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Adaptación - Cuento Propio

Arte1/27/2014
Se llamaba “programa de adaptación social” y nadie vivía por acá sin pasar por el antes. Te instalaban una especie de bocina en la cabeza, extremadamente aguda e irritante, que sonaba cada vez que hacías algo que al resto de la sociedad le pudiera resultar desagradable. Al principio no resultaba tan molesto, no era como si la bocina sonara las 24 horas del día, pero con el tiempo el programa empezó a volverse más estricto y largo.
Cosas que eran absolutamente comunes, y muchas veces necesarias en la vida diaria y social de las personas, empezaron a volverse inaceptables para el programa.
Empecemos con algo básico, la mentira. Sé que no suena bien, pero son completamente necesarias. Y no hablo de mentiras serias, sino pequeñas mentirillas blancas, como cuando tu jefe te pregunta si te gusta su horrenda corbata y tienes que decir que si, y esa odiosa bocina empieza a resonar en tu cabeza y un dolor punzante e insoportable invade tu cerebro. Ahí es cuando la gente no puede evitar notar que algo anda mal en vos y saben que estas mintiendo. Lamento informárselo a la sociedad, pero las mentiras son necesarias. Como cuando le sonríes a alguien por pura cortesía, porque no sabes que decirle, eso también estaba “mal” para el programa. O cuando sales en una cita y al despedirte le decís “yo te llamo” sabiendo que no lo harás, eso también estaba mal. Nadie puede ser 100% honesto todo el día. Pero para el programa todo lo que hacías en este maldito lugar esta mal… Ah sí, disculpen, decir “maldito” también.
Lo que al principio era un programa que evitaba que tengas actitudes irrespetuosas en público, o psicópatas en los niveles más extremos, se convirtió en algo que nos volvió prácticamente no-humanos. La bocina empezó a sonar cuando estabas solo, en la tranquilidad de tu hogar, y no podías rascarte, bostezar, reírte demasiado alto o hablar con la boca llena de comida. Se decía que el programa empezó a funcionar así porque si seguías haciendo esas cosas, por más que estuvieras solo, jamás aprenderías a evitarlas estando en público, e incluso algunas personas que ya habían pasado la adaptación tuvieron que repetirla, por las nuevas reglas que imponía.
El programa se volvió prácticamente permanente y el resultado final se vio cuando la gente dejo de hablarse o siquiera verse a los ojos. Las personas fijaban su vista constantemente en el suelo o en el celular, o cualquier cosa que evitara el contacto humano. Era la única manera de que la bocina no sonara de nuevo.
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