nunca he encontrado a nadie que sintiera lo que mismo que yo. Hace quince años que me drogo con opio. Me lo dieron por primera vez cuando era muy joven, para calmar los terribles dolores de cabeza que sufría. A veces creo que, en vez de escribir, lo que hago es describir la pugna por escribir, la pugna por nacer."
Para él, morir víctima de la peste no es peor que ser víctima de la mediocridad, el espíritu comercial y la corrupción que nos rodea. Quiere que la gente tenga conciencia de que se está muriendo. Forzarla a entrar en un estado poético.
"Su hostilidad demostró únicamente que usted les había inquietado", le dije.

Cuando miré su boca, con las comisuras ennegrecidas por el láudano, una boca que no quería besar, por una curiosa estratagema de superimposición… supe que de nuevo me sentía empujada a la muerte, al final, a las culminaciones, a las locuras.
“La gente cree que estoy loco”. Y supe en aquel momento, mirando sus ojos, que lo estaba y que yo amaba su locura…”No había esperado encontrar en ti mi locura”, me dijo. Hablaba como un poeta y me reí de mí cuando pensé en mi enorme ansia de poesía. ¿Estaba yo sentada allí, con Artaud, porque destilaba poesía, porque creía en la magia, porque se identificaba con Heliogábalo, el loco emperador romano, porque su teatro, su escritura y su ser estaban entretejidos, porque en el taxi hablaba como Hamlet y se apartaba el cabello del rostro sudoroso y deteriorado? Se ha apoderado de mi imaginación. Manda en ella. Camina, habla, lee, evoca momias, decadencia romana, drogas, locura, muerte. De nuevo, trataba de iniciar una experiencia, pasar por ella sin entregarme, y cada vez era más difícil… Y ahora me adentro cautelosamente en las regiones fantásticas de Artaud, y él, también, pone sobre mí sus pesadas manos, sobre mi cuerpo, y como la mandrágora al contacto con las manos humanas, grito.
No pienso en Artaud como cuerpo. De su cuerpo sólo conozco sus ojos. Me gustan su delgadez, sus gestos. Se parecen a sus pensamientos. No quiero estar cerca de su cuerpo. Estoy enamorada de su mente, de la más sutil de las inteligencias, de todas las manifestaciones sobrenaturales. Hablamos apasionadamente de nuestra costumbre de condensar y tamizar con rigor las cosas, de buscar lo esencial, de nuestra afición a quitaesenciar todo en la vida y en la literatura, incansablemente. Discutimos sobre el psicoanálisis, al principio agresivamente. Me gustaría solo escribirle, no estar con él.
Siento una inmensa piedad por Artaud, porque siempre sufre…Sé que los nervios y la sensibilidad de Artaud se alivian aquí. Es la oscuridad, la amargura de Artaud lo que quiero curar. Físicamente no quiero tocarlo. Amo la llama y el genio que lleva dentro. No tiene nada de extraño que me conmuevan los sentimientos de Artaud, su falta de autoestima. Sabía que Artaud era un hombre enloquecido, enfermo, atormentado, y me interesaba, pero no humanamente.
Carta a Antonin Artaud
Nanaqui, ojalá pudiera volver a vivir mil veces ese momento en los muelles y cada hora de esa noche. Quiero sentir otra vez tu violencia y tu dulzura, tus amenazas, tu despótico poder espiritual… el miedo que me provocas y las alegrías punzantes. Miedo porque esperas tanto de mí… eternidad, lo eterno, Dios… esas palabras… todas tus preguntas. Quisiera responderlas con ternura. Si te parecí esquiva, fue solo porque tenía mucho que decir. Siento que la vida es un ciclo, una larga serie de sucesos, un círculo y no puedo separar un fragmento porque me parece que los fragmentos no significan nada. Pero todo parece resolverse, fundirse en un abrazo, en la confianza en los instintos, en la tibieza y fusión de los cuerpos. Creo totalmente en lo que sentimos cuando estamos juntos. Creo en ese momento en que perdemos toda noción de realidad, en la separación y enajenación de nuestros seres. Cuando cayeron los libros, sentí alivio. Después, todo se volvió tan sencillo… hermoso y dulce. El tú que casi causa dolor, porque el lazo es tan apretado… el tú y todo lo que me dijiste… Recuerdo la ternura y recuerdo que estabas feliz. El resto es solo la tortura de nuestras mentes, fantasmas que creamos… porque para nosotros, el amor tiene repercusiones inmensas. Debe crear; tiene significado profundo, contiene y dirige todo. Para nosotros tiene la importancia de estar mezclado con nuestros impulsos. ¡Es demasiado importante…! Lo confundimos con la magia, con la religión…
Cuando nos sentamos en el café, ¿Por qué pensaste que me distanciaba de ti? ¿Sólo porque estaba alegre, jubilosa…? ¿Jamás aceptarás esas corrientes subterráneas mías…? Nanaqui, debes creer en el eje de mi vida: la expansión de mi yo es inmensa; engañosa sólo en la forma. Ojalá pudieras leer mi diario de infancia para saber lo fiel que he sido a ciertos valores. Por ejemplo, cuando reconocí en tí a un ser majestuoso en un reino que me ha perseguido toda la vida.
Nanaqui, esta noche no quiero agitar ciertas ideas… sólo quiero tu presencia. ¿No te pasa lo mismo, esto de elegir un momento amado (nuestro abrazo en los muelles) y aferrarte a él? Cierro los ojos y lo evoco intensamente, como en trance, y ya no percibo la vida presente, nada, nada sino ese momento. Y después la noche, la sucesión de tus gestos, la fiebre, el desasosiego, la necesidad de volver a verte, una gran impaciencia…
ANAÏS, 18 de junio de 1933